P O R T A D A                 Detalle de una fotografía de Fabio Borquez.    
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Huancayo

Poema incluido en "Una piedra que suena como un tambor: Novísimos de la poesía peruana", introducción, selección y notas de Miguel Ángel Zapata.

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El joven hindú, el ladrón de las plegarias, llegó aquí a Huancayo

Y supo que para morir no hacía falta una noche.

Hombres heroicos deberían ser visibles en los lugares que habitan.

Míralos en alcohol en los campos, en el estiércol, Oh ciego, confúndete

Entre los olores de esta fresca provincia de hielo, le dije.

¿Cómo se llamó? No lo sé. Ya no recuerdo a los pobres de espíritu.

Pero su esposa, la rolliza Shishila, fue la amante silenciosa, la mujer

Mística que canta: ya sé lo que amas de mi templo, muchacho, ya sé

Que en los bordes de este cielo sus puertas abrirás para ser amigos.

Y tocando sus manos le dije: todos los sacrificios del amor

Serán movimientos de la noche en tu cuerpo.

¡Cielos! ¿Quién era esta mujer tatuada violentamente desde el cuello?

¿Por qué su esposo me habló del barrio de las moscas y sus niños pobres

En un templo petrificado por lenguas muertas?

Lo que supe de la India lo encontré en los cantos de Kabir.

Lo que supe de su cielo resbaló en el agua oscura sin pesar.

Yo estaba en un espíritu, era claro, en una lengua que dejaba su bastón.

¡Ah!, la hermandad de los seres es esclavitud, y me atormenta

Su peso moral que se empapa en mi carne por un simple encuentro.

¿Ellos enterraban himnos de rosa para la vida eterna?

Ellos ocultaban sus vidas en mi vida, queriendo construir con amor

Este pantanal del Perú y su mar de cielos vivos.

¡Dónde están los Dioses!, gritaban, y no hacían sino rasgar las piedras

Y lavar sus manos en un arroyo puro de oraciones.

El joven hindú buscaba todo más allá de su cuerpo, mientras Shishila

Y yo observábamos las tardes riscosas, la caída flexible de las aguas

Del Mantaro y unos perros ladrando a las sombras siempre eternos.

Pasamos cinco días encarnados en un lejano interior, y supe de cierta

Fe que enferma la conciencia de un país flaco sin desnudez.

Pugnando por otro viaje sin retorno y sin sueños, me dijeron:

¡Vamos hacia Indra! ¡Vamos hacia Indra!

Pero ya mi sacrificio, después de sus himnos celestes,

Había empezado con esa sabiduría terrena de Lucifer

Incendiando

                      El horizonte de los Iluminados.

 

De: PROSA (inédito)

 

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