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He cabalgado con las huestes de mi rey, he palpado el miedo
en todas sus formas: el hambre, el dolor, incluso la muerte.
He pasado tanto tiempo lejos de mi patria, que duramente recuerdo
su rostro; me imagino recorriendo callejuelas a las que, sin
embargo, no me atrevo a nombrar, porque no las reconozco,
y porque ignoro si forman parte de un recuerdo, o son producto
de la ficción de la fiebre. En mis momentos de ocio,
que son pocos, leo o compongo algunos versos; quizás
les presto a veces demasiada atención, y esa vanidad
me ensombrece. Siempre he optado por imitar a los latinos
y a los toscanos, pero lo hago sólo por un gusto personal;
como ellos he querido ser pastor y en algunas ocasiones lo
he sido; ahora mismo en medio de esta batalla, en que mi nombre
se confunde vagamente con el golpe de una espada, dirijo un
rebaño que no conoce término, y el miedo se
esparce entre los hombres como las aguas de ese otro río,
no el Danubio donde dejé reposar tristemente mi cabeza,
sino aquel donde rudos pastores llevaban a abrevar el ganado,
sus quejas dulcemente acordando.
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