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XVIII
¿Qué
habrá sido de Lozna contra los días de su inquietud?
El repartido en la tempestad hace nuestra desnudez ante el
sol.
Un beso es una marea de deseos, estrella arrancada al enigma
de la intimidad con la roca de los sueños. Madre de
los delirios,
una mujer es la posesión implacable del desamparo y
el furor
del ser. Nadie supo descifrar a la mujer. La poesía
es nuestro aliento posible.
El mundo empezó a morir cuando no más tocaba
las piernas
de la mujer la sabiduría. Tú llorarás
a pantanos, dijo el tiempo
al hombre quedado sin su revés. El mundo sin la presencia
de la mujer es la conocida parábola de una ciudad en
su plena
destrucción. Los espejos de la frivolidad son la virtud
de esta ciudad.
No hay drama. Los placeres ilusorios son la corriente de llagas,
los placeres míos, tuyos. Lozna es la actriz buscada
por las cenizas
de todo un imperio. ¿Y entonces, amor, qué drama?
¿Sus hermanas
veloces devoradas por fantasmas? ¿El fulgor de la sangre
en sus carnes tan jóvenes y la tempestad confluente
de las calles?
Algo más que los dientes del horror. Sus cuerpos hambrientos
han comido la muerte, niñas de orgasmos sin fin, pétalas
de Dios
y sus besos siempre fuera del mundo. El dolor de Lozna
es una aventura convertida en cadáver. ¿Reflejos?
Ya no hay
olvido en la mordedura de su alma. Los espejos son la fortuna
de los regocijos. Los dioses encomiendan estrellas a la caída
de un cuerpo. Sin tu llama, mi amor, el mundo no tendrá
su forma:
no puede la noche con tanto abismo. Todo cuanto existe he
tocado,
es mi sangre su ausencia. ¿Qué habrá
sido de su enigma terrestre?
No hay clausura. Nada de lágrimas. Los muertos conocen
la gracia
de la pasión recíproca. La muerte permite respirar
a gusto. ¿Qué más
te rompiera por dentro, poesía, roca del frescor de
mi inmensidad,
piernas del vértigo? Lozna es una parte de nosotros
llena de sombras
y su corriente cambiante, gema del aire, siempre desnuda.
XXXIV
¡Cómo
pasa el tiempo! Anduve por la noche prodigiosa de los artificios,
por la otra mitad del alma, los cantos cómicos de la
opresión. La poesía es una caravana cuya belleza
es terrible y es la agonía una joya calcinada. Hay
lugar para el desdichado de Gérard de Nerval y el martillo
de Carl Sandburg. Hay unos fantasmas que llenan nuestro mundo
de felicidad y otros que cierran la puerta a nuestros proyectos
futuros.
Es
un misterio lo que se hace con que ciertos poetas transvasen
su visión de un tiempo a otro.
Malcolm
Lowry dijo que es un desastre el éxito. A su vez, piensa
Edward Dorn que sólo lo abandonado tiene vida hecha
de noche eterna, insuperable. ¿Es la poesía
una catástrofe compartida? Es hora de aceptarnos que
podríamos ser otra cosa.
La
caída irreprimible hace del hombre un aventurero de
la tontería, un paria de la tierra de la alegoría.
¿Te
acuerdas, poeta, como nos burlamos siempre de nuestras sombras?
Una mañana en Delfos, una noche en el cuerpo invisible
del prosaísmo, los peligros de la escritura, no es
la muerte la palabra, etc. ¿Nos hemos desviado? No
lo creo.
La
apuesta de la poesía es de algún modo la felicidad.
Una
de las rubayatas pide que jamás renunciemos a las canciones
de amor. Escribe Horacio en una de sus odas: acepta con paciencia
lo que venga. La resignación ante la muerte es un tipo
de alimento sagrado de la poesía, un tipo de glorificación
del horror.
¿Acaso
no hay una retórica de los sobrevivientes?
Hay
un poema de Günter Kunert que adverte que el poeta muerto
al fin ha alcanzado todo y que ya nada le alcanza. No puedo
con el amor en su losa sepulcral. No sé que hago fuera
de la dulzura del mundo. Es la vida un resplandor. ¿La
poesía, el amor, la libertad? - unas variedades particulares
de ese mismo resplandor. No se trata del ímpetu de
las estaciones. Quisieran los poetas leer en la tumba de Lozna
que gracias a la poesía ella no caerá en el
olvido. ¿Qué fragmentos de nosotros es la tumba
de cada quien que se va, de los queridos dejados en las cuerdas
del tiempo?
Una
vez más, ¿nos hemos desviado?
La
poesía es una escritura de desventuras, un tipo de
alarde que vuelve la palabra contra quien la escribe. Es un
árbol que sólo regresa gracias a la caída
de sus hojas preciosas. No puedo con el cadáver de
mi amada en las visiones de la poesía. Cierro mis ojos
y la agonía vuelve a ser libre. No hay rumores de crónicas,
hablas comunes, falsos testimonios, teatro de sombras. Para
regresar a las propiedades extrañas de la vida no es
posible repetir el mismo juego de alucinaciones de sus días.
¿Es
la poesía una forma posible de la vida o de la muerte?
Mi
amor cayó en mis brazos y no me dijo adiós.
¿Es su silencio al fin un resplandor, el verdadero
enigma de toda una vida? ¿Acaso su doloroso desaparecimiento
es la fuente de algún misterio azteca al que todos
regresaremos? No hay suavidad en el padecer.
¿Te
acuerdas, poeta?
Volar
alrededor del dolor no limpia el alma ni transforma su sequedad
en nueva lámpara tormentosa. Hablemos del fuego y de
la oscuridad sigilosa que habrá de ser el método
reconocido por Lozna.
XL
Hay
un cuerpo inmejorable y vacío en mis brazos,
un largo aposento de sombras silenciosas
y los papiros hermosos de tan lejana devoción.
Bajo los arcos un caminante dibuja las visiones.
Es
un deseo suyo alimentar al amor con el corazón.
En la continuidad de la palabra, sus labios
y el verbo iluminado por la oscuridad sagrada.
¿Qué otras lenguas encuentro en la vastedad
de
tu ausencia: Inumerable: en los párrafos
quemantes de la nada, en su escritura errante?
Tu alma ha entrado en una nueva estación,
en una geografía de abismos invisibles
y
en las páginas nubladas de otra caligrafía.
Tu alma camina sin la traducción de sus días.
No es una biografía de las pérdidas ni oculto
drama
de sus fronteras barridas por la tempestad del mito.
En
su mundo interior no puede el caminante
volver a sus recuerdos, no hay como dejar:
Inumerable: el corazón en la piel de los senderos.
¿Cómo adentrar en el paso del vacío y
respirar
el
aire de su movimiento de limos y silencios?
¿Cómo vivir del aire de la oscuridad, de su
enigma
tembloroso? Cómo no sufrir la caída de las cosas
ni sacar más recuerdos de cada palabra pronunciada?
Hay
diversos rostros en la ausencia del amor,
una escritura minuciosa que no perdona la certidumbre.
No es la muerte una quietud de página deshecha,
sino la entrada en el cuerpo desposeído de la letra,
en
una grafía de sombras y cenizas. La muerte
del amor se abre como labios de bultos indeclinables.
El lenguaje es un equilibrio de asombros. Lo que pasa
con la poesía es que debe el poeta conocer, como
recuerda
José Ángel Valente, la sumaria ley del círculo.
También son demoníacos los dioses y su esfera
de gozos.
¿Cómo adentrar en tu nueva casa: Inumerable:
y vivir
la eterna desposesión de tu alma? ¿Cómo
puedo hacer
el
amor siendo yo un hombre sobre la tierra y tu
una mujer desnuda en las sendas de una oración?
¿Cómo salir de ti si es la impenetrable ausencia?
No tiene recurso el caminante sino aceptar los designios
de
sus tormentos miserables. No puede volver a su dolor,
ni aún vivir sin tu amor. ¿Cómo hacer
entonces
del alma un cuerpo? ¿Quiere el lenguaje sólo
caer?
La vida es una celebración de enigmas, una estación
de
presagios, una indiferencia gozosa que ilumina
los desiertos del aventurero. No hay meditación
sin los huesos de la caída, sin el verme de sus ruínas.
Hay un cuerpo demasiado vacío en mis brazos.
Una
amenaza fatal del silencio que alcanza la altura
de mi ser. El caminante es el huésped del infortunio.
¿Dónde los emisarios? ¿Dónde los
despojos de las víctimas
del lenguaje? ¿Cuáles las parcelas innominadas
del
dolor majestuoso del caminante en su aventura
por el frondoso abismo de la muerte de su querida Lozna?
No he soñado con la belleza flamante, con una faz
de lamentos o la interrupción de los vértigos.
Una
vez más los papiros hermosos de tu devoción.
¿Cómo hacer de ti la perfecta ausencia? No es
el amor
triunfante, ni hay ofrenda posible ante su caída.
¿Cómo hacer de las nuevas formas del asombro
la casa
del
peregrino? ¿Cuáles las páginas verdaderas
de la invención? Todo es movedizo en el deseo.
No hay perfección posible en el gozo. ¿Cómo
hacer a
un amor volver a su tienda en la tierra? Es una senda
de
inquietudes, abiertas las puertas de toda incerteza.
¿Es tu cuerpo, Lozna? ¿Es tu ruina severa el
romance
que busco entre las paredes intangibles de la fatalidad?
No hay prodigio en la sangre. Los vestigios del tiempo
no
pueden más con la melancolía y la sepultación
del deseo. No pueden contener los poemas solamente
los indicios de las cicatrices. Ante los dibujos de la agonía
hace la tempestad sus proporciones saludables.
¿Qué
es la catástrofe? ¿El peregrinaje de Barbus
bajo
los arcos de la muerte de su amor? ¿Debo escribir
un libro solamente por la caída de un amor?
¿Por la sangre anónima de la escritura? Las
pérdidas
y
su vastedad crematoria hacen de la palabra
un demonio sustantivo. Todo es real en su delirio,
en sus formas proverbiales. Estamos en la misma
caída de adjetivos, un trámite idéntico
de vocablos
corroidos.
Sufren el amor y el poema de una misma
falsificación de su follaje: ¿Por dónde
irá la sangre
de su confesa violencia? ¿Cuándo cerrar la cortina
azotada por las luces en su fiesta de sudores
y
proezas verbales? Recuerdo unos versos escritos
al lado de Lozna: mi corazón quedará en tus
manos
como un poema agotado por sus imágenes.
¿Quién habrá de leerlos como una pieza
de riesgos
de
su tiempo? ¿Acaso no es todo una cuestión de
desvíos?
Una vez más la oración ante la puerta del vacío.
Lo que pasa, mi amor, es el triunfo blanco
de lo desconocido, las sierpes del tintero,
los
nombres todos del infierno y las profecías
con sus esmaltes crueles: todo es un regreso
de funerales. Las excavaciones del verbo original,
la nobleza de un cuerpo que ha dado origen
a
todo y luego se ha perdido en los pliegues
de sus dones. ¿Cómo salir de los sacrificios
de la fecundidad? ¿Cómo han superado la muerte
los dioses, los espejos, el paisaje? Unos hijos
han
sido enviados a los archivos del fuego,
los bastardos de la belleza, los epónimos
de la gloria. La destrucción del mito es la verdad,
el mensajero divino, ante la influencia sacerdotal
de
lo encomendable del cuerpo por la letra.
No hay leyenda apacible, la eternidad es un tormento.
Es innegable cierta semejanza del peregrino
con los perfiles de las sombras y los caminos
hasta
la oscura memoria de una tragedia del cuerpo.
Su dolor es la poderosa llama que mueve el mundo.
No fueron vanas las otras muertes y los versos
que han reinado en el silencio húmedo de las tumbas.
La
caída del amor es el sobresalto de la materia.
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