Sumario 26

 

Marcos Manuel
Sánchez

 

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Cuarenta toneladas

 

 

Mi jefe lo anunció dejando que sus palabras punzaran mis oídos:

—Es una misión hecha a tu medida.

Con dos ojos negros como carbones examinaba mi cara mientras sus palabras se agarraban al aire igual que sanguijuelas a la piel de un enfermo.

Animado por mi silencio, continuó desgranando lindezas:

—Esos dos camiones transportan mercancías muy distintas. El agente de la aduana de Irún confundió los papeles de modo que cada conductor lleva los documentos de carga del otro. Debes presentarte en Aranjuez cuanto antes. Allí te espera uno de ellos. Es de la Compañía Yamas.

—¿Y qué hace en Aranjuez?— conseguí decir con un temblor en la voz. El causante del mismo era un oscuro presagio.

—Cuando los de la aduana cayeron en la cuenta de su error, acordaron con los conductores que coincidiesen en la factoría de pegamento de Aranjuez, que es el punto de entrega de uno de los cargamentos. Entonces intercambiarán los albaranes.

—Así que debo acompañar al otro chofer hasta su destino— comenté con repentina clarividencia. Yo mismo me sorprendí del aplomo que empezaba a sentir a partir de ese momento. Entregado irremediablemente a mi mala suerte, entendí que sería mejor hacerlo desde un punto de vista analítico.

—Supongo que el conductor es extranjero y desconoce Madrid y sus alrededores —añadí con mi recién estrenada perspicacia.

—Lo que tengas que hacer a partir de ahora es cosa tuya. Ten, una copia de la hoja de ruta. Nos la han enviado por fax los de Irún.

Francamente, me traía al fresco el origen del terrible papel que mi jefe acababa de encasquetarme por el artículo trece. Mi desolación no iba a disminuir por ello.

"Piensa en el Aniversario, Tomás —decía para mis adentros—. Te olvidarás de toda esta bazofia".

Y es que no podía haberme mirado un tuerto otro día más que el de mi Aniversario de boda. Diana y yo habíamos conseguido sobrevivir a cinco años de vida en común, superando nuestras múltiples diferencias. Éramos como un mosaico en el que sólo hubiese piezas de dos colores, enfrentadas y tan sólo unidas por finas hileras de otras tonalidades. Esos elementos comunes contribuían a hacer nuestra existencia más o menos agradable, sin grandes temblores de tierra.

Ante lo incierto de lo que iba a depararme ese día, yo no podía hacer menos que esperar un buen final imaginando cómo aprovecharíamos Diana y yo nuestro tiempo.

Una última frase de mi jefe echó tierra sobre mi esperanza:

—No sé a qué esperas. Yo ya estaría montado en el coche camino de Aranjuez.

—Claro, sólo me preguntaba si ya lo habíamos hablado todo.

—Hasta la vista, Tomás.

Salí del edificio con una sensación de náusea que no me abandonaría en las seis horas siguientes. Me encontraba encaramado a la noria del destino y ya no me podía bajar. Lo curioso es que yo no había elegido. Otros me habían colocado allí.

Procuré evadirme mientras conducía mi pequeño utilitario. El color verde jade de la tapicería contribuía a relajar un poco la tensión:

—Vaya trabajito —pensaba—. Si me descuido hasta me hacen conducir el camión. No había otro más memo que yo para pringarle en esto. Equivoqué la profesión. Debí haberme conformado con aquella plaza de profesor en el Ayuntamiento de mi pueblo.

Los carteles indicadores pasaban uno tras otro como anuncios mudos sin interés alguno para mí. Empecé a relajarme pues conozco bien la Nacional IV y sabía que tardaría un buen rato en alcanzar el desvío a Aranjuez. Aquello era simple rutina.

En mi despreocupación momentánea me puse a pensar en lo complicado que puede resultar todo por un error humano. En este caso, un simple cambio de papeles entre dos camiones podía arruinar el día de mi aniversario. Aunque, bien mirado, los dos cargamentos tenían como destino la provincia de Madrid. Claro que si cada uno hubiese ido a una punta del país yo no estaría metido en ese fregado:

—Le habría tocado a un infeliz de otra delegación —pensé—. Pero no, tenía que repartirse el marrón entre Aranjuez y Humanes. Bueno, mejor será que ponga la radio para ver cómo está el tráfico:

—«... las retenciones en la nacional IV en sentido Madrid, llegan hasta el desvío a Aranjuez. Se recomienda el acceso a la capital por la nacional 401 entre... »

—Esto me fastidiará a mi regreso. Que le den morcilla. Puede que para entonces ya no me afecte.

Es curioso, la de gente que nos podemos cruzar en una carretera. Todos parecemos tan... iguales. Nos encerramos en una caja sobre ruedas y salimos zumbando hacia algún lugar. Embarcamos hacia un objetivo pero cada cual persigue uno distinto. Nunca pienso en qué narices le preocupa al que va delante en ese momento de su vida o qué problemas están machacando al que viene de frente.

Llegué al desvío. Según el mapa debía coger la comarcal hasta la fábrica de pegamento. Estaba en el kilómetro trece. Buen augurio. Al cabo de media hora vi que no había pasado del kilómetro nueve y no me extrañó. La senda era una sucesión interminable de "eses" y baches. No sé cómo había podido pasar por allí un camión de cuarenta toneladas. Y mucho menos dos.

Cuando entré en la fábrica los encontré allí. No había ninguno más, como si esos dos fuesen los únicos dotados con la extraordinaria cualidad de circular sin contratiempos por la infernal carreterita.

Nada más abandonar mi coche observé a un tipo con gorra de visera larga que permanecía de pie apoyado en la cabina del trailer rotulado como "Yamas". Sostenía una pajita de refresco entre los dientes y cuando pasé ante su campo visual esgrimió una sonrisa más bien burlona.

—Are you Sam Purvis? —le lancé a bocajarro.

—Sure, man. Who are you? —inquirió a su vez, aunque me daba la sensación de que lo sabía de sobra.

Después de las salutaciones de rigor confirmamos que el destino de la carga era humanes de Madrid, aunque sin contar con un teléfono de contacto con el lugar de entrega no podíamos confirmar el modo de llegar.

—They'll wait for us, I guess —dije sin confianza. Y le hice una señal para que me siguiera.

—Please follow the green rat —bromeé señalando a mi cochecito verde jade.

La odisea acababa de comenzar.

El traqueteo no cesó hasta que alcanzamos la nacional IV. Al lamentable estado del pavimento había que sumar la sensación de que en cualquier momento podías salir disparado por cualquiera de las curvas semiocultas a lo largo del trazado. La abundancia de vegetación a ambos lados de la carreterucha disminuía el campo visual, ya muy reducido por las hileras de árboles que jalonaban el camino. Tan prietas y espesas eran que, probablemente el aire tendría dificultad en traspasarlas.

Procuré circular a velocidad prudente, más que nada por la mole motorizada que llevaba detrás de mí.

Miraba frecuentemente por los retrovisores, como si el dejar de hacerlo fuese a traer como consecuencia la repentina desaparición del coloso. La estampa del gran camión articulado reflejada en los espejos del coche impresionaba. El morro alargado exhibía la parrilla niquelada del radiador como el yelmo de un gladiador presto al combate. Dobles hileras de neumáticos unidas por ocho ejes a lo largo del remolque, cuarenta toneladas y novecientos caballos de potencia perseguían a mi cochecito amenazando con engullirlo de un momento a otro.

Abandonamos el camino de cabras y tomamos la autovía en dirección hacia Madrid. Un alivio. Parecía estar surcando un mar en calma. Respiré hondo y me coloqué en el carril derecho. Tráfico fluido, con tiempo de sobra y un sol radiante. La cosa estaba controlada. En la radio anunciaban la próxima visita del Papa con detalles sobre el programa.

—Vaya —pensaba—, espero que mi hermanito esté disponible para acercar a mamá a ver a Su Santidad. Detesto esos baños de multitudes.

Mi hermano sabe escurrir el bulto con una técnica depurada. Nadie mejor que él para encontrar la coartada perfecta y hacer lo que le place. Y eso que él es el católico practicante. Si practica con el ejemplo alguna vez no le hará daño. Claro que mi madre es culpable por disculparle.

Al que nace para martillo, del cielo le caen los clavos. Como esta misión que me ha tocado en el sorteo de marrones de hoy. Cuando acabe me perderé por ahí con Diana el fin de semana para rematar el Aniversario. Bien mirado, eso de perderme se me da de maravilla.

Estos pensamientos daban vueltas en mi cabeza cuando me di cuenta que acababa de saltarme el desvío a Fuenlabrada. La primera reacción fue de una mala leche cercana a la ofuscación. Lo que vino después obedeció a un sentido práctico de abandonar cuanto antes la ruta equivocada. Sin embargo, a medida que yo y mi compañero de convoy avanzábamos parecían disminuir las probabilidades de encontrar un escape.

Al cabo de un rato vi que lo más seguro era continuar por la M-30 hasta el estadio Vicente Calderón y tomar de nuevo el sentido Sur.

—Al menos el irlandés no me pierde de vista —decía para mis adentros—. No quiero imaginar el desastre de tener que buscarle en esta maraña de desvíos engañosos. Sería muy gracioso. A ver, veamos, ahora debemos atravesar el paso subterráneo hacia la cuesta de San Vicente y después ¡zas!, el cambio de sentido.

A continuación, algo paralizó de repente el magnífico plan que se debatía en mi cabeza.

—¡No! El paso elevado... la altura del camión ¿pasará con ese galibo? Tengo que hacerle parar.

Enseguida me di cuenta que no era posible echarse a un lado. Tres hileras de vehículos apretadísimos entre sí desfilaban sin dejar un resquicio para hacerme sitio. Y menos para el que venía detrás de mí.

El subterráneo quedaba ya a menos de cincuenta metros.

—Algo tengo que hacer, maldito tráfico...

La solución se presentó en forma de otro camión de dimensiones mastodónticas que iba a efectuar su entrada bajo el paso elevado. Parecía que se fuera a dejar la caja de un momento a otro saltando la parte superior en mil pedazos como una nube de astillas. Nada sucedió. Respiré por primera vez en los últimos sesenta segundos. Sin embargo, no quedé tranquilo hasta que no estuvimos al otro lado.

Me vi inmerso en el torrente de vehículos que subía en dirección a la plaza de España para darme cuenta del segundo error.

—Será posible... He dejado a un lado el cambio de sentido y ahora ¿a dónde llevo a este para dar la vuelta?

Quedaba muy poco para coronar la Cuesta de San Vicente. Había que improvisar un cambio de sentido cuanto antes y no había nada mejor que efectuarlo bajo el puente de la calle Bailén. Qué sorpresa comprobar que era imposible llevarlo a cabo. Era dirección obligatoria hacia el parque del Oeste. Precioso entorno atiborrado de verdes y flores; inmejorable paisaje al borde de la masa urbana y los ríos de asfalto. Un respiro de naturaleza sin duda muy útil para quien hubiera terminado una dura jornada. Para mí no había hecho más que empezar la... cornada. Un pitonazo sin orificio de salida, aún.

Descubrí que a todo lo largo que era el parque no había un solo palmo libre de vallas, de las más grandes que colocan las constructoras y que tienen la utilidad de desviar el tráfico por tortuosos caminos.

El follón que había en mi cabeza era monumental.

—Ahora tendré que guiar al monstruo hacia el casco urbano, pero... no puede ser, cada vez me voy alejando más del maldito objetivo. Hay que dar la vuelta ¡como sea!

Seguí avanzando por el tramo vallado con el gigante rodado siguiendo fielmente mi insegura estela. Repentinamente, una curva entre los improvisados muros que impedían la visibilidad me condujo a través de un pasillo de un solo carril. Me sentía totalmente incapaz de adivinar por donde iba. Miraba por los espejos retrovisores intentando observar la cara del pobre transportista irlandés para comprobar si la desesperación había empezado a hacer mella en él.

Un rostro de piedra parecía mirar sin ver a través del cristal que cerraba su habitáculo rodante, aquel al que se subió en el puerto inglés sin tener la menor idea de lo que le esperaba. Aunque no dejaba traslucir sus sentimientos, imagino que por dentro sentiría algo así como un hervor .

La pista seguía sin despejarse, lo cual provocaba en mí una angustia creciente. Era como si una mano diabólica hubiera cambiado los carteles indicadores, interponiendo pasos elevados de dudoso franqueo para el camión, colocando vallas para conducir a una celada sin final... ¿Por qué se ponía todo de punta? ¿Qué nueva maquinación me esperaría al terminar el pasillo de vallas? Aquello se había convertido en una inverosímil atracción de feria, un discurrir sin rumbo por un laberinto demencial.

Como una respuesta a mi zozobra, algo se despejó a mi alrededor segundos más tarde. La luz aumentó su intensidad al desaparecer las vallas de ambos lados. Habíamos regresado a los bajos del puente sobre la calle Bailén. Casi habíamos completado un cambio de sentido de forma inconsciente, circulando a ciegas por un pasillo absurdo aislados del mundo.

—Ahora hay que pasar bajo el puente —me decía a mí mismo consternado—. He de obligarle a parar.

Hice aspavientos con la mano a través de la ventanilla y observé que el irlandés accionó las luces dándose por enterado. Di gracias porque el arcén resultó útil para acoger al convoy sin que estorbara al tráfico. Este empezaba a espesarse por momentos.

—Is it enough for the size of the track? —dije señalando al puente.

—It is okay young man. Perfect.

—So, we will turn to the right and drive to the national four again. Do you copy?

Esto último de si me copiaba me sorprendió a mí mismo. Parece que las circunstancias me enseñaron enseguida a adoptar términos de los que suponía que usaban los camioneros. Lo había oído en alguna película.

Tomar dirección hacia la nacional IV resultó aceptablemente fácil, pero antes tuvimos que aguantar el denso torrente de vehículos que chorreaba lentamente en el mismo sentido. A estas alturas, el amigo conductor al que guiaba debía haber hecho acopio de tanta resignación como toneladas transportaba en su camión. Yo dudaba si aquel robusto irlandés respetaría mi integridad física una vez llegados a nuestro esquivo destino. Podía imaginarme el efecto de un golpe a puño cerrado o abierto propinado por una de sus manazas llenas de dedos como morcillas de Burgos y, la verdad, no me emocionaba.

—A lo mejor tengo suerte y decide pasar de mí —pensaba—. Estos sajones son muy distintos a nosotros los latinos. O al menos me conviene que lo sean.

Salimos del último semáforo de la Estación del Norte y volvimos a enfilar la M-30, seguro esta vez de que no iba a saltarme ninguna salida.

Siempre que me relajo al volante pongo la radio. Es un gesto automático, como si mi cabeza tuviera que estar continuamente llena de estímulos externos, absorbiendo información como una esponja insaciable. El horror protagonizaba las noticias:

—«... un ataque de violencia repentino impulsó a su compañero de mesa a agredirle con una silla. Las lesiones producidas por los golpes son de pronóstico reservado».

esto es lo que pasa por trabajar en exceso. Forzar tanto la máquina puede acabar en que nos devoremos los unos a los otros. Me refiero al hecho físico, pues verbalmente y con la actitud de algunos depredadores natos, ya lo estamos sufriendo todos los días.

—«... en lo que va de mes han fallecido en soledad en sus domicilios un total de cuatro ancianos en nuestra ciudad, lo que eleva el número de casos a sesenta y dos en lo que va de año.»

O sea, toda la vida sacrificado para que al final te abandonen sin piedad. Me dan ganas de retirarme a un monasterio. Allí te dan comida, cama, un ambiente tranquilo, un huerto que cultivar...

Bueno, no nos despistemos, por favor. A ver, M-40 Fuenlabrada ¡Al fin!

Me invadió algo así como un hormigueo por todo el cuerpo. No iba a permitir que el asunto se me escapara de nuevo de las manos. Sabía que antes de llegar a Fuenlabrada existía un desvío: Humanes-Moraleja de En medio. Estábamos cerca.

A cada minuto que pasaba crecían mis ganas de reunirme con Diana. Lo cierto es que ella pone el punto de equilibrio en la balanza de mi vida. A veces me pregunto qué sería de mí existencia sin su concepto realista de las cosas. Reconozco que muchas veces estoy en las nubes. Mi imaginación se desborda con facilidad y ella consigue que descienda a lo terrenal. Cierto que no le hace mucha gracia eso que digo de que es el contrapeso que necesito para estabilizarme. Debe sonarle algo burdo. Sé que es algo así como compararla con un bulto, pero no hay que sacar las cosas de contexto. Ella sabe que sólo hablo con mala intención cuando discutimos, cosa bastante frecuente por otra parte.

—Cuando acabe todo esto reservaré dos billetes de avión para Ginebra y me la llevo a esquiar al Mont-Blanc. Aunque nos quedemos sin un duro. Ya nos recuperaremos con mi paga de beneficios.

Pasaba el tiempo y el esperado desvío no llegaba. Caí en la cuenta de que lo que yo recordaba se refería a la carretera antigua pero no a la M-40.

—¿Y si han cambiado el nombre? Cualquiera sabe qué indicador han puesto ahora?

Con el alma encogida de nuevo, empecé a sospechar que aquello era lo sucedido.

Fijaba obsesivamente mi atención en el cetro de la calzada intentando atisbar la menor señal de un desvío.. El primer cartel anunciador lo encontré a los diez minutos de marcha: Móstoles-Alcorcón. Decidí que por ahí se complicaría aún más mi suerte así que continué sin más.. No sabía que la siguiente salida daba directamente a Fuenlabrada así que cuando divisé el indicador tomé esa dirección sin pensarlo mucho. Temía pasar de largo y regresar a la pesadilla del cambio de sentido.

Una vez dentro del pueblo pregunté a un ciudadano si sabía cómo llegar a humanes de Madrid.

—¡Oh, sí! Pero tiene usted que coger la M-40 a la salida del pueblo y seguir hasta que encuentre la salida directa.

O sea que debía haber dejado a un lado Fuenlabrada y tener fe en mis recuerdos. Pero mi autoestima no se hallaba fortalecida precisamente por los últimos acontecimientos.

Así que me vi por segunda vez guiando al santo irlandés con sus cuarenta toneladas rodantes a través de un núcleo urbano. Volví a sentirme totalmente vendido a mi incierto destino.

—Al final —me consolaba— uno empieza a acostumbrarse a esto de ir a ciegas en manos del azar. Veamos cuántos semáforos nos separan de la M-40...

Entonces comprobé con cierto alivio la cantidad de glorietas que habían construido por allí al cabo de los años. Fue una alegría efímera. Aprendí, ya tarde, que allí se entra por un sitio y que para regresar a la carretera hay que atravesar buena parte de la geografía urbana.

Estaba hasta las cejas de aquel turismo forzado. Los temores sobre el agotamiento de la paciencia del camionero volvieron a mí de modo que cuando paraba ante un semáforo en rojo llegaba a estremecerme solo de mirar por el retrovisor pensando que en cualquier momento le vería descender del camión decidido a vengarse de su desdicha apaleándome.

Mi abuela solía decir: "Quien algo teme, algo debe", pero quisiera que alguien me explicara por qué yo debía responder como un guía profesional por el hecho de que mi jefe me hubiera cargado con ese muerto.

Últimos cien metros de avenida hasta la M-40. Nos hallábamos otra vez en ruta. Mi voluntad de llevar a término ese viaje gafado era tanto mayor cuanto más difícil se ponía aquello.

—¿Y ahora qué? —decía para mí—. Igual resulta que las indicaciones del buen ciudadano son pura basura. Mira que no disponer de teléfono de contacto con el almacén de destino...

Me pareció divisar a lo lejos un cartel indicador. Cuando pude leerlo me colmé de gozo:

«humanes—Moraleja de en medio»

—¡Bravo! Esta es la definitiva— me animé.

Nada más abandonar el desvío encontramos una carretera secundaria y un restaurante repleto de vehículos pesados. Hice señas al irlandés levantando el dedo pulgar para que entendiera que estábamos en el camino correcto y que quería parar allí. Llevábamos una eternidad dando vueltas y el calor de aquellas fechas me había recalentado hasta el cerebro. Había conseguido aguantar la sed porque tenía concentrada toda mi atención en encontrar de una vez para siempre la salida del atolladero. En ese momento había recuperado algo de la autoconfianza perdida y mi organismo demandaba una hidratación rápida.

Cuando Sam Purvis, transportista, natural de Cork, Irlanda y sufrido compañero de infortunio descendió del camión, mi ánimo se dividió en dos estados: uno de alerta, pendiente de cualquier gesto que tuviera la intención de aplastarme la cara; el otro respondía a un sentimiento de fraternidad o solidaridad en la desdicha de haber recorrido cien kilómetros juntos dando tumbos, perdidos en un mapa hostil que se negaba a mostrar el final de la etapa.

Al mirarnos el uno al otro se reveló enseguida la naturaleza bonachona de aquel individuo. Una sonrisa franca cruzaba su rostro colorado cuando puso un brazo sobre mis hombros y me llevó consigo a la entrada del bar.

Una vez dentro y ante dos jarras de litro llenas de cerveza helada me confesó que en su toda vida había sufrido una experiencia semejante. Sus ojos chispeaban de pura sinceridad, doy fe de ello..

Trasegamos más de una jarra cada uno, lo confieso, pero es que el espumoso brebaje entraba por sí solo, sembrando refrescantes sensaciones a su paso. Después de las penalidades vividas, aquello suponía un premio que había que paladear poquito a poco, recreándose uno en cada segundo de placer.

El buen talante de Sam quedó patente no sólo por lo grato de su compañía y el par de chistes jocosillos con que se desmarcó sino porque incluso pagó las copas.

Todo un fenómeno, ese hombre.

Cuando salimos del santuario cervecero el día parecía tener otro color. Cada uno subió a su vehículo con inmejorable disposición de ánimo.

Empecé a acomodarme en el asiento, me coloqué las gafas de sol... y al instante sentí un aguijonazo en mi interior. Acababa de recordar el detalle de la dirección de entrega:

«Carretera de humanes a Moraleja de en medio, Km 4,4».

El lugar donde nos encontrábamos se hallaba en esa misma carretera, sí, pero ¿hacia donde debíamos dirigirnos? ¿a la izquierda o a la derecha? Tendría que adelantarme con el coche yo sólo para localizar el punto kilométrico y después guiar a Sam.

—¿Y si pregunto en el bar? Ellos sabrán en qué dirección se encuentra ese sitio.

Mientras pensaba en ello salí del coche y me dirigí al borde de la carretera. En su estrechez se asemejaba a una cinta gris que serpenteaba en medio de un paraje llano y pelado. No había vestigios de vegetación.

Resultaba curioso. Hasta ese momento no había tomado conciencia del lugar adonde habíamos ido a parar. Quizá por el efecto de la cerveza o del fogonazo interior que sentí al apreciar que la incertidumbre seguía siendo compañera de viaje., el espacio que me rodeaba se reveló ante mis ojos como una estampa desértica en la que el restaurante era la única construcción en medio de la desolación. Incluso los demás camiones aparcados parecían abandonados, sin rastro de vida humana bajo un sol de justicia.

A medida que me acercaba a la entrada del bar, percibía un olor característico a goma de neumático, gasóleo y fritanga, elementos que consiguieron devolverme a la realidad de mi misión.

Hice un gesto a Sam, quien me observaba con gesto neutro a través de su ventanilla.

—I need some information. Wait a minute— aclaré.

Nada más entrar en el garito elegí a la persona que me debería orientar: un tipo enjuto, con gafas oscuras que absorbía una gran bocanada de humo de su purito de hoja tostada. Cuando llegué a su altura había empezado a sorber una taza de café.

—Disculpe, ¿me podría decir hacia dónde queda el kilómetro cuatro?

me miró tras el humeante recipiente como si el resultado del examen de mi rostro fuese decisivo para que elaborara su respuesta. Un ligero carraspeo y las palabras salieron de su boca casi susurrando:

—Tendrás que comprobarlo, amigo. No sé en qué kilómetro estamos. ¿Adónde vas?

—A un almacén de fibras. Es de la empresa Yamas..

—No me suena —repuso el hombre delgado. A continuación se dirigió al camarero, que parecía clavado tras la barra.

—Paco, ¿sabes algo de Yamas?

El aludido respondió arrugando la frente:

—Ni idea. Por aquí no hay nada con ese nombre. ¿En qué dirección?

—Eso quisiera saber —respondí—. Está en el kilómetro 4,4 de esta carretera.

—Umm, el polígono más cercano está hacia humanes, a unos tres kilómetros de aquí.

—Y eso es...

—Saliendo a mano izquierda —remató el que habitaba tras la barra.

Desdoblé la arrugada copia del albarán de entrega y la escudriñé centímetro a centímetro. En letra casi ilegible por lo desvaído de la tinta pude descifrar algo que hasta entonces me había pasado desapercibido:

—Polígono Industrial El Lomo —vocalicé lentamente.

—El Lomo... Es la primera vez que lo oigo —indicó el barman—. Prueba en el polígono que te digo —añadió—. No hay otro hasta el mismo humanes

Di media vuelta, consciente del todo de que andaba de nuevo por la cuerda floja. Salí lo más rápido que pude de aquel antro y pasé ante el camión de Sam sin mirarle, indicando con el brazo que me siguiera.

El efecto del aire recalentado por el sofocante sol sobre la superficie del pavimento llenaba el horizonte con una reverberación plateada. No me llevó mucho tiempo pasar el velocímetro de cero a cien, ofuscado por el cariz de la situación. Quería vislumbrar cuanto antes cualquier rastro de nave industrial. No me importaba si Sam quedaba a la zaga o si era engullido por el asfalto derretido. Necesitaba ver de una maldita vez el lugar del infierno adonde tenía que llegar. Nada interrumpía el despoblado paisaje más que unos cuantos pedruscos y una ligera elevación del terreno, responsable del único cambio de rasante de toda la carretera. Al coronarlo, descubrí una pequeña gasolinera en la margen izquierda y ni la menor señal de un polígono. Esperé a Sam, que aproximó el camión en medio de un chirrido de de compresor de frenos y de motor roncando ruidosamente por la reducción de velocidad.

Pregunté al empleado de la estación de servicio sin bajar si quiera del coche y acodado en el borde de la ventanilla. Supongo que estaba ofreciendo una imagen chulesca pero me daba lo mismo.

—Polígono... ¿qué? —inquirió un hombre de edad indefinida, con un bigote desvaído, facciones difusas y aspecto indefinible en general ante mi mala leche desbocada.

—¡El Lomo! —grité una sola vez. Debió de ser suficiente, porque el individuo asintió y quitándose su gorrito blanco sin visera añadió:

—Si, de la vuelta y por detrás del cambio de rasante a pocos metros se desvía a la derecha. Es la entrada al polígono.

—Gracias —me limité a decir secamente y aceleré poseído aún por un anhelo desmedido de acabar con todo.

Volvimos sobre nuestros pasos y fijándome muy bien recorrí el carril derecho a menos de veinte kilómetros por hora.

No había ningún desvío.

Ninguna entrada.

Ni un cartel indicador.

Decidido a no dejarme derrotar esa vez por mi diabólica mala suerte, di un volantazo a mi derecha y entré de lleno en una explanada vacía. Seguí adelante al tiempo que observaba las cuarenta toneladas del camión de Sam paradas sobre el arcén.

—Mejor así. Ahora sí que no me la das, destino de mierda.

Grité la frase casi como una consigna de guerra. Pisé el acelerador consciente de la enorme columna de polvo que iba arrancando de aquel terreno estéril. A menos de veinte metros vislumbré un bulto que cuando empezó a cobrar forma se reveló como un cartel anunciador de tipo publicitario. Estaba orientado oblicuamente, se ve que pensando en los viajeros que iban en la dirección: gasolinera—restaurante.

Al alcanzarlo pude comprobar sus proporciones: un gigantesco cartelón que mostraba una leyenda en letras desvaídas por el sol:

«Polígono Industrial El Lomo. Venta de Naves. Razón, nave A».

Animado por un presentimiento me metí en el coche y continué mi marcha por el inexistente camino. Una pequeña cuesta me esperaba a menos de cincuenta metros de allí. La coroné despacio hasta que apareció ante mí la imagen que estaba esperando: un par de hileras de naves nuevecitas parecían esperar un visitante, inmutables en medio de la nada. Me había bajado del coche para contemplar el espectáculo. Me apoyé en el techo del vehículo y esbocé una sonrisa. Una carcajada empezó a abrirse paso hasta convertirse en algo parecido a un ataque de risa. Permanecí un buen rato doblado por la cintura hasta que mi respiración se normalizó lo suficiente como para introducirme en el coche y regresar a por Sam.

Este esperaba fumando un cigarrillo sin bajarse del camión, con la música de Bruce Springsteen atronando desde la cabina. Un buen modo de evadirse de nuestro común despropósito.

Buscamos la nave B1 y esta vez la encontramos a la primera. Me pareció una extraña recompensa, como un guiño burlesco del destino.

Parecía como si los operarios del interior de la nave no nos hubieran echado de menos ni un minuto. Debía ser que nadie se había enterado de nuestra odisea. Vamos, como si fuera una simpleza encontrar al primer intento aquella frontera con el fin del mundo.

Sam descendió del camión con gesto concentrado. Se hallaba en terreno seguro. Ya podía descargar la mercancía. Daba la impresión de que no le hubiera importado en absoluto lo accidentado del recorrido. Lo que contaba era estar allí, con la carga a buen recaudo.

Me ofrecí a esperarle para acompañarle en su regreso pero se ocupó rápidamente de denegar mi sugerencia.

—No, young man. I'm quite sure about the right way. Don't you worry.

No insistí pues no había nada más lejos de mi intención que tentar a mi suerte. Además, era casi seguro que el Irlandés tampoco estaría por la labor.

—Okay, Sam, good luck.

Me alejé de allí a grandes pasos, indicio de las ganas que tenía de volver a casa, ver a Diana, besarla y fundirme con ella en un mar de abrazos y jadeos, sin un resquicio para el recuerdo de ese infausto día.

Al subir a mi coche pude ver la mole del gran camión reposando tranquila, como si recuperara fuerzas preparándose para otra contienda.

Pasé de nuevo ante el cartelón anunciador. Por más vueltas que le daba no conseguía adivinar la razón por la que un ser humano puede colocar un indicador por grande que sea, a casi un kilómetro de la carretera más cercana. ¿Proyección de futuro? Quizá al cabo del tiempo aquello se transformaba en un doble trébol de autopistas y el del Lomo en el más célebre de los polígonos.

Desde luego, en aquel momento no pasaba de la clasificación de oscuro y clandestino.

Respiré hondo y continué mi marcha hacia la luz.

Puse tierra de por medio. Mucha tierra. Era lo único que abundaba por aquel páramo.

 

 

Marcos Manuel Sánchez

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