Sumario 23

 

Juan Diego
Incardona

   Primera vivencia

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Lectores
de la tierra.
Segunda
vivencia:

El dios
ignorado

 La primera vivencia de Lectores de la tierra se encuentra en eom21

 




¿Qué hace?

Junto los guiones de diálogo.

Déjelos, pesan demasiado.

Es cierto, no pensé que estas rayitas pesaran tanto.

(Breve silencio)

Puedo hacerle una pregunta.

Adelante.

¿El arte es solamente descubrimiento?

¿Por qué lo dice?

Usted me ha explicado que nuestras vivencias consisten en cavar pozos...

Es cierto.

...y en extraer objetos.

Sí.

Usted me ha dicho que esas vivencias son una lectura. Una lectura de la página blanca, diría yo.

Perfecto.

Entonces, la conclusión que hago de sus enseñanzas es que el arte es descubrimiento. Me pregunto si la creación es posible.

La creación es el paso siguiente al descubrimiento.

¿Cómo?

La creación del artista consiste en la combinación ingeniosa de esos objetos que ha extraído.

Claro...

No parece muy convencido. Se lo explicaré de otra forma: Las palabras que el artista encuentra están todas vestidas, y vestidas para invierno. Esto siempre es así. Luego, según su ingenio y habilidad, sabrá montar con ellas un espectáculo particular, al quitar de algunas palabras una, dos, tres prendas, tal vez más, y agregarlas al ropaje de otras de la serie.

Un desfile de modas.

Incardona, paradójicamente su sarcasmo se acerca a la verdad: Sí, un desfile de modas, esa es la creación del artista. Dar cuenta de su época y su cultura, dar tensión a su época y su cultura, todo a partir de la combinación de elementos preexistentes.

¿Cómo debe ser esa combinación? ¿Debe estar regida por la emoción o por la razón?

En primer lugar, si el artista tiende exageradamente a la razón, puede lograr, en algunos casos, buenos resultados, aunque corre el riesgo de que sus combinaciones pierdan gracia. En segundo lugar, si el artista combina la razón y la emoción armoniosamente, verá los mejores resultados. Por último, está el artista que tiende a la pura emoción. Esto suele ser un desastre.

¿Por qué dice eso?

El artista capaz de gobernar los objetos extraídos del pozo es capaz de construir con ellos verdaderas ciudades. Sólo la razón permitirá al artista planificar y ejecutar una cantidad suficiente de calles y avenidas, de parques, de puertas, de monumentos, de museos, de jardines, de casas y edificios, etcétera, que permitan al lector internarse y deambular dentro de la combinación. Si además el artista combina emociones y sentimientos la ciudad será aún más bella, repleta de detalles en su arquitectura, de flores en sus jardines y parques, de adornos en sus casas... Pero atención, si el artista es pura emoción, sin razón que controlen sus actos, los sentimientos cobrarán tanta fuerza que se convertirán en tempestad. Esta tormenta arrasará con columnas y paredes, derribará edificios y tapará todos los caminos. La ciudad se convertirá en un montón de ruinas, en una anarquía inaccesible para lectores que quieran hurgar en sus misterios. La única salida en estos casos es volver a cavar, volver a limpiar los objetos y volver a combinarlos de manera adecuada. En conclusión, los sentimientos dan estética pero no dan forma, ésta sólo es posible mediante la razón.

Creo que estoy de acuerdo, aunque tendré que pensarlo.

Está bien.

Dígame, ¿percibe algo?

Sí, mis manos están hallando fragmentos de oraciones.

Permítame ayudarlo.

Por supuesto.

De qué se trata.

Son las palabras sepultadas de un dios.

¿Un dios?

Sí, un dios ignorado por su pueblo.

¿Qué clase de pueblo es ése?

Es el pueblo escita.

¿En Siberia?

Así es.

Parece que no quedan más palabras en este pozo.

Quizás haya más, pero deben estar enterradas muy profundamente. Incardona, vamos a limpiarlas. Traiga los pinceles.

Bueno, pero le propongo que después las combinemos juntos.

Combinación en colaboración. No hay problema.

Parece que otros arqueólogos han estado aquí antes que nosotros.

Es cierto. Mire este nombre.

Seguei...

Seguei Rudenko.

¿Dónde estamos?

En el emplazamiento de Pazyryk, en Altai. Es el año 1929 y Rudenko dirige la exploración de arqueólogos soviéticos. Allí están, véalos, desentrañando kurganes sobre las páginas blancas que cubren al pueblo escita y su dios ignorado.

¿Por qué lo ignoraban?

Porque los escitas rendían culto sólo a sus muertos. Volvamos a la superficie, Incardona, vamos a combinar las oraciones que encontramos.

Sí, señor.

De esta forma, mi compañero y yo, lectores de la tierra, limpiamos estas palabras y asignamos a nuestro antojo un orden sobre ellas; descubrimos que nos estaban esperando.

Esta es la carta del dios escita, descubierta y combinada:

 

La arqueología o la literatura
que libera a la brisa,                  aliento de dioses invisibles
                              que habitan en los pasillos tenebrosos del flautín,
que imagina cunas en tumbas,
que reza sentencias absurdas en un suelo pagano     (suelo blanco),
que define a las historias de mi oprobio,
                         me ha regalado una nueva paradoja:

Los escitas cabalgaron las estepas de hielo bajo una pira de estrellas ardientes porque Yo he dormido aquella noche (suelo blanco) y he soñado en mi rostro a Pedro el Grande y he mandado traer el pasado —imaginación secuaz de mis entrañas—
a la vigilia, al papel, al tiempo de los péndulos.

Pero Yo, paradójicamente, que también soy Pedro el Grande, no soy Pedro el Grande. Tampoco ningún hombre de mi pueblo, aunque sea todos ellos.           No.            No existen las palabras que expliquen ser y no ser.                          Miren: no tengo cuerpo.

Soy un Dios, un Dios que sueña, en fin, he decidido inventar un pueblo errante,
he ultimado detalles,               he dicho:

"Que exista un pueblo que me ignore".

También los he soñado a ustedes, arqueólogos, y he dibujado bajo mis párpados, al sur de la Siberia, junto a Mongolia, a Seguei Rudenko develando un kurgán, verosímil es cierto, con reyes muertos, verosímiles es cierto, para poblar este universo ciertamente inverosímil de sus lecturas.

También inventé, o escribí, a los zares del futuro, antes, o en cualquier tiempo —no hay medidas que enumeren mis actos—.

He creado a Herodoto y puse palabras en su boca:

"Los Escitas son el pueblo más antiguo de la Tierra".

Además me atribuyo el invento de las pequeñas montañas, túmulos de tierra, roca y agua congelada.             Almohadas del mundo.

En fin,
en esta porción del humo de mi existencia cuento la acción de mi eterno letargo:

He soñado todo, quizás fue un destello, o un gesto, o un ronquido, o un sollozo, o una sonrisa, o un sonido o un silencio.

Pero en el fin,
ahora (o antes), cuento la acción: Despierto de una vez y descubro
mi decisión —paradoja de la arqueología o la literatura— a través de los cristales de agua:

Los hijos de mí no me conocen.

Quizás porque preferí ser un dios ignorado, quizás porque otros dioses están soñando, tal vez uno de carne, tal vez uno de huesos y cenizas, quizás, arqueólogos lectores, es por estas causas que los escitas han preferido rendir culto sólo a sus muertos. Saben, he llegado a la peor de mis conclusiones: En el suelo blanco, pagano, que adormeció mis sentidos, que atrapó las brisas de mis flautines, que definió las historias de mi oprobio, una lápida rezará una sentencia absurda y blasfema:

"Quien yace no es un dios, es un muerto".

¡Ah! ¡Pero la tierra y el cielo se tocan en el horizonte de los ojos!
Por eso, arqueólogos que leen estas páginas, les advierto:

Quien haya escrito,                o soñado,                mi lápida,
olvidó restringir mis decisiones,
olvidó quemar mi almohada,
olvidó raptarme de la inmortalidad del hielo,
olvidó soñar tumbas en mi cuna,
olvidó matarme.

El Escita

 

El dios ignorado.

Esta es mi segunda vivencia.

Hemos cavado este pozo, nosotros, lectores de la tierra, arqueólogos de las páginas blancas.

Está escrito.

 

Juan Diego Incardona

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