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Lectores
de la tierra. Primera
vivencia:
La
muerte
de los
inmortales
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¿Usamos
guiones de diálogo?
Déjese de tonterías.
Está bien.
(Breve silencio)
¿Qué
ve?
Veo la guerra.
¿Qué
clase de hombre es usted, señor?
Soy un lector de la tierra, pertenezco al clan de los lectores de
la tierra.
¿Qué
es eso? ¿Qué es lo que hacen?
Somos excavadores: cavamos pozos y descubrimos.
¿Objetos?
Objetos, acciones, hombres y mujeres, situaciones, sueños,
emociones, pensamientos, toda clase de hechos, todo.
A mí me han dicho que usted tiene visiones.
No son visiones, son vivencias.
¿Y
cómo son esas vivencias?
Las vivencias son aquello que antes le mencioné; son pozos
cavados. Cuando nosotros vemos, oímos, olemos, tocamos, gustamos,
sentimos, es cuando nosotros tenemos vivencias. O podría
decirlo de otra forma.
¿Cuál
es esa forma?
Nosotros leemos. Nuestras vivencias son una lectura, son, en otras
palabras, nuestros sentidos dentro del pozo cavado, son, en otras
palabras, nuestros descubrimientos.
¿Y
ahora qué ve... o mejor dicho, qué vive, señor?
Vivo la guerra.
Yo
he venido aquí para escribir sus visiones, o sus vivencias.
Mi nombre es Juan Incardona y deseo escuchar y escribir.
Usted escuchará, olerá, verá, tocará,
gustará, sentirá. Tomé su pluma y escriba este
pozo.
Ya estoy listo.
Vivo la guerra.
¿Dónde?
En el borde de una página.
¿Qué
lugar es ese?
Los bordes son el último lugar antes del abismo. Este borde
de página, como otros tantos, es un lugar último de
lectura.
¿El
abismo no se puede leer?
Sí, pero no por nosotros. Los lectores de la tierra sólo
podemos leer lo que está dentro de las páginas.
¿Quién
puede leer el abismo?
No lo sé, quizá otro clan, pero nosotros no podemos
saberlo.
Volvamos al borde de esa página que usted estaba viendo.
Viviendo.
Perdón, "viviendo". ¿Dónde queda?
En las orillas occidentales del Helesponto.
Espere un momento, por favor. Aquí traje diccionarios y mapas.
Espere un momento. El Helesponto... ¿El estrecho de los Dardanelos?
Sí.
En la antigua Tracia. ¿Qué está pasando allí,
señor?
Están construyendo un puente, un doble puente de barcas.
Su longitud mide más de un kilómetro.
Es increíble señor: oigo sonidos de pasos.
Son pasos estremecedores.
Es verdad, señor, retumba, todo retumba. Es el andar de un
ejército.
Usted empieza a vivir, señor Incardona.
Es la guerra.
Cierto.
Debo confesarle que siento miedo.
Escriba, no detenga su escritura. Lea conmigo, pero escriba.
Lo haré. Dígame, ¿quiénes son esos hombres?
Son los inmortales.
Pero...
Son los inmortales, la famosa Guardia Real, cuerpo destacado de
infantería compuesto por diez mil arqueros y piqueros seleccionados
entre los cientos de miles de soldados aqueménidas.
Aqueménidas... son Persas.
Sí.
¿Cuándo?
Ahora, señor Incardona, o hace dos milenios y cinco siglos.
Como prefiera. Mire, escuche, huela...
De
esta forma, mi compañero y yo, perseguimos afanosamente a
los inmortales: Nosotros, lectores de la tierra, también
respiramos cual aquellos el ardor del mundo sobre las arenas de
Egipto y El Líbano, y ocupamos la fértil Mesopotamia
como si fuéramos recién nacidos ocupando el vientre
de la madre, y, como llamas de fuego que arrastran sus lenguas ardientes
hacia los parajes invisibles del vacío, también junto
a ellos nos perdimos en los confines que se desvanecen en el Oriente
y el río Indo. Después regresamos otra vez al Bósforo,
como los lectores que retornan a una biblioteca a repasar los libros
leídos y a sorprenderse en el encuentro de palabras nunca
vistas, palabras que extrañamente cambiaron en la ausencia
de las miradas. Luego caminamos Tracia y Macedonia, junto a los
inmortales siempre, y viajamos mas allá del Danubio, y no
sabemos si era un descenso o un ascenso; y nuevamente descendimos
o ascendimos, para oler los aires fúnebres de la llanura
de Maratón; después navegamos, como navegan los pintores
con sus barcas de cerda en las telas de un cuadro, en el oleaje
de los dioses y los monstruos del Mar Egeo; y ahora, en esta oración,
mi compañero y yo damos nuestras espaldas a Turquía
para regresar nuevamente a Grecia, ya cansados, como aquellos hombres
que expiraron y siempre expiran vidas en la repetición de
un tiempo indomable, cual aquellos, cual la Guardia Real aqueménida,
muriendo en todos los lugares del gigantesco Imperio, siempre.
Jerjes I, hijo de Darío I, comandaba las tropas que perseguíamos
y que los griegos confundieron con las estrellas o los granos de
arena. Busqué en mis libros: Heródoto habló
de 2.641.610 guerreros.
Avanzamos hacia el paso de las Termópilas a enfrentarnos
a los espartanos de Leónidas.
Y
marchamos a quemar Atenas.
Y
nos dirigimos al naufragio de Salamina para convertirnos en un espectáculo:
el rey persa contempló la muerte y la derrota sentado en
un trono de plata en la costa del Ática.
Todo
esto lo hemos presenciado con mi compañero.
La muerte de los inmortales.
Hemos
seguido constantemente sus pasos y, caminando entre espadas, flechas,
cascos y armaduras, hemos descubierto el sonido de los pasos estremecedores,
los gritos que manan de las heridas, los olores de las campañas,
las imágenes de los cuerpos quemados y masacrados.
La
muerte de los inmortales.
Los
hemos visto flagelados y torturados en el ardor del mundo, sobre
las arenas de Egipto y El Líbano; despellejados en la fértil
Mesopotamia; decapitados en los confines de Oriente y el río
Indo; crucificados en Tracia; ahorcados en Macedonia; y aplastados
por las bestias que se ocultan más allá del Danubio.
Lloramos al verlos ahogándose en Maratón, empujados
a las aguas por los griegos. Oímos los chirridos de la carne
cuando los monstruos devoraban sus cuerpos en el mar Egeo. Y ahora,
en esta oración, mi compañero y yo damos nuestras
espaldas a Turquía para cruzar el Helesponto en un doble
puente de barcas y verlos morir en Termópilas, Platea y Salamina,
verlos morir incesantemente, verlos y morir junto a ellos la muerte
inmortal.
La muerte de los inmortales.
Esta es la primera vivencia escrita de mi compañero. Y la
mía.
Hemos cavado este pozo, nosotros, lectores de la tierra, arqueólogos
de las páginas blancas.
Está escrito.
©
Juan
Diego Incardona
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