16
noviembre 2002

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Danilo
Kiš


Datos sobre la obra
y biografía del autor

La Buhardilla

La Buhardilla, de Danilo Kiš, en Editorial Opera Prima

Capítulo primero

Danilo Kiš

 

 

 

 

 

 

 

La Buhardilla
ha sido editada por Editorial Opera Prima

 

 

eom
volver a Tierra

 

 

 

 

 

 

16
noviembre 2002

Danilo
Kiš


eom
volver a Tierra

La Buhardilla
Traducción de Gani Jakupi

Capítulo 1
Eurídice

 

Escuchaba llorar, en la noche, trenes invisibles y hojas entiesadas agarrándose a uñas contra el suelo duro y congelado.
       Por todas partes aparecían ante nosotros hordas de perros peludos, hambrientos. Salían de portales lóbregos y se colaban a través de vallas estrechas de madera. Nos solían acompañar en tropel, silenciosos. De vez en cuando levantaban hacia nosotros sus ojos cansinos, tristes. Mostraban un extraño respeto para con nuestros pasos inaudibles, para con nuestros abrazos.
       De un árbol oscuro, cuyas ramas subían por encima de la valla, caían ciruelas otoñales, gordas, moradas. Nunca hubiera creído que en esta época del año podían existir prunas tan duras y tan azules. Pero en aquel entonces estábamos tan ocupados con nuestros abrazos que no nos fijábamos en este tipo de cosas. Solo una noche, a la luz repentina de los faros de un viejo automóvil, advertimos cómo un tropel de perros, que hasta el momento nos seguía en silencio, se dedicaba a recoger, casi religiosamente, las ciruelas caídas en la grava y en el fango del canal. De golpe entendí por qué los perros iban tan silenciosos y abatidos; aquellas ciruelas salvajes les encogían las cuerdas vocales como si fueran piedras alumbres. Oí crujir entre sus dientes los huesos de la fruta, con los que engañaban su hambre. Parece, sin embargo, que ellos mismos se avergonzaban de todo eso; en cuanto el coche hubo echado su luz inopinada sobre ellos, se escondieron en el canal que costeaba la carretera, a excepción de los que no llegaron a apartarse y se quedaron en el sitio, como petrificados.
       El hombre de la pelliza paró el coche en seco.
       «Extraño», dijo, mientras que yo no alcanzaba a ver a quién se dirigía. Creo que en el interior del coche no había nadie, porque no había luz.
       Entonces, el hombre de la pelliza se arrodilló delante del cadáver y lo observó un largo rato, repitiendo: «¡Extraño! ¡Extraño!»
       Nosotros nos pegábamos contra la pared agrietada, en la sombra, con la respiración cortada. Vimos cómo el hombre volvió al coche y encendió los faros.
       Solo una vez que el coche llegó al final de la calle, el motor se puso a zumbar. Fue entonces cuando entendí cómo el hombre de la pelliza había conseguido sorprender a los perros. El coche bajaba la calle sin luces, en punto muerto, con la astucia de un depredador salvaje, con el viento en contra.
       Entonces saltamos el canal y nos detuvimos en el sitio donde un poco antes estaba el coche. Los dos perros yacían sobre su costado derecho, casi simétricamente dispuestos entre sí. Uno de ellos era un viejo bulldog con hocico de simio masacrado por las ruedas del coche, y el otro era un perro faldero, con una chapa colgando del cuello. Me agaché para ver el collar. Sobre la chapa amarilla, del tamaño de una uña, estaban grabadas las palabras:

       Larron. Crimen amoris.

       Esperaba encontrar algún anuncio en los periódicos que me permitiera aportar mi testimonio y devolver el medallón al propietario del perro; pero no pude leer nada al respecto.
Así que, un día, cuando me aseguré de que no tenía razones para no considerar el oro como propiedad mía, llevé la chapa al joyero.
       «Larron quiere decir "canalla"», dijo el joyero sin dirigirme la mirada.
       Me quedé sorprendido.
       «Es como se llamaba mi perro», dije yo para ocultar mi perplejidad.
       «Extraño», dijo él.
       «Le gustaba robar ciruelas.»
       «¿Ciruelas?», dijo el joyero alzando la mirada.
       «Eso le costó la vida», sentencié yo.
       «Extraño —continuó él—. ¿Y usted quiere que le haga un anillo de esto?»
       «Sí», contesté.
       «Hum —dijo él—. Claro, es asunto suyo.»
       Entonces yo reaccioné:
       «¿Es que no se puede hacer un anillo de esto?»


       En aquel tiempo, no prestaba atención a los trenes. Pero ellos me hacían sufrir con sus gemidos sin que yo siquiera fuese consciente de ello. Había en mí un presentimiento borroso, una especie de temor a sus aullidos.
       Sin embargo, una noche dije, sorprendiéndome a mí mismo:
«Tengo miedo a los trenes».
«Tú no temes a nada —dijo ella—. No debes tener miedo.»
       «Me asustan también los perro», dije.
       «¡Oh!», dijo ella, pero no pudo continuar. En cuanto redondeó la boca para decir «Oh», yo ya había pegado mis labios contra los suyos, así que nuestro beso tuvo el eco oscuro del arrepentimiento, un oh… oh… oh… largo y sordo, que se inflaba y adelgazaba hasta estallar, con una leve detonación, como una pompa de jabón.
       «Oh», dijo ella otra vez, y ahora su voz era más lóbrega, más embriagada.
       «¿Qué te pasa esta noche?», preguntó.
       «No tenía que haberlo dicho. No tenías que haberme dejado decirlo.»
       «¿Qué?», dijo ella.
       «Lo de los trenes y los perros. No debía pronunciarlo. Si no lo hubiera dicho, ahora no estaría pensando en ello.»
Estábamos tumbados en la hojarasca al lado de la vía de los trenes.
       Nunca he podido explicar lo que me pasaba. En cuanto notaba la llegada del tren por el leve temblor del suelo, me asaltaba un impulso viril y una especie de temor, una inquietud que me empujaba a echarme debajo de las ruedas.
       «Abrázame —dije— con fuerza.»
       «¿Otra vez tienes miedo? —preguntó ella—. Aquí no hay perros. ¿O quizás has oído algo?»
       «Sí —dije—. El crujido de las pipas entre los colmillos.»
       «Será el supervisor de los ferrocarriles que va inspeccionando las vías.»
       «No —dije—. Tú solo abrázame fuerte.»
Cuando el tren pasó tronando, levantando un remolino de hojas muertas que habíamos amontonado, yo temblaba, al borde del desmayo. Después, brusca e inexplicablemente, empecé a sollozar.
       «¡Mira! —exclamó ella—, ¡mira!»
       Estaba lo bastante oscuro para no tener que sonrojarme. De todas formas, no me avergonzaba llorar. Pensaba inventar alguna explicación, pero renuncié también a eso. Incluso me gustó haber llorado delante de ella.
       «¡Mira, tonto! —repitió ella—, mira lo que he encontrado.»
       Solamente entonces abrí los ojos.
       En la palma de la mano llevaba una muñeca de trapo de cabello rubio. Toqué con dos dedos el vestido de algodón de colores de la muñeca, después remangué su vestido y me reí.
       «Este será nuestro bebé —dije—. Inmaculada Concepción.»
       «Te estás burlando de mí», dijo ella.
       «No es cierto.»
       «Bueno, entonces bauticémosla.»
       «No —dije—. ¡Arrojémosla debajo de un tren! Tiene un morro parecido al hocico del bulldog atropellado por el coche.»
       Ella contempló furtivamente la cara de la muñeca, después soltó un grito leve y la lanzó hacia el terraplén.
Sentí el serrín de las entrañas de la muñeca caer sobre mi cara, como si fuese arena.
       «Extraño», dijo ella al despegarse de mis labios.
       «¿Sí? —dije—. ¿Qué es extraño?»
       Estaba acostada boca arriba, encima de un lecho de hojas muertas, la mirada perdida en el oscuro cielo nocturno.


       Pero lo nuestro había empezado mucho antes.
       En aquel tiempo, cuando creo que la vi por primera vez, buscaba febrilmente algunas respuestas, estaba ocupado conmigo mismo, es decir, con lo esencial de la vida.
       He aquí algunas preguntas para las que buscaba respuestas:

       — la inmortalidad del alma
       — la inmortalidad del sexo
       — la inmaculada concepción
       — la maternidad
       — la paternidad
       — la patria
       — el cosmopolitismo
       — la cuestión de la transformación orgánica de la materia
       — la cuestión de la alimentación
       — la metempsicosis
       — la vida en otros planetas y en las estrellas
       — la edad de la Tierra
       — la diferencia entre la cultura y la civilización
       — la cuestión racial
       — la postura apolítica o el compromiso
       — la bondad o la falta de escrúpulos
       — el Superhombre o el Hombre Universal
       — el idealismo o el materialismo
       — Don Quijote o Sancho Panza
       — Hamlet o Don Juan
       — el pesimismo o el optimismo
       — la muerte o el suicidio
       etc., etc.

       Estos y otra decena de problemas similares estaban frente a mí, como una cohorte de esfinges silenciosas y malhumoradas. Así, justo cuando llegaba al problema número nueve —la cuestión de la alimentación— habiendo solucionado como pude los ocho anteriores, apareció esto último, la cuestión del amor…
       Desmontada en sus partes esenciales, esta cuestión —en este caso concreto— tenía estas determinantes:
       Pregunta: ¿De qué color son sus ojos?
       Suposiciones: verde, azul turquesa, color de moras maduras, azul marino, como el cielo nocturno sobre el Adriático, sobre Madagascar, sobre Odesa, sobre Célebes; como el mar en las orillas del Brac, del Cabo de Buena Esperanza, etc.
       Pregunta: ¿De qué color es su cabello?
       Suposiciones: marrón, rubio, cabello de hada, de Viviana, color de claro de luna maduro, de pura lana solar, de un día soleado…
       ¿Su voz?
       ¿Arpa de plata, viola con sordina, laúd renacentista, sonido de guitarra sueca con trece cuerdas, órgano gótico o clavicordio en miniatura, staccato de violín, arpegio en acorde menor en guitarra…?
       ¿Sus manos, sus caricias?
       ¿Sus besos?
       ¿Su pecho, sus caderas, sus muslos?


       Así, ella, con tan precioso cargamento barroco, se dirigió hacia mí con paso de fiera domada, el cabello al viento.
       Fue de esta manera:
       En compañía de Cabrío—Sabio, estaba a punto de entregarme a la filosofía, y justamente habíamos llegado —sin mucho esfuerzo— a la famosa novena cuestión, cuando él propuso que nos la saltáramos, puesto que era bastante vulgar y poco interesante para los filósofos, para dedicarnos a la astronomía y empezar todo el asunto a partir... de las estrellas.
       Naturalmente, estuve de acuerdo.
       A tal fin vendimos todas nuestras pertenencias (es decir, su abrigo y el mío, y algunos libros exprimidos como limones, que casi podíamos tirar en la taza del váter) y nos mudamos a una pequeña buhardilla en la periferia de la ciudad. Allí pasábamos los días, o mejor dicho, las noches, contemplando las estrellas y descubriendo galaxias desconocidas para nosotros hasta la fecha. Bautizamos a una estrella de la constelación de Orión como Amor Sin Descubrir, a la otra como Cabrío—Sabio, a la tercera con mi nombre (que siga siendo un pequeño secreto), mientras que a la cuarta la denominamos sencilla y vulgarmente Hambre.
       De esta manera justificamos nuestra inconsecuencia y la vuelta a la famosa e indigna cuestión ordenada bajo el cabalístico número nueve.


       «Permítame —dije— presentarle mi compañero, Cabrío—Sabio.»
       «¡Oh! —dijo ella—. Usted debe de ser filósofo.»
       «No —dije yo—, es astrónomo.»
       «Sí —dijo Cabrío—Sabio—, y él es...»
       «Trotamundos», rematé yo, y le pisé el callo. (Nunca me ha gustado desnudarme en público.)
       «Oh», dijo ella, y una nube pasó volando por sus ojos.
       «Sí —añadí—. Acabo de volver del Cabo de Buena Esperanza, vía Costa Azul.»
       «¡Qué suerte tienen!», dijo ella.
       «¿Tenemos?», dije.
       «Sí que la tenemos», dijo Cabrío—Sabio.

       El otoño del año 7464 (según el cálculo bizantino del tiempo) era húmedo y nebuloso; las hojas se habían vuelto amarillas y secas de un día para otro, hasta que una mañana descubrimos con asombro que las ramas estaban desnudas como tuberías. ¡Todo ocurrió tan de repente!
       «¿Cómo se llama usted realmente? —preguntó ella el día siguiente—. Supongo que Cabo de Buena Esperanza no será un nombre propio.»
       «Orfeo —dije—. Orfeus.»
       Cabrío—Mentiroso confirmó:
       «Aquí tiene por qué usted, Magdalena, no podría llamarse Eurídice. Seguramente es lo que él quiso decir también... ¿No es así, Orfeus?»
       «Naturalmente —dije—. Se sobreentiende. Si usted no tiene nada en contra.»
       «Oh —dijo—, qué extraños que sois.»
       Y después, a bocajarro:
       «¿Dónde está su guitarra, Orfeus?».
       «En la buhardilla», dije.
       «¿Qué buhardilla?», dijo ella.
       «Vivimos allí por la proximidad con las estrellas, usted lo entenderá. Convertiremos el Hambre en Eurídice. ¿Le agrada?»
       «No lo entiendo», contestó ella.
       «Para que una estrella lleve su nombre.»
       «No me llamo Magdalena.»
       «¿Quién dice Magdalena?... Yo he dicho Eurídice.»
       «Oh —dijo ella—. No me importa. Pero me gustaría ver la estrella.»
       «Naturalmente —dije yo—. Elegiremos una estrella digna de su nombre.»

 

 

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