10
abril 2002

 

Marcos
 
Winocur
  


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El hombre,

    ese tonto dios fallido

 

 

Marcos Winocur  

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10
abril 2002

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El hombre, ese tonto dios fallido

 

Sigfrido, héroe de narraciones mitológicas, ha dado muerte al dragón. Feliz de su victoria y del amor de la bella Brunilda, lo encontramos en el bosque recibiendo sobre su cuerpo el chorro de sangre caliente que mana del dragón. Así, Sigfrido se tornará invulnerable y en adelante ningún arma podrá herirlo. Feliz, escucha el canto de las aves del bosque cuyo idioma ahora entiende, cuando de un árbol cae una hoja y se fija en un punto de su cuerpo que todavía no ha bañado la sangre del dragón. Sigfrido lo advierte, un movimiento le bastaría para quitarla, no lo hace.

¿Por qué? Tal vez el héroe se prefiere más hombre que dios y decide guardar la imperfección, ese punto vulnerable a la altura de uno de sus hombros. Comete así una suprema locura, y el azar de una hoja caída se convierte en destino.

¿O Sigfrido piensa que se trata de una señal de los dioses y no está en su mano borrarla? Como fuere, el don de la invulnerabilidad se le ha dado más no la completud y, entreabiertas las puertas de la muerte, no tardarán en ser franqueadas.

Y doble locura, Sigfrido confiesa su defecto a la amada Brunilda, quien, confundida por bajas intrigas, lo mandará a matar de un certero lanzazo en el hombro, suicidándose luego.

Ah, el hombre, ese tonto dios fallido...

Nota de pie de página. Otra versión sostiene que Sigfrido no advirtió la caída de la fatal hoja.
Naturalmente, de ser cierta, daría por tierra con mis reflexiones existenciales. La vía directa para averiguar la verdad fue preguntar al propio héroe. Corrí pues a la Opera y en un entreacto interpelé al Sigfrido wagneriano. Y me contestó:

- Yo siempre lo supe.

Y murmurándome al oído:

- Te diré más, ninguna hoja me cayó, yo mismo la corté del árbol y la puse sobre mi hombro, soy un tramposo.

 

 

Marcos Winocur

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