16
noviembre 2002

 

Bob T.
 Morrison

  


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Poemas   
desde   
el Parámetro   
Cero
   


Este conjunto de poemas pertenece al libro Tiempos de alucinación, publicado en 1995 por la editorial Puente de la Aurora
eom
Volver a Aire

 

 

 

 

 

 

16
noviembre 2002

Bob T.
 Morrison


eom
Volver a Aire

Poemas desde el Parámetro Cero

 

 

Trazo pájaros inversos
en el fuego de tu mirada
con la mano temblorosa, dañada
de recoger tus lágrimas entre los senderos del pasado,
donde violines de cálamo pintan hojas blancas,
los brazos fríos a lo largo de mi cuerpo
y tú, tumbada sobre arenosas alas
frotas el cáliz de un sueño de sombras
                                    en el amargo desliz de las horas
que alzan la guardia de nuestro destino.

 

 

 

Se esparcieron
las rojizas hojas entre los navíos,
los que trajeron la palabra a tus labios
—la escarcha formando figuras geométricas
                                      en recordadas tumbas de poetas—
y el amanecer contiguo a la ventana
completan mis tardes de alcohol y humo.
             Ya soy sueño, cuando despierte
solo tú serás mi mediodía:
                                      la más pura de mis nostalgias.

 

 

 

La luz quebrada de la aurora
en las consecutivas ediciones de los días
despertó rabiosos ventiladores,
nenúfares rojos de sangre,
dioses de recto dedo índice
y la pluma, que impávida,
forma tu nombre de mujer en la esfera de un sueño.
             Ahora,
ya todo se sostiene con ladrillos de papel.

 

 

 

Remolinos de arena
                                    
  ahogaron la tempestad.
             
Los guijarros de neón
esculpieron voladores peces de simétricas alas,
el viejo tapete iluminado por tres lámparas
desnuda tu cuerpo en infinitas carambolas.
             
El pasado de un incierto futuro, ahora,
ya conoces la profecía,
e inexorablemente
el cielo que se halla bajo nuestros pies
se quiebra en mil pedazos.

 

 

 

La noche se deslizó
hacia lo profundo del abismo,
donde los mares absorbieron las estatuas sagradas,
el que sepultó mi esfinge dibujada en el cristal.


Las antorchas rasgaron la oscuridad
como el pensamiento profundo e inocuo,
tallado sobre las minas de las eras; en las cuales
navegaron mis ansias,
ausencias volátiles que se fugaron
cuando el viento gimió tras la montaña.

 

 

 

Guarda el secreto de mi silencio,
llévalo en tu aliento perlino
—fina capa de muselina—
aquel del que hace tiempo bebí
bajo el cielo sollozante,
entre el almendro y el abismo.
             
Ya rompí las caretas carnavalescas,
en el mismo instante
que tus lágrimas resbalaban por mis cicatrices eternas.
             
Comprenderás ahora cómo naufragué
andando por los espejos rotos,
y con sólo una visión fugaz
crucé los milenios que me separaban de ti.

 

 

 

Sólo puedo ser
aquel que anduvo entre tus vertiginosos pechos
—esencia pálida de mi ser—
extracto de pequeñas guerras,
agonía de versátiles espumas
cuando tu invierno me sorprendió desnudo
en el alféizar de la muerte.
             
Tus brazos me acogieron y huidizos
rozaron mis pecados más ocultos
sintiendo el temblor de todo mi cuerpo;
y tus manos aliviaron
el manar de la sangre,
—las llamas de mi pasado—
donde cuelgan amaneceres tardíos
que iluminan quebrados paisajes,
retrato de mi faz golpeada
por los eternos vientos.
             
Yo sé muy bien que en cada placer
existe el dolor;
y detrás de éste
se esconde el gran albatros.

 

 

 

¿Son ebrias estas palabras que se traslucen de las rocas?
No fue un sueño cuando ardió el retablo
por el fuego de tus ojos,
o cuando estando en el bosque
el cauce del río se partió entre tus muslos,
en aquella noche formada por instantes
y rabiosos golpes de luna
que finalmente se resquebrajó.

El fulgor de las distantes estrellas nos cegó;
tu piel era brasero para el frío; y nos sacudimos las
pequeñas gotas de nuestra vejez aventurada
cuando entramos en las cavernas del oscuro siglo.

¿Qué extraña locura me atrajo hasta aquí?

Cuando me lo pregunto
oigo el relincho de un poeta
sobre mi propio cristal.

 

 

 

Heliotropos crecieron
alrededor de las lagunas de tus ojos,
aquellos en que vi reflejada mi noche
—no sé si anterior a mi nacimiento
o posterior a mi muerte—
la cual en mi bagaje sórdido,
postulé las palabras malditas
sobre mi ignominiosa existencia,
surgiendo con tal fuerza
que la voz se balanceó en el cadalso.

 

 

 


MIRÓ


Parpadean Los ascensores
el huevo de látex con mancha roja domina la ciudad
la magia de tus pinceles que poseen rabiosos colores como puñetazos
y el flash que corona tu tez
con largas y penosas escalinatas
—el moho abre las venas como las papeleras de antaño—
el iris de un ojo al atardecer como un pitillo encendido,
después de hundirte en fluidos
entre sábanas de otro color.
             
Tu respiración entrecortada
paraliza una noche de ceniza y lava
y tú, a solas con la pleamar,
editas antiguos bocetos
sobrellevando la carga de tu genio.

 

 

Si se cumple la profecía de la mariposa
yo estaré aquí, aguardándote.
             
Estaré siempre donde tu mano vuele,
resucitando primaveras
caminando con mis pies descalzos
sobre todo el océano que me eches.
             
Seré el silencio de tus labios
cuando las olas necesiten reposar
sobre la palabra más hermosa que hayas brotado.
             
Mediré tus versos en cada hora de luz
             
                                                    o de sosiego
porque ya todo poema que he de crear eres tú.
             
Y volaré por tus sienes,
y si preguntas por mí,
aun después de que se marchiten todas las rosas
y el último pétalo se descuelgue de tu aliento
llegaré al lugar más recóndito de tu pecho,
como cada primavera con su dulce brisa transparente.
             
Temblará la sangre oculta,
tu piel callada fluirá como un torrente,
entonces, de alguna manera,
escribirás mi nombre.

 

 

 

Cuando la primera luz
desvele el horizonte
y claree la bóveda celeste,
yo moriré por ti.
             
Se desvanecerá el sueño de la batalla final,
el olor a pólvora y sangre
las caballerizas cansadas y los hombres derrotados,
las espadas en alto y el grito de carga;
mi último pensamiento será para ti.
             
Y cuando escuches los lejanos tambores lasos
sabrás que mi piel habrá sido rasgada,
desmontaré tranquilamente
y me enfrentaré a la muerte.

Tan sólo guardaré un soplo de esfuerzo
para susurrar tu nombre.

 

 

 

Compré mi tánatos junto a unas baratijas
del hombre cuyo oficio era cuidar de un frutal enfermo,
y de tarde en tarde, vendía blasfemias a los sacrílegos
que oraban al junto ficticio,
mientras las crisálidas disparaban tahúres contra el templo.
             
Alguien gritó y suspiró,
disfrutó sin más de la ficción de un sacrificio común
y desayunó nata con nueces. Desde la ventana
los frutales eran metidos en sacos y mareados con un disco.
             
Los crisantemos habían sido ventilados por un
jorobado, parecido a Tartufo,
el mismo que cayó resbalando hasta el suelo.
             
Uno de los cristales atravesó su joroba.

 

 

 

Por ti construiré
el suave olor de un palacio de cristal,
el aroma de tu piel junto a los balbuceos
             
                                       de un olvidado río
por donde navegan las flores muertas de los insepultos;
y las palabras escritas con mi sangre
brotarán de tus pálidos labios.
             
Por ti buscaré
el néctar que bebieron los siete dioses de piedra,
los remolinos de arena que formó tu aliento,
los besos que dejaste olvidados en un rastro nocturno,
el enjambre de tu cuerpo
             
             en las sombras de un sueño,
aquellos lejanos pasos
que se desvanecieron sobre los guijarros.
             
Por ti encontraré
             
             la oblicua luz sobre el péndulo
la tierra germinada por tus pechos,
la sintonía de tus ojos mirando las estrellas
y hallaré la pequeña rama
donde dejaste la brizna de un sonido
la flor ligeramente doblada por tus pies desnudos.
             
Por ti,
moriré en el preciso momento en que el alba
despierte de su oscura estadía.

 

 

Encerrado en mi cajón de sal
con el vientre hinchado de un pueblo,
admiro las luciérnagas
de cuya boca surgen silencioso violines.
             
En la hora de la tempestad
recuerdo tus pisadas en el bosque
mientras en el cuero de mi piel
apagadas antorchas humedecidas por tus besos,
             
             de tu sexo surge el temblor
de una noche sin luna,
y enormes caracolas forman tu sombra
             
                          la cual resbala por mi cuerpo.
             
Brindaremos junto a las rejas
el vino corriendo por nuestras gargantas,
las huellas de tu frente
             
             los pensamientos en mis manos.
             
La bahía desapareció bajo las olas.

 

 

Eres como un poema
no tienes principio y careces de fin,
las hojas de lo escrito sobrevuelan el verde valle
             
                                       manchado de amapolas,
aquel que reconozco en mi sueño
             
                                       de piedras angulares.
Tú —sentada en el lugar geométrico
             
                          donde nacen las mandrágoras—
respiras por los poros de mi piel
escuchas por mis oídos,
mientras yo admiro plácidamente
             
             el paisaje vertical a través de tus ojos
y acaricio un deseo
             
             con tu mano y mi tacto.
Nos sorprende
             
el aroma de un tierno color.

 

 

 

             Solo poseo aquellos recuerdos
que tu ser incendió con la mirada
leyendo antiguos poemas al amanecer
cuando el estallido de la noche desapareció
con la simple visión del prisma de tu frente.
             
Anduvimos sorteando el otoño enfermo
escuchando en silencio el goteo de los relojes,
observando nuestra ausencia en el fondo de las aguas
donde reposan ancladas piedras de tus dedos,
aquel lejano flujo
             
             donde tu faz se difuminó.
Detrás de todo tiempo
             
he escrito tu nombre.

 

 

 

CARTA PARA MI PADRE


Pa, escúchame esta vez
No hagas caso de lo que dicen de mí,
No te preocupes por mis ideas suicidas
Ni de los koalas
Que andan por las calles con cucharas de plata
Eclipsando el sol.
             
Pa, debes entender
Que los bomberos ya están apagando el fuego
Y los proscritos han ardido
Bajo las voces de la ignorancia
El mundo ¿cuándo va ha redimir a Trosky?;leo
Todos los periódicos
Y estoy harto de tanta falsedad,
Y es cierto que estoy cansado
Aunque no pienso suspirar ante un micrófono
Ni que me encierren en una caja de caudales
Para hablar de idioteces.
             
Pa, acaso ¿no comprendes que se me desatan las
Venas?
             
Escuché el alarido de un niño
Sufriendo un ataque epiléptico,
Haciendo precipitar su propio tiempo inútil
Y lloré sobre su pecho deformado
Jadeé sobre mi propia estupidez
Lanzando el vaho sobre mi reflejo;
Después me di cuenta de que tan solo era un espejo.
             
Pa, la música ha terminado
Y todo es carcomido por el fuego
Manos mendicantes se alzan sobre mí
Reclamando la limosnade los dioses.
             
Fotografías en un álbum
Vieja cámara de objetivos rodantes
Marcos de plata, recordatorios,
Mientras los vecinos aporrean los cristales
Cuando hablamos del asesinato de Sacco y Vanzzety.
             
Pa, todo comienza y todo termina,
Esta es la historia del mundo
—al fin y al cabo fue lo que me enseñaste cuando era
niño—
sé que jamás fui lo que deseaste
de todas formas, deséame suerte.
             
Pa, todo va bien
Tan sólo tengo las venas desatadas.

 

 

 

OVERDOSE


Revienta la vena,
Atraviesa todo aquello que se interpone a su paso
Y sigue ardiendo en el cuerpo de los soñadores eternos
De hermosos paraísos y sórdidos infiernos,
Ellos no duermen por las noches
Porque no temen a la oscuridad.
             
El ojo de la penumbra
Los persigue inevitablemente,
Internándose en sus sanguinolentos antebrazos
—rompen cortinas de aire blanco y se envuelven
con ellas como refugio—
mientras el sueño navega a la deriva
a través de sus cerebros
donde terroríficas tempestades surgen de un día claro
y las nubes son empujadas por los vacilantes huracanes.
             
Diablos rojizos con lágrimas en los ojos
Miedos internos por las grotescas máscaras
Condenados a su propia existencia
Encarcelados en el ámbito de su nacimiento
Soportando su peso, el de los esclavos.
            
El otoño anda por los subterráneos de la gran ciudad
Donde viven los hombres de la noche
Junto las neoyorkinas ratas deformes
Y la música del croar de los sapos;
Los espíritus de émbolos blancos me penetran
Y navegan por mi sangre
Pintando cada una de mis células
Entre equilibrios opuestos.
            
La noche permanece encarcelada en su propia oscuridad
Donde yacen ataúdes con espejos
Mientras los asesores de estado eclipsan el sol
Con sus bastones
Y las estrellas goteantes nos escupen en la cara
Desatando antiguos fantasmas
Monstruos encarcelados de nuestra mente.
             
La sangre baja a través de la luna
En montura de caballos blancos y desbocados
Que giran en conjunción a los agujeros negros
Del rojizo y solitario cielo,
Donde parábolas de estelas
Cierran las bocas de los presidiarios
—son bostezos, el preludio de la corta muerte—
se pasean con las lágrimas en los dedos,
sangre en sus raídas botas.
             
La esquizofrenia se halla sentada en los escalones
De blanco mármol
Esperando un tardío regreso al manicomio de la ciudad
De plomo
De demacrados cerebros donde las insulinas silban al viento
Y los domingos vamos juntos al mercado
A comprarnos un poco de depresión
Que nos conduce al suicidio.

 


Bob T. Morrison

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