14
septiembre 2002

 

Winston
Morales
 Chavarro


Datos en el
índice de autores

 

Poemas del libro
Memorias de Alexander de Brucco

Introducción de Enrique Serrano

XV Premio Nacional de Poesía
Universidad de Antioquia

CAÍN     /     ABEL     /     JACOB

     /     MOÍSES     /     EL CARRO DE ELÍAS     /     

PAPIRO ESCRITO A ORILLAS DEL MAR DE GALILEA

LA CANCIÓN DE LUCIFER

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Volver a Aire

 

 

 

 

 

 

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CAÍN

 

 

Mi quinto nombre es Caín

Soy la reencarnación del polvo

El hermano mayor de los caballos marinos

El barro que echó raíces

Hasta volverse un hombre

Un río de poemas y arboladuras.

Soy agricultor

Cultivo pájaros y frutas

He vivido la mayor parte del destierro en Nod

Al oriente del Edén

En donde el árbol prohibido

Se extiende hacia los caminos olorosos que ahora circundo.

Soy Caín

Hermano de Abel

Hermano de las hojas secas,

Del viento, de los pinos de Alepo,

De Set, del exilio y de las largas caminatas por la arena.

Gracias a la quijada de un burro

Conozco la voz de las orillas,

El crepitar de la lluvia sobre los mundos subterráneos

El silbido orquestal de las esferas,

Las regiones desérticas del cosmos,

El palpitar angustiado del Mar Muerto.

Soy hijo de una multiplicación de huesos,

De Adamá, de la luz,

del manantial prístino que manó de las manos de mi padre.

Cosecho peces, madreselvas, aves mitológicas,

La belleza de la divina providencia

En donde yo,

Labrador de las palabras,

Soy la parte onírica de las cosas.

Mi quinto nombre es Caín

Soy un barco de polvo

Uno de los primeros nómadas verdes;

De mí descienden Enoc, Irad, Metusael, Lamec

Y todos los hombres que tocan el arpa y la flauta.

No creo en los señalamientos, en las culpas,

Tampoco en el azar

Las cosas están escritas, prefijadas,

Soy agricultor

Y aunque a mi padre azul no le gusten mis cosechas

Hoy,

Después de tanto tiempo,

Vengo a ofrendarle mis poemas.

 

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ABEL

 

 

Caín

Hermano de vientos, nubes, diluvios y ríos

Un mar de luces opalinas gravita en los guáimaros de la ciénaga

Y se aglutina en mi espejo

Como un prisma que nos dice:

La muerte es una puerta

Y el tiempo una ventana

Por donde nuestros pasos presurosos

Perciben otras cosas, otros mundos.

Bello Caín

La quijada de burro con la cual me mataste

Tenía el olor de las encinas y los pinos,

De tus labios venía hasta mi norte

Unos chopos amarillos

Que enhilaban mis pétalos melancólicos

En el hilo de la muerte.

Hermano profanado por los cielos

El dolor de tu hacha cavernoso

Penetraba mi topografía más remota

Mi geografía y mi valle más sagrado.

Ante el golpe subceleste

Que yo he encontrado sutil y generoso

Y que tú asestaste con una sabiduría infinita

Yazgo en la orilla de tu río, pensativo.

Oh, amado Caín

Tus huellas de madreselva

Van decorando mis entrañas,

Van vistiendo de semillas, de hiedras y resinas olorosas

Mi cuerpo fatigado por los viajes.

Mi sudor se impregnaba de tus frutas;

Tus piñas, toronjas y zapotes

Decoraban mi cabeza

Con coronas tejidas por cientos de cuchillos.

Nada soy sin tu golpe

Herrero milenario;

Tus manos son el yunque

Que moldean, a la sombra de estas islas misteriosas,

La herradura, los cristales y los cuarzos

De otras Islas en el hado de la muerte.

Caín

Hermano de mis antepasados

Hay en ti un pretexto para silenciar la historia

Como si la memoria de las dagas

No aceptaran la muerte de Goliat


Como una templanza de David,

Mi muerte es una templanza tuya.

Amado Caín

Por tu golpe y tu palabra

He conocido el paraíso.

 

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JACOB

 

 

He descubierto a la sombra de la escala,

Que el número del hombre

Continúa siendo, inclusive hasta la muerte,

El número desigual de la escalera.

Que mi lucha banal con las alturas

Me arroja hacia el fuego, hacia el agua, hacia el aire;

Hacia el rojo, hacia el azul, al amarillo

Y que a través de mi visión por la escalada,

No existe el arriba, la izquierda, el abajo, la derecha,

El horizonte.

Escuchen!

Cambio mi primogenitura, mi herencia, mi camino

Por un peldaño hacia las sombras;

Cambio mi batalla con el ángel

Por un pequeño surco,

Por la siega,

Por el viejo campanario que se dobla como muchacha triste

Cambio toda disposición de altura

-Ahora ni siquiera mi espíritu es del aire-

Por aferrarme a un centímetro de tierra.

El trueno, la lluvia, el viento, la roca

Regatean a costillas de mi enfado

Una hectárea de velámenes y olores.

No sé si fue Auriel, Rafael o un fantasma

No sé si fueron Ondinas, Sílfides o Gnomos;

Tal vez me enfrenté al reflejo vibratorio de mi imagen,

Al movimiento mezclado de mis formas:

Al águila, al león, al toro,

Al pisón, al gihón, al hiddikel, al nilo;

Tal vez al sepulcro, a las sombras,

Al espectro imposible que me habita,

A la blasfemia de saberme casi humano.

 

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MOISÉS

 

 

Porque no hay nada que perezca

Ante la luz de las palabras

Ni hay sabio mar

O fuerte río

Que se exalte a mi cayado

Hoy con el espíritu del verbo

Divido el mar en dos

Separo los ríos

Abro el lago o cualquier fuente rizada

De viento o música

Y los convierto en tierra seca

Para labranza o puente.

Ábrete mar muerto

Que conmigo vienen

Todas las tribus de Sucot, de Etam, de Migdol,

De Moab y de Edom.

Ábrete gigante de sal y piedra

Que por tus vísceras


Circundan los niños,

Las mujeres con sus bocas pobladas de gladiolos y mirtos

Para hermosear la nueva tierra que nos llama.

Ábrete mar muerto

Que entre tus murallas de agua

Viene corriendo la vida

El Edén, el destierro, el arca,

Sodoma y Gomorra,

La brisa del este

Apoltronada de voces

De cuerpos apócrifos.

Ábrete piélago muerto

Porque de tus entrañas

Manarán egipcios, israelitas, amorreos, hititas,

Heveos y cananeos

Condenados al canto de la lluvia y el viento

Y sobre tus aguas amargas

Echaremos el arbusto que te vuelva dulce;

Dulce como el kithara y el tricordom

Para la boca sedienta y sabia.

Yo soy Moisés

El hijo del agua

El amo de los arrecifes y los peñascos


Ábrete mar muerto

Que así como a tu hermano,

El mar rojo,

Cruzaré tus aguas con mis arcas, mis diluvios

Caballos y jinetes

Hacia la nueva tierra,

Y la leche y la miel

Correrán por tu sangre tórrida

Y lloverá sobre ti

El maná que te vuelva a la vida eterna.

 

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EL CARRO DE ELÍAS


"Me arrepiento de haberme
tomado tanto trabajo en
destruir la ignorancia"

Roger Bacon

 

Inmolo mis poemas para que sobrevivan a la muerte

Y las piezas fugitivas de la hoguera

Llamean en el borde de la espada como el carro iluminado del profeta.

Elías es su nombre:

Viaja en puño de acero, humo y fuego

Bruñido el carruaje en su singular espejo

A través del mar y sus orillas.

Elías es su nombre

En dirección ascendente hacia el abismo

-De donde proviene-

El hombre desaparece como una ola,

Se doblega como una rama sobre su última esquina,

Como un cuchillo sobre su piedra de afilar.

Donde mora un nebuloso ser llamado Dios

Elías irrumpe con su música secreta,

Y el universo de expande ante la tonalidad

-Constante y simultánea-

De un carro de fuego

Montado por un hombre.

Elías es su nombre

Nadie sabe su lugar de origen

El sitio exacto por donde dejó la tierra

Llegado al punto de lo absoluto y verdadero

Todos dicen que fue agarrado también de los cabellos

Y obligado a abandonar el mundo de los muertos.

Elías sigue siendo su nombre

Así se aparezca en la cima de una extrañísima montaña

Transfigurado por la luz

Y las emanaciones de otra muerte.

Elías es su nombre

Posee el poder de llegar a los lejanos velos

Y sacar del flujo magnético del cosmos

El oro, el cinabrio, la sangre, las palabras.

Del mismo modo del que se sirvió

Del cáliz y del vino

Para llevar su espíritu al mar de las ilimitadas olas

Así Elías emprenderá su viaje

Por lo manifiesto, por el mundo

Hacia un paradigma eterno

-Sin duración o calidad-

para despertar a través de la sustancia

en los recovecos de otra blanquísima colina.

 

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PAPIRO ESCRITO A ORILLAS DEL MAR DE GALILEA

 

 

Yo no escribo para complacer a los hombres de la tierra

Mi propósito en la vida

Consiste en escanciar

La ruta de los otros

Y hacer menos difícil el camino

En el vasto principado de las sombras.

Yo no vine a este planeta

A complacer a los hombres de los cielos

Mi reino no es de este mundo

Ni del otro tampoco:

La tierra a la Terra

La ceniza a la ceniza

Y el espíritu a la luz,

Esa es la trilogía más perfecta.

Como una lámpara rapsódica de conocimientos

Sé cosas tan pequeñas

Como la resurrección de los muertos,


El libre albedrío

de multiplicar panes y peces;

cosas tan complejas

como lavar los pies a mis amigos,

quitar la lepra, sanar enfermos;

y lo que es peor para escribas y saduceos

contemplar por horas,

la belleza sugerente de los astros.

Yo no vine a estas estrellas

A complacer a los hombres del infierno.

Nada me conmueve tanto

Como el hombre por el hombre,

La quietud de los mercaderes de Sajonia,

El tenue batir de pescadores,

Sus redes oceánicas

Sobre las vastas cavilaciones del mar de Galilea.

Nada me consuela tanto

Que la absoluta belleza:

El ronroneo de la noche,

El canto de los ríos,

La polifonía de la lluvia

Bajo el rumor soterrado de las piedras.

Yo no escribo para complacer a los hombres de la tierra,


-Y no creo que todo esté perdido-:

Aún escucho la oración de las cebollas

Y sé que el universo es joven todavía;

Escucho el pájaro del aire

Que golpea con su música delgada

Los techos de Getsemaní y Jericó,

Y sé que su voz traerá buenas nuevas para el alma.

Haré de este lugar

Un paraíso para todos,

Construiré para mis hijos

Un mundo que esté vigente

En los planos absolutos de la nada,

Un reino que exista para todos

Y que ofrezca a sus viandantes

Un tibio leño donde reposar

La perennidad de las hogueras,

La música infinita de la muerte,

Los sortilegios fantásticos de la vida.

 

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LA CANCIÓN DE LUCIFER

 

 

Mi ídolo de bronce es el abismo

El fuego, las cavernas.

La vida del maldito

-desterrado de la luz y las alturas-

Se pendula entre el mal, el bien, lo dionisiaco.

No maldigo de las sombras

No aspiro a las venganzas,

Continúo con mi vestidura satánica

Instruyéndome en el bien

Y solazándome en el mal.

Los más doctos dicen que fui expulsado del espejo,

Que mi imagen vagabundea por los laberintos y paradigmas de la muerte.

Pocos saben que conservo mi posición de ángel

Que aparezco majestuoso cuando miro mi belleza ante las nubes

Que mi sabiduría multiplica la ignominia de los justos

Y la nobleza de los desterrados

Contagia de belleza a los malditos.

Voy del ascenso al descenso

Como el viento que hila los caminos:

No creo en la maldad, en el bien,

En el pasado, en el futuro

Pues los cuatro están confinados en las sombras

Y las sombras

En el hades de un espejo orbicular.

No maldigo a las alturas

No me duele la caída

Hay un punto en que todo deja de ser contradictorio

Y nada en este punto se excluye sino que interacciona.

¿Quién ha dicho que el abismo no es la altura?

Qué la maldad,- producto de la belleza-,

No es el bien?

Que las sombras no son la luz?

Que el caído no es el levantado?

Pocos saben que sobrevuelo el infinito,

El paraíso, la manzana,

Que mi vestidura de Vampiro

Me da el elixir de la noche,

Que sustraigo del día los frutos del iluminado

Y que espero sabiamente el último camino

Para empezar mis andananzas

Por la otredad, por la vaguedad,

Por lo inmensurable,

Por lo indefinible.

 

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