Antonio Tello      
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El mal

   de Q.
 

Ilustraciones de Ivan Triay

 

Q. tenía una obsesión. Ser un hombre de orden. Deseaba vivir en armonía con la realidad y para este fin acomodó sus hábitos a una estricta rutina. Pero ni aún así pudo evitar que lo imprevisible cambiara para siempre el curso de su vida.

Como cada día, Q. miró su reloj, constató que eran las 17,45 y comenzó a guardar los útiles y papeles de su mesa. Dio un último repaso a los datos que aparecían en la pantalla de su ordenador, confirmó la cita de un paciente con su médico de cabecera, autorizó las medicinas mensuales de un enfermo crónico y apagó la máquina. Eran las 17,55. A su alrededor ya no quedaba nadie sentado ante las pantallas. Se levantó de su silla, fue a los aseos, se lavó las manos y, justo a las 18, Q. fichó su tarjeta horaria. Sus jefes lo consideraban un maniático de la puntualidad. Pero él se tenía sólo por respetuoso del orden. Para él, el orden era el hábitat natural del hombre civilizado.

Ilustración de Ivan Triay para "El mal de Q." , de Antonio Tello.A partir de las seis de la tarde y hasta la mañana siguiente en que volviera a la disciplina de su trabajo, así como los fines de semana u otros días festivos, Q. sometía sus hábitos a una rigurosa rutina para que ninguno de sus actos pudiera alterar el orden de la realidad. Hasta el mínimo de sus gestos estaba previsto. Incluso desde que cierta mañana, hacía ya varios años, constató que los sueños podían causar ciertas perturbaciones en su habitual comportamiento se propuso evitarlos. Fue con este propósito que empezó a leer durante casi toda la noche a fin de dormir el tiempo justo para no soñar o al menos para no recordar el sueño.

Q. tampoco quiso correr riesgos con la lectura y prefirió que las narraciones respondieran a un orden lógico de tiempo y espacio y que sus argumentos y tramas estuvieran sujetas a la realidad. Para que todo estuviese bajo control calculó también el tiempo de lectura por página y el número de éstas que podía consumir por noche. Con estos datos también precisó la cantidad de libros que, según su tamaño, necesitaba por semana y la suma de la nueva partida que debía incluir en su presupuesto mensual. Estudió su sueldo y los gastos de comida, ropa, alquiler y mantenimiento de la vivienda, hizo los ajustes correspondientes y concluyó que disponía del 85 por ciento del dinero para la compra de los libros. Para obtener la diferencia, Q. abrió una cuenta en la sección de librería de los grandes almacenes y obtuvo el beneficio de un descuento. Asimismo, se aseguró la venta semanal de sus novelas leídas durante la noche en una librería de libros usados.

Ilustración de Ivan Triay para "El mal de Q." , de Antonio Tello.

El día en que Q. cumplió treinta y cinco años, también cumplió quince de antigüedad en el departamento de la Seguridad Social donde trabajaba y diez de lecturas nocturnas. Sus «aventuras controladas», como él las llamaba. Ningún sobresalto lo había alterado en todo este tiempo. Ni siquiera un mero resfriado. El día de su cumpleaños Q. no modificó su rutina y al salir de la oficina, como todos los miércoles, fue a la librería de los grandes almacenes. Se dirigió directamente a la mesa de novedades, donde ninguno de los títulos que se exponía era el mismo de la semana anterior. Con gestos mecánicos comenzó a elegir los libros. Prefería las novelas de doscientas cincuenta páginas, la cantidad que leía por noche. No le gustaba dejar inconcluso o a medio empezar un libro, pues eso le causaba una incómoda desazón durante todo el día y hasta le impedía comer con la tranquilidad de costumbre. Pero como los autores, cuyos nombres no le interesaban en absoluto, todavía no habían conseguido ajustar sus historias a un número de páginas predeterminado, se veía obligado a comprar un número variable de libros según su volumen. Pero ese día Q. tuvo la suerte de encontrar siete novelas de doscientas cincuenta páginas. Hacía muchos años que eso no le sucedía. En concreto hacía cinco años, cuatro meses y diez días, según confirmó más tarde al consultar el dietario que llevaba en su ordenador particular. Porque Q. lo registraba todo en su base de datos personales. No era un diario donde anotara sus impresiones, pues las consideraba distracciones de la realidad, sino hechos, datos reales. Q. sintió una especie de cosquilleo. Algo muy parecido a un gozo interior que enseguida sometió a su disciplina emotiva. No obstante, quizás por una sonrisa que se le pudo escapar, llamó la atención de otro cliente. El otro se le acercó decidido y sonriente con un pequeño libro en la mano. Q. lo miró perplejo, dudando de que se dirigiese a él. El otro era un muchacho alto y tan pálido que su piel parecía traslúcida. Detrás de él, la imagen idéntica que el muro de televisores reproducía en todas sus pantallas pareció congelarse reteniendo unos grandes ojos febriles. Q. tuvo la impresión de que aquellos ojos lo miraban a él. Eran los mismos ojos del muchacho que insistía alargándole el libro. Q. percibió, o creyó percibir, una cierta inestabilidad en su presencia. Se lo recomiendo, le dijo y ante su indecisión añadió, no, no es propaganda, es sólo un libro. Q. lo tomó. Una cubierta blanca ocultaba su título. El muchacho le sonrió y saludándolo con un leve movimiento de su mano se alejó. Al cabo de unos segundos se lo tragó la luz de la calle. Q. se olvidó de él.

Durante varias noches Q. despreció el libro en beneficio de otros cuya cantidad de páginas le permitía llenar el horario de lectura que se había estipulado. La ocasión de leerlo llegó finalmente por «un desfase horario». A la segunda noche de lectura de un libro de quinientas páginas, Q. miró el reloj y comprobó que aún faltaban diez minutos para empezar a dormir sin peligro de soñar. Había terminado antes de lo normal. Como a esos aviones que empujados por el viento de cola se adelantan a su horario de llegada, por alguna razón él había leído más rápido y acabado la lectura antes de hora. Miró el libro próximo en la pila. Era tan voluminoso como el que acababa de leer. Sopesó la idea de empezarlo, pero se dijo que el desfase de minutos sería muy grande a la noche siguiente. Problemático. Pensar en esta posibilidad le resultaba muy molesto, porque alteraba su vida. Entonces reparó en el librito con la cubierta blanca. Tenía tan pocas páginas que seguramente le bastarían los ocho minutos que todavía quedaban para la hora del sueño. Empezó a leerlo.

Ilustración de Ivan Triay para "El mal de Q." , de Antonio Tello.

Cuando sonó su despertador mental se dio cuenta de que no había pasado de la primera página y también de que no sólo había consumido los ocho minutos sino también el tiempo dedicado al sueño. Debía levantarse. Estaba convencido de no haberse dormido en ningún momento, pero al mismo tiempo no estaba seguro de haber leído ni siquiera una frase del pequeño libro. Durante la ducha y el desayuno se preguntó por qué había tardado tanto en leer menos de una página, si es que había leído. Entonces cometió la primera transgresión de sus hábitos. Volvió a su habitación y tomó el libro. Echó una ojeada a la primera página y no reconoció nada de ella. Sin embargo tenía la sensación de que en alguna parte de su cuerpo latía una lectura. Miró el reloj. Estaba seguro de no haber soñado. Debía darse prisa para recuperar el minuto de retraso que llevaba. No acabó la fruta y salió.

Ilustración de Ivan Triay para "El mal de Q." , de Antonio Tello.Q. fichó su tarjeta horaria a la hora de siempre, pero él sabía que su ritmo era otro. Durante todo el día su inquietud lo reveló a ojos de sus compañeros. Hasta entonces, la exacta mecánica de sus hábitos y palabras lo había identificado como una pieza más del funcionamiento general de la oficina. De modo que los casi imperceptibles cambios que manifestó aquella mañana bastaron para que lo hicieran en cierto modo visible a los otros. Darse cuenta de las miradas oblicuas de sus compañeros aumentó su zozobra y también su ansiedad por regresar a su casa. Los minutos previos a la hora de salida le resultaron exasperantes. Y cometió su segunda transgresión. Ese miércoles no fue a comprar los libros de la semana, tal como lo había hecho siempre.

Lo peor para Q. no fue dejar de ir a la librería, sino decidir no hacerlo. Q. estaba convencido de que la realidad se sustentaba en un precario equilibrio y por tanto cualquier gesto imprevisto, como era entonces el voluntario trastocamiento de sus hábitos, podía acarrear graves consecuencias. Su rutina era, pensaba, su particular aporte a la armonía del mundo y ahora estaba cometiendo algo quizás irreparable y capaz de cambiar radicalmente su vida y acaso las de otros. La sola idea lo estremeció. Supo desde el momento en que decidió ir a su casa sin comprar los libros de la semana que romper la rutina significaba entrar en un territorio desconocido. Pero Q. no podía volver atrás. Era como si una fuerza caótica lo atrajera sin que pudiera oponerse.

Entró en su casa y fue directamente a buscar el libro. Leyó la primera línea. Era una oración radicalmente concisa. Observó, cosa que nunca había hecho en sus muchos años de lectura, que en su rigurosa economía, los sustantivos y los verbos parecían grapados unos a otros sólo por las conjunciones. Constató que éstas, las conjunciones, eran los únicos e ineludibles elementos accesorios que servían de nexo a estas palabras esenciales dispuestas en un orden, cuyo sentido se le escapaba, pero que lograba transmitirle una agradable sensación. Un goce que comprometía todo su cuerpo y, liberando sus moléculas, lo entregaba a un caos genésico. Sonó su alarma mental y comprobó que no había dormido. También que no había pasado de la primera página como la noche anterior y que el latido que había creído percibir entonces era más intenso y real. Una especie de hormigueo corría por sus venas. Era como si se hubiera inyectado una sustancia directamente al torrente sanguíneo y a través éste llegara hasta la última frontera de su cuerpo.

Ilustración de Ivan Triay para "El mal de Q." , de Antonio Tello.

Dejó el libro sobre la mesa de noche y se levantó. Quizás por no haber dormido tuvo un ligero vahído al incorporarse. En el baño se miró al espejo. Sus ojos tenían un brillo que daba a su mirada un sesgo alucinado. Una imagen fugaz le recordó la mirada del muchacho que le dio el libro. Se sintió mal y un golpe de náusea sacudió su cuerpo. Una bola de algo parecía desplazarse desde el estómago hacia el esófago mientras boqueaba compulsivamente. Se hincó ante el inodoro. Vomitó. Un chorro de bilis negra salió por su boca y llenó la taza. El estado nauseoso pasó, pero ahora temblaba de frío. Q. vio un fantasma en el espejo. Se duchó. El agua tibia le devolvió la compostura. Se vistió y marchó al trabajo.

Ese día, por primera vez en quince años sus compañeros lo miraron con curiosidad. Incluso alguno se permitió hacerle una broma. Q. había llegado cinco minutos tarde. Tampoco para su jefe el hecho pasó desapercibido y lo llamó. A través de los cristales del despacho, los empleados observaron los gestos ampulosos del jefe y el porte inmóvil de Q. Todos supusieron que la regañina era más para ellos que para Q. pues él era un ejemplo y quienes ofician de ejemplo no pueden permitirse faltas ni errores. Esto es lo que interpretaron los compañeros de Q., quien volvió a su mesa sin hacer comentario alguno. Durante la jornada sintió dos accesos de náusea, pero no vomitó. A las 18,05 fichó la tarjeta de salida. Fue la última vez. Nunca más volvió a la oficina.

 

En adelante y durante algún tiempo impreciso, Q. dedicó todo el día a leer el libro. Éste seguía atrayéndolo de modo irresistible. Dejó de comer y de asearse. Olvidó sus necesidades más elementales y perdió la noción de las horas. Leía y leía sin saber cuándo dormía ni cuándo despertaba. Ni siquiera podía distinguir entre la realidad inducida por la lectura y la fraguada por sus sueños. Tampoco tenía la certeza de pasar de la primera página, pues cuando volvía de la ficción se sorprendía anclado en una frase sin tener conciencia de cómo había llegado hasta ella. Era como si en un indeterminado momento de la lectura se durmiera, pues el recuerdo era de la vivencia de un sueño y no de una lectura. De no ser un hombre realista, Q. hubiese creído que, al leer alguna palabra, una palabra nuclear contenida en el libro, se producía en su interior una conmoción cuya onda expansiva arrasaba a millones de individuos idénticos arrojándolos más allá de su piel. Más allá de una repetitiva línea de escritura que se multiplicaba página tras página. No, él no podía creer que en sus entrañas se incubasen otras realidades. La realidad, la única realidad, es visual, argumental y ordenada. Externa.

El ayuno y la fiebre abatieron a Q. En su alucinada vigilia en algún momento creyó oír el teléfono y en otros el timbre de la puerta. Pero siguió postrado. Sólo las horas de lectura permanecieron durante algún tiempo como último vestigio de la rutina anterior. Una rutina parcial que ahora había acabado por dominar todo su tiempo. Q. tomaba el libro, leía la primera línea y se sentía revivir. Pasaron los días y cuando ya no le importó dónde revivía, fue que descubrió en su mano una mancha como la costra fresca de un grano. La desprendió y en la piel quedó una pequeña abrasión. Presionó sobre ella y no sintió dolor ni escozor alguno, pero brotaron unos puntitos de sangre que se fueron agrandando casi imperceptiblemente. No recordaba haberse golpeado ni raspado con nada, aunque observó que las sábanas tenían manchas secas. Se levantó de la cama y, tambaleándose, fue hasta el botiquín del baño. El espejo reflejó una sombra que se le parecía. Volvió a sentir náuseas y el vómito le sobrevino de súbito. Un olor fuerte y ácido subió desde el líquido que acababa de expulsar. Un líquido semejante al que segregaba su piel en la zona erosionada. No era sangre, sino un humor negro y untuoso como pez. Q. sintió un golpe seco en el pecho. Se desnudó. Una costra seca y rugosa le cubría el resto del cuerpo. Q. lanzó un gemido. La luz se rompía sobre esa coraza oscura deshaciéndose en diminutos gusanos mientras la estancia se llenaba de un vaho rancio y espeso. La imagen del espejo era la de un hombre siendo devorado por una oscuridad orgánica. La realidad. De rodillas. El caballero en vela cae a la noche. Al vértigo argumental de sus lecturas. Nada. No hay lunas en los abismos. No hay orden en la caída. Piedras de espuma. Voces. Gemidos. La gangrena cubre el paisaje. Larvas. Signos de corrupción sobre la piel. Enjambres de ninfas abatiéndose sobre los guerreros. Ecos de batallas. Y él, Q., caballero inerme de rodillas vomitando el jugo de la muerte, alzó su dedo como una espada y lo hundió en el corazón. Abrió la víscera al relámpago. A la luz que lo desintegraba en ínfimas partículas. Q. abrió los ojos al día y vio su dedo clavado sobre una página tan blanca como la cubierta que ocultaba el título.

 

 

 

Barcelona, 9 de marzo de 2003.
Publicado en revista Lateral nº 105, de septiembre de 2003.
Ilustraciones de Ivan Triay

 

 
   
   
   
   
   
               
           
         
         
         
         
         
         
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