Antonio Tello      
  Antonio Tello - Portada  
El escritor

   inexistente
 

 

Cuando salió a la calle con el original de su última novela metido en el sobaco, aún no sabía que había empezado a urdirse una nueva ficción. Y no lo supo sino mucho tiempo después, cuando, extraviado en el laberinto, desesperaba por hallar la salida.

El original que apretaba contra su cuerpo contenía palabras cuya combinación había hecho posible la invención del mundo. Palabras que, nacidas de él y utilizadas en ese cometido, lo habían vaciado. Hasta su Lettera 22 parecía acusar el esfuerzo realizado por ambos mostrando sus tipos agostados y consumidas las teclas que habían recibido directamente el impulso de su hálito más profundo. La máquina parecía haber perdido el vigor mecánico con que sus tipos imprimían las letras que formaban las palabras, que construían los seres —personajes—, y les señalaban sus destinos. Esos sinos que él creía ficticios. Viéndola así, pensó en cambiar su pequeña máquina de escribir por otra más grande y robusta. Una más adecuada para afrontar la próxima novela. Pero pronto desechó la idea. Era una frivolidad.

Alguien le había hablado en esos días del lenguaje cinematográfico y de emplear una cámara en lugar de una máquina de escribir. Cambiar la imagen por la palabra. Con la cámara sólo hay que espiar las historias, porque ahora el arte es un artificio visual, le habían dicho. Pero no fue porque creyera que la cámara alterara tan insidiosamente el acto de la creación, que la rechazó.

Antes de acabar la novela había comprobado que los personajes que creaba lo abandonaban a las pocas páginas y que cada una de sus peripecias crecían con un impulso propio. No sin horror se dio cuenta de que el mundo que formulaba con entrañable ingenuidad se nutría de su energía pero dejaba de ser suyo. Incluso esa natural rebelión llegaba a la blasfemia cuando ellos —los personajes— no sólo proclamaban su autonomía sino que se arrogaban el papel de dioses inspiradores de quien los escribía. El dolor que le produjo este descubrimiento se le hizo insoportable. Fue entonces cuando decidió atravesar la frontera y entrar en el mundo. Colocó una hoja en blanco en la máquina, marcó el número de un nuevo capítulo y obligó a la Lettera 22 a comprometerse en la impresión del desgarro que supuso escribir su alma en el papel. No, ahora no era posible cambiar su máquina de escribir.

Ahora caminaba con el original de su novela bajo el brazo. Lo hacía con la desazón de un sueño. La calle donde vivía era poco transitada, no obstante, el ruido sordo de las avenidas próximas penetraba en ella como una marea sorda que dejaba en el aire los restos de invisibles naufragios que, antes de desvanecerse, se multiplicaban en diminutas esquirlas que zumbaban en sus oídos. Tal vez fue el estallido de la calle lo que lo obligó, en el momento de cerrar la puerta tras de sí, a llevarse una mano al rostro contraído por una mueca, que las siluetas difusas de algunos peatones ocultaron fugazmente. Se sintió espiado. Sus ojos enrojecidos y huidizos buscaron al invisible observador. Alguien lo acosaba sin revelar su forma. Miró a un lado y a otro. También al frente y su mirada pareció encontrarse con la supuesta presencia. Alguien lo observaba ora a la distancia, ora a escasos centímetros; ora desde el suelo, ora desde las alturas. Siempre siguiendo sus pasos. Siempre escrutando el más imperceptible de sus gestos.

Desde la esquina de la avenida se podía ver su figura menuda y plana en movimiento, con los brazos pegados al cuerpo apretando el original de su libro. Un ligero temblor del aire daba la engañosa sensación de que las cosas y los transeúntes, en el vano intento de moverse, sólo conseguían permanecer siempre en el mismo sitio. En esa atmósfera extraña, él, al caminar, aparecía y desaparecía entre los peatones, como si éstos fueran meros perfiles disputándose con ferocidad un lugar en la imagen. En ese espacio sin profundidad, el tiempo fluía con indolente lentitud desde la perspectiva de las palabras. Era como si éstas, subordinadas a la voluntad de quien lo acechaba, se valieran de ese equívoco transcurrir para hacer más hondo su vacío. Más dolorosos sus ademanes.

La noche anterior había soñado que un hombre le enseñaba un libro extraordinario. Su protagonista era una cámara de cine y, al entrever sus páginas advirtió que contenían la respuesta a todas las preguntas del sistema narrativo. También la historia original de todas las historias. Pero algo, tal vez otro sueño, lo despertó antes de que pudiera leerlas. Ahora, él estaba metido en ese mundo, buscando su lugar entre las siluetas que se superponían indiferentes al destino de las otras y, aunque no era posible ver sus labios, el murmullo de su voz se sumaba a los otros ruidos de la calle. Muy bien, aquí llevo escrito un mundo que es, que existe.

Al llegar a la siguiente esquina torció a la derecha. La corriente fragorosa de los coches que seguían el cauce de la avenida arrinconaba sin piedad las personas contra los edificios laterales. Caminó unos pasos y se detuvo ante el escaparate de una agencia de viajes. Su mirada se extravió en los precios de exóticos paraísos hallados y también en los reflejos del cristal. Aquí vio por primera vez la silueta del hombre que estaba a su lado. Se volvió hacia él y su rostro creció hasta impedir cualquier otra visión en el cristal del escaparate. Lo mismo ocurrió con la cara sorprendida del desconocido. Las visiones de uno y otro rostro se sucedieron componiendo un caprichoso diálogo.

— ¿Qué mira? —preguntó él, molesto.

— Las...las islas griegas...me gustaría viajar por el Egeo —dijo el otro, amable.

— ¡Basura!

— Perdone usted, pero...

— ¡Basura! ¡Ustedes tienen la culpa! ¡Ignorantes! ¡Los verdaderos viajes se inventan!

— ¡No tengo por qué escuchar estupideces! ¡Adiós!

— ¡Aquí tengo doscientos folios de viajes!

Caminó hasta el número que buscaba y se detuvo ante una gran puerta de hierro negro. A través del cristal observó la entrada revestida de mármol, la angosta alfombra roja que, subiendo dos escalones, acababa ante un vetusto ascensor. Junto a éste, un hombre uniformado con una bata gris a rayas, leía el diario completamente inmóvil en una silla. Por un imperceptible movimiento de las gafas o porque encontró sus ojos apenas entró, él supo que el otro no leía. Posó entonces su mano en el manillar de bronce, lo empujó hacia abajo y echó su cuerpo sobre la puerta para que ésta se abriera. Entró.

— ¿A dónde va?

El portero habló bajando el diario hasta sus rodillas y asomando sus ojos viejos por encima de las gafas.

— A la agencia.

Con voz refleja el portero le dijo el piso donde estaba, pero él ya había entrado en el ascensor, cerrado sus puertas y pulsado el botón correspondiente. Con un movimiento convulso la caja comenzó a elevarse penosamente. La mirada aburrida del portero siguió el ascenso quejumbroso por el hueco usurpado a la escalera. Cuando llegó al piso, se dirigió a la puerta, levantó la mano derecha hasta la altura del timbre y su dedo índice oprimió el botón durante un tiempo breve. Se encogió de hombros para acomodar correctamente el original de su libro bajo el brazo y se dispuso a esperar. La puerta era sólida, primorosamente trabajada por algún ebanista de la escuela catalana. Tras ella escuchó cómo unos pasos se encadenaban y detenían al otro lado. Un ruido mecánico indicó el giro de la llave y después otro el del pomo de bronce. La puerta se abrió y, enmarcado en un rectángulo inconcluso, apareció el medio cuerpo de una mujer, cuya edad se había detenido en algún lugar de los cuarenta. Sus ojos buscaron el rostro de la mujer y vio que era redondo y anodino, salvo cuando sonreía. Llevaba el pelo peinado en una melena lisa, que le caía hasta los hombros, a cuya altura se cortaba de improviso. Sin dejar de sonreír, le franqueó el paso y él entró en un pequeño recibidor bien iluminado. La puerta frontal daba a una sala y las laterales a otros despachos. En los de la izquierda se veía gente que trabajaba silenciosamente, pero en los de la derecha no se veía ni escuchaba a nadie.

— Con la señora B.

Oyó su propia voz metálica y distante.

— ¿De parte de quién? —preguntó ella sin dejar de sonreír.

Él se lo dijo y la mujer asintió con la cabeza y con un gesto de la mano le indicó que pasara a la sala. Como un autómata obedeció y se sentó en una de las sillas que circundaban una mesa redonda.(Seguramente la mesa era distinta, pero él la escribió así). Dejó la novela sobre la mesa. Las cuatro paredes estaban literalmente forradas de libros y él paseó lentamente su mirada por ellos. Inclinó su cabeza lo suficiente para leer los títulos sin moverse de su sitio y, en ese instante, tuvo la certeza de que el zumbido de la calle se había instalado en su cabeza como un dolor agazapado, prendido como una garrapata en algún lugar del cerebro dispuesto a estallar en cualquier momento.

Entre tantos títulos de libros reconoció uno que, en otros tiempos, lo había conmovido. Intruder in the dust, de W.F. era el libro. Supo entonces que estaba tan atrapado como el viejo Lucas Beauchamp. Se sintió un intruso en la polvorienta luz que penetraba por la ventana que tenía a su espalda. El zumbido y la acechanza del dolor aumentaron en su cabeza. Cerró los ojos buscando un alivio en la oscuridad que daban los párpados y, como un susurro surgiendo de un lago de aceite negro, recordó la voz de su amante, junto a él, en la cama:

— ¡Cálmate! ¡Es sólo un sueño!

— Lo sé, es el mismo y es otro, pero lo que me asusta es aquello que lo interrumpe...dime ¿existe mi libro?

Pero ella no le respondió y él, sudando, se quedó mirando el techo del dormitorio, con los brazos cruzados bajo la nuca, hasta que sintió en su piel la caricia de la mujer buscando con sencillez la ternura del sexo y él, agradecido, se refugió en ella.

— Ya puede pasar señor...

La mujer, sonriendo, había aparecido en el vano de la puerta y él, obediente, se levantó de la silla. El dolor pasó a su pecho y lo hizo tambalearse. Tendió las manos para recoger su novela y antes de tocarla presintió que algo había ocurrido entre sus páginas. Creyó que sus fuerzas no serían suficientes para levantar el libro. Vaciló y al cabo, no sin esfuerzo, lo tomó. El movimiento fue tan torpe y desproporcionado que, al mirar a la mujer, vio que su sonrisa ya no concordaba con la expresión de su rostro. Tal vez la había asustado.

Intruder in the dust — musitó al pasar junto a ella.

La mujer permaneció en silencio. La siguió algo encorvado, como vencido por el peso del libro que llevaba de nuevo bajo el brazo. Presumió que un importante cambio físico se había operado en el libro mientras estuvo inerte sobre la mesa de la sala de espera, pues ahora pesaba mucho más que cuando salió de casa. Ahora estaba seguro. Alguien o algo lo acechaba. Le seguía los pasos y hasta el hilo de sus pensamientos. Ese alguien o algo sabía del dolor y del vacío. Sabía de su indefensión. Sentía que todo su cuerpo era visible y vulnerable y que una especie de cuerda, acaso una mirada tácita, lo sujetaba a alguna parte como a una cometa. Había perdido su libertad. Peor aún. Cuando aquella mirada se acercaba sentía como si mutilara su cuerpo. Elegía la media parte superior o sólo su cabeza, incluso únicamente sus ojos o la boca y penetraba en su interior para explorar sin piedad sus secretos más ocultos, sus culpas más inconscientes.

Sintió un transitorio alivio al entrar en el despacho de la señora B. Era espléndido, luminoso y, como la sala, con las paredes cubiertas de libros, salvo en aquella donde colgaban decenas de fotografías de escritores y poetas famosos, con la sonrisa autografiada. Todos, o casi todos, eran representados por la agencia. La señora B., con su cara rubicunda y radiante, entró con los brazos tendidos hacia él, a quien no había visto jamás. Sobre el sólido escritorio marrón había dos libros dispuestos como un pequeño tabernáculo y coronados, o pisados, por dos pequeñas tortugas de bronce (al menos de ese material las seguía recordando años más tarde, cuando había empezado a escribir la siguiente historia para salir del laberinto en el que se había perdido).

Por la puerta entreabierta del despacho de la señora B., se introducía subrepticiamente el monótono repiqueteo de un télex y las incesantes alarmas de los teléfonos. La señora B., feliz por algo que él ignoraba, sacó una botella de Moët Chandon y le sirvió una copa. La vio crecer ante él y también a sus labios extenderse para beber. Con el primer trago, la contagiosa exuberancia de la señora B. invadió su cuerpo, el cual no soportó el súbito enervamiento y se abandonó en el sillón situado a la derecha del escritorio. En ese estado de lánguido sopor, percibió el tecleo de los empleados ante sus pantallas de ordenador y, con la ínfima brevedad de un fotograma, vislumbró la absurda posibilidad de que uno de ellos lo estuviese escribiendo. La idea de ser un personaje rebelándose a la escritura, batiéndose por sobrevivir a los designios de aquel que, sentando ante su pantalla, le imponía gestos, conducta y destino, lo llenó de ira. Se preguntó entonces qué hacía en aquel despacho, tan luminoso y tan sombrío. Se preguntó quien era esa persona que lo miraba, como si lo leyera, tan satisfecha de sí misma, sentada tras el escritorio, con los codos clavados en él, de manera que semejaban dos columnas colosales, en cuyos capiteles unidos sostenía la antorcha que iluminaba el mundo —su mundo— desde el principio de los siglos. Entonces evocó al hombre del sueño.

— ¡Increíble señor Marcovich!

No se sorprendió de nombrarlo ni tampoco del timbre metálico de su voz, que surgía de su garganta como la suma de una serie de pequeños impulsos eléctricos. La presencia de aquel hombre en el sueño no era casual. Él, de algún modo que no podía explicarse ni recordar, lo conocía. Su exclamación de asombro ante el libro que el señor Marcovich le mostraba en realidad continuaba un diálogo anterior.

— ¡Sí, es magnífico! ¡Una obra de arte! — sonrió Marcovich.

— ¿Y dice usted señor Marcovich que trata de la cámara de cine?

Esta vez su voz sonó más abierta. Al señor Marcovich se le iluminaron los ojos.

— Sí, claro —afirmó el señor Marcovich—, la cámara es el instrumento de la síntesis. Ya no bastan las palabras, amigo mío, para comprender los gestos del hombre; hay que espiarlos, no referirlos.

— ¿Cómo espiar el alma, señor Marcovich?

Las manos regordetas del señor Marcovich aparecieron flotando en el espacio entregándole el libro con la unción con que un sacerdote entrega a otro una urna sagrada. Al recibir el libro no sintió peso alguno y no hubo más realidad para él que el rectángulo de la mesa y las páginas del libro que hojeaba ansioso. Así, ante sus ojos pasaron trágicas palabras, despojadas y violentas frases, rigurosas descripciones, innominados monstruos y amenazadoras presencias. Asustado cerró el libro. Las manos de la señora B. lo tomaron y dejándolo sobre su mesa, le colocaron las dos tortugas de bronce sobre él.

— Hoy me siento tan feliz por la noticia que, cuando me dijeron que usted había venido, me dije «¿por qué no recibirlo?», y ya ve, lo he recibido, quizás en el día de mañana usted me dé otra alegría como la que me acaban de dar hoy.

La señora B. levantó la copa en un brindis, mientras acariciaba enternecida las tortugas metálicas. Los teléfonos no paraban de sonar. De todo el mundo llegaban voces felicitándola por el acontecimiento que la hacía tan dichosa. Entonces él comprendió que debía irse antes de que aquel que intentaba dominarlo consiguiera su propósito. Se puso de pie y, ante la mirada sorprendida de la señora B., huyó de la agencia.

— ¡Yo existo! —le gritó desde la puerta— ¡Yo existo!

Dos años más tarde, la señora B. recibió la carta de un desconocido escritor acompañando un breve relato acerca de un hombre que lleva un manuscrito a su agente, el día en que ésta recibe una noticia que la hace muy feliz. En la carta, el escritor desconocido le reclamaba el original de una novela. La señora B. no recordaba ni la novela ni a su autor. La señora B. gozaba de su felicidad.

 

Octubre, 1983—septiembre, 2001

 

 
   
   
   
   
   
               
           
         
         
         
         
         
         
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