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    La palabra desterrada / 2

 

La palabra desterrada. Hablar de la palabra desterrada es hablar de un desgarro. Es hablar de una herida.

La palabra es nuestra verdadera nación. La forma manifiesta de nuestra identidad más honda. La palabra es el medio que nos hace reconocible ante los demás y ante uno mismo. La palabra, es decir la lengua, es la piedra angular de la identidad individual y colectiva del ser humano.

Pero esta doble incidencia —individual y colectiva— de la lengua en la identidad es también el punto de partida para el establecimiento y demarcación de distintos territorios donde los individuos se reconocen en su proximidad. Quiero decir que la lengua actúa en el océano humano como una piedra que al caer al agua provoca círculos concéntricos. Cada uno de estos círculos son hábitat de reconocimiento más entrañables cuanto más pequeños sean.

Dicho de modo menos metafórico, la lengua es un código de comunicación que identifica a una comunidad, un rasgo diferenciador sobre el que se soporta una etnia, una cultura, una religión o una nación más allá —o más acá— de los límites territoriales de un Estado. Es más, dentro de estos marcos territoriales, la versatilidad de la lengua permite precisar la región o provincia o incluso la extracción o situación social, profesión o bandería del hablante.

Por este motivo, cuando por alguna causa, el individuo es obligado a desplazarse experimenta un desgarro cuyo alcance y profundidad es directamente proporcional a la distancia que esté del centro del cual partió, aunque el círculo al que llega forme parte de la misma lengua.

No se trata sólo del uso de un determinado tipo de vocablos o giros, de cadencias o dejes, porque tales aspectos, aunque importantes, sólo operan en la superficie de una misma lengua y basta un pequeño esfuerzo para hacerse reconocible y establecer en marco mínimo de convivencia. Quiero decir que, como en el caso de los argentinos radicados en Cataluña, aunque nuestra lengua original o la aprendida, el catalán, puedan facilitar instrumentalmente la comunicación con el medio, ninguna de las dos puede evitar la conmoción que el destierro provoca en la identidad personal del hablante, dada la vinculación de la lengua con la estructura de pensamiento de los individuos.

Es más, el habla del argentino, como la del individuo procedente de cualquier otro lugar, actúa casi siempre como un elemento diferenciador o singularizador dentro del nuevo contexto. Los esfuerzos integradores apenas si pueden cicatrizar el desgarro, pues la intensidad del vínculo es tal que, en esos momentos de tensión emocional, en la que se originan el ruego, la maldición o el trato amoroso, la herida se abre.

Todas estas alteraciones que se producen en el ámbito de la lengua y que afectan a la identidad de cualquier individuo desterrado, emigrado o exiliado, se potencian en la lengua artística y afectan profundamente al acto mismo de la creación literaria.

En la reacción de los escritores, como en la de cualquier otro individuo, opera el carácter, la voluntad vocacional y otras circunstancias personales. Pero cualquiera sea la reacción ésta siempre está relacionada con los cambios que se han experimentado en el interior del individuo y con su necesidad de reconocer, aceptar y afirmar las transformaciones que se han producido en su identidad.

Entre otros, son emblemáticos, los casos del polaco Joseph Conrad o del ruso Vladimir Nabokov que, exiliados de sus países de origen y radicados en Gran Bretaña y EE.UU. respectivamente, adoptaron la lengua inglesa como lengua literaria. También son significativos entre los escritores argentinos emigrados los casos de Héctor Bianciotti y Julio Cortázar.

Aquí es interesante observar sus distintas reacciones. Así, Bianciotti, tras naturalizarse, adoptó el francés como lengua literaria y entró en la Academia francesa. Por su parte Cortázar, aunque dominaba a la perfección la lengua francesa —era traductor de la ONU— desarrolló toda su obra en el castellano de Argentina. Pero la lengua en la que escribía —independientemente del talento con que lo hiciese— pertenecía a un estadio coloquialmente arqueológico, aquel que pertenecía a la parte sedimentada de su identidad personal. Si la escritura de Cortázar suena forzada en muchas de sus páginas se debe precisamente a que el Cortázar que las escribe responde a los dictados del Cortázar que fue, un Cortázar cuya identidad no se corresponde con la de quien es en el momento de escribirlas.

Si me preguntan cómo debía haber resuelto este problema de identidad y escritura, les diré que no lo sé, pues depende de las circunstancias personales de cada uno. Sí sé, en cambio, qué ha sucedido conmigo. Y también creo saber por qué a algunos nos afecta más que a otros.

Toda mi obra, desde mi primer libro, El día en que el pueblo reventó de angustia, de 1973, hasta el último, Sílabas de arena, de 2004, de cuentos aquél y de poemas éste, está sustentada en la palabra como elemento fundador de un universo personal a través del cual trato de descubrir las distintas dimensiones de la realidad y del alma humana.

No me interesa escribir historias argumentales donde los personajes y sus mundos quedan atrapados y petrificados en el tiempo; siempre condenados a repetirse en una e inamovible historia. Me interesa escribir de aquellas vidas y realidades, contenidas en las palabras sustantivas, pues el latido incesante de estas palabras se opone a acción devastadora del tiempo gracias al acto re-creador de la lectura. De cada lectura.

De hecho mi literatura es mi vida. No en el sentido biográfico, sino como expresión de una forma de ver y entender el mundo. Tal actitud exige una perfecta armonía entre la identidad del creador y la lengua que utiliza en su escritura. Quiero decir que un tipo de literatura que se nutra de nuestro yo existencial rechaza cualquier forma de escritura funcional.

La armonía entre la identidad del escritor y la lengua artística se puede mantener mientras el contexto en el que escribe es el que ha conformado su identidad, pero no cuando el contexto es otro. En este caso, los agentes locales actúan sobre la identidad extrañada, la alteran y, consecuentemente, perturban su vínculo original con la lengua, a su vez también afectada por los mismos agentes. Es entonces que uno, sintiendo la fractura y el desamparo que esa perturbación trae consigo, recurre, en un acto casi desesperado de supervivencia, al artificio de una identidad que sólo está en la memoria, pero no en el presente. Pero este desencuentro, producto de ese proceso desgarrador que inicia todo destierro, se hace cada vez grande y, como fue mi caso, acaba por imposibilitar el ejercicio de la escritura.

Producida la fractura, todo escritor expatriado termina advirtiendo tarde o temprano que aquello que escribe es meramente funcional. Entonces es que sucede que, si la materia básica de su literatura es la palabra, el escritor cae en la impotencia creadora. Pero en cambio, si el punto de partida de su literatura son historias que utilizan la palabra como medio para ser narradas, es decir la palabra sólo como vehículo narrativo, los efectos de la fractura son leves o inexistentes.

Dicho de otro modo. No es lo mismo que el escritor se reconozca como un agente portavoz de la palabra, para que ella prolongue su existencia y nos descubra las múltiples dimensiones de la realidad, que el escritor utilice la palabra como instrumento funcional, como una herramienta descriptiva de una realidad objetivada y evidente.

Advertir esta situación —la disociación entre mi identidad y mi escritura— fue para mí particularmente doloroso. Quizás por oficio podía escribir y, también quizás, pocos se hubiesen dado cuenta de la impostura. Pero yo sabía que eso que podía escribir no tenía nada que ver con quien yo era. La palabra que utilizaba era del pasado. Mi yo representado era el anterior, pero no el yo presente.

Fueron momentos muy críticos —quizás deba decir dramáticos— hasta que me di cuenta de que esa argentinidad que yo insistía en reproducir a través de la palabra era pura sentimentalidad. Pura nostalgia. La verdadera argentinidad a la que yo debía recurrir no era ésa, sino a esa otra que contenía el núcleo formativo original, del que soy parte indisociable. Esa que está en el origen de mi identidad y que nutre mi presente, pero que no es todo el presente.

Comprendí que la identidad no era algo estratificado, sino algo dinámico y permeable a los paisajes naturales y humanos. Comprendí entonces que era un extranjero y que esa condición era mi verdadera identidad. Comprendí, consecuentemente, que también mi yo literario debía armonizarse con esa identidad.

La constatación de mi vínculo personal con la escritura artística me permitió descubrir al mismo tiempo la hondura del desgarro que se había producido en mi interior. A pesar de haberme radicado en un territorio del mismo ámbito idiomático, las peculiaridades y referencias ambientales que hasta entonces habían definido desde la lengua mi identidad habían sufrido los efectos del desarraigo y la aculturación dificultando, cuando no haciendo imposible, la expresión del imaginario íntimo que constituye el núcleo central de mi literatura.

Bajo los efectos de esta lucha interior fue que escribí El hijo del arquitecto. En esta novela me enfrenté cara a cara con el drama del destierro, con la aculturación y con los obstáculos que oponen el poder y la materia inerte al acto creador. Y al tomar la iniciativa y afrontar mi nueva realidad fui descubriendo todo aquello que me era nuevo y que modulaba y alimentaba en mi condición de extranjero mi nueva identidad. Cualquiera que lea ese libro sentirá la tensión que late en él a través del protagonista, que es uno y es muchos a lo largo de los siglos.

Este proceso transformador de mi identidad que había comenzado desde mi destierro a finales de 1975, empezó a manifestarse como un creciente desasosiego hacia los años 80. No es casualidad que el libro de cuentos que publico en 1989, El interior de la noche, lo estructurara en tres apartados, en un intento de organizar y visualizar las etapas de mi historia personal y literaria.

El primero de los apartados era El despertar de la palabra, que comprende el período inicial, entre 1968 y 1970, año este último marcado por la escritura de El día en que el pueblo reventó de angustia; el segundo, El desierto y la leyenda, entre 1971 y 1975, donde busco caminos expresivos sostenidos por las latencias de la historia y los sonidos del lenguaje, y el tercero, La memoria en el exilio, entre 1980 y 1988, donde ya es patente la confrontación entre esas dos realidades que pugnaban dentro de mí.

Dentro de este proceso y a medida que iba definiendo mi nueva identidad individual e iba reconociéndome en ella, fui al mismo tiempo afirmándome en ideas particulares relativas al valor fundacional de la palabra y en la necesidad de profundizar el compromiso con su naturaleza sustantiva.

Quiero decir que del mismo modo que había percibido que mi argentinidad no radicaba en un culto nostálgico a las formas más externas de esa nacionalidad, sino en el reconocimiento natural y sencillo de un territorio que el azar había vinculado con mi origen y mi etapa formativa, también percibí que mi auténtica voz —la que me manifiesta como hombre y como artista— estaba vinculada a la palabra sustantiva. Esa palabra que contiene y expresa el origen de aquello que nombra. La palabra que evoca el pálpito genésico de la creación en los confines mismos del silencio.

Y llegado a este punto cabe advertir del peligro de la impostura. La sensibilidad artística y el conocimiento son dos vías primordiales que nos conducen al descubrimiento de nuestra propia esencia, nuestra identidad, pues el fin último del arte y de la ciencia es mostrarnos dos aspectos de una misma realidad de la que forma parte la existencia humana. De aquí las dramáticas distorsiones de esa realidad cuando el artista se convierte en traficante de imposturas y el científico en esclavo de la experiencia.

Un escritor que no se preocupe por el estrecho vínculo entre su identidad y su literatura y cuya mirada navegue por la superficie de las cosas, se limite a la crónica de sucesos o a la descripción costumbrista, sin acoger y ordenar la diversidad de las visiones y sensaciones de la realidad, difícilmente podrá crear una obra que exprese algunas de las verdades del mundo.

Pero más grave aun es que, al margen de cualquier consideración estética o mercantil que merezca su obra, ese escritor habrá fracasado como artista, del mismo modo como habrá fracasado, tal como escribí en Extraños en el paraíso, el científico que no ha sido capaz de situar su trabajo en el contexto del espíritu. Al respecto Albert Einstein anotó en El mundo tal como yo lo veo: «...La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia».

Los peligros de la impostura son ahora más amenazantes que nunca dado que la globalización de la industria cultural impone un estilo único, impersonal, a través del cual un escritor nunca podrá expresar esa «emoción fundamental», porque ese escritor que se aviene al uso instrumental de la lengua deja de ser su vehículo y él mismo, traicionando su propia identidad, se convierte en instrumento de la vacuidad. Es por esta razón que no todos los escritores sufren del mismo modo el destierro de la palabra.

La lengua del estilo único es una lengua artificial diseñada por el poder, que actúa como un objeto idéntico a la realidad objetivada por el orden constituido. Se trata de una lengua funcional, que se desarrolla y manifiesta sobre la superficie de las cosas y de los actos humanos. Pero —como digo en Extraños en el paraíso— «la verdadera lengua se rebela y se resiste a toda objetivación porque, por su propia naturaleza, no puede realizarse separada del ser humano [...]».

En tanto que vinculada a la identidad humana, la lengua es reflejo del crecimiento personal de los individuos y vehículo de expresión y difusión del conocimiento, lo cual aboca al artista y al científico a emplear en sus creaciones e investigaciones una lengua sensible a su propia identidad, a sus estados y transformaciones, y a la realidad dinámica del mundo para aproximarse al verdadero conocimiento, a la belleza y a la perfección.

La lengua resultante, segura de su identidad sustantiva y de su pertenencia a un ámbito cultural, es abierta a las nuevas voces, propicia al mestizaje léxico y a la diversidad de los sonidos que potencian los significados, transforman la sintaxis y proyectan su vocación universal. Al menos, fue así cómo, desde que concilié lo que llevaba dentro de mí con el entorno que habitaba (la realidad de Cataluña), pude recuperar la energía creadora de la palabra y reconocer en la extranjeridad mi propia identidad» personal y literaria.

 

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Ponencia leída en las Jornadas Paraules desterrades: escriptors argentins a Catalunya, organizadas por la Càtedra Catalunya-Argentina de la Universitat Oberta de Catalunya, los días 23 y 24 de marzo de 2004.

 

     
                 
                 
           
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