|
Argentina,
del
caos político
al crash económico
El
colapso económico de Argentina producido a finales
de 2001, que se ha traducido en la mayor suspensión
de pagos de la historia, es consecuencia de una combinación
de factores económicos, políticos y sociales,
tanto internos como externos, que han marcado la historia
del país.
Al
iniciarse el siglo XX la República Argentina se configuraba
como una de las grandes potencias mundiales. Sin embargo,
a comienzos del siglo XXI su situación es radicalmente
distinta. El colapso económico y el deterioro de la
vida social y política amenazan con devolver el país
a los tiempos de la anarquía anteriores a la Constitución
de 1853.
Las
causas históricas de diversa índole que han
llevado a este país, cuya economía es la tercera
más importante de Latinoamérica, al borde del
abismo están vinculadas tanto a las limitaciones políticas
de su sociedad y a las contradicciones ideológicas
de su clase dirigente para implementar y consolidar un Estado
democrático moderno, como a la acción de agentes
externos.
En 1910, la elección de Roque Sáenz Peña
como presidente de la República puede tomarse como
el primer intento argentino de legitimar un régimen
de gobierno capaz de edificar ese Estado moderno sobre la
base de un sistema democrático e instalar a Argentina
entre los países industrialmente desarrollados. Por
esas fechas, la autoridad del Estado, que gravitaba sobre
los enormes recursos económicos del país, no
obstante la crisis económica coyuntural derivada de
la caída de los precios de los productos agropecuarios
en el mercado internacional, no se cuestionaba, pero sí
la legitimidad de su régimen de gobierno. En efecto,
la naturaleza oligárquica del sistema fue puesto en
tela de juicio por las organizaciones obreras surgidas de
las masas inmigradas y de los movimientos políticos
vinculadas con ellas. En consecuencia, el presidente Roque
Sáenz Peña se vio obligado a sancionar en 1912
la ley de sufragio universal que lleva su nombre y que permitió
la entrada de las masas populares en la vida política
del país.
El
orden democrático
La
aplicación del sufragio universal abrió un período
hegemonizado por los gobiernos de la Unión Cívica
Radical de Hipólito Yrigoyen (1916-1922 y 1928-1930)
y Marcelo T. de Alvear (1922-1928), y marcado por el desarrollo
institucional y económico, éste caracterizado
por la creación de una incipiente industria ligera,
que repercutió favorablemente en amplias capas de la
sociedad argentina.
Los radicales, sustentados en amplios sectores de la clase
trabajadora, legislaron las relaciones laborales y, de acuerdo
con su programa de consolidar su base social promoviendo las
nuevas clases medias, apoyaron el movimiento de Reforma
universitaria que reivindicaba una mejor enseñanza,
la participación de los estudiantes en el gobierno
universitario y la ampliación de la autonomía
universitaria. Pero esta política progresista de desarrollo
del sistema democrático tuvo su contrapartida conservadora,
que se tradujo en la represión del movimiento obrero,
que tuvo en la Semana Trágica de 1919 y en la
matanza de la Patagonia de 1921 sus más dramáticos
sucesos.
La crisis económica internacional originada por la
Primera Guerra Mundial tuvo efectos negativos en Argentina,
que sufrió un fuerte descenso de sus rentas fiscales
y del comercio exterior, con el consiguiente menoscabo de
la dinámica económica y del nivel de vida global.
Fue entonces cuando, no obstante las reformas del radicalismo,
se puso de manifiesto la pervivencia de las estructuras básicas
del régimen agroexportador instituido por el presidente
Julio A. Roca (1880-1886). La oligarquía terrateniente,
que se había beneficiado de las tierras arrebatadas
al indio y había impedido el reparto de miles de hectáreas
a los inmigrados para su colonización, lo cual es causa
a su vez del desequilibrio geodemográfico del país,
seguía controlando los resortes principales del poder.
De este modo, el crack mundial de 1929 fue la puntilla
que dejó al radicalismo sin apoyo popular y favoreció
las condiciones para el golpe militar fascista del general
José Félix Uriburu de 1930, que significó
la restauración del poder conservador y el comienzo
de la llamada «década infame», que con
perspectiva actual podría denominarse «era infame»
y que se prolonga hasta los inicios del siglo XXI.
La
«década infame»
La
quiebra del orden constitucional en 1930 torció el
rumbo histórico de la República Argentina al
minar la evolución de una cultura cívico democrática
consagrando en el imaginario popular la confusión de
los intereses de clase con los intereses del Estado y el autoritarismo,
con sus variantes militar y caudillista, como fórmula
de solución de los problemas sociales, económicos
y políticos del país.
Tras
el golpe militar de 1930 surgió un Estado vulnerable
a las tensiones de los distintos grupos de poder, de los cuales
las Fuerzas Armadas se erigieron en árbitro siempre
dispuesto a intervenir para restablecer el orden, aunque ello
supusiera trasladar a la sociedad sus propias contradicciones
corporativas. Así, las disputas ideológicas
entre los bandos aliadófilo y nacionalista del Ejército
en detrimento de la res publica, la carencia de voluntad política
para impulsar el desarrollo industrial y los devastadores
efectos de la recesión económica determinaron
finalmente el resquebrajamiento del régimen conservador
y abrieron el camino a un nuevo modelo populista de tono fascista
impulsado por el movimiento peronista.
La
hora de los «descamisados»
El
punto crucial del cambio de régimen está señalado
por el ascenso del general Juan Domingo Perón en 1945
y su sistema popular-estatista. La política de Perón,
fundada en el intervencionismo del Estado para la orientación
y gestión del desarrollo económico, se vio inicialmente
favorecida por la situación internacional de la posguerra.
En este marco propicio, el gobierno de Perón emprendió
la nacionalización del Banco Central y de las empresas
extranjeras de servicio, medida que tuvo un alto rédito
político a un alto costo económico; promovió
el desarrollo de la industria ligera, y tomó medidas
tendentes a redistribuir la renta y a ampliar el campo de
la justicia social.
Sin embargo, el proceso de industrialización ligera
que impulsó no superó el antiguo esquema agroexportador,
ya que su funcionamiento estaba ligado a las divisas procedentes
del campo. Esta debilidad estratégica del régimen
condenó desde el principio al fracaso a la Argentina
potencia que postulaba el peronismo, dado que las dificultades
en la estructuración de una economía basada
en una industrialización limitada por la dependencia
tecnológica del país orientaron al régimen
político peronista, sustentado en el clientelismo y
en la burocracia sindical de la CGT (Confederación
General del Trabajo), cuyas prácticas condicionarían
a partir de entonces la actuación del movimiento obrero,
hacia formas más autárquicas de gobierno. Formas
que al final fueron la causa de su caída en 1955.
Efectos
de la política de bloques
Finalizada
la Segunda Guerra Mundial y dividido el mundo en dos bloques
ideológicos, las potencias occidentales encabezadas
por EE.UU. promovieron una activa fase de desarrollo y constituyeron,
acaso como una soberbia operación propagandística,
el estado de bienestar. En ese contexto, las grandes empresas
multinacionales reactivaron su objetivo de internacionalización
del capital sobre la base de mantener las condiciones políticas,
institucionales, ideológicas y de cualquier otra naturaleza
que asegurasen la reproducción capitalista.
La sociedad entre el gobierno estadounidense y los monopolios
económicos concretó entonces el más grande
aparato de control y represión mundial jamás
conocido. Este aparato, que se hizo extensivo a otras potencias
occidentales, dispuso de poder económico, militar y
de espionaje y de mecanismos de penetración ideológica
formidables, que resultaron determinantes para la vida de
los estados latinoamericanos. En un principio este proceso
de internacionalización del capital determinó
la consolidación de los Estados-nación latinoamericanos,
a través de cuyos gobiernos las compañías
multinacionales buscaron asegurarse la gestión de sus
intereses con la connivencia con las clases dominantes nativas.
Dentro de este marco, en la década de los sesenta Chile,
Bolivia, Brasil, Uruguay y Argentina ya habían articulado
sistemas políticos dotados de aparatos represivos y
permeables al capital transnacional. Los gobiernos civiles
de los radicales Arturo Frondizi (1958-1962) y Arturo Illia
(1963-1966), ilegitimados por la proscripción del partido
Justicialista (peronista), y la tutela militar, y condicionados
por la presión de sectores empresariales vinculados
al capital extranjero y la acción de los sindicatos
peronistas fracasaron en sus intentos de implementar políticas
independientes y tímidamente nacionalistas. Frondizi
fue destituido después de ser obligado por los militares
a anular unas elecciones legislativas ganadas por los peronistas,
lo cual suponía una adulteración más
del sistema democrático, e Illia lo fue tras un duro
ataque de las corporaciones industriales, agrícolas
y financieras y la burocracia sindical peronista que acusaron
a su gobierno de ineficacia administrativa y demagogia fiscal.
El
general Juan Carlos Onganía (1966-1970), con el pretexto
de imponer la paz social, «preservar la moral y los
valores espirituales de la civilización occidental
y cristiana», y modernizar la economía del país,
proclamó la Revolución argentina sobre
la base de la doctrina de «seguridad nacional».
En realidad este gobierno militar se caracterizó por
su política favorable a los intereses económicos
y geoestratégicos estadounidenses en detrimento de
los nacionales y por una dura e indiscriminada represión
social y política inédita hasta entonces en
la vida del país. Como respuesta a ella, se produjeron
protestas obreras y estudiantiles en las principales ciudades
del país y alcanzaron su punto más álgido
en mayo de 1968, cuando estalló el llamado Cordobazo,
hecho que también se considera como punto de arranque
de la acción generalizada de los grupos insurreccionales
de la izquierda revolucionaria.
La
marea negra
La
recesión económica mundial de los setenta provocada
por las crisis petroleras generó importantes excedentes
financieros, como los famosos petrodólares,
que fueron utilizados por los países desarrollados
para pagar a los países productores de la OPEP. Tal
cantidad de dinero circulante sin absorber por la economía
real o productiva afectó en general el crecimiento
económico y colapsó el sistema vigente de los
tipos de cambio originando un desequilibrio en el crédito
mundial y una fuerte espiral inflacionaria.
En
Argentina, esta situación se tradujo en una creciente
tensión social y en una sucesión de golpes y
contragolpes de Estado, a los que no fueron ajenas las multinacionales,
que tomaban posiciones en la economía nacional junto
con los acreedores externos encabezados por el FMI (Fondo
Monetario Internacional), el Banco Mundial y el Club de París.
De este modo, paulatinamente, el aparato económico
argentino fue quedando a expensas de la creciente deuda exterior
y de las inversiones extranjeras al tiempo que se debilitaba
su capacidad mercantil, se concentraban los ingresos en pocas
manos y se degradaba la capacidad de maniobra del Estado.
Paralelamente, las tensiones derivadas de la guerra fría
movieron a EE.UU. a acentuar la presión ideológica
sobre los países latinoamericanos al mismo tiempo que
buscaba asegurar espacios geográficos para la experimentación
de las teorías monetaristas de la Escuela de Chicago
destinadas a neutralizar el colapso de la economía
mundial. Pero la aplicación en los países «en
vías de desarrollo» de los postulados doctrinales
del economista Milton Friedman exigía una total libertad
de movimientos para el capital extranjero, especialmente del
financiero, lo cual hacía imprescindible la eliminación
de cualquier foco opositor, tanto sindical como político.
El golpe del general Augusto Pinochet en Chile en 1973 contra
el presidente Salvador Allende, en el cual está constatada
la participación directa de la CIA (Central Inteligence
Agency) y de la compañía IBM, fue el primer
y más dramático ejemplo de cumplimiento de este
objetivo.
La situación social y política de Argentina
en esos momentos había aconsejado al estamento militar
a retornar a los cuarteles y entregar el gobierno a los civiles.
El general Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973), quien
había participado en los golpes que derrocaron a los
presidentes Frondizi, Illia, Onganía y Levingston (1970-1971),
después de que «Montoneros», grupo guerrillero
peronista, secuestrara y matara al general Aramburu, organizó
la vuelta al orden constitucional y convocó las elecciones
de 1973, que ganaron los peronistas.
El
FREJULI (Frente Justicialista de Liberación), siglas
con las que se presentó el partido peronista, pronto
mostró las limitaciones de sus planes económicos
y, sobre todo, una crisis ideológica contaminada a
su vez por las luchas intestinas por el poder. El ala izquierdista
del peronismo, que había ganado amplios sectores medios
de la sociedad, amenazó por entonces con desbordar
los límites del populismo conservador del movimiento
y esto obligó al mismo Juan Perón y a la vieja
guardia del partido a dar un golpe interno para frenar el
«peligro comunista» que se cernía sobre
la ortodoxia doctrinal y el poder de la burocracia sindical.
La obligada dimisión del presidente Héctor Cámpora
y la convocatoria de nuevas elecciones en favor de Perón,
la matanza de Eceiza que se produjo al regreso de éste
al país, y la acción de grupos terroristas parapoliciales,
de los que surgió la Triple A (Alianza Anticomunista
Argentina), fueron algunas de las manifestaciones de este
proceso de reencauzamiento que restaron credibilidad
al sistema democrático y mantuvieron activos los focos
de violencia social.
Tampoco
el radicalismo fue inocente en la generación de esta
situación de inestabilidad política y social.
Ricardo Balbín, líder de la UCR, condenó
las acciones reivindicativas de los trabajadores llamándolos
«guerrilleros industriales» y el partido proporcionó
funcionarios de todo rango a la posterior dictadura militar.
Al tiempo que el gobierno peronista, continuado por María
E. Martínez de Perón (1974-1976) a la muerte
del caudillo, se veía impotente para frenar la espiral
inflacionaria, se instalaba en el país la cultura de
la violencia. La sociedad argentina se vio entonces sometida
a la represión policial, la acción terrorista
de las bandas derechistas parapoliciales y paramilitares y
a la actividad de los grupos guerrilleros de la izquierda
revolucionaria, cuyo soporte social no tardó en demostrarse
minoritario.
La
guerra sucia
En
marzo de 1976, con la complicidad de las cúpulas sindical
y eclesiástica y de sectores del alto empresariado
y la callada aceptación de amplias capas de la sociedad,
las Fuerzas Armadas derrocaron a la viuda de Perón
y abrieron la etapa más siniestra de la historia argentina
del siglo XX. Con el denominado Proceso de Reorganización
Nacional, la Junta de comandantes, presidida por el general
Jorge Rafael Videla, institucionalizó el terror de
Estado a través de una vasta y eficaz represión
que provocó miles de muertos, desaparecidos y exiliados,
en el marco de un plan continental diseñado por EE.
UU. y conocido como «Operación Cóndor»
y en la jerga militar local como «guerra sucia».
Eliminada toda forma de oposición, los sucesivos gobiernos
militares afrontaron las reformas económicas necesarias
para la «reorganización nacional» de acuerdo
con las doctrinas monetaristas. El ejecutor de los dictados
de FMI fue José Martínez de Hoz, miembro de
una familia de la oligarquía terrateniente, cuya política
primó la economía financiera sobre la productiva,
con el consiguiente y rápido empobrecimiento de la
población, desmanteló la infraestructura industrial
del país para acomodarlo al diseño del nuevo
mapa económico internacional, y propició un
espectacular aumento de la deuda interna y externa. Como dato
significativo basta considerar que entre 1976 y 1981 el crecimiento
del sector industrial fue sólo del 2%, mientras que
el crecimiento del financiero fue del 150%.
|
La
deuda argentina y el FMI
A fines de 1982, año de estallido de la deuda
internacional, Argentina debía 43.600 millones
de dólares. Para el pago del capital y los intereses
necesitaba el doble de las divisas que ingresó
por sus exportaciones. En tal situación el FMI
endureció las condiciones de los créditos
de refinanciación de la deuda y obligó
a Argentina a una política de mayor liberalización
del mercado, que implicaba la privatización del
sector público, la reducción del Estado
como agente económico y duras medidas de ajuste
económico, que dieron lugar a estallidos hiperinflacionarios,
el aumento del paro y el empobrecimiento de las clases
medias.
|
Al
iniciarse la década de los ochenta en estas condiciones,
con la oposición política eliminada y los programas
de los partidos políticos tradicionales acomodados
a la nueva realidad, el control social y económico
en manos del capital financiero, y extendida la cultura de
la especulación, el mantenimiento de un régimen
de fuerza en el gobierno se hacía innecesario. La guerra
de las Malvinas precipitó el retorno al orden civil.
Provocada en abril de 1982, por el sector duro del régimen
como una vía para perpetuarse en el poder y contrarrestar
las protestas de los trabajadores, cuyos salarios habían
caído hasta un 40%, la guerra de las Malvinas devolvió
a las Fuerzas Armadas a los cuarteles pero no les restó
su poder de tutelaje político.
| Emigración
de ida y vuelta
La historia de Argentina es la de un país cuya
población se ha nutrido de los flujos migratorios
europeos, principalmente españoles, italianos,
y también rusos, polacos, ingleses, galeses,
franceses, etc. Sin embargo, a partir de 1976, primero
a causa de la dictadura militar y después del
declive económico, el flujo no sólo se
detuvo sino que invirtió su tendencia. A partir
de entonces miles de argentinos han comenzado a emigrar
retornando a la tierra de sus ancestros.
|
La
restauración democrática
El
régimen democrático instaurado en 1983 heredó
un país al borde del colapso económico y una
sociedad con graves deficiencias culturales para la gestión
del orden civil y, consecuentemente, del desarrollo económico.
En este sentido, los sucesivos gobiernos democráticos
de Raúl Alfonsín (1983-1989), Carlos Menem (1989-1995
y 1995-1999) y Fernando de la Rúa (1999-2001) dieron
continuidad, principalmente a través de Domingo Cavallo,
al modelo económico instaurado por la dictadura militar,
pero sobre todo tomaron medidas políticas que impidieron
la recuperación moral de la sociedad argentina.
|
Radicales
y peronistas
El
perfil ideológico de los principales partidos
de la República Argentina, la UCR, radical, y
el Justicialista, peronista, se define por el centro
derecha. El partido radical, que suele identificarse
con las clases medias, tiene un origen pequeño
burgués de carácter populista que ideológicamente
evolucionó a lo largo del siglo XX hacia una
social democracia, según los parámetros
europeos.
Por su parte, el movimiento peronista, identificado
con la clase trabajadora y los sectores marginales y
extendido a las capas medias de la sociedad, se organizó
a partir de los esquemas de populismo fascistoide aunque
dio lugar al nacimiento en su seno de tendencias izquierdistas,
que el mismo general Perón se encargó
de neutralizar y reencauzar en el marco de una ideología
conservadora.
|
La
quiebra de los valores éticos causada por la tortura
y el terror de Estado durante la dictadura quedó legitimada
por la sanción de la Ley de Punto Final y Obediencia
Debida y el perdón presidencial a los militares juzgados.
La exoneración de los responsables de las graves conculcaciones
de los derechos humanos durante la dictadura consagró
la idea de impunidad de los actos dolosos en el imaginario
popular y dio carta de naturaleza a la corrupción,
favorecida por una devastadora política de privatizaciones
destinada a paliar las carencias de un orden económico
improductivo.
La
vulnerabilidad de la economía argentina y de los países
latinoamericanos está íntimamente vinculada
al modelo neoliberal y a los planes de ajuste diseñados
por el FMI, asegura Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía
de 2001. La pérdida de soberanía cambiaria en
virtud de la llamada convertibilidad que mantenía artificialmente
la paridad de la moneda argentina con el dólar estadounidense,
el endeudamiento crónico, la pérdida de patrimonio
estatal como consecuencia de las privatizaciones de empresas
y servicios públicos, entre éstos el de la seguridad
social, la carencia de bienes de servicio y tecnológicos,
y un obsoleto sistema fiscal están también en
el origen de la reducción de las rentas, las continuas
recesiones económicas y la generalización de
la pobreza.
Pero
junto a estas causas directas del colapso económico
y social que estalló en diciembre de 2001 en Argentina
no son menos importantes la descapitalización cultural,
la extensión de la corrupción en todo el tejido
social y el vacío político dejado por la aniquilación
de la generación que debía tomar el relevo en
la dirigencia del país.
La acción represiva de la dictadura rompió con
la tradición de un país que tenía la
cultura como uno de sus más preciados bienes. En este
sentido, el régimen militar no sólo tomó
efectivamente las universidades, sino que intervino en todos
los estamentos de la educación pública condicionando
los planes de estudios y reduciendo las dotaciones presupuestarias
hasta provocar una dramática caída en los niveles
de la enseñanza y la investigación y la fuga
de cerebros, condiciones que continuaron tras las restauración
de una democracia institucionalmente débil. Una de
las causas de esta debilidad debe buscarse en la tragedia
que supuso para el país la represión de su culta
clase media y la pérdida de una generación,
cuyos miembros fueron perseguidos, torturados, asesinados
u obligados a exiliarse. Este hecho se tradujo en la carencia
de un relevo generacional y, consecuentemente, en que la dirección
de Argentina volviese a una generación no exenta de
responsabilidad en el desastre social, político y económico
sufrido por el país. Una responsabilidad culposa que
ha condicionado la democracia argentina y dado lugar a la
sanción de leyes que, como la de Obediencia Debida
y Punto Final, consagraron la impunidad de quienes habían
cometido graves crímenes y delitos y, borrando cualquier
referente moral, devaluaron los valores éticos del
ciudadano argentino.
---
Publicado en Historia y Vida, nº 408.
|