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Sandino,
un rebelde con causa
Augusto
César Sandino ha pasado a la historia como el símbolo
de la lucha del pueblo de Nicaragua frente al intervencionismo directo
de EE.UU. en América Central. Con un pequeño grupo
de hombres armados y un poderoso impulso místico defendió
durante años la soberanía nacional sin que pudiesen
derrotarle militarmente.
El
campesino prófugo
Augusto
César Sandino constituye una de las figuras más emblemáticas
de la defensa de la soberanía nacional nicaragüense
en particular y centroamericana en general.
Nació en 1893, en el pueblo de Niquinohomo, en el departamento
de Masaya, con el nombre de Augusto Nicolás. Hijo de campesinos,
Gregorio Sandino y Margarita Calderón, fue criado por su
abuela materna tras ser abandonado por su madre. A las dificultades
comunes de otros campesinos pobres, Sandino añadió
una más cuando, en 1921, disparó contra el hijo de
un poderoso caudillo conservador local y se vio obligado a huir
de la justicia.
En
los siguientes cinco años trabajó en ingenios azucareros
de Honduras y Guatemala y pozos petrolíferos de México.
Durante este tiempo, el espíritu inquieto del campesino prófugo,
no obstante las duras condiciones de vida, se abrió a la
prédica religiosa de los Adventistas del Séptimo Día,
y también a las enseñanzas de gurus orientales y a
las doctrinas masónicas, anarquistas, socialistas y comunistas.
De esta mezcolanza surgieron sus radicales ideas revolucionarias
que determinaron e impulsaron su acción posterior; la carismática
fuerza que le permitió cohesionar y acaudillar un grupo de
hombres armados que, desde las selvas y montañas del norte
de Nicaragua, mantuvo a raya durante siete años a las tropas
gubernamentales y de intervención estadounidenses.
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El
sueño de la Confederación
En
1921, Guatemala, Honduras y El Salvador crearon la República
de la América Central, aunque sin Nicaragua. Este país
se había negado a integrarla al no lograr el reconocimiento
del tratado Bryan-Chamorro, que concedía a EE.UU. los
derechos de construcción de un canal intereoceánico
y una base naval en el golfo de Fonseca. El fin del sueño
confederal se consumó poco después, cuando Carlos
Herrera, presidente de Guatemala, fue derrocado y, en octubre
de 1922, los presidentes de Honduras, Nicaragua y El Salvador
debieron firmar en el buque estadounidense Tacoma un
nuevo tratado que reconocía la tutela de EE.UU. en
la zona.
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Nicaragua
ocupada
A
fin de acabar con su ocupación militar, EE.UU. arbitró
un sistema de dominio político en Centroamérica que
velase por los intereses de sus compañías fruteras.
Dicho sistema se concretó con los acuerdos de Washington
de 1923. En función de tales pactos, Nicaragua, Honduras,
El Salvador, Costa Rica y Guatemala se comprometieron a mantener
gobiernos legítimos y a desconocer los surgidos de revoluciones
o golpes de estado a través de un Tribunal Internacional
Centroamericano y de las Comisiones Internacionales de Investigación.
EE.UU., una vez asegurado el tutelaje de estos organismos, disminuyó
progresivamente su presión militar en el área.
Pero,
tras la retirada de las tropas estadounidenses de Nicaragua en 1925,
los partidos locales, conservador y liberal, se lanzaron a una lucha
por el poder que desembocó en una guerra civil al año
siguiente. A resultas de ésta confrontación fratricida
se produjo una nueva intervención militar de EE.UU. que fue
legitimada por los acuerdos Stimpson-Moncada, también llamados
de Tipitapa o de «El Espino Negro». Fue en este contexto
que Sandino asumió la defensa armada de los intereses y la
soberanía nacionales seriamente amenazados.
El
general de hombres libres
Una
vez que en 1926 hubieron expirado los cargos que pesaban sobre él,
Sandino regresó a Nicaragua con el propósito de ocuparse
de sus propios negocios en el pueblo natal. Sin embargo, varias
causas frustraron sus planes y, hallándose en León,
se vio obligado a buscar trabajo en las minas de San Albino. Aquí
incitó a los mineros a rebelarse contra la explotación
de que eran objeto y, al frente de una treintena de hombres, inició
su propia rebelión.
En
estas circunstancias estalló la guerra civil entre conservadores,
apoyados por tropas estadounidenses llamadas por el presidente Díaz,
y liberales, a quienes se unió. No obstante, la firma de
los acuerdos de «El Espino Negro» lo movió a
alzarse en armas contra el gobierno títere del general José
María Moncada y los marines estadounidenses. En esas
condiciones, Sandino marchó a las montañas del norte
y en San Rafael casó con Blanca, la hija de un telegrafista.
Poco después de fundar el Ejército Defensor de la
Soberanía Nacional de Nicaragua pasó a hacerse llamar
Augusto César, «el general de hombres libres».
El
enviado de Dios
A
pesar de su moderno equipamiento y de la utilización de la
aviación, las tropas gubernamentales y norteamericanas no
pudieron reducir a la guerrilla sandinista que, al cabo de unos
años, había logrado reunir cerca de tres mil combatientes.
Sandino, quien asentó su cuartel general en las montañas
selváticas de Nueva Segovia, basó su estrategia en
la movilidad de sus fuerzas y el preciso conocimiento del territorio.
Asimismo, su discurso político sustentado en la defensa del
suelo nacional frente al enemigo extranjero y sus cómplices
locales caló profundamente entre las gentes del pueblo. Éstas,
marginadas permanentemente por una clase dirigente corrupta y entreguista,
se sintieron por primera vez comprometidas en un proyecto colectivo
propio, que cuajó en un movimiento autodefinido como «anticolonial
de liberación nacional».
Pero,
junto a la estrategia guerrillera y las propuestas políticas,
Sandino dio a su acción un hálito de cruzada mesiánica,
cuando en su manifiesto de 1927 proclamó su «vínculo
místico con la raza indígena». Tres años
más tarde, se declaró encarnación divina y
enviado de Dios para redimir a los pecadores, y en el «Manifiesto
Luz y Verdad» de 1931 anunció que Nicaragua había
sido escogida por Dios para juzgar a los injustos del mundo.
El
compañero José Farabundo
A
partir de 1928, Sandino contó con un colaborador importante
para consolidar el mensaje político e ideológico de
su movimiento. Ese año se adhirió a su causa el salvadoreño
José Farabundo Martí, notable activista de «La
Regional».
Tres
años antes, como fruto del desarrollo del movimiento obrero
y de la creciente aportación ideológica de los grupos
anarcosindicalistas, comunistas y reformistas, se había fundado
como parte de la Confederación Obrera Centroamericana (COCA),
la Federación Regional de Trabajadores de El Salvador, popularmente
llamada «La Regional».
Atraído
por la causa antiimperialista, José Farabundo Martí
se enroló en la guerrilla sandinista y tomó parte
en numerosas acciones armadas. Su comprensión política
de la problemática centroamericana más allá
de los planteamientos militares lo acercó a Sandino, quien
lo convirtió en su principal lugarteniente. Con la ayuda
de Martí, Sandino logró que su causa tuviese una proyección
internacional y que muchos países acabasen por simpatizar
con ella. Sin embargo, las convicciones personalistas de Sandino
acabaron por chocar con las formulaciones ideológicas de
José Farabundo Martí, a quien acusó de espiar
para los comunistas y lo obligó a regresar a El Salvador
en 1930.
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La
finca salvadoreña
EE.UU.
manejó los hilos de la política en los países
de América Central sin miramiento alguno. La seguridad
del canal de Panamá por un lado y por otro la defensa
de los intereses de sus compañías, como la emblemática
United Fruit Co. se tradujeron en intervenciones militares
directas y en la instalación de gobiernos títeres.
Entre éstos sobresalió en El Salvador el ejercido
por la familia Meléndez-Quiñones entre 1923
y 1927. Mediante la represión y el fraude electoral,
los Meléndez-Quiñones mantuvieron la ficción
institucional y gobernaron en favor de sus intereses privados
y los foráneos. En este sentido, sus reformas financieras
llegaron a poner en manos de los banqueros estadounidenses
las rentas de las aduanas del país.
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El
señor de las montañas
La
disidencia de José Farabundo Martí no afectó
la vitalidad de la guerrilla sandinista ni restó prestigio
popular a Augusto César Sandino. Con la simpatía de
amplios sectores populares centroamericanos y el moderado apoyo
político y financiero de México, sus acciones armadas
continuaron en los años siguientes.
Al acabar la década de los años veinte, Sandino controlaba
gran parte del territorio noroccidental de Nicaragua. Concretamente,
las fuerzas guerrilleras de Sandino dominaban no sólo su
reducto de Nueva Segovia, sino también las montañas
y selvas de los departamentos de Jinotega, Estelí y Chinandega.
Al
iniciarse la década de los treinta, el área de dominio
de Sandino apareció como inexpugnable para las tropas gubernamentales
y de ocupación norteamericanas. La constatación de
este hecho movió al presidente Moncada a iniciar conversaciones
en 1932 con el gobierno estadounidense del presidente Hoover para
que retirara la fuerza de ocupación y a negociar con Sandino
la pacificación del país.
El
poder del «Gran hermano»
La
llegada en 1933 de Franklin D. Roosevelt a la presidencia de EE.UU.
supuso un cambio importante en la situación del área.
Roosevelt impulsó una nueva política internacional
que se concretó en la sustitución de la «política
del garrote» por la del «gran hermano» y que tuvo
hondas repercusiones en la política doméstica de los
países centroamericanos.
Aunque
el interés geoestratégico de EE.UU. por Nicaragua
seguía siendo alto ante las perspectivas de construir un
canal interoceánico en su territorio, el presidente Roosevelt
favoreció la reducción de las tensiones internas y
la retirada militar del país. Sin embargo, dicha retirada
exigía la adopción de ciertas medidas de recaudo para
los intereses geoestratégicos y económicos de EE.UU.
Con este fin y en aplicación del tratado Stimpson-Moncada
de 1927 ya había sido creada la Guardia Nacional y sus componentes
preparados por instructores de la infantería de marina estadounidense.
De este modo se contaba con una fuerza militar adicta, cuya eficacia
no tardó en ponerse de manifiesto.
El
día del redentor
Los
cambios operados en la administración de EE.UU. fueron percibidos
positivamente por Augusto César Sandino, quien aceptó
en 1932, a instancias de su esposa, el diálogo con el presidente
Moncada. Al año siguiente continuó las conversaciones
de paz con el sucesor de éste, el liberal Juan Bautista Sacasa,
quien había sido embajador de Nicaragua en Washington. La
evacuación de las fuerzas estadounidenses, la amnistía
total y la entrega de tierras a sus seguidores, el reconocimiento
de su comuna «Luz y Verdad» en Nueva Segovia, y el mantenimiento
de una fuerza auxiliar propia fueron las principales condiciones
que impuso Sandino para negociar el licenciamiento de los guerrilleros.
Sacasa aceptó y la paz fue firmada el 2 de febrero de 1933.
| El
Partido Autonomista de Sandino
Firmada
la paz en Nicaragua, Augusto César Sandino se propuso
participar activamente en la vida política del país
a través de un formación capaz de equilibrar
el peso de los partidos tradicionales. Fue así como
en febrero de 1933 fundó el Partido Autonomista. En
éste confluían elementos izquierdistas y organizaciones
obreras que vieron la oportunidad de canalizar sus reivindicaciones.
Desde esta plataforma, Sandino proclamó la Unión
de Repúblicas de América Central evocando la
tradición bolivariana y propuso la creación
de un Ejército Autonomista centroamericano.
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Sin embargo, en el curso de ese año el gobierno de Sacasa
constató como un peligro el prestigio moral y político
de Sandino. Asimismo, Anastasio Somoza, jefe de la Guardia Nacional,
consideraba inaceptable la existencia de una fuerza auxiliar al
mando del ex guerrillero. Como consecuencia de esto, Sandino, cuya
esposa Blanca había muerto al dar a luz a su hija Blanca
Segovia Sandino, fue convocado a la capital. El 20 de febrero de
1934, Augusto César Sandino y su guardia personal cayeron
abatidos a tiros en las afueras de Managua por la Guardia Nacional.
Casi inmediatamente, un contingente de guardias nacionales aniquiló
a los desprevenidos miembros de la cooperativa «Luz y Verdad»
en Las Segovias. En 1927, en una carta dirigida a su amigo Pompilio
Reyes, Augusto César Sandino había escrito: «El
que se mete a redentor tiene que morir crucificado».
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