Eduardo
Galeano,
el compromiso intelectual.
La
trayectoria de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940), es la
del intelectual latinoamericano que ha asumido un compromiso militante
con la realidad continental.
Su
escritura no es nueva, porque tiene sus raíces en la tradición
cultural americana, pero sí lo son el tono y el modo de
afrontar, sin ornatos retóricos, los diferentes géneros
literarios en función de un mismo mensaje de denuncia de
las causas de la marginalidad y subdesarrollo de América
Latina.
Su
literatura es periodística y su periodismo es literario
en el modo como lo eran los cronistas de Indias, como Guamán
Poma de Ayala, Bernal Díaz del Castillo, Bartolomé
de las Casas, entre otros.
Galeano
es un hombre un intelectual latinoamericano de su
tiempo. Heredero de una de las dos corrientes que desde los tiempos
de la Conquista marcaron la evolución de la cultura y la
literatura del continente y fruto inmediato de la Revolución
Cubana, que marcó un antes y un después en la percepción
y exposición de la realidad social, política y cultural
del continente por parte de los intelectuales y que, al mismo
tiempo, generó una retórica que fue objeto de una
ardua e enriquecedora polémica en la izquierda acerca de
la función y las formas de la literatura.
La
publicación en 1970 de Las venas abiertas de América
Latina y la fundación de la revista Crisis
por parte de Galeano constituyeron verdaderos revulsivos, herramientas
ideológicas de gran eficacia para los intelectuales progresistas
de esa época y cuya influencia se ha prolongado hasta ahora.
De hecho el ensayo histórico y la revista de Galeano eran
parte de un proceso cultural y, dentro de éste, de una
opción hasta entonces condicionada por las circunstancias
y la dificultad de los intelectuales en general miembros
o allegados a las clases dirigentes no sólo para
asumir la voz de las víctimas del poder, sino para ponerse
en su lugar y contar los hechos desde su perspectiva y sin los
atenuantes o disfraces impuestos por el lenguaje de las clases
dominantes.
Para
comprender el soporte ideológico de la obra de Galeano
no basta con situarlo en el bando de una izquierda intelectualmente
radical. Su izquierdismo define su posición política,
pero no su actitud de militante sensible a la historia, en tanto
que sucesión de hechos y comportamientos, que han desembocado
en el estado de subdesarrollo y miseria crónica y latente
que viven los países latinoamericanos y, consecuentemente,
la mayoría de las gentes que lo habitan.
Desde
las primeras décadas del siglo, los intelectuales latinoamericanos
bajo el influjo de las vanguardias filosóficas y artísticas
vieron la necesidad de definir una identidad continental e incluso
de reivindicar la validez y vigencia de una cultura original surgida
del drama de la Conquista. Algunos como Jorge Luis Borges, Antonio
Caso y Alfonso Reyes plantearon el problema volviendo los ojos
a sus realidades más próximas y nacionales para
acabar proyectando sus especulaciones sobre la condición
humana y establecer que la historia universal es la historia de
unas pocas metáforas o apariencias, en cuyo corazón
late el mito que se expresa a través de una memoria o identidad
colectiva. Otros, como Juan Carlos Mariátegui, formularon
la cuestión en términos político-sociales
y los negativos efectos sobre los individuos y los pueblos que
conforman, provocados por la intrínseca perversión
de los sistemas de poder.
Para
Lezama Lima, la historia había alejado al hombre de lo
Absoluto precipitándolo en la causalidad, en la pluralidad
y en las limitaciones espacio-temporales. Esta idea, surgida de
la crisis del racionalismo positivista y el progresivo divorcio
entre la ciencia y el humanismo, se traducía en Lezama
en un proceso histórico dividido en varias eras imaginarias
caída, expulsión, pérdida, aspiración
a los orígenes, etc. que, en tanto reflejo del Todo,
permitían una interpretación de lo temporal histórico.
La última de esas etapas imaginarias correspondía
a Martí y a la Revolución Cubana, que, en su interpretación,
era producto del triunfo de lo incondicionado sobre lo causal.
Siguiendo
este hilo de pensamiento, Alejo Carpentier, Miguel Ángel
Asturias y Arturo Uslar Pietri formularon lo real maravilloso
como expresión de una identidad latinoamericana joven y
vitalista frente a la decadencia europea occidental. Una identidad
hecha de contextos raciales, políticos, económicos,
culturales, etc. y de mitos enraizados en la sojuzgada alma
indígena.
Esta
idea de una identidad por descubrir y formular a partir de una
realidad auténtica llevó a Octavio Paz al encuentro
de la historia y el presente de su país (Laberinto
de soledad). Esa realidad le descubrió un hombre
desgarrado y huérfano por la acción de la conquista
primero y la independencia después y el entramado de palabras
que enmascaró y tergiversó su realidad hasta situarlo,
como pueblo, en la periferia del mundo desarrollado occidental.
Desde
esta condición del mexicano interpretó que la soledad
era compartida por el continente y por la mayor parte del planeta
como consecuencia de la derrota de la Razón y la Fe, de
Dios y la Utopía. Paz proponía entonces al mito,
el amor, la fiesta y la poesía como vías para superar
las limitaciones de la realidad histórica y acceder a la
vida verdadera.
En
el trazado de una línea existencialista también
se dieron las reflexiones de Ernesto Sábato y, en particular
de Héctor Murena, quien (El pecado original de América)
realizó uno de los estudios más despojados de la
realidad moral, en particular de Argentina. Murena veía
a los argentinos como europeos desterrados, individuos alienados
o desposeídos que, al margen de la historia, buscan su
lugar en un mundo que les extraño. Y como, Alfonso Reyes,
reivindicaba una suerte de parricidio intelectual como fórmula
para el nacimiento de una identidad propia capaz de generar el
bienestar y la independencia.
Esta
dura realidad tuvo su correlato descarnado y próximo a
la crueldad en Lima la horrible, de Sebastián
Salazar Bondy, que antecede en unos pocos años al ensayo
magistral de Galeano. A partir de las corrientes precedentes,
tanto filosóficas como sociológicas, orientadas
a desentrañar y explicar la realidad latinoamericana, Salazar
Bondy realizó una profunda exploración de la capital
peruana que, como años antes había hecho el argentino
Ezequiel Martínez Estrada en Cabeza de Goliat
respecto de Buenos Aires, exponía los graves problemas
sociales y estructurales que aquejaban al país. Un pueblo
que, según él, se hallaba perdido en la nostalgia
de un pasado fraguado en la historia escrita por las clases dominantes.
El
triunfo de la Revolución Cubana dio paso a una mayor preponderancia
de quienes veían y buscaban narrar la historia ensayística
y literaria desde el punto de vista de las clases desposeídas.
La idea capital de los liberales que fundaron las repúblicas
sobre la base de progreso como resultado del triunfo de la civilización
sobre la barbarie (Facundo), empezó a tomar
un cariz totalmente opuesto.
Mario
Benedetti lo apuntó en El país de la cola
de paja y Roberto Fernández Retamar lo acabó
de trazar en Calibán. Apuntes sobre
la cultura en nuestra América. En ellos, la barbarie
era identificada y reivindicada como expresión inocente
del hombre americano frente a la civilización, encarnación
de los intereses depredadores.
De
este modo quedaba restaurada la dicotomía entre el mito
y el logos, la vida y la razón o la ciencia; las culturas
autóctonas frente a las foráneas desde la perspectiva
de quienes lo habían perdido todo.
En
1967 se publicó en Italia un libro de gran importancia,
tanto por su rigurosa y científica metodología de
análisis, como por el enfoque. Historia contemporánea
de América latina de Tulio Halperin-Donghi, que
contribuyó de un modo decisivo a la historiografía
continental de tipo academicista.
Fue
en tales circunstancias que, en 1970, Eduardo Galeano sorprendió
con Las venas abiertas de América latina.
Es este un libro que recoge las intuiciones anteriores, pero su
lenguaje y su propuesta formal marcaron un modo de ver, analizar
y exponer la historia hasta entonces inédito.
Tal
como se desprende de la polémica suscitada por entonces
por el colombiano Óscar Collazos sobre la actitud de los
intelectuales de izquierda frente a la Revolución cubana,
Galeano tomó partido por aquellos que interpretaron que
los hechos que se estaban viviendo debían ser recogidos
y llevados a la narrativa con todas sus consecuencias.
Pero
a diferencia, no sólo de aquellos escritores que consideraban
que el compromiso ideológico no afectaba sus preocupaciones
específicamente artísticas, sino también
de aquellos otros que habían creado una retórica
de la denuncia, Galeano definió un género, en la
línea del nuevo periodismo iniciado por Tom Wolfe en Rolling
Stone. Un género en el que la denuncia, la crónica
periodística y la narración literaria conforman
una fórmula indivisible para indagar y exponer la realidad.
De
aquí que la denuncia, el mito, la historia, los hechos
cotidianos, etc., concurran en sus escritos con naturalidad. No
existe una diferencia fundamental en sus dos mayores obras,
Las venas abiertas y la trilogía de Memorias
del fuego. Su planteamiento formal es apenas un recurso
editorial, pues en ambas, el tono expositivo y el lenguaje abordan
un mismo y definitivo argumento, la vida, individual y colectiva
del hombre americano.
A
diferencia de la historia del establishment que se edifica
sobre la nostalgia del pasado para divinizar el orden constituido
y fragua los hecho en función de los intereses de éste
valiéndose de un metalenguaje que sólo los sacerdotes
dominan, la historia que narra Galeano parte no de la gloria del
prócer sino de la angustia y la miseria del presente y
se adentra en el pasado para descubrir las causas del dolor y
la marginación.
En
correspondencia con este propósito el estilo no puede definirse
por la opacidad de un lenguaje selectivo, sino por el código
común de la memoria colectiva; de la memoria viva sin máscaras
ni ocultamientos capaz de revelar la verdad de mito, el conocimiento
en su plenitud para corregir una realidad que discurre al margen
de la felicidad.
No
puedo decir que hay un Galeano narrador y otro historiador. En
realidad hay un Galeano rapsoda. No digo juglar, pues éste
es el que cuenta la historia del héroe epónimo;
digo rapsoda porque éste es el que cuenta la historia fundacional
de los pueblos en tiempos en que los hombres luchaban con los
dioses para afirmar su existencia en el mundo. El relato de Galeano
descubre las caras ocultas por las máscaras y restaura
el mito original.
No
es casualidad que en la escritura de Galeano las fronteras de
los géneros se diluyan. La historia, individual o colectiva,
es la misma. Y en esto radica su originalidad y su principal aporte
al conocimiento de la historia de América Latina.
A
diferencia de los costumbristas y realistas incluidos los
actuales, desde los cultivadores de "realismo sucio"
hasta los llamados poetas de la experiencia, Galeano plantea
a través de sus relatos y de su personal estilo los múltiples
caminos que conducen al conocimiento con la esperanza de modificar
la realidad.
A
diferencia de los intelectuales de izquierda que han hecho de
la denuncia una mera retórica o adoptan inconscientemente
los tics del sistema, Galeano elabora un lenguaje tan preciso
como imaginativo y lo textualiza en las formas que mejor proyectan
el contenido de su relato.
Conferencia pronunciada en la Escuela Superior del Poder Judicial.