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La palabra desterrada.
Una nueva identidad

 

    Hablar sin pelos en la lengua es hacerlo sin tapujos. Nosotros al enunciar este encuentro aludiendo a «Los pelos en la lengua» formulamos una voluntad de precisar y, si podemos, afeitar esos «pelos» que nos impiden un verbo fluido.

    Para contribuir desde otro punto de vista, desde el rumor interior, como apuntaba Marcelo Cohen, a esta voluntad de precisión no voy a teorizar sobre la lengua como instrumento expresivo, sino a contar mi peripecia con la palabra como generadora de vida.

    Quiero decir, en la medida que la palabra me crea y me identifica ante mí y ante los demás; en la medida en que pronunciar la palabra es una acto de fundación. De modo que se me ocurre que hablar es, en este sentido, una secuencia de diminutas fundaciones que constituyen el mundo.

    Creo que siempre tuve esta creencia, pero cuando el entorno natural, ese en el que yo pronunciaba mi mundo y en el que éste era comprensible para los demás, desapareció, entonces me di cuenta de todo lo que había perdido; supe de ese modo inesperado y brutal que la palabra no era para mí un mero instrumento para contar historias, sino que la palabra era la historia misma; que era yo su instrumento expresivo, porque narraba desde dentro de ella, que es como decir desde dentro del mundo, las íntimas peripecias del dolor, la angustia y la soledad de otros hombres iguales a mí y que yo sentía correr por mis venas, como la savia corre por el cuerpo del árbol.

    El día en que el árbol fue arrancado, las raíces de la palabra quedaron en el aire. Desnudas y despojadas de todo alimento. Fue un pequeño cataclismo y al principio, la perplejidad y el aturdimiento no me dejaron ver el alcance de aquel desterramiento. El instinto de supervivencia me situó en los aledaños de la palabra y encontré en el periodismo un ejercicio de aprendizaje por el que aprendí un dialecto de comunicación convencional, que en esos momentos era como una piedrita en el zapato.

    De pronto el sentimiento de extrañeza y aislamiento cobró una dimensión demasiado grande y me sentí perdido. Era un extranjero con síndrome de nostalgia y, como tal, cada noche me inyectaba la savia aún viva del árbol desterrado, para pronunciar la palabra y evocar el paraíso perdido. Así terminé, por inercia, De cómo llegó la nieve, mi primera novela.

    Mientras tanto, unos pequeños pelos nacían de las raíces y se adherían a la nueva tierra. El cuerpo del árbol se negaba a morir y brotes de tonalidades diferentes aparecían en sus ramas. No obstante, la copa seguía desnuda en espera de una primavera que parecía no llegar jamás. El corazón del árbol ya no bombeaba la antigua savia. Entonces me enfrenté al vacío. A la imposibilidad absoluta de pronunciar la palabra verdadera.

    ¿Escribir? Podía escribir, pero las historias que me salían estaban atrapadas en la falsedad argumental. No las sentía. No eran mías. No era yo quien estaba en aquellas palabras-probeta, porque éstas, fruto de la inseminación artificial, no nacían de mis entrañas.

    No sin dolor acepté que mi conocido camino interior del sentimiento y la sensualidad estaba cerrado. No amaba. No sentía. Las ramas mayores del árbol eran leña.

    Entonces llegó un día en que pude volver a Argentina y en cuanto pisé su tierra me sentí otra vez yo. Reconocí la música de mi palabra, el ritmo de voces olvidadas y el calor de la ternura. Me dije que otra vez estaba en condiciones de volver a refundar el mito, como pedía Camus. Pero era una creencia falsa.

    La palabra retomada me sonaba ajena, demasiado débil para ser fundacional. Ya no era exactamente mi palabra. Se me había agotado el mundo. Fueron, aquéllos, días de profunda rabia y decepción, de angustia ante la página en blanco, ante la pantalla vacía donde el cursor destellaba su impaciencia. Nunca me pesó tanto el sentimiento de extranjeridad, de sentirme náufrago en un lugar cualquiera.

    Pero, al margen de mis desesperos, el árbol seguía vivo. Después de todo, me dije un día, el que elige el oficio de escritor, o acaso deba decir aquel que es elegido por él, se convierte en extranjero desde el mismo instante en que toma esa oscura decisión, porque su única y verdadera patria es la palabra. La extranjeridad geográfica no es sino una mera circunstancia de lugar para ese pronunciador de palabras, que es el escritor.

    No sé precisar cuando comprendí que mi problema de identidad y mi incapacidad para el ejercicio fundacional estaban enquistados en mi desconcierto, en la perplejidad del árbol que busca enraizarse. El afán de supervivencia me había llevado a creer erroneamente que para continuar existiendo tenía dos alternativas: Seguir siendo el viejo árbol argentino o bien ser un árbol integrado, aclimatado, en el jardín botánico local. Al fin y al cabo, yo no era un exiliado, vocablo de matiz y soporte político, sino un desterrado.

    La primera de las alternativas debí descartarla tras el primer regreso. Ya no era como los demás árboles de mi familia porque el nuevo enraizamiento había modificado mi follaje y ya díficilmente volvería a ser el que fuí.

    La segunda tampoco era posible porque nunca sería como los demás árboles que me rodeaban. No era argentino, pero tampoco español; no era cordobés, pero tampoco catalán y sin embargo seguía siendo, a todos los efectos y afectos, un argentino y cordobés que vivía en un medio que me era ajeno, pero no hostil.

    Continuaba sin poder escribir ni una línea, pero sabía que algo estaba madurando dentro de mí y eso me daba esperanzas para el futuro. Dejé que la naturaleza siguiera su curso y que el árbol renaciera por los impulsos de la luz y de las sales de la tierra. Me convencí de que la argentinidad, aquello que yo añoraba, no era el rasguido de una guitarra o el gemido de un bandoneón, ni el perfil de la sierra Comechingones o el hilo horizontal de la pampa, porque esto es evocación y topografía; la argentinidad es, supongo, un estado mental o acaso sólo sentimental, donde comulgamos con nuestros seres queridos; una abstracción poética de la que soy una parte indisociable esté donde esté.

    Pero hay algo más. Superada esa fase crítica de angustioso vacío, me di cuenta de que al acentuar, o mejor dicho, preservar la condición de extranjeridad me ponía en una situación de privilegio con respecto al entorno inmediato y con respecto a mis compatriotas que permanecen en el país. En la medida en que se perfilaba mi identidad individual y aceptaba mi mestizaje, el distanciamiento me permitía identificar matices esenciales de la palabra y establecer un compromiso más profundo con el sustantivo. Había aprendido a escuchar y detectar sus notas engañosas y también a valorar la ambigüedad significativa de algunos sonidos y, sobre todo, a detestar la hipocresía del eufemismo, uno de cuyos ejemplos más insidiosos es llamar «proceso» a uno de los períodos más inicuos de la historia argentina, a ese donde una banda de hacheros taló y arrancó árboles indiscrimina-damente en nombre de los valores esenciales del bosque.

    Por esos días, leyendo un libro sobre el Renacimiento italiano me encontré con unas palabras muy hermosas del florentino Lorenzo Ghiberti: «aquel que lo ha aprendido todo no es extranjero en ninguna parte; exiliado y sin amigos, es ciudadano de cualquier país. Donde un hombre instruido fija su residencia, está en su casa». Más allá o más acá del conocimiento, Ghiberti, como humanista, hablaba de tolerancia, de aceptación del otro y de uno mismo.

    A esa altura sentía no sin impaciencia que estaba a punto de abandonar mi estado feudal, donde creía ser en tanto miembro de una colonia o de un país existente sólo en la memoria. Cada día que pasaba sentía más fuerte el pálpito del renacer, el alumbramiento o pulsión de una identidad que nada tenía que ver con el burocrático DNI.

    El verano de 1990, como al final de un largo embarazo, pude escribir y escribí en un estado febril, de premiosa euforia, El hijo del arquitecto, relato épico que es una metáfora. La del dramático esfuerzo del artista por hallar y formular la palabra capaz de fundar el mundo y hacerlo más armonioso, más habitable. Porque, según explica uno de los personajes de la novela, «el mundo, el mundo humano, es una palabra sin pasado, sin presente y sin futuro. Una palabra que simplemente existe por un acto de voluntad. Es la lectura lo que fragmenta el ser de la palabra en presente, pretérito y futuro. Pero la lectura también es un acto de voluntad que perfecciona el mundo, porque evoca la dimensión del todo y valora el esfuerzo del hombre por superar el dolor, aunque este esfuerzo no sea más que un fugaz destello en el gran espacio».

 

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Texto leído en el I Encuentro de Escritores argentinos residentes en Cataluña, celebrado en Barcelona en febrero de 1995.

 

     
                 
                 
           
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