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República o monarquía

 

    Para un americano de cualquier latitud ser republicano es algo tan natural que difícilmente se nos pueden ocurrir para nuestros países sistemas de gobierno cuya soberanía no emane del pueblo. Alcanzada la emancipación, salvo algunos fallidos proyectos, como los de Belgrano y San Martín, y ciertas experiencias, como las de Pedro I de Brasil o de Jacques I, Henri I y Faustin I en Haití, la idea de república se impuso en toda América identificándose con la modernidad política.

    La dicotomía república-monarquía se nos antoja algo lejano y periclitado, incluso para quienes, como yo, ahora vivimos en España, un estado que ha consagrado la monarquía constitucional. Pienso sinceramente que la persistencia de algunas monarquías europeas en el umbral del siglo XXI debe entenderse casi como una forma de inercia de la tradición histórica convenientemente adaptada a las actuales relaciones entre las fuerzas sociales. De hecho, estas monarquías al reconocer la soberanía popular en las cartas magnas de sus estados aceptan de hecho un papel más honorífico que decisorio en el esquema del estado moderno. Incluso monarquías como las escandinavas, la británica o la española si mantienen cierto grado de influencia social o institucional se debe más al peso de tradiciones ya vaciadas del carácter hegemónico que poseían o al prestigio personal de algunos reyes que a la aceptación de la corona como fuente de poder.

    Tampoco parece tener sentido, a fines del siglo XX, formular república y monarquía como sistemas opuestos en función de una supuesta identificación de la primera con la democracia y la segunda con el absolutismo. Hablando siempre de las monarquías encuadradas en constituciones liberales que han desarrollado las instituciones democráticas, el sistema de libertades individuales y colectivas se presenta en éstas en un marco de garantías que no presentan muchas de las repúblicas donde las instituciones democráticas han sido vaciadas de contenidos en beneficio de fuerzas que operan al margen de la soberanía popular. En este sentido no creo que un viejo republicano español, por ejemplo, pueda reprochar que un sudamericano prefiera el sistema monárquico español a muchos de los regímenes republicanos americanos.

    Sin entrar a analizar el proceso histórico que se inició en América Latina al culminar las guerras de independencia en el siglo XIX y que estuvo dominado por las oligarquías criollas, está claro que mucho de los males que padece la mayoría de los países al sur del río Grande tienen su origen en la usurpación del poder por parte de una élite dirigente, cuyas actitudes no diferían en esencia del guerrero que imponía a su progenie en el dominio de su pueblo y de aquellos que conquistaba. En una fugaz y benévola mirada por el teatro republicano del cono sur americano, observamos cómo esas fuerzas autoritarias siguen actuando entre las bambalinas de democracias formales y limitando la vida civil, a pesar de que, desde la caída del bloque comunista, ya no cuentan con el apoyo explícito de los centros del poder político y económico capitalistas.

    Desde mi punto de vista, en un momento de la historia en el que los estados-nación ceden soberanía en beneficio de creaciones multi-nacionales limitando la capacidad de acción de sus gobiernos y las fuerzas capitalistas orientadas por el llamado neoliberalismo tienden a convertirlos en meros espacios de gestión de sus intereses, la dicotomía república-monarquía es más un eco romántico que un reflejo de la realidad. Creo, en consecuencia, que la cuestión esencial en la frontera del siglo XXI se plantea entre un orden mundial basado en la violencia, la injusticia y la desigualdad entre los individuos y los pueblos y otro capaz de interpretar el progreso humano como un avance armónico de las realizaciones materiales y espirituales.

 

 

 

     
                 
                 
           
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