Los
sentimientos
y los cuentos infantiles
Cuando
hablamos de sentimientos en general nos referimos habitualmente
a esa experiencia ajena a la razón que embarga la conciencia
humana y condiciona su conducta. Sobre esta idea de sentimiento,
el amor y el odio son sus principales manifestaciones y los puntos
de partida de innumerables narraciones.
La
complejidad de estos dos sentimientos se traducen en las sensaciones
de goce y dolor que ambos provocan no sólo respectivamente
sino también cada uno simultáneamente. Y es precisamente
esta complejidad la que crea la incertidumbre y determina la tensión
narrativa aún en las más sencillas de las historias
narradas.
En
un cuento donde una muchacha espera a su príncipe azul,
la incertidumbre aparentemente está descartada desde el
momento en que ella está dispuesta a enamorarse y vivir
feliz. Sin embargo, el proceso hasta dar con ese príncipe,
de quien realmente se enamorará y a quien entregará
su vida, contiene no pocos obstáculos que la llenan de
ansiedad y aflicción.
La
muchacha, antes de reconocer al chico de su vida, sufre con ansiedad
el desfile de energúmenos que la pretenden por las más
peregrinas razones, hasta que se ve en la necesidad, por ejemplo,
de besar un sapo para suscitar el milagro del amor para dar con
su apuesto príncipe. Obviamente, la condición de
apostura es producto de la irracionalidad del sentimiento, dado
que la belleza se fragua en la sensación de triunfo que
experimenta la muchacha al superar tan dura prueba como es posar
sus labios en un batracio, a menos que realmente sienta placer
haciéndolo, lo cual daría para otra versión.
También
para el príncipe, aunque suele obviarse en el texto, el
camino hacia el amor es doloroso, ya que antes de experimentar
el gozo del beso ha sentido como sapo la marginación, el
desprecio y el asco de ser un monstruo. El sentimiento amoroso
surge en él, acaso no tanto por la supuesta belleza de
la muchacha, como del sentimiento de gratitud para quien ha sido
capaz de vencer la repugnancia y ver más allá de
las apariencias.
Pero
si este tipo de cuentos acaban aquí con el consabido «y
vivieron felices comiendo perdices», no deja de ser una
convención. Los sentimientos, como fruto de la experiencia
afectiva del ser humano, están condicionados por las vivencias
y circunstancias de cada uno. De modo que el triunfo del amor
como final de la historia no es más que una convención,
pues su continuidad puede recoger el proceso inverso, el desamor,
la incomunicación, la soledad, la aflicción, el
odio de los antiguos amantes, etc.
Toda
narración, desde el punto de vista sentimental se abre
a muchos caminos, cuyo itinerario básico es: chico conoce
chica-chica conoce chico-se enamoran-se casan (o no)-tienen hijos-
viven felices hasta que se acaban las perdices-estallan los celos-se
separan-disputan la tenencia de los niños-se odian-chico
conoce a otra chica-chica conoce a otro chico-etc.
Publicado
en Escribir y Publicar, nº 31, noviembre-diciembre
2002.