El
escritor
como trabajador
El
triunfo del pensamiento racionalista europeo y en particular del
cientificismo decimonónico están en el origen del
espectacular desarrollo científico y tecnológico
que se ha verificado en el curso del siglo XX. La velocidad con
que tal desarrollo se ha producido ha tenido un impacto transformador
tan profundo que en la sociedad que ha supuesto para el ser humano
un enorme esfuerzo de adaptación. Un esfuerzo que ha puesto
de manifiesto la elemental contradicción entre el asombro
de su propio genio y el desconcierto por lo conseguido y, sobre
todo, por lo que puede conseguir. En este proceso, la ciencia
y la tecnología han avanzado de un modo paralelo y a la
vez independiente como respuesta a las exigencias de una sociedad
hiperdinámica, fomentando una extrema especialización,
a veces estanca, y una tendencia a valorar los logros al margen
de su repercusión en la conducta humana.
En
este contexto, la leyes económicas que han acabado por
prevalecer y regir el orden social son las capitalistas, las cuales
precisan de espacios libres para desarrollarse. Sobre estos presupuestos
nacieron y crecieron las democracias occidentales, se establecieron
los derechos del hombre y los derechos humanos y, sin entrar en
el análisis de determinados factores y circunstancias históricos,
también el estado de bienestar y su correlato mercantilista,
la sociedad de consumo. Ahora bien, probablemente como consecuencia
de la misma velocidad del desarrollo en algún momento de
este proceso, los gestores de este sistema económico perdieron
de vista que el objetivo de los avances era la felicidad del ser
humano y se abocaron no sólo a la creación de riquezas
sino a la acumulación y concentración de las mismas,
con lo que los espacios de libertad pasaron denominarse simplemente
mercados o, sobre el perverso sustento de la especulación,
mercados de valores.
En
este complejo proceso civilizador que al iniciarse el siglo XXI
abre las puertas a una tercera revolución industrial, el
escritor aparece como un profesional obsoleto anclado en las premisas
y consideraciones sociales que rigieron hasta el siglo XIX. Su
situación actual revela que no sólo no conserva
el estatus social decimonónico sino que tampoco se ha beneficiado
de los avances sociales ganados por la clase trabajadora, a la
que sin duda pertenece por profesión.
Los
factores que han conducido a esta especie de marginación
son varios. Algunos de ellos tienen su origen en la peculiaridad
de la materia que trata y de las herramientas que emplea para
elaborar su producto. Tal peculiaridad sancionó una especie
de egolatría intelectual correspondida y mimada por el
mecenazgo de reyes y hombres ricos y atendida por la consideración
de la masa social, lega o letrada, en tiempos en que el ser humano
dominaba sus propias realizaciones. Sin embargo, la veloz industrialización
del siglo XX transformó su producto singular en producto
de consumo y sometió su capacidad de creación a
las leyes fabriles y mercadotécnicas sin que el escritor
acabase de digerir este cambio radical de su situación,
ni darse cuenta de que el editor había pasado a ser un
«gestor cultural» atento a los beneficios empresariales
y no a los intereses artísticos.
Esta
incapacidad para reconocerse como «productor cultural»
y para acomodarse a la realidad de la moderna sociedad industrializada
explica su situación de desamparo social y a la vez alimenta
la percepción errónea que el resto de la sociedad
tiene de ella. Tampoco las asociaciones en las que se agrupa han
abordado sin prejuicios la problemática del escritor-productor,
acaso porque a sus mismos dirigentes les cuenta aceptar la «obrerización».
Sólo de este modo puede explicarse la absurda exención
del IVA para los textos que produce, pero no para los libros y
otros artículos que consume en el ejercicio de su trabajo;
que se crea que el pago de los derechos de autor pasa por la letra
de unos contratos de determinados libros; que la generación
de derechos de los autores clásicos nutra sólo las
arcas de los editores; que no exista un epígrafe fiscal
específico y como profesional tenga un trato de empresario
gravándosele sus ingresos brutos; que carezca de cualquier
tipo de protección social, etc.
Estos
y otros factores hacen necesario un debate profundo sobre la «verdadera»
problemática del escritor en la actualidad en tanto «trabajador
de la cultura». Dicho debate, con miras a resultados prácticos
que permitan la adopción de medidas eficaces, debería
centrarse, entre otros, en los siguientes puntos:
- Pautas
de valoración y tarifación de los textos según
el tipo de obra al que están destinados.
-
Mecanismos para el control de la aplicación de las tarifas
y sus actualizaciones.
- Pormenorización
de los derechos de autor de obras individuales y/o colectivas.
-
Mecanismos para el seguimiento de los derechos de autor a través
de reelaboraciones o reimpresiones de obras «opacas».
-
Negociación con los editores de los derechos de autor
de los clásicos.
-
Creación de una mutua o seguridad social para los escritores.
-
Reducción de las cargas impositivas y obtención
de algunas ventajas fiscales para los escritores como profesionales
o para sus asociaciones gremiales.
Estos
y otros puntos constituyen cuestiones cruciales que hacen a la
labor cotidiana de los escritores, la mayoría de los cuales
se encuentra inerme ante las fuerzas que dominan el mercado y
que dictan las reglas de relación del nuevo orden social.