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Antonio
Tello
 
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Los trenes
y la cuarta estación

 

    Frutos de la casualidad y el éxtasis, creemos que la vida entera discurrirá en el líquido paraíso donde incubamos, pero pronto, la adquisición de las formas humanas provoca la expulsión hacia la luz, hecho bien llamado alumbramiento.

    A partir de este dramático instante, según la suerte de nuestros padres, viajamos en un tren cualquiera, que la mayoría suele denominar lugar, país o nación, en el que, merced a convencionales leyes ferroviarias, somos distribuidos en vagones de diferente clase.

    Durante el viaje, mientras el paisaje pasa borroso a través de las ventanillas, la arbitraria decisión es causa de una sorda e inevitable discusión entre inconformes y revisores ante la callada mirada de los resignados. Así pasan una, dos, tres estaciones hasta que el tren se detiene en la cuarta, donde la gente se apea, descansa, festeja el acontecimiento con gritos de "¡Año nuevo, vida nueva!", lanzamiento de cohetes y fuegos de artificio y promesas de concordia y bienestar, que se olvidan en cuanto el viaje se reanuda.

    Así transcurría nuestro viaje hasta que un día la violencia reventó los rieles, descarrilaron vagones y los revisores, en nombre de la Compañía, se entregaron a la tarea de transgredir los derechos de los pasajeros. Muchos de éstos quedaron como innominados durmientes y, mientras el resto de los vagones continuaba la marcha, unos pocos logramos cruzar la frontera.

    No nos importó sentarnos en el vagón de cola de un nuevo tren. Nos sentíamos felices de haber salvado la vida, felices de conocer otros pasajeros y tratar con ellos, a pesar del dolor, de las incongruencias del habla y del precio del billete.

    Pero, en medio de esa felicidad primera, el itinerario nos deparaba una sorpresa. Cuando el tren se detuvo, comprobamos que la cuarta estación, en lugar de beneficiarse del esplendor del verano, era barrida por un viento helado que endurecía la nieve y nos congelaba los pies. Ateridos por el estupor y el frío, hicimos largas colas para hablar por teléfono con nuestros viajeros queridos y entonces supimos que desde el invierno el vacío de ciertas ausencias era imposible de llenar y que las voces espaciales no podían ser abrazadas, ni besadas por sus receptores. No obstante, en el curso de estaciones y apeaderos siguientes nos sobrepusimos a esa contingencia y, cada cuarta estación, cuando el tren se detiene unas horas, bajamos al andén, encendemos cohetes, lanzamos bengalas, bebemos, comemos y renovamos los deseos de un viaje feliz para todos los trenes al grito de "¡Año nuevo, vida nueva!".

 

 

     
                 
                 
           
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