Los
trenes
y la cuarta estación
Frutos
de la casualidad y el éxtasis, creemos que la vida entera
discurrirá en el líquido paraíso donde incubamos,
pero pronto, la adquisición de las formas humanas provoca
la expulsión hacia la luz, hecho bien llamado alumbramiento.
A
partir de este dramático instante, según la suerte
de nuestros padres, viajamos en un tren cualquiera, que la mayoría
suele denominar lugar, país o nación, en el que,
merced a convencionales leyes ferroviarias, somos distribuidos
en vagones de diferente clase.
Durante
el viaje, mientras el paisaje pasa borroso a través de
las ventanillas, la arbitraria decisión es causa de una
sorda e inevitable discusión entre inconformes y revisores
ante la callada mirada de los resignados. Así pasan una,
dos, tres estaciones hasta que el tren se detiene en la cuarta,
donde la gente se apea, descansa, festeja el acontecimiento con
gritos de "¡Año nuevo, vida nueva!", lanzamiento
de cohetes y fuegos de artificio y promesas de concordia y bienestar,
que se olvidan en cuanto el viaje se reanuda.
Así
transcurría nuestro viaje hasta que un día la violencia
reventó los rieles, descarrilaron vagones y los revisores,
en nombre de la Compañía, se entregaron a la tarea
de transgredir los derechos de los pasajeros. Muchos de éstos
quedaron como innominados durmientes y, mientras el resto de los
vagones continuaba la marcha, unos pocos logramos cruzar la frontera.
No
nos importó sentarnos en el vagón de cola de un
nuevo tren. Nos sentíamos felices de haber salvado la vida,
felices de conocer otros pasajeros y tratar con ellos, a pesar
del dolor, de las incongruencias del habla y del precio del billete.
Pero,
en medio de esa felicidad primera, el itinerario nos deparaba
una sorpresa. Cuando el tren se detuvo, comprobamos que la cuarta
estación, en lugar de beneficiarse del esplendor del verano,
era barrida por un viento helado que endurecía la nieve
y nos congelaba los pies. Ateridos por el estupor y el frío,
hicimos largas colas para hablar por teléfono con nuestros
viajeros queridos y entonces supimos que desde el invierno el
vacío de ciertas ausencias era imposible de llenar y que
las voces espaciales no podían ser abrazadas, ni besadas
por sus receptores. No obstante, en el curso de estaciones y apeaderos
siguientes nos sobrepusimos a esa contingencia y, cada cuarta
estación, cuando el tren se detiene unas horas, bajamos
al andén, encendemos cohetes, lanzamos bengalas, bebemos,
comemos y renovamos los deseos de un viaje feliz para todos los
trenes al grito de "¡Año nuevo, vida nueva!".