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Antonio
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Al Este del Edén

 

    En el Génesis, primero de los libros del Pentateuco, el origen de las cosas y de la vida consta del siguiente modo: En el principio Dios creó los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.

    Sin ánimo de escandalizar a los muchos creyentes de esta ficción, me atrevo a negarla. El instante primero fue de orden y quietud. La nada estaba en su sitio, inmutable e inalterada, cuando de pronto estalló la vida y los fragmentos del tiempo que la consistían se dispersaron arrastrando consigo millones de diferencias, cada una de las cuales reventó en otros millones de nuevas alteraciones, cada una de las cuales a su vez... De modo que desde ese instante la confusión se hizo y se hace más bella y compleja. Crece.

    Con la historia social del ser humano sucede otro tanto. Si atendemos a la misma fabulación apuntada, en el principio al hombre le fue dado el orden y la quietud. No obstante, enseguida, el hombre y su pareja, quizás porque a Dios le era imposible detener la vida y someterla a su voluntad, valiéndose de la curiosidad y el albedrío que les había sido otorgados, subvertieron las leyes del paraíso establecido y, al hacerlo, la onda expansiva los expulsó al Este de lo inmutable. Desde entonces, ya nada fue igual para el mundo, esa palabra que contiene lo finito de la vida, porque las esquirlas de su inteligencia humana continúan multiplicándose y abarcando el curso de los siglos.

    La explosión, como una de las diversas formas del desorden, constituye, en palabras de Stephen Hawking, la continua expansión del Universo. Su progreso. Pero hay hombres que, creyéndose dioses, incomprenden y temen al progreso, al continuo germinar y renacer de los pueblos, y dedican sus esfuerzos a retrotraerlos a un estado de orden regido por su retrógrada voluntad. Es así que para arrastrar a los pueblos a la inmovilidad no vacilan en urdir los más terribles pretextos, profanando el más elemental de los derechos. Ese que el ser humano decidió ejercer para siempre en el momento mismo de, ateniéndonos al mito, morder la manzana: el derecho a la libertad.

    Este pueblo, el argentino, durante muchos años vivió en el Edén. Allí, sujeto al orden de los sables flamígeros de sus guardianes, sufrió el mayor de los daños. El tiempo fue detenido. Todo fue quietud y orden sobre su tierra y un hálito funesto aleteó por encima de los campos, porque no sólo era atroz el gesto de los guerreros, sino también la idea que los alentaba bajo la bandera del «Proceso de Reorganización Nacional».

    Ahora, atenazado por un singular sentimiento de culpa, ya que se sabe cómplice de la instauración del orden que lo sometió y humilló, el pueblo se ve incapaz de correr al Este del paraíso pervertido. En su hondo desconcierto, adopta los mismos ademanes que sus carceleros y gesticula sin realmente querer escapar del círculo vicioso en el que se halla. No avanza. Y en su soberbio estatismo no parece querer ejercer un voto de progreso, sino un voto de castigo para continuar revolcándose en las miserias de leyes, instituciones y doctrinas caducas y corrompidas.

    Arthur Koestler afirma que el hombre padece una especie de esquizofrenia debido a una grieta cada vez más profunda entre la evolución de su corteza cerebral y el estancamiento de las zonas del cerebro donde se localizan las emociones. De acuerdo con él, no me extrañaría que entre nosotros, los argentinos, la esquizofrenia fuese aguda y que la visión que tenemos de la realidad no alcance el tiempo futuro. Ello explicaría el estado de postración y la aparente ausencia de fuerzas progresistas de esta sociedad que dan pábulo (alimento para la conservación, incremento de un mal o vicio) a la impunidad, al olvido de las víctimas del orden y a la corrupción y que favorecen el latido amenazador de la miseria y el brillo de sables de los ángeles acuartelados.

    Por ello, cada día, cada hora, minuto y segundo que consumo en la distancia, me desespera la idea de quedar atrapado en la quietud. En ese pantano sentimental que me impide, como hombre libre, asumir las paradojas que entraña la libertad. Y pienso en el duro cordón que me ata a este pueblo inconsciente, Argentina, tan querido y tan mezquino; tan ciego en su paraíso establecido; tan lejos de la creación.

Barcelona, diciembre de 1989.

 

     
                 
                 
           
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