Al
Este del Edén
En
el Génesis, primero de los libros del Pentateuco, el origen
de las cosas y de la vida consta del siguiente modo: En el
principio Dios creó los cielos y la tierra. La tierra era
caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un
viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
Sin
ánimo de escandalizar a los muchos creyentes de esta ficción,
me atrevo a negarla. El instante primero fue de orden y quietud.
La nada estaba en su sitio, inmutable e inalterada, cuando de
pronto estalló la vida y los fragmentos del tiempo que
la consistían se dispersaron arrastrando consigo millones
de diferencias, cada una de las cuales reventó en otros
millones de nuevas alteraciones, cada una de las cuales a su vez...
De modo que desde ese instante la confusión se hizo y se
hace más bella y compleja. Crece.
Con
la historia social del ser humano sucede otro tanto. Si atendemos
a la misma fabulación apuntada, en el principio al hombre
le fue dado el orden y la quietud. No obstante, enseguida, el
hombre y su pareja, quizás porque a Dios le era imposible
detener la vida y someterla a su voluntad, valiéndose de
la curiosidad y el albedrío que les había sido otorgados,
subvertieron las leyes del paraíso establecido y, al hacerlo,
la onda expansiva los expulsó al Este de lo inmutable.
Desde entonces, ya nada fue igual para el mundo, esa palabra que
contiene lo finito de la vida, porque las esquirlas de su inteligencia
humana continúan multiplicándose y abarcando el
curso de los siglos.
La
explosión, como una de las diversas formas del desorden,
constituye, en palabras de Stephen Hawking, la continua expansión
del Universo. Su progreso. Pero hay hombres que, creyéndose
dioses, incomprenden y temen al progreso, al continuo germinar
y renacer de los pueblos, y dedican sus esfuerzos a retrotraerlos
a un estado de orden regido por su retrógrada voluntad.
Es así que para arrastrar a los pueblos a la inmovilidad
no vacilan en urdir los más terribles pretextos, profanando
el más elemental de los derechos. Ese que el ser humano
decidió ejercer para siempre en el momento mismo de, ateniéndonos
al mito, morder la manzana: el derecho a la libertad.
Este
pueblo, el argentino, durante muchos años vivió
en el Edén. Allí, sujeto al orden de los sables
flamígeros de sus guardianes, sufrió el mayor de
los daños. El tiempo fue detenido. Todo fue quietud y orden
sobre su tierra y un hálito funesto aleteó por encima
de los campos, porque no sólo era atroz el gesto de los
guerreros, sino también la idea que los alentaba bajo la
bandera del «Proceso de Reorganización Nacional».
Ahora,
atenazado por un singular sentimiento de culpa, ya que se sabe
cómplice de la instauración del orden que lo sometió
y humilló, el pueblo se ve incapaz de correr al Este del
paraíso pervertido. En su hondo desconcierto, adopta los
mismos ademanes que sus carceleros y gesticula sin realmente querer
escapar del círculo vicioso en el que se halla. No avanza.
Y en su soberbio estatismo no parece querer ejercer un voto de
progreso, sino un voto de castigo para continuar revolcándose
en las miserias de leyes, instituciones y doctrinas caducas y
corrompidas.
Arthur
Koestler afirma que el hombre padece una especie de esquizofrenia
debido a una grieta cada vez más profunda entre la evolución
de su corteza cerebral y el estancamiento de las zonas del cerebro
donde se localizan las emociones. De acuerdo con él, no
me extrañaría que entre nosotros, los argentinos,
la esquizofrenia fuese aguda y que la visión que tenemos
de la realidad no alcance el tiempo futuro. Ello explicaría
el estado de postración y la aparente ausencia de fuerzas
progresistas de esta sociedad que dan pábulo (alimento
para la conservación, incremento de un mal o vicio) a la
impunidad, al olvido de las víctimas del orden y a la corrupción
y que favorecen el latido amenazador de la miseria y el brillo
de sables de los ángeles acuartelados.
Por
ello, cada día, cada hora, minuto y segundo que consumo
en la distancia, me desespera la idea de quedar atrapado en la
quietud. En ese pantano sentimental que me impide, como hombre
libre, asumir las paradojas que entraña la libertad. Y
pienso en el duro cordón que me ata a este pueblo inconsciente,
Argentina, tan querido y tan mezquino; tan ciego en su paraíso
establecido; tan lejos de la creación.
Barcelona,
diciembre de 1989.