Winston Morales Chavarro        
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Winston Morales Chavarro
   
   
     

Winston Morales Chavarro:
de visita a un universo

Ronald Carvajal Vanegas
Especial La Nación

 

Los seres humanos viven a menudo profundas metamorfosis como la sucedida a Gregorio Samsa, el personaje lleno de dudas y búsquedas de la novela La Metamorfosis, de Franz Kafka.

En esa búsqueda interminable, los hombres febriles se lanzan motivados por una fuerza espiritual trascendente a encontrar algún significado que adquiera un valor auténtico para su existencia; eso ha representado la literatura para el escritor Winston Morales Chavarro, quien ha visto pasar sus años literarios en medio de las inseguridades y rupturas de la sociedad colombiana contemporánea.

A pesar de esas revelaciones literarias que en la actualidad han convertido a Winston Morales Chavarro en uno de los más reconocidos escritores de la región y de Colombia, hay que valorar el hecho de que todo nace o se origina desde su infancia tranquila en Neiva, en donde a los cinco años, mientras dormía bajo el regazo de sus padres, se había despertado inquieto y encontró a un gato negro bebiendo plácido los orines de la bacinilla de porcelana y luego de alertar con su presencia al animal vio cómo este se esfumaba por la rendija del lavaplatos sin poder dar explicación alguna, así lo afirma Winston mientras Borges, Rimbaud y otras fotos de poetas alimentan el espíritu literario de su vieja, pero bien conservada casa en el centro de Neiva.

Esa experiencia casi metafísica y onírica marca una nueva sensibilidad y curiosidad permanente en él que acaba de develarse con la lectura de autores como Stevenson, Verne, Salgari, Fleming o las viejas colecciones de El Santo, Arandù, Kalimán y muchos otros comics que su padre comprara casi de manera pervertida. A partir de ese descubrimiento busca nuevos rumbos y escribe a sus diez años un cuento muy peculiar llamado "Roberto El Loro", recordado por el escritor con una estruendosa carcajada, muy bufonesca y relajada.

Esta revelación infantil, que se asume con el paso del tiempo, es premonitoria para hablar del paso febril que vivió el hombre de Schuaima (Schuaima Sapiens) sobre su cicla o caballito de acero, al decidir abandonar el ciclismo, en el cual logró algunos premios departamentales, para dedicarse a la música y la mirada serena de los libros de literatura. Quizás su carrera como figura del ciclismo huilense terminó en la adolescencia, pero sin ninguna duda, esa aventura sobre los pedales le dejó un extraño sabor a victoria.

Así como el tiempo avanzó sin dudar, Winston se lanzó a explorar otros universos distintos a los de la literatura; su gusto por la radio y en especial por el Rock en español lo llevaron a conformar a finales de los ochenta un grupo llamado Ciegos y Vampiros. Por su habilidad para proyectarse a otras esferas, el escritor encontró el espacio para ser primero operador de radio y al poco tiempo vincularse como locutor de algunas estaciones de FM que en ese momento traían los nuevos aires de la música juvenil. Winston habla de sus preferencias por grupos como Los Toreros Muertos o cantantes como Claudio Baglioni.

De su experiencia como estudiante, Winston Morales no habla mucho; hace mucho énfasis en sus estudios de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano o en la Escuela Inpahu. Allí Winston Morales nos explica que empezó a incursionar de manera definitiva en el campo de la literatura, motivado por su maestro Enrique Serrano y atraído por su admiración hacia escritores como William Blake, William Yeats, Oscar Milosz, Kafka, Camus y Joseph Conrad, pero que motivos económicos obligaron a su regreso a Neiva. Por eso en 1995 se vincula al recién fundado programa de Comunicación Social y Periodismo —del que prefiere no hablar— en la Universidad Surcolombiana con el ánimo de terminar una carrera profesional.

La vinculación formal con la academia confrontada con su terquedad e insistencia por construir un mundo literario en un laboratorio de "Científicos Sociales" lo hizo enfrentar a situaciones adversas con los docentes; por esas razones el escritor se adentra en el mundo de la poética , camino que lo conduce a la búsqueda metafísica y humana, a la subjetividad-objetiva, como él dice, al encuentro del yo que le permitiera expresar una revelación llena de imágenes y metalenguajes poéticos. Por esa insistencia nace Aniquirona, su primer libro publicado. En este libro, Winston Morales Chavarro nos transmite una especie de sabiduría primaria basada en el resurgimiento de la naturaleza como utopía y una vieja obsesión por el lenguaje onírico que lo había marcado desde aquel encuentro mágico con el enigmático gato negro.

El espíritu competitivo de Winston lo empuja a confrontar su obra en varios concursos de poesía y cuento para ganar confianza y a su vez compromiso nacional con la literatura: "Es una forma de abrirse al mundo, un mecanismo de pasar a lo supraregional", manifiesta con seguridad. Por eso Winston ha logrado ganar concursos como el José Eustasio Rivera, los Concursos regionales del Ministerio de Cultura o el Concurso Nacional de poesía de la Universidad de Antioquia y el de la Universidad del Quindío. Además, acaba de ser galardonado con una mención honorífica en un Concurso Internacional de Poesía en Palma de Mallorca (España), y anteriormente había sido condecorado en el Miguel de Cervantes, de Armilla (España).

Winston aspira a ver sus libros en grandes librerías del país y del exterior y más allá de ser un escritor famoso, desea que sus textos circulen y sean leídos para que se descubra una intención libre de lo ultraterreno y develar fuerzas espirituales superiores que lo han convertido según él en un "Ser en constante cambio, que muere y renace todos los días, así como el Ave Fénix que resurgía de su propia sangre y cenizas".

"La mejor poesía abunda en desencuentros; nace en medio de contradicciones y, en no pocas ocasiones, las hace más hondas, produciendo estupor y consuelo a la vez: venir a este mundo valía la pena, después de todo, si puede embellecerse tanto!". Estas palabras del escritor Enrique Serrano configuran la idea fundamental de la obra de Winston Morales Chavarro; un trabajo que pese a la dificultad de elaborar poesía de calidad y que satisfaga el gusto de los críticos se ha destacado por su empuje en medio de las dificultades económicas que conlleva el dedicarse a un oficio lleno de humanismo y sensibilidad.

En estas circunstancias, Winston ha combinado su trabajo poético con empleos como coordinador de Radio, TV. Y Prensa de Cultura Municipal o Director Editorial del Periódico Neiva, trabajos que perdió hace más de veinte meses por culpa del fantasma de la reestructuración oficial y la burocracia de turno, como si Mefistófeles esperará con paciencia la muerte del Dr. Fausto, pero las circunstancias han jugado a su favor y después de los premios ha empezado a vivir gracias a la literatura, concluyendo su carrera de periodista, de la cual jamás ha estado orgulloso, y preparándose para un exilio inducido a tierras europeas o mexicanas.

Winston y su personalidad avasallante en todos los sentidos han trascendido fronteras, constituyéndose en uno de los escasísimos escritores huilenses que ha logrado obtener reconocimientos en otras regiones y que ha podido publicar con empresas editoriales de Europa, sin someterse a lo real insular de nuestra sociedad y de los textos pretenciosos provincianos de los autores del viejo terruño, mientras atiende con frases solícitas a cada una de las mujeres bellas que asoman hasta el atardecer en el querido y amado Café y Letras. No sé, hasta qué punto, esa transubstanciación de espíritus que tanto invoca en sus palabras me recuerdan el alma del famoso Giacomo Casanova.

 

Ronald Carvajal Vanegas

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