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MEMORIAS
DE
ALEXANDER DE BRUCCO
Enrique
Serrano
La
mejor poesía abunda en desencuentros; nace en medio
de contradicciones y, en no pocas ocasiones, las hace más
hondas, produciendo estupor y consuelo a la vez: venir a este
mundo valía la pena, después de todo, si puede
embellecerse tanto!. La obra de Winston Morales no huye de
tal designio paradójico, pues quiere reflejar, pase
lo que pase, una dulzura extrema, en medio de la implacable
dureza de la vida. Sus poemas poseen un tono delicadamente
sereno, pleno de luz, rarísimo en nuestros días,
tan pródigos en el derroche de un escepticismo vulgar.
Abordan con valentía la lucidez de entender lo vano
y cándido del esfuerzo humano, pero no claudican ante
la esperanzadora tozudez de un universo que sigue dándonos
las mismas satisfacciones originarias, eternas, perfectas.
Este
solo hecho ya es extraordinario, porque nos trae a este mismo
mundo, que creíamos tan lúgubre, sorprendidos
de verlo tan distinto, tan plácido, tan digno de ser
gozado: un paraíso presuntamente invisible localizado
aquí, en la tierra de nuestros padres, en la misma
que dejaremos a los que nos sucedan. El tono festivo de Winston
es suave, acompasado, colorido, como lo son los objetos que
lo inspiran, incluso en medio de la desazón y de la
incertidumbre. No niega la horrible mezquindad de las cosas,
pero afirma su hermosura escamoteada, y se deleita en exhibirla,
en destacarla, en recomponerla.
El
bello relato de Alexander de Brucco irrumpe en el marco de
nuestra poesía nacional con un acento tan íntimo,
una dulce cantinela de buenos tiempos, y la certidumbre de
que el poeta recorre confiado los laberintos de lo universal
y vuelve a pisar en el terreno firme de la esperanza, aun
a pesar de haber enfrentado mares de tormentas y desalientos.
La incursión en el mundo sagrado de las formas elementales
y los personajes arquetípicos, profetas y jefes de
pueblos, patriarcas de vieja estirpe, hace que el lector oiga
acompasadamente los ecos de la historia sagrada que oyó
en la infancia y que los tiempos que corren no le habían
permitido volver a oír.
Hay
aquí muchas tenues y profundas metáforas de
antaño que humanizan a Moisés y a Abraham a
nuestro ojos y le dan a Ruth y a Job las condiciones palpables
que se requieren para comprenderlos y acercarlos a nuestras
rutinarias vidas. La experiencias de lo sublime no es ajena
a este conjunto de poemas luminosos y precisos, en los que
cantan también los ecos de Schuaima y Aniquirona, sin
dejar de vibrar emocionadamente también con algunos
de los elementos esenciales de la poesía más
clásica y cantarina del Siglo de oro.
También
estos poemas se apropian de una personalidad poética
avasallante que, como en los demás libros del autor,
crea un mundo y defiende los rasgos de ese mundo, pasando
por todos los matices del negro y del gris, hasta lograr la
textura blanquísima, los giros sublimes, religiosos,
místicos, que distinguen a los grandes poetas. En Colombia,
un país sin duda difícil, hay poesía
de gran altura, y esta es la prueba.
Enrique
Serrano

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