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ANIQUIRONA
Y LA INVENCIÓN DE UN MUNDO
Adriana
Herrera
Periodista
Revista Puesto de Combate No 57
Con
sus Memorias de Alexander de Brucco, Winston
Morales, joven poeta huilense, obtuvo el primer premio en
el Concurso Premios Departamentales del Ministerio de Cultura-Huila
1998. El libro, sonoro como el Cantar de los Cantares fustiga
la mirada de Lázaro, de Moisés, de Lot, de David
y Sansón, para descubrir desde lo profano la antigua
historia sagrada y volverla material sobre el que cifra lo
terrible y doloroso, pero sobre todo lo humano, signado por
una intensidad a la que le basta ser, sin juicios ni calificativos.
Así, no obstante cuanto pesa la muerte, Sansón
vuelve a entregar su secreto a Dalila, porque nada podía
ser "más devorador que ella y al mismo tiempo
más dulce que ella?"; Adán dice a Eva que
es bella la serpiente que le rodea, Judas cumple el destino
del mundo haciendo la tarea más difícil de todos
los Apóstoles y la palabra exacta asciende para volver
poesía la reivindicación de los culpables.
Pero
quizás más que esta recreación bíblica
premiada por la crítica, para Winston Morales ha sido
fructífero el trabajo del ensueño, la persecución
de Aniquirona, habitante de Schuaima-un pueblo rescatado de
la noche por arte de la letra, que es fiel aún cuando
inventa-, y guía femenina en esos parajes poblados
de innumerables ríos, de gentes desconocidas y lugares
oníricos que él describe minuciosamente en el
libro que lleva por título el nombre de esa mujer.
Con ella solía soñar mientras oía versos
dictados que a veces recobraba al amanecer, como una presencia
que exigía la trascripción de su mundo en formación.
Tal vez sus casas antiguas, sus ángeles de piedra,
sus pájaros y muertes, son menos confeccionados que
el trazo de sus poemas bíblicos; sin embargo, se leen
con la emoción pura de la travesía, se asiste
a su trazado, cuando a veces, perdido, deambula sin el rictus
del verbo preciso enunciando, nombrando, como quien da vueltas
en torno a un mismo lugar, hasta que de pronto, iluminado,
halla la flecha para acertar el blanco y el sustantivo simple
toca la frente de los pobladores de este lugar del sueño.
Así, sus poemas no finalizan en rigor, dejan una puerta
abierta, nos asoman a un estado semejante al que sigue al
despertar, a ese breve interregno en el que afirmamos que
hay otras realidades posibles, que el viento barre lentamente
las quietas orillas del mundo real.
Leyendo
la obra de Winston Morales se asiste en fin, a la invención
de un mundo, hermosa, incluso si a veces roza la irracionalidad
de los comienzos, como cuando aún no se ha ganado la
sabia pericia de los cuerpos que se conocen en el amor, pero
hay la alquimia poderosa que es gratuita, que sencillamente
ocurre o no. En sus versos ocurre, está latente la
sabia viva de la autentica poesía. Poco importa sino
alcanza siempre el esplendor de la forma. ¿Cómo
podría esperarse si es largo el camino de la creación?
Salvo en la inexplicable aparición de un Rimbaud, se
afila la espada, ningún acierto es definitivo, el lenguaje
se aprende; pero lo irremplazable, ese algo impreciso que
conmueve la sangre, que anticipa la visión, y que sólo
mucho después, y de modo menos importante, se hace
oficio de poeta, está presente en su palabra. Cuando
ésta se escribe con pericia y sin alma es puro espejismo,
saco de piel templada y horrorosamente vacío. De esa
tentación hay que precaver sobre todo a quien emprende
el viaje por la invención de mundos que cantan nuestras
más profundas realidades. En ellas no tendrá
nunca cabida la mentira.
Adriana
Herrera

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