ucho hace que vengo a diario por aquí, desde los tiempos en que comenzaron a levantar el hospital, cuando esto era poco más que un descampado de pilotes y tierra removida que las excavadoras le habían ido ganando al bosque. Los contenedores de basura no quedan lejos de mi chabola, y aquí los restos de comida son abundantes, aunque no sabrosos. Los enfermos dejan muchas veces los alimentos tal cual, intactos, con el envase sin abrir, y todo ese aluvión de comida sin grasas ni sal termina aquí, en los contenedores, y después de una rápida pero concienzuda selección en las bolsas de plástico que cada día me traigo, hechas gurruños, en los bolsillos del tabardo.
Vivo solo, cerca de los contenedores del hospital, como ya he dicho. A veces me repito. Rumio mis propias cosas en voz baja para hacerme compañía porque llevo solo desde mucho antes de que el bosque supiera de la voracidad de las excavadoras. Llevo tanto tiempo solo que cuando trato de visualizar mi vida pasada no acuden a mi memoria imágenes sino sólo algún olor muy dulce, como anisado, o, si he bebido más vino de la cuenta porque la noche se presume fría, una melodía lejana y perenne de acordeón, como de una vida antigua, metálica, más luminosa, que no se corresponde con la mía.
Muslos de pollo hervido. Sopas con tropiezos. Panecillos de la víspera. Tarrinas de mermelada y de mantequilla. Manzanas y peras brillantes como asteroides. Algún yogur caducado que los celadores olvidaron llevarse a tiempo a sus casas para sus hijos flacos. En los contenedores del hospital encontré hace ya mucho cuanto necesitaba. Todo muy saludable, como de posoperatorio, de larga convalecencia. Es por eso, supongo, que, con el paso de los años, por aquello de la sopa, el pollo y el yogur diarios, me he ido aburriendo, hastiándome como un millonario caprichoso, y ha llegado el día en que no le pongo reparos a un seno de capilares pálidos y azules o a una vejiga extirpada a conciencia, y hasta suspiro por un apéndice tierno, al dente casi, o una porción sabrosa de hígado cirrótico, macerado durante décadas en licor.
Estas deformidades del carácter se fraguan siempre así, nacen de la rutina, uno empieza rumiando en voz baja sus desgracias para hacerse compañía, y, poco a poco, como les ocurre a las cebollas, se le van pudriendo las capas de la educación y las costumbres decorosas. Deja uno de asearse porque a nadie hay que agradar. Se abona uno a una barba tupida, edénica, como de profeta airado, que más que barba es insectario. Se la saca uno en cualquier sitio para aliviarse o, por qué no, la mete uno donde tercia, en un nido de ratas o, si la sangre afluye, dentro de una alimaña moribunda, allí, muy dentro, en lo calentito. Siente uno algunos amaneceres una curiosidad inaplazable por saber cuál es la composición exacta de los propios detritus.
La vida en las inmediaciones de los contenedores de un hospital es cómoda, pero no sencilla. Ha de ser uno muy firme, insensible casi, para no ceder a la tentación de envolverse como una momia en la vendas sonrosadas por los humores y la sangre húmeda aún de los cadáveres. Cuesta de veras resistirse al paisaje celestial que supone una hilera de jeringuillas clavadas dibujando, como si fueran las membranas de un monstruo prehistórico, la verticalidad de una pantorrilla. Es precisa mucha fuerza de voluntad para no apurar de un trago el amargor de los jarabes y la insípidez de las boticas y los frascos de penicilina. Hace falta ser muy hombre para no llenarse la boca de píldoras de colores o lamer, con una lujuria incontrolada, los últimos restos de pus adheridos a un apósito como bivalvos a una roca.
Hay días de tormenta en que me gustaría vivir a la intemperie, cubierto sólo por una colcha vieja, lo más lejos posible de los contenedores para que el camino de regreso fuera más largo. Me arrastraría por el fango bajo la luna nueva y llenaría mis bolsas de tréboles y níscalos, como hacen esos mendigos que traen al bosque sus cestas y sus coches. Pero soy como soy y sé que no es para mí esa vida. Que yo tengo que estar cerca de los contenedores, igual que Noé permaneció junto a su arca, porque no es de justicia que el cordón umbilical de un niño visite el vertedero o que un tumor se apoche.
Qué fácil es soñar cerca de los contenedores, donde nunca falta un muslo de pollo o un yogur caducado con que engañar al estómago. Y, sin embargo, qué vacíos, qué ingrávidos son los días de contenedores llenos. Yo vivo sólo para el día en que se me termine el hambre, para ese día en que encuentre un brazo recién amputado, con su cogollo de piel cicatrizando, o un pie unido a un tobillo como un pisapapeles. Quiera dios que ese buen día no se me haga viento la boca. Quiera el dios de los contenedores que ese brazo o ese pie enfermos de gangrena puedan lucir como merecen en lo más alto de una pared acartonada, allí donde se muere la antena de una radio.