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Yo
era Gregorio Samsa, el atormentado protagonista de La
metamorfosis. Estaba tendido sobre mi duro y ovalado
caparazón. Emitía ruidos extraños y mis
seis patas, recortadas contra el techo, se movían como
hebras de lana.
Me
volteé con gran esfuerzo sobre mi vientre, caminé
hacia el borde de la cama y descendí al piso. Mis patas
eran cortas, pero podía desplazarme con rapidez de
un extremo a otro. Avancé por debajo de la alfombra
y trepé por la pared, hasta alcanzar el techo tan alto
como el cielo. Allí permanecí quieto y en silencio.
Mi
padre abrió la puerta y entró en el cuarto;
tenía una cicatriz en la mejilla y unos bigotitos que
me recordaban a Hitler.
¡Gregorio!,
¡Gregorio! gritó con una voz que me sacudió
entero. Revolvió las frazadas de la cama, se volvió
y se fue.
Permanecí
callado. Lo miré con infinito desprecio y pensé:
El hombre es el verdugo del hombre.
Mi
madre asomó su cara por la puerta. Dejó errar
la mirada en derredor y desapareció.
Mi
hermana no llegó, por cuanto supuse que no me moriría
de pena sino de hambre.
Los
minutos se hicieron largos y el espacio cada vez más
inconmensurable, mientras la oscura historia de mi infancia,
de la cual apenas guardo memoria, se confundía con
el murmullo de voces arrastrándose desde la habitación
contigua y con el zumbido de las moscas que revoloteaban alrededor
de la lámpara, muy cerquita de mis ojos. Al final,
cansado ya de mantenerme quieto, mirando los objetos desde
una perspectiva aérea, pensé: Si es fácil
quitarle la vida a un bicho, entonces es más fácil
todavía que él se la quite a sí mismo.
Me
desprendí del techo y me dejé caer en el vacío.
Pero la caída fue tan lenta, tan suave, que llegué
a la cama como una pluma. Fue entonces cuando desperté
y me dije: Qué raro. Todo es un sueño. No soy
Samsa ni Kafka, sino apenas un escarabajo que cuenta lo que
por sí no pasa.
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