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Ven,
acompáñame en esta pequeña excursión
por los últimos acontecimientos de tu triste vida.
Como puedes ver, hay una mujer menuda en tu cama, durmiendo
con toda confianza, mostrándose todo lo presente que
es capaz. Su expresión es serena, pero la luz, amarilla
y el aire, pesado. Te has sentado en una silla y la observas
porque toda la continuidad se ha roto. Has comprendido que
esa presencia te repugna tanto como las murallas del recinto
gris, húmedo, demasiado conocido como para ignorar
las diferentes texturas de sus componentes. Has palpado esas
paredes irregulares y te has mojado las palmas de las manos
intentando escalar. Ahora la modorra y el aplastamiento te
impiden sentir la desesperación, sencillamente me has
acompañado hasta el momento en que sentiste rota con
toda evidencia tu capacidad de desear.
Fue en el pasillo, antes de sentir la certeza de que el cuerpo
de la muchacha te produciría náuseas.
Por lo tanto, ¿qué te queda? Las imágenes
que conservas de esa relación prolongada durante nueve
años no son más que un problema para ti. ¿Odias
aquel enorme álbum de fotos o podrás abrirlo
otra, tal vez mañana mismo, sin sentir una horrible
sensación de nostalgia y de vacío? ¿Cómo
afrontarás que se renueven las sensaciones estremecedoras
del pasado, todas relacionadas con las bragas y el magnetismo,
pobre de ti, sin explicar los motivos por los que sigues sobreviviendo?
Todo esto sin contar con lo que te ocurrirá de aquí
diez años, cuando se haya esfumado la última
de las posibilidades de formar una familia, de tener un hogar.
No puedo hacer otra cosa que compadecerte, hermano, porque
has cambiado de camisa y no de ser, y lo peor es que te ha
sido impuesta esta inflexión vital, no la querías:
tú luchabas por enderezar tu vida hacia aquellos objetivos
que creías tan al alcance de la mano, pero en realidad
el ideal cayó y te sentiste turbado entre las pocas
ruinas que permanecieron.
Recuerda bien que lo que más te dolió fue su
escaso número. La cantidad ridícula de huellas
que llegaste a reunir tras la catástrofe. Ahora husmeas
entre las mujerzuelas y buscas una sombra blanda de lo que
alguna vez tuviste.
Por eso debiste sentarte en la silla aquella mañana
y mediatr a fondo sobre lo que te proponías. ¿Era
realmente más honrtoso ser putero que monje? Debiste
visualizar en tu interior aquellas imágenes, la piel
tersa y estremecida entre tus manos y tus piernas, los deslizamientos
de pequeñas prendas en la oscuridad, la impaciencia
por alcanzar la estupidez, la marginación de todas
las realidades) y debiste sentirte más abatido que
nunca (más abatido que en todas tus épocas y
todos tus instantes vividos en el pasado, pero no más
abatido que en todas tus épocas y todos tus instantes
por vivir). Fue porque se derrumbaban esos muros, perdías
la esclavitud. En lugar de escalar, tu propio cuerpo te liberaba,
te traicionaba, te soltaba como a un toro moribundo al mundo
de los objetivos, tú que creíste en ellos sin
tenerlos, engañado por todo aquello que los poetas
llamaban paraíso.
¡Con
qué franqueza te reías de ellos y de su infancia!
Ahora la ingenuidad anhelada por esos pobres sufridores se
te aparece real, palpable, en toda su dimensión de
ambición frustrada. La infancia y el goce son una ambición
retrospectiva (no juzgues nunca el dolor de los demás,
hermano; y harás bien en aprender a categorizar tus
fracasos). Coleccionarás cuentos truncados e intentarás
comportarte como los bebés. Odias el ideal y lo desprecias,
pero no sabes hasta qué punto anhelas la esclavitud
hasta que comprendes que un puñado de impresiones te
anularán para siempre, manipularán tu ser hasta
embrutecerlo, hasta convertirlo en exactamente todo aquello
que tú aborrecías.
Ahora sientes alergia por el cuerpo femenino pero necesitas
que te estimule para aliviar tu ansiedad. El deseo desapareció
pero conservas la necesidad de vaciarte en el interior de
una boca, resulta inútil que te rebeles contra ello:
no estás nada entrenado tras los nueve años
de sexo diario.
Observa conmigo este musgo diminuto que crece entre los ladrillos
de este muro que eres tú. Intentas escalarlo utilizando
las hendiduras que existen entre un ladrillo y otro, no conoces
otro modo de intentarlo, y por eso empiezas a dudar de que
exista. Sin embargo, cada vez que lo intentas retiras las
yemas de tus dedos ensangrentadas, con una película
negra y pegajosa de líquido vital.
Fíjate
bien: ¿ves las espinas de metal que esconde el musgo?
¿Las ves? Sigue intentándolo, el dolor te fortalecerá
y acaso alguna vez te ampares en él para dejar de sufrir.
No sabes lo que es peor que recibir la hostilidad del mundo.
No sabes que aún es peor no recibir ni siquiera ataques.
Buscarás por las calles la pieza ausente de tu sistema,
que estimabas perfecto, pero que se te reveló fatal.
Buscarás esas bragas, ese pecho, sin conseguirlo. La
trampa de luz en que habrás caído ya no te ofrecerá
salida: buscarás la oscuridad. Te sentarás en
los bancos de las plazas conocidas, te acurrucarás
en los rincones de tu casa sin saber qué hacer, examinarás
una y otra noche esas fotografías, sin atreverte a
destruirlas. Te destruirán, y buscarás esa sensación
agradable de que te odias, te ampararás en la única
persona que se ocupará de atacarte: tú.
Acompáñame a tu futuro y reconoce que has envejecido,
hermano. La desaparición de tu deseo de una presencia
concreta llega fusionada con un sentimiento de mezquindad
del que te será imposible prescindir. El niño
sabría jugar con esas cuatro piedras y figurarse que
son un castillo, pero tu ya no puedes ser un niño.
Ya no eres malvado como el niño sino mediocre, ya no
serás nunca más un amante sino un cliente o
un marido, un ser que repta por los pisos de los despachos
y las dependencias de la ciudad sin plantearse lo que nadie
se puede plantear, porque todo aquel que dice poseer ideales
está mintiendo o es fascista.
Solemos eyacular con cierto asco, convencidos de que el humus
tragará nuestros líquidos y la añadirá
al extraño almacén de materias sin enamorar
que conocemos como universo. En cambio, el ser humano seguirá
necesitando lo que será tan absurdo como irrepetible...
¡si por lo menos supieras entonces borrar esas imágenes,
apartar el álbum de fotografías y seguir una
interesante vida de borracho! Pero sabes tan bien como yo
que te convertirás en esa larva amable que conservará
los buenos modos con hombres y mujeres pero intentará
evitar el colapso general de todos los sentidos y los miembros.
Siendo tu cuerpo la olla y la sociedad el fuego, tú
serás la tapa. Deberás aguantar la tentación
de lo que ya no es reuniendo alguna cualidad ennoblecedora.
Un globo de goma te aislará de los demás e impedirá
que brilles. Te sentirás abrumado por la luz pero encerrado
en un enorme preservativo profiláctico. Una mujer pelirroja
o rubia se te acercará en la barra del bar del hotel
en que estarás desempeñando tu función
de agente de comercio y te dirá "hola". Le
pedirás o te pedirá (no lo recordarás)
que subáis a la habitación y todo se desenvolverá
con una precisión quirúrgica.
¿Te
sentirás atractivo? ¿Te darán lo que
buscas? ¿Sabrás lo que estás buscando?
En el pasillo te darás cuenta de que sientes tanto
asco hacia ella como hacia ti. ¿Entenderás que
desde la mañana insoportable en que te sentaste en
aquella silla, abatido por la fuerza de tu repugnancia, crees
que buscar es ilegítimo? ¿Soportarás
el dolor cuanto tengas que extender los billetes encima de
la mesa? El que tiene que buscar hoy no ha encontrado y mañana
tampoco hallará las migas aplastadas de lo que ayer
fue. Algunas veces la recordación de los muslos por
los que se desliza la pieza exquisita te consuela porque piensas
que alguna vez poseíste la clave de tu felicidad, pero
tu repulsión aumenta cuando te das cuenta de que necesitas
un consuelo. La debilidad se hace evidente en el desequilibrio
y la querencia del útero, nunca en la saludable asunción
de lo terrible.
La mujer es diferente porque recuerda perfectamente cuándo,
cómo y por qué la desearon, y por eso se lo
pregunta continuamente a los hombres con los que se acuesta.
En cambio, hermano, palpas lo que te parece original de ti
y encuentras a ese toro moribundo de tu conciencia aullando
contra la luna de papel azul. Los hoteles son fríos
y en el avión no puedes hacer otra cosa que masturbarte
en el lavabo siempre que el aparato no despegue ni descienda.
Tu vida se convertirá en una sucesión de pajas
aliviadoras pero sumamente ineficaces a la hora de devolverte
el ser. ¿Por qué Dios no te concedió
la facultad de la inconsciencia juntamente con la libertad?
Te lo preguntarás una y otra vez durante tu tortura.
Si fueras un chico decente ya te hubieras suicidado, pero
no eres un chico decente. Si fueras un hombre interesante
con ciertas aptitudes de mujer hubieras conseguido trabajar
tranquilamente para labrarte una nueva historia novelesca
o poética con la que resarcirte, pero no eres un hombre
interesante con ciertas aptitudes de mujer. La verdad es que
tu masculinidad es tan grosera y evidente que la historia
cae por sí misma, languidece: ni siquiera la recordarás
de aquí a dos meses, cuando mires el saldo de tu libreta
para saber si podrás pagarte una noche llena de romanticismo.
Si la vieras y te ofreciera su amor, llorando, hasta accederías
a reanudar el infierno. Lo peor es que sabes que no ocurrirá
a no ser que frecuentes lugares que no conoces, a los que
acuden tipos como los que ahora le gustan, tipos que llegan
hasta el final y no se detienen a percibir la diferencia entre
el dolor continuado y el repentino y destructor, el que se
ha cultivado con los simulacros de la felicidad. Nunca has
tomado drogas, no te atreves, piensas aquí sentado
en tu cuchitril junto a tu amante repulsiva o ante la barra
del mismo bar de siempre (¿Cómo te va Joaquín?),
mientras te das cuenta de que si apareciera no harías
absolutamente nada, no sufrirías más ni menos,
sólo aumentaría tu sensación de ebriedad
nerviosa, eso sí, y si se enrollara con otro tipo allí
mismo en la mesa de la ventana te costaría hablar con
el Sebas, el camarero maño de toda la vida.
Pero no harías nada. El otro tipo te cae bien, te sientes
algo aliviado ante esta idea. Lo ves más audaz, un
tipo listo que sustituye el dinero por otras cosas y así
disimula, igual de feo que tú, igual de gilipollas.
No eres mejor que él, lo sabes. Y lo aceptas. Tú
no eres un maldito, y has envejecido como los malditos sin
haber sido joven. De qué te habrá servido cuidarte.
Únicamente para seguir viajando a Londres para representar
a una marca de bizcochos. Ella te miraría con desprecio
y hasta se haría la interesante. Qué va. No
te hagas ni siquiera esta ilusión. No se daría
cuenta de que estás en el mismo bar que ella, de que
los miras desde la barra.
En cambio, un chaval apartado de la escena se ha fijado en
ti y anota algunas cosas en un bloc de notas, o dibuja. Una
chica francesa o catalana le habla de algo con entusiasmo,
no entiendes nada de lo que dice, pero él no le hace
ningún caso y sigue centrado en ti. Indudablemente,
son estudiantes universitarios o extranjeros, no cabe duda.
De repente se levantan, llaman al Sebas, le pagan y se van.
Ella se cuelga de su brazo. Y sigue hablándole sin
parar, de libros, crees. Así te hubiera gustado ser,
un chico fino. Un chico elegante, con estudios, capaz de seducir
a una francesa culta.
¡Y
no se muda! Se lo pediste cien veces, pero su vida no ha cambiado
nada. Y ahí la tienes, no tuvo ningún disgusto
cuando te abandonó, no intentó darte ánimos.
Te diste cuenta de que llevaba meses rehuyéndote, de
que ya no la conocías. Seguramente ahora es otra por
dentro pero tú no te das cuenta.
¿Y
por qué no te has mudado tú? Te has aferrado
a tus muros protectores sin darte cuenta que son ellos los
que te ahogan. El mismo barrio, los mismos bancos en que retozabais
hace ocho años, estas casas de hace dos siglos, estos
pedazos de mierda sobre los que te posas para tranquilizarte.
En cierto modo también eres un drogadicto, pero de
menos monta que el otro tipo, qué le vas a hacer.
El muro se hace especialmente evidente delante de la hindú
con la que a veces tienes que llevar las cuentas en Londres.
Te excita el olor de su despacho exquisito: la moqueta rosa
del suelo, la curva que describe su cuerpo sobre la silla.
Es bizca pero viste con una elegancia insuperable, y es mayor
que tú. ¿Por qué no lo intentas la próxima
vez? Pobre. Crees que una mujer de esa edad ya no desea que
la depositen encima de la mesa y la enfalden. Tiene carrera,
parece una mujer ilustrada y, por lo tanto, sabrá lo
que quiere. Lo que ocurre es que, claro, tú ya no confías
en que puedas ser deseable para alguna mujer, no soportarías
que le oliera mal la boca o tuviera una peca en la nuca. Eso
es lo que te ocurre. Seguramente vivirías otro fracaso,
y por eso sigues prefiriendo pagar, porque aquellas no fallan
nunca y fingen estar agradecidas. Porque, no te engañes,
la felicidad estaba dentro de la cabeza y no en las delicias
rotundas que ya no volverán. Las cuestiones con las
faldas son así de estúpidas y terminantes. Y
no hay vuelta de hoja.
Lo peor es que sigues creyendo que las niñerías
hacen al hombre, mientras que la virilidad consiste en un
aumento progresivo del autocontrol, te guste o no.
Espero que entiendas que sólo intento prevenirte, es
necesario que te des cuenta de que si no soy yo, quien te
habla claro y te dice que careces de humanidad, nadie lo hará.
No hacemos más que reunir las imágenes de tu
vida futura, o las imágenes que volverán a tu
mente en los próximos meses.
Eres un adolescente. Sé que es duro, pero observa con
qué expresión canina sigues los atributos físicos
de las mujeres que se cruzan contigo en la calle.
Babeas.
Cómo
te hubiera gustado apretar contra ti a aquella, a esa otra
de más acá, el mundo está lleno de delicias
dispuestas a que tú las disfrutes. No puedes pensar
ni obrar de otra forma, estás atrapado por fantasmas
de cópulas que nunca llegarán, que están
fuera de tu reducido alcance. Por culpa de Internet no puedes
dormir tranquilo.
Ponte
guapo. Abandona esta vocación por fracasar. Recuerda
tus patinazos, tus ilusiones absolutamente exentas de posibilidades
de éxito. Has aplastado tu sentido de la decencia,
has llorado. Como te afirma como persona no comportarás
como tal. Ya no tienes dignidad. Observa cómo hablaste
a aquella camarera de la taberna irlandesa, la de la blusa
a cuadros. Tuvo que intervenir el camarero, seguramente su
marido o novio.
No calculas bien las posibilidades, eres un borracho torpe
que carece de la elegancia natural con que podrías
conquistar a una mujer. Los borrachos de verdad han renunciado
ya a todo contacto con la sociedad, se han marginado, viven
la dulce ensoñación del romántico.
Cabezazos contra la pared. Sonándote los mocos. Todo
un hombre. Madrid está lleno de prostitutas a tu disposición.
Apaga el televisor y controla la situación. Empieza
por buscar las chicas de los prostíbulos de Chueca,
ni se te ocurra arrastrarte por las calles porque pasarías
frío y pillarías una pulmonía definitiva.
Empieza pagando un poco más que de costumbre y luego,
más sereno, intenta hacer el paso hacia la respetabilidad.
Pero, por favor, no te hundas por las calles como los jubilados.
Deja
de pensar en el sexo. Relájate y conseguirás
sobrevivir.
Únicamente
caben en tu mente aquel puñado de impresiones que te
aplastan en la cama cada mañana, cuando te despiertas.
La angustia aumenta cuando te cepillas los dientes y realizas
hábilmente el nudo de tu corbata. Es duro palpar ese
estómago cada vez más duro y relleno. Pero su
culmen llega en cualquier momento de cualquier día,
almorzando o paseándote por algún cementerio
inglés, cuando vuelves a sentar tu cuerpo y apoyas
tu cabeza en la palma de tu mano derecha, como aquella mañana
amarilla en tu piso de Madrid, y te preguntas por qué
Dios, además de concederte una libertad terrible, te
entregó el tedio, el sueño y además no
te concedió la elasticidad necesaria para construirte
nuevos dogmas, nuevas cegueras con las que olvidar la insoportable
densidad del mundo.
Eres viejo y el cuerpo nota las noches en blanco. Empiezas
a ser un calvo de mierda y te ponen mujeres cada vez más
feas y soeces, vestidas con un chandal, cuerpos fofos que
antes sólo te hubieran inspirado náuseas. Ahora
colocarías tus manos trémulas sobre ellos con
una necesidad que te convierte en una basura humana.
Paga, paga, por favor, pero, por lo que más quieras,
¡no te arrastres por las madrugadas por las calles!
Levanta tu frente calva de una vez y dispónte a vivir
la vida retirada de los jubilados del amor, te lo dice aquel
hermano que eres tú y que no conoces pero que te vio
aquel día y que se apiadó de ti.
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