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Prado.
Piensa muy bien esta palabra. Paladéala. Vuelve a leerla.
Debes pensarla y, a la vez, olerla.
En primer lugar nunca debí haberte dicho prado.
En segundo lugar, no sabrás nunca lo que significa
prado, para mí. ¿Será lo mismo
lo que pienses que lo que yo habré imaginado? En realidad
nunca comprenderás qué extrañas olas
se levantan bajo mi mentón cuando no sabes que te observo.
En las historias, debe haber siempre dos, o tres, o cuatro
actantes. Nunca cero. Uno es nada. Son las palabras adecuadas
a las personas. Son las palabras que se apoderan de nuestras
personas. Una palabra para cada una. Una explosión
asordinada, mínima: algún secreto radical. Alguna
crónica de algún amor no confesado, que no leemos
para permanecer en la inquietud. Persona pero, sobre todo,
la observación de los objetos y su ordenación
conforme a cierta funcionalidad. Una aproximación por
sugerencia, sin que caigamos ni en la prolijidad ni en los
espantos.
Una nube y un barco, azules durante media hora, quizá
apadrinarían nuestra elección.
No aquel zapato, con sus gritos y su rojo y sus aristas. No
la miel con su insistencia en esta quietud empalagosa.
Flotar sobre la insinuación es lo más dulce
y también, probablemente, es el secreto de la juventud.
Temblar no puede ser más que el significado de la vida.
Yo observo los comportamientos y determino dónde encontramos
tanta gravedad, dónde encontramos ligereza, de dónde
viene nuestra noción de problema, de dónde nos
murmuran que la anarquía es el camino, cuando sabemos
que nuestra lectura del cerebro humano, sujeta a las dialécticas,
conduce al desconcierto y a la desorientación.
Pero nosotros conocemos el mar Mediterráneo y amamos
esta luz. Si no desesperamos es porque nos paramos, como ahora,
a intentar escuchar el sonido de las lenguas de agua entre
las hojas de nuestras macetas. Fíjate. Digo prado
y no se te enciende nada. Digo prado otra vez y una
sospecha condenada a desaparecer empieza a desnudarse en tu
interior. Y escuchas levemente los elementos decisivos. La
fragancia de esa curva y el color normalizado de esta rosa,
irrepetible.
Por escrito puedo explicar mejor la inextinguible beatitud
de la contemplación de lo otro. Sólo se trata
de reconocer que este cordón umbilical (la luz) unirá
para siempre nuestros cuerpos. Digo cuerpo y, ¿qué
se despliega? Piensa esta nueva palabra. ¿No hay rocío
en ambos? ¿No lucen bajo el sol cuando caemos en la
conciencia de su extensión? Condenar este vínculo
inocente es lo que persiguen los enemigos de la bondad. A
la verdad oponen algunas luchas, algunos círculos,
algunas viejas estructuras negadoras del bien común,
de la espiritualidad por la carnalidad, esto es, la personalidad
sin estas luchas contra los Sentidos y la Razón. Es
lo que Ernesto no deja nunca de sugerirme.
Escúchame. Ya no me leas. Óyeme a partir de
ahora. ¿Puedes adivinar lo que diré? Tú
me has olido alguna vez, debes intuir hasta qué punto,
cuando te esfuerzas, en algún lugar de esta ciudad,
yo sufro para que nunca te falte el fuelle necesario. ¿Puedes
negar que nos pertenecemos? ¿Quién en su sano
juicio negaría que eres el mundo con el que me asocio,
obligada por mi ser?
¿No
son los demás seres partes de tu estructura compleja
pero rectilínea? ¿No son tú los objetos
que, en disposición funcional, describiré para
que intuyas lo que ocurre? Sucede que, a veces, sales a anochecer
en la ciudad. Sucede que, a veces, te has convertido en esta
lengua de ansiedad que me embriaga contemplando la esquina
de mi calle. En ésta nos contenemos y recuperamos otras
zonas de nuestra vida, no apagadas, ordenadas bajo palabras
que las incluyen y nos las activan. Una baranda curva que
me dibuja la nerviación de nuestra sombra. Una pequeña
araña que tantea, como yo, una densa burbujita de agua
que se ha formado sobre el anverso de una de estas hojas.
Una nada en la tierra fértil que masticaría
para enajenarme.
Sin ti seguramente carecerían de sentido pequeñas
actividades que, explicadas sin su contexto, no desarrollarían
ninguna afección espiritualista. Puedo destapar un
tubo de pintura, o colocarme este bolígrafo sobre la
oreja, con la delicadeza que sólo un pequeño
roedor, en su madriguera pulcra y seria, pudo algún
día alcanzar. Si tú no me pudieras ver me movería
sin ninguna elegancia. Saber que puedo ser objeto de tu deseo
me impulsa a colocarme esta cinta sobre mi cabeza, de una
determinada manera. Situaré siempre tus cartas sobre
mi cabeza, como las doncellas que nos conmovían. Si
trazo en la pared alguna pincelada es porque reconstruyas
mi brazo joven cuando entres por la puerta.
La
vida es una siesta a dos con algún perfume decreciendo.
Ser feliz: alguna bocanada de claridad sobre los pómulos.
Cerrar los ojos y desaparecer sin ninguna solemnidad. Fue
la Edad Media quien instituyó los fárragos y
los sepulcros. Nosotros, por lo tanto, nos limitamos a recoger
sólo estos dos puñados de virtud que el mundo
nos ha dado y a procurar que se sitúen en nuestras
frentes, a la vista de todos.
Vestimos con sencillez y hablamos. Agradecer cada momento
en esta transparencia es esta única e irrepetible oportunidad
de ser sin descender por los peldaños de la piedad
y la conmiseración. Toda belleza es limpia porque llora
su decaimiento. Observarte, por alguna ley a la cual no accederé
jamás, es un regalo de mí misma con caducidad.
Una contrarreloj en la que vence el lento y el que menos hace.
Si hacer es vivir más yo vivo en la contemplación
de un ser extraño por incomprendido.
Si yo te conociera alguna vez me arrancaría el cabello
y me arrojaría por los acantilados. Pero mi percepción
del mar descarta la curiosidad por la inquietud: se basa en
la investigación infantilizada. Adán recogiendo
basura adaniza mi posibilidad de comprender. No saber nada
es el secreto de nuestra contemplación: saberlo todo
es nuestro indicio de la siesta.
¿Cómo
podemos no comprendernos si somos dos? ¿No he
conseguido hacerte comprender que se aniquilan dos realidades
cuando son idénticas? Mira esta sociedad: llega hasta
el fondo de su miseria. No veo más que dos carneros
enfurecidos que, en los riscos, se golpean mutuamente las
cornamentas para vencer y descender aún más
por el camino de la conmiseración.
A
su razón opongo mi sabiduría. A su historia,
mi gusto por los archivos míseros y abandonados. A
la cazalla, mi violín incongruente.
¿Hace
falta que anuncien grandes acontecimientos? ¿Hace falta
que remuevan algunos nuevos códigos y ordenaciones
en que vive el progreso? La indisciplina es unívoca
y se corresponde con la intimidad. No nos importan ni las
leyes que la amparen ni las voces que las condenen. Una cabeza
despeinada por la mañana o a mediodía supera
todos y cada uno de estos proyectos. Una madera por inaugurar
en la mente del ser amado sigue invitándonos a que
sepamos lo que es un crimen conocer. Un gesto conocido que
recordamos en la soledad puede elevar un poco más nuestra
moral, que es partidaria de lo razonable.
La luz que conocemos como punto de partida. La luz de este
balcón insignificante como revelación inicial
de que el sendero no sorteará la dialéctica:
no hay dialéctica. Estoy hablando de aprender a encararnos
con la línea recta, no dogmática, en la facilidad
y alguna síntesis. Deberíamos enamorarnos del
ser más sencillo de esta tierra, y aprender de él
durante algunos años. Desnudarnos en la playa es un
buen ejercicio de ilusión. Escribir cartas como la
que te escribiría, también un método
para acceder a la nueva sensibilidad, necesitada de otra persona,
del otro ser, unitario en la ignorancia de su propia maravilla:
abrirlo es ampliarnos suavemente, siempre, un poco más.
Afuera, hacia las palabras.
En la teoría, confrontamos nuestros obstáculos
con nuestra intolerancia. Nunca solemos sospechar que la cordialidad
para con lo enemigo puede ser el camino, o como mínimo
un paso inicial hacia la aceptación de nuestra mente,
íntegra, sin parcelar. La aceptación del universo
pasa por nuestra percepción de lo que existe amable.
Y observa que digo existe. Piénsalo. Ser es memoria
inexpugnable, y la nuestra se desvanece cuando nos acercamos
a la periferia de la vida, que es la senectud. ¿No
has visto nunca a los dos amantes ayudándose a descender
las escaleras? ¿No has visto ya esas fotos de Praga,
Venecia y París, fotos del último verano, edulcoradas
por el tiempo?
¿No
habrás sentido que tu cuerpo empezaba a desaparecer?
¿Cómo no abrazar esta luz, decenios después,
si será lo único que nos vinculará de
nuevo, como a nuevos seres? Nuevos amantes cada vez, nuevos
reyes del universo, nuevos alcances para la persona.
La ayuda en el descenso es nuestra prueba irrefutable de fidelidad,
aprecio y firmeza sin fisuras. Descender conservando la individualidad
es propio de los seres superiores. Del amante. De la fuerza.
De lo mágico, esto es, lo vivo. Lo que es sangre. Lo
que es tierra. De lo extraño.
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