|
Cuando
Virginia abre los ojos, la aparición del niño
parece coincidir con la primera luz inédita del nuevo
día.
Todo parece indicar que la ausencia o la presencia de un ser
despoja de toda proyección espiritual a nuestros bienes
materiales, y en realidad nada es exactamente así.
En realidad resultará que nada era exactamente como
pensábamos, sino todo más emotivo, más
informal, mejor. Y sobre todo menos empalagoso.
Todo,
por lo tanto, más atractivo. Tal vez. Quién
sabe. Todo, por lo tanto, feliz.
De todas formas puede afirmarse que de la misma forma que
la abuela octogenaria dejó una parte de su ser en el
espejo ante el cual dijo en voz alta yo soy así
pero en verdad soy joven y vital por dentro, Virginia
pudo intuir que llegaría el niño exactamente
en el preciso instante en que se iniciaría su declive
corporal y personal. ¿Es eso posible? ¿Nos han
sido concedidos poderes suficientes para palpar nuestro futuro
en estados de conciencia fiables? Parece que no, pero sí
que podemos intuir hasta qué punto una sensación,
un nuevo y súbito calor o bienestar amoroso puede indicarnos
el inicio de una nueva etapa. Esto ocurrió cuando Virginia
pensó por vez primera en la posibilidad de que su vientre
guardara un ser capaz de correr y reír como lo hacían
los demás niños con los que, cierta vez, recordaba
haber convivido en el patio de una escuela.
¿Pensó
que se iniciaba el declive que admitió la noble octogenaria
ante el espejo? Nada más alejado de nuestra escena:
una muchacha que, ante aquel árbol solitario de la
vida, piensa que empieza a vivir en ese preciso instante,
pues ha empezado a comprender que se prolongará quizás
mucho más allá de lo que dure su fisiología
condenada, como todas, a perecer cuando alcanzando cierta
edad pierden toda su unidad y se disgregan el nombre y los
apellidos para que el ser ingrese en algo que es la nada o
lo imposible.
Entretanto, la inocente melodía del lejano violín
puede intensificar en Virginia la sensación de estar
viviendo, ahora, esto es, entonces, para la
vida que inútilmente intenta prolongarse mucho más
allá de ella misma, sin conseguirlo, por desgracia.
La aparición del niño y el vago recuerdo ancestral
de Ernesto ofreciéndole una tímida negativa
impulsa a la muchacha a mirar la blancura sin mácula
del techo y acariciar las cálidas guedejas que pertenecen
a su hijo, es decir, le pertenecen. A Virginia pues son su
causa y los parió de sus entrañas físicas
e inalienables.
Como indicó Maribel, la mujer que hace cinco minutos
ha colocado un pequeño violín en su hombro,
hablar de un bombo no es más que una grosería,
y en cambio un ser vivo como es un niño merecería
mucho mejor apelativo, por ejemplo, ninguno. Porque para lo
imposible, ¿existen nombres? ¿Calificativos?
¿Rejas? El niño que actualmente regresa al útero
materno que es calidez y abrazo matutino, ¿puede clasificarse
como un pez, una piedra o una sustancia viscosa que ha producido
la Madre Tierra? Sin duda el hombre execra la inmovilidad
y por eso se rebela contra la muerte y contra los nombres.
Lo peor de observar un cadáver es que no se mueve.
Todo
lo que para nosotros parece tan claro, flota en el grato caos
de la mente de Maribel mientras interpreta la dulce melodía
(¿alegre?, ¿inhóspita?, misterio) que
madre e hijo escuchan sin darse cuenta porque toda atención
actúa en detrimento de nuestra elementalidad, propia
de la condición humana. Como indicó Ernesto,
el don Juan acostumbrado a recoger pétalos marchitos
de rosa de cualquier suelo, con tres dedos de absenta en el
cuerpo, el ser humano cifra su esperanza en su capacidad
de devolverse puro y desnudo al mono que le vio nacer y luego
lo absolvió cuando empezó a inventar las máquinas.
¿Aman los monos? Dan su vida por sus hijos como tendrían
que hacerlo mujeres y hombres que empiezan a olvidar que viven
y que morirán. En los brazos (y en cierto modo también
en los ojos) de su querida, Ernesto piensa que rascarse y
acariciarse es el acto más elemental del hombre: su
base primitiva e ineluctable como sólo el mismo hecho
de vivir lo es, en efecto. La realidad nunca tendría
por qué coincidir con los designios o situaciones de
nuestra mente, que son ajenos a la ambición de realizarse.
Sebastián Sarraceno, catedrático de Lingüística
General por la Universidad de Barcelona, suele comentar que
los mamíferos necesitamos un sesenta por ciento de
nuestro tiempo dedicado a sentir que nos tocan. Todo desequilibrio
emocional proviene de la insatisfacción de esta clase
de instintos. Así que el sexo o la revelación
de la llegada a las entrañas de un nuevo ser despierta
el ansia de tocar, palpar, esto es vivir. Porque en el caso
de los mamíferos tocar es hacer ser, vivificar, afirmar
nuestro objeto de cariño que en este caso es una cabeza
rubia o el rostro ameno de un amante que nos mira mientras
se lía un cigarrillo o no, según la escena.
En el fondo nuestra existencia es una colección nunca
del todo absurda de escenas fotografiadas y recreadas una
y otra vez en la intimidad de la cama, en toda noche. Quizá
por eso un día olvidamos qué era el hambre y
nos pusimos a pensar.
De hecho, Maribel (la mujer que parece recién salida
de un bosque sueco o de un platillo volante extraterrestre)
evoca en este mismo instante el rostro ameno de un señor
que ha hecho de la parsimonia un arte. Así como la
luz puede encarnarse en el aroma de una mujer, la música
puede ser el reflejo esencialmente afeminado de una estructura
que deja de existir a la vez que intenta permanecer en nuestro
oído. Esto es la música: presente puro. Horizontalidad
de un sentimiento no cortical y sí profundo. Emanación
perfectiva que se actualiza cada microsegundo. Todo virtud
y amor volando sobre la atmósfera de la mañana
en el piso blanco de la calle de las Navas de Tolosa, 3 de
Marzo. Año de Dios de 2003 y sin noticias de ningún
Juicio universal.
Lo que no saben Virginia ni Maribel es que Ernesto se ha sentado
en un banco de la calle, enfrente de la fachada de su bloque
de pisos, pensando oh qué alegría sentirme
redivivo amando no sé a quién, sin atreverme
a saber con quién podría compartir esta inquietud
ni a decir absolutamente nada de esta vida interna que se
eterniza dentro de mí y de la que nada saben los circunstantes.
La base del problema de Ernesto es la inacción. ¿Tiene
mucho que ver la realidad con lo que existe en uno mismo?
Nunca.
¿Qué
importa pues que yo me esfuerce por que el presente se corresponda
exactamente con lo que anhelo? Nada. Nada no importa demasiado...
Sólo en un caso vale la pena surgir de la nube esclerótica
que es la sociedad para definirse sobre este fondo neutro
que es la mística. Me explico. Sin tiempo ni espacio
ni causalidad, podemos abstraernos y potenciar una emoción
que deseamos ver elevada como un ídolo al que rendimos
total pleitesía. Este tótem o ídolo es
forzosamente la memoria, única materia con la que podemos
construir un yo y aprehenderlo, ofreciéndolo a los
demás, aislándolo o incluso suicidándolo,
como gustemos. Sólo en la música podemos volar
sobre la estúpida miseria y degustar nuestras inclinaciones,
elecciones, amores y ternezas. Vaya, toda una historia de
insuficiencia y abrazos.
Así que el diminuto violín en realidad no se
ve, sino que es tan incorpóreo como la vida misma,
que nunca vemos. Todo contribuye a elaborar un estado de cosas
comprensible y nunca excesivamente simbólico: una mujer
y su hijo. Qué será de ellos. Elaboración
ardua y lenta de una serie no necesariamente arbitraria de
imágenes. Otra mujer tocando un violín, y Ernesto
meditando frente a su edificio con aire estúpido y
meditativo. Así que... recapitulemos: mujeres, hijo
necesariamente rubio, violín, y un hombre eunuquizado
por ciertas inteligencias de alcance práctico más
que dudoso. Olvidábamos a Kim.
Kim es la chica vietnamita que duerme en la alcoba contigua
a la que ocupa actualmente Virginia. Quizá he olvidado
a Kim porque nunca habla. Es muy posible. El caso es que duerme
con un brazo flexionado sobre su plácida cabeza, ornada
por un azabache sincero y libérrimo sobre la palidez
metafísica de un óvalo perfecto. Dos ojos grises
que actualmente oculta bajo los párpados. Cuerpo en
los límites de la existencia que actualmente ocultan
sábanas blancas y un edredón. Sobre Kim se desvían
las trayectorias vitales de los mudos y los desesperados.
Sobre su cara se subliman los deseos del eunuco y los ensueños
del filósofo. Su papel hoy, aquí y ahora, no
puede ser más fundamental.
Kim pertenece a la clase de las personas sagradas. Apenas
se mueve, sonríe siempre, y es anecdótica su
presencia aquí porque esto no es el cuento de la Bella
Durmiente. Si lo fuera, Ernesto se decidiría a morder
la manzana, esto es, levantarse del banco y proceder en sus
pretensiones de auxilio auricular. Por eso debíamos
dejar que durmiera en su cama, confiada y sin soñar
suceso alguno.
Ernesto acariciaría los trastos polvorientos de quien
una vez moró en el piso de la calle de las Navas. Acercaría
su cara a la foto antiquísima que muestra una mujer
con sombrero cogida de la mano de un hombre idéntico
a Luis Cernuda. El espejo no parece haberse apiadado de ese
rostro que ya no podrá volver jamás a la Tierra
si no es en forma de espectro.
Alargaría
sus dos brazos y abrazaría la luz encarnada, esto es,
aquel aroma de mujer para llevárselo tanto a las sienes
como a la nariz, ávido de destrucción, acción,
motivos. Aturdido por el fluido de aquella atmósfera
decisiva, decidido a... ¡besar a Kim!, la destrucción
repetida de los instintos por la inteligencia (o raciocinio)
evitaba que entrase en aquella casa y profanase el Eterno
Femenino situado en ella. Era imposible superar la dimensión
cainita del ser humano, por lo menos aquella vez. Porque la
parte sin anular rugía, tremenda, y era ya casi insoportable
encarar la verdad.
Y, sin embargo, miento, puesto que Ernesto no se levantó.
Ni aquella vez ni en otra. Nunca. Ni siquiera se le ocurrió
existir, a Ernesto. Flotaba en algún éter desvanecido,
en la dimensión dulce y tierna del abandono cerebral:
Ernesto no luchaba y nunca debió luchar. Y, ¿por
qué no? Y, ¿por qué sí?
¿No
era acaso lo mismo morir ante el espejo y no ver arrugas en
este rostro centenario que verlas? ¿No era lo mismo
morir vacío que perecer lleno de música y de
recuerdos conmovedores? ¿Servirían de algo las
miradas, los fracasos, los amores enconados? Las tentaciones
de ser alguien y actuar eran muy débiles en aquel hombre.
No respondían de su responsabilidad como solía
ocurrir a los demás seres humanos del mundo físico.
¿No sería de egolatría imperdonable el
hecho de creerse el único molusco original de la ciudad?
La octogenaria, sin duda, pensó que nos volvíamos
moluscos y por eso ya no necesitábamos contacto. Por
eso siempre aquel invierno en los pasillos y en la alcoba.
Por eso aquella gasa sobre las caras de los seres amados,
sobre los átomos que nos dejaron en la ducha, en el
vaso de vino o el tenedor con las iniciales de nuestro nombre
grabadas con primor. La servilleta. La toalla. Nuestro cepillo.
¿Fui realmente yo quien los tiré junto a los
desperdicios?
Pero hay que ir por partes. Analicemos la conducta de Ernesto
y extraigamos el quid de la cuestión. Mientras
la música de Maribel hace propicio el ambiente para
el encuentro maternofilial, la vietnamita duerme sin darse
cuenta de que ella misma simboliza la inconsciencia, sin darse
cuenta, claro. Todo resulta transparente, pues.
¿Qué
ocurre con Ernesto? Un hombre se plantea no sólo si
son suficientemente sólidas las bases éticas
de su comportamiento sino la validez o no del fundamento existencial
humano, que es, a saber, la vida es bella o debería
serlo. ¿No es la vida una plaga, una enfermedad
del cosmos que produce y sólo puede provocar más
sufrimiento? ¿Somos los seres vivos cánceres
de la matriz universal de Nuestra Madre Tierra? ¿Por
qué no nos reproducimos por gemmación? ¿Son
las cabezas de nuestros hijos las garantías ambulantes
de que el mal no se extirpará jamás? Y en todo
caso, ¿quién podría hacerlo?
Estos son los pensamientos que anclan la posibilidad de que
Ernesto acepte las normas de la vida. Estas son las concepciones
terribles que no permiten que se integre en la realidad convencional,
se comunique y traslade el testigo de sus antecesores a un
sucesor de su misma sangre.
En
la inquietud, los mil rincones sobre los que posar los ojos.
Madera antigua, retorcida, transmite la noción de pasado
pero no permite restañarlo, inaugurarlo y hacer que
vuelva. Maribel ha tomado el pequeño violín.
Ha interpretado una larga y repetitiva pieza, llena de ganas
de reafirmarse sobre la atmósfera. Pero Maribel no
sabe escribir música. Lo que interprete inundará
de olvido su conciencia, quizás también existirá
un dolor tan tenue como tierno por esa melodía malhadada,
desgastada por la uniformidad del aire que pretendía
combatir. De la misma forma, como canciones condenadas, caemos
en el espeso abismo, absurdo y radical, del eco. Madera retorcida.
Siglos y siglos de seda blanca apolillada. Anillos y años
de vegetación sin rumbo. Las intuiciones que no conducen
a la afirmación de algún valor. Instintos básicos
que aquí parecen claudicar para no volver jamás.
Tambores húmedos que abdican, súbitos, entre
las estrellas. Mujeres (Kim, Virginia o Maribel, por ejemplo)
que miran con tranquilidad un horizonte exento de accidentes.
Hombres que se internan en la selva inexorable que los atará
por los cuatro miembros. La escapatoria universal: el orden
aplicándose a los hechos inverosímiles, o la
imaginación: lo que sueñan Ernestos en sus bancos
se parecerá a una vida de pulcritud, serena y monacal,
perfectamente estúpida. Contemplación. Autocastigo.
Drogas. Idilios abortados por timidez. Inercia natural y necesaria
de los rostros y los gestos. Secretos de la identidad hoy
desvelados mientras la luz llegaba nuevamente inmaculada a
través de las rayitas de la persiana, que dibujaban
un curioso esquema sobre la pared desnuda.
Maneras sórdidas de mencionar la masturbación.
Cuando
Virginia se mira al espejo, poco después de abrazar
a su hijo, descubre arrugas, huellas y marcas en su rostro
tan bellas como la vida misma, henchidas de sangre cálida
y pujante, extraña. Las ha recorrido con los dedos.
Aún no ha sabido convivir con ellas y, sin embargo,
han parecido coincidir en su llegada.
|