|
Llevamos
quince días remando a buen paso, desde que salimos
de Argel. El cómitre que nos ha tocado en suerte, tras
el ascenso de Halib, es un mallorquín con la cabeza
afeitada por completo, y una mandíbula cuadrada y salvaje.
Lleva el pecho descubierto mientras nos azota, y en su piel
ennegrecida por la sal y el viento se adivina la forma verde
mortecina de un tatuaje. El paso de los años y el efecto
del sol han borrado el dibujo como una pequeña ola
que barre la arena, pero hay quien afirma haberlo visto de
cerca, y asegura que se trata de una imagen obscena, aunque
existen varias versiones sobre lo que muestra o mostraba
el pecho del mallorquín. En lo que todos coinciden
es en que se trata de una imagen irreverente y sacrílega,
tan ofensiva a ojos de cualquier cristiano que, en caso de
huir o de caer preso de los genoveses o los españoles,
Cerruto no llegaría siquiera a manos de la Inquisición:
los propios soldados o marineros que lo toparan acabarían
con él como con un perro rabioso, de la manera más
exquisita y dolorosa posible.
Me
imagino una muerte dolorosa para Cerruto, y se la deseo con
todo mi corazón. Como todos, empezó remando
y a base de traiciones, delaciones, puñaladas y amenazas
consiguió "hacerse sitio en el banco", como
decimos aquí, y dejar los grilletes por una comisión
en el botín, una casa en la ciudad y una viuda mora
gorda, bigotuda y lujuriosa. Todo a cambio de dejar que un
alfaquí le recortara el prepucio. Cuando le llegue
el turno, y si no muere agarrotado en la cubierta de una galera
española, o de un cañonazo de los de Malta,
o si no lo estrangulamos nosotros mismos en la primera oportunidad
que se presente, subirá a cubierta, o le darán
su propia saetía, o galeaza, y una mejor comisión
de los beneficios. Hasta puede que un día, con un mucho
de suerte, llegue a ser un viejo gordo y poltrón, cargado
de dinero, vicios, concubinas y bastardos, sudoroso y feliz
en su propia opulencia obesa, regodeado entre cojines y envuelto
en humo de hachís, con los ojos húmedos y los
dedos viscosos. Entonces su pecho viejo y fláccido,
ya blanquecino, mostrará una mancha imposible de identificar,
tan inocente ya como el ojo que la mirase, tan amorfa tras
los años, que bien pudiera tratarse del pecho mórbido
de un cardenal de la curia romana.
Mientras
tanto, los miembros nervudos y cobrizos de Cerruto, el cómitre
mallorquín, esgrimen con violencia el látigo.
Lo descarga sobre nuestras espaldas llagadas de salitre y
sangre seca como lo haría un médico con sus
sanguijuelas, manteniéndonos al borde de nuestras fuerzas,
pero asegurándose de que nuestros cuerpos aguanten
el tirón. No puede permitirse que mueran demasiados,
porque en caso de necesidad volverían a ponerle los
grilletes y hacerle bogar, pero sabe que debe hacerse temer.
Y una vez que ha hecho valer su ira en nosotros, regresar
al banco significaría su muerte. Sabe que algunas de
las espaldas que ve cuando camina entre las filas de bancos
son las de otros cautivos que estuvieron a su lado en el remo,
atadas las piernas a la misma cadena, pero no por ello deja
de descargar el látigo sobre ellas con saña
viciosa, para que todos veamos que es un despiadado hijo de
puta.
Si
una flota cristiana nos acorrala o nos rodea a cañonazo
limpio, hará todo lo posible por salir de allí
lo más rápido posible, y entonces no dudará
en matarnos a latigazos, antes de permitir que lo capturen.
Sus traiciones y crímenes han sido demasiados, y ha
torturado suficientes cristianos como para temer su apresamiento.
Sea lo que sea que pueda aún leerse del tatuaje en
su pecho, la muerte lo espera en caso de ser apresados. Para
evitarlo, estará dispuesto a sacrificar cuantos pellejos
de remero sea necesario.
Hace
dos semanas nos sacaron de los baños de madrugada.
Hacía tiempo que estábamos sobre aviso, así
que no nos pilló de sorpresa. Aunque intentaban mantenernos
ignorantes de los acontecimientos, era imposible permanecer
ajeno al ajetreo de los preparativos. Yo mismo ayudé
a calafatear y estibar muchas de las naves que el elche Alí
había mandado preparar en el puerto. Supimos que se
trataba de algo más que una salida al corso, por la
cantidad de naves y pertrechos que se preparaban y porque
Argel entero quedó limpio de redentores. Los últimos
frailes salieron para Alicante a finales de agosto, todos
los cautivos de rescate fueron recluidos bajo llave, y se
prohibió su contacto con los galeotes. Temían,
con razón, que demasiadas noticias de los preparativos
llegaran a oídos indeseables, aunque para el final
del verano todos sabíamos que una gran batalla se avecinaba.
Los españoles habían formado una liga con venecianos,
genoveses y el Papa, y hasta nuestros oídos había
llegado la noticia de que el almirante general de la armada
sería nada menos que el bastardo del emperador. Yo
serví con él, en un tercio de recluta que se
levantó en el reino de Murcia. Como era demasiado joven
para enyescar el arcabuz o sujetar la pica, me dieron una
ropilla, zapatos de cuero con suelas de clavos, y un tambor,
que colgaba de mi cinto de piel de becerro, y que yo golpeaba
al paso que me ordenaba el capitán. Comía gratis
y abundante, y dormía en los pajares más mullidos
y calientes de los pueblos, y mi señor, un don Antonio
Quesada, extremeño, me daba de pescozones pero luego
me regalaba panes redondos y calientes, y alcuzas de aceite
para mojar.
Luego
en Italia, me daban pastacota y queso los paisanos, para que
dejase tranquilas a sus hijas, y yo lo que hacía era
entregarle notas de mi capitán a sus mujeres, en las
que él se declaraba, a sabiendas de que casi ninguna
de las paisanas podría leer sus décimas y sonetos
improvisados. Y luego arreglaba el asunto para que don Antonio
las montara en el pajar, o en el sollado, mientras ellas acariciaban
el terciopelo de su uniforme lujoso, y olían el perfume
de su cuello engolado, y tocaban con reverencia su insignia
dorada, y admiraban con devoción la cazoleta de su
espada, tumbadas sobre la paja fresca, las faldas arremangadas
sobre sus muslos blancos. A mí me dejaba mirar, en
pago a los servicios de alcahuete, y así fui aprendiendo
las maneras de hacer con las mujeres.
En las paradas yo tocaba a marcha, luciendo mis galas ante
las mozas jóvenes de los pueblos, y en los alardes
tocaba a rebato, creyendo que de verdad el ritmo de mi tambor
haría moverse las piernas de los soldados hacia la
pelea, llegada la ocasión. Yo andaba orgulloso, engordando
a base de las mantecas y los panes que sacaba de aquí
y de allá, y mostraba mi lozanía y mi juventud
cada vez más ardiente a los ojos de las muchachas,
hasta que yo también me vi entre los muslos de una
moza de una pequeña aldea del Piamonte, mientras ella
acariciaba el tejido de mis mangas acuchilladas, y revolvía
bajo el terciopelo no sé si buscando mi carne o el
tacto suave de la seda que cubría mis brazos. Se volvió,
a cuatro patas como las ovejas, y me pidió con su voz
susurrante que la montara por detrás, mientras tocaba
el tambor de sus nalgas como llamando a la batalla a una compañía
de aguerridos infantes. Así lo hice, mientras ella
me gritaba porquerías en italiano, que yo ya había
aprendido y escuchado del capitán y sus muchas amigas.
Después de venir dentro de ella, como quien sabe que
no estará allí la mañana siguiente, sino
a muchas leguas de distancia, se volvió sobre la paja
y me tomó la cabeza, sudorosa del asalto. Me quedé
dormido y cuando la claridad del alba me abrió los
ojos, vi que me hallaba solo. Cuando, esa mañana, enfilamos
la puerta camino del norte, toqué el tambor como un
loco, y todos me decían lo bien acompasado y lo alegre
que parecía mi redoble. Algunos, incluso, me guiñaron
el ojo, preguntándome con sorna qué le había
dado al mocito la noche anterior que tan gallardo andaba y
procedía.
Yo
tocaba el tambor, y pensaba en la moza, y en sus nalgas de
mantequilla, y en sus tetas de nata, y en su olor a paja fresca,
y en el calor húmedo de su madre apretada, y en el
gozo que hallé dentro, y los redobles me salían
como trinos, y el pellejo del tambor era su piel, y el mazo
con que lo golpeaba era mi rejo, hinchado bajo los gregüescos
de terciopelo, y sonaba el ritmo, atronando por los valles
serranos de Aosta
El ritmo del tambor que nos hace bogar se va acelerando, hemos
tomado viento de popa, y toda la armada avanza sobre las olas
a fuerza de tambores, y del contrarritmo que ofrecen las trallas
cayendo aquí y allá sobre las espaldas. Arriba
se oyen voces y jaleo, que ya todos sabemos reconocer. La
tropa se apresta para la batalla, los artilleros preparan
las mechas y colocan las piezas, mientras arcabuceros y demás
gente de pelea se preparan para el enfrentamiento. Tras costear
entre docenas de islas, al amparo de un viento u otro y como
jugando a las escondidas con el enemigo (el enemigo de quienes
van arriba o de quienes empuñan el látigo, como
Cerruto), se ha avistado por fin la armada cristiana cerca
de Lepanto.
La
primera vez que entré en batalla no pensé en
mis galas, ni en mi piamontesa, ni en lo mullido de los pajares.
No pude pensar en nada. El capitán gritó una
orden, y empecé a tocar a rebato, acompasando mi golpeo
al de los cientos de tambores que se escuchaban a ambos lados,
incapaz de pensar en nada, aferrándome al tambor como
si con él hubiese podido protegerme, o defenderme de
algún modo. Debía seguir tocando, para mover
con mis redobles las piernas cansadas de la tropa, y hacerlos
avanzar hacia la muerte, como si eso fuera posible.
Ahora
sé que no, porque oigo el redoblar del tambor, acelerando
cada vez más, y sé que lo único que me
lleva a seguir remando es la cadena que me ata al banco y
a mis compañeros galeotes, y el látigo que Cerruto
maneja, cruel y carnicero. Desde que el capitán gritó
avance, todos quedamos atenazados por unas cadenas, como las
de aquí. Las cadenas del miedo, las ataduras del terror
que nos llevan a cerrar los ojos y gritar, sabiendo que el
único escape a la carrera será el que deje atrás
el cadáver tendido del enemigo sobre el suelo, o hundiéndose
para siempre en el agua enrojecida.
Los
había que llegaron al tercio huyendo del hambre y la
miseria, como yo, y se habían alistado a cambio de
unas monedas y de la oportunidad de abrirse camino en la vida.
Otros vinieron en pos de aventuras y honra, y muchos otros
habían sido reclutados en levas forzosas y, no teniendo
el dinero para comprar la licencia, se veían condenados
a servir al rey por unos años. Pero cuando el humo
de la escopetería y los gritos del enemigo cargando
o agonizando con una bala metida en la barriga nos rodearon,
todos nos convertimos en el mismo hombre aterrorizado, arrepentido
de embarcarse en tal locura, o maldiciendo su mala fortuna,
pero capaz de cualquier temeridad o barbarie con tal de salir
con vida de aquello.
La
barahúnda y confusión que reinan arriba se sobreponen
al ruido ensordecedor de los cañonazos y las andanadas
de arcabucería, a los gritos y a las voces, al griterío
de añafiles y trompetas, al redoblar de los tambores.
Hemos trabado combate con una galera cristiana, con la insignia
de los Doria ondeando sobre la mesana. Con una maniobra a
costa de sangre y resuello, los hemos embestido justo a la
mitad, abriendo una vía en su línea de flotación.
Desde los resquicios en el casco por donde salen los remos
podemos ver, apiñadas las cabezas, los brazos de los
remeros de la galera enemiga, asomando e implorando auxilio.
No se pueden oír sus voces, bajo el estruendo de la
batalla, pero seguro que están gritando desesperados,
encadenados a una nave que se hunde, mientras sus captores,
mi gente, los cristianos, mueren sobre cubierta, a manos de
quienes me tienen encadenado, de cuya vida y victoria debemos
alegrarnos ahora, pues nos ha salvado las vidas.
Cerruto ordena de repente dar marcha atrás, para alejarnos
de la galera, que arde y se hunde al mismo tiempo. Bogamos
para maniobrar bajo latigazos cada vez más insoportables,
abundantes e indiscriminados. Nos falta el aliento, pero fijamos
los pies en el suelo, y apoyamos todo el peso sobre el remo,
y nos dejamos caer con las piernas al aire, mientras afuera
la pala empuja el agua hacia atrás. Y así, vuelta
a empezar, una y otra vez, cada vez más deprisa, hasta
que el tambor se ha confundido con el látigo y el trueno
con el cañón, y las explosiones con el ronquido
de nuestras gargantas, exhaustas, por donde entra el agua
salada que salpica, las bocas abiertas para buscar más
aire. Llega un momento en que el dolor se mitiga, y ya no
siento nada, sólo confío que no dure mucho más,
y deseo caer reventado, muerto, o que el cómitre abandone
el látigo y se mande descanso, y poder sentarme, y
dormir, y morirme de todas formas.
Luego,
el aire que no había podido tragar durante demasiado
tiempo entra de repente en mis pulmones, mis pies toman contacto
con la madera del piso, y ya no vuelvo a empujar el remo,
sino que me cuelgo de él para balancearme, con las
piernas colgando, hasta que el remo se para, y me doy cuenta
de que ya no se oye nada, ni gritos, ni tambor, ni explosiones,
sólo el mar golpeando la madera del casco, y el chapoteo
de las palas de los remos.
Hemos
escapado. Astutamente, el elche Alí se hizo cargo de
la situación a tiempo, y se dio cuenta de que la armada
turca iba a ser aniquilada. La galera que embestimos impedía
el paso a través del cerco de naves cristianas que
nos rodeaban, así que tras hundirla, pudimos poner
millas de por medio, y perdernos por entre las calas del archipiélago.
Ocupadas en la batalla aún indecisa, las galeras cristianas
no continuaron en pos nuestra por mucho tiempo. Eso me salvó
la vida, porque en cuanto hubimos perdido de vista la última
vela, el arráez ordenó seguir a trapo, hasta
que cayera la noche y pudiéramos ocultarnos en una
cala resguardada.
Algunos
hay que dan gracias a dios por la vida. No sé bien
a cuál, si al cristiano o al moro, supongo que en realidad
a ninguno de los dos, sino a su buena suerte. De momento,
porque aún queda la empresa de salir de esta maraña
de mares y estrechos, plagados de enemigos que a poco que
vean la victoria a la mano saldrán a cazarnos como
conejos. Así le llamábamos a la rebusca después
de la victoria.
Tras
haber derrotado a los herejes en rebeldía, en nombre
de nuestro señor don Felipe II, nos lanzamos a la búsqueda
de fugitivos, para vengar el miedo y cebar la saña
a que éste había conducido, y para saquear y
robar la ganancia que nuestra mísera paga no avalaba.
Salieron partidas, o compañías, en busca de
los vencidos, para sacarlos de las "conejeras",
y atraparlos en su huida, lo mismo que ahora saldrán
galeazas bien armadas, para impedirnos el paso. Yo no pude
salir a "cazar conejos". Las piernas no me sostenían,
y un hilo de sangre me nublaba el ojo. A pocos pasos de mí
había caído una granada que, si bien no me alcanzó,
me había dejado medio sordo y casi sin sentido. Me
quedé sentado sobre el tambor hasta que el capitán,
con el terciopelo rasgado y las calzas sangrientas, pasó
junto a mí, y con un pescozón cariñoso
intentó levantarme el ánimo, mientras decía
que tocase, que siguiese tocando, un aire de victoria, que
aquella nuestra lo sería sonada, y yo podría
decir, muchos años después, cuando fuese viejo,
que había estado allí, y había participado
en la gloria de la batalla. Ahora no oigo palabras semejantes.
Aunque ya es cierta la victoria de "los nuestros",
ninguno de los que aquí vamos lo celebra. A ser verdad
lo que se sabe de arriba, la derrota otomana ha sido desastrosa,
y el triunfo de la armada cristiana tan absoluto como dañino
para el Gran Turco. Pero resulta irónico que tantos
años después de mi primera victoria, me haya
visto ahora envuelto en esta otra sonada, que seguramente
los libros habrán de recontar dentro de muchos años.
Y todo, ¿para qué? Para seguir encadenado a
este banco, y sentirme agradecido al menos, como esos imbéciles,
porque no he perdido la vida. Qué más quisiera
a veces.
Hemos salido a mar abierto, dejando el resguardo de islas
y canales, y volamos sobre la espuma con dirección
sur suroeste. Hace ya varios días que no avistamos
nave enemiga alguna. Las velas de una saetía mercante
cuando navegábamos no muy lejos de Sicilia nos dieron
un susto, pero cuando vimos que no se trataba de nuestro perseguidores,
dimos media vuelta y asaltamos la pequeña nave, supongo
que para no volver completamente de vacío a puerto.
Una vez allí, la galera será repuesta de velamen
y embreada, y con remeros de repuesto saldrá
a patrullar la costa, no sea que con la euforia del triunfo
a los de don Juan de Austria les de por tomarse venganza de
tanto agravio, o se embravuconen y se atrevan a llegar a Argel.
Nosotros,
los que sobrevivamos a lo que queda de viaje, volveremos a
los baños, donde también regresarán los
frailes redentores, a pujar por la libertad de algunos, los
más afortunados, con el dinero de las limosnas y el
de los rescates pagados por familias ricas antes y ahora endeudadas.
El que no tenía ya esperanza de ser rescatado quizá
consiga una ganga en el intercambio de prisioneros, y pueda
regresar a su tierra, llevándose como único
recuerdo un trozo de la cadena que lo amarraba, para mostrarla
a los piadosos con voz lastimera, y pordiosear así
el dinero del sustento cotidiano. Muchos acudirán a
una ermita o a un monasterio con las cadenas en la mano, y
allí las depositarán, pensando haberse librado.
Yo no creo que alcance tal suerte. A lo más, sobreviviré
este viaje y muchos otros, porque ése es mi destino,
remar y observar desde mi agujero como unos cambian sus cadenas
por la muerte, y otros por ataduras igual de fuertes, invisibles
al principio, cuando entreguen los eslabones de hierro oxidado
para ser colgados en los muros de la iglesia, entre humo de
incienso y cantos de gratitud, pero que irán haciendo
sentir su peso a medida que pase el tiempo. Así, hasta
que un día acabe por morir en el fondo del mar, o atravesado
por la metralla de un proyectil, que tanto da.
|