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Cuando
Carmelo despertó del sueño,
tenía las manos crispadas sobre el pecho y la cara
partida por una luz oblicua que se filtraba por el techo.
En derredor no se oían más ruidos que su leve
exhalación y el bullir de una acequia monocorde cruzando
por la puerta.
Se
restregó los ojos y recostó la cabeza en el
borde de la cama, afianzando el hombro en la pared. Clavó
la mirada en un punto fijo del cielorraso y, por un instante,
evocó los recuerdos del pasado: la sonora carcajada
de su infancia, la belleza de la mujer amada y aquella tarde
de incendiada atmósfera cuando habló en el paraninfo
universitario, con una voz que podía dominar el rugido
de la tempestad.
En
la calle, donde el sol caía a plomo, despidiendo un
aire metálico y sofocante, vio que seis hombres ataviados
de negro se le aproximaban por la espalda, y él, sin
pensar dos veces, desenfundó el revólver y lo
descargó en el cuerpo que estaba más cerca de
sus ojos. Giró con vértigo y se escabulló
con la ligereza de un pájaro, oyendo cada vez más
lejos el jadeo de sus perseguidores que corrían como
una recua de asnos.
Desde
aquel día en que el ocaso se tiñó de
sangre fría, Carmelo pasaba encerrado en un cuarto
de mampuesto, sin otro oficio que pulir el revólver
hasta dejarlo con su límpido fulgor.
Cierta
mañana, apenas el sol rasgó la niebla matutina,
sintió una extraña sensación en su interior.
Irguió su tronco para incorporarse de golpe. Desnudo
tomó el desayuno y desnudo se acercó a la ventanilla
por donde penetraban sables dorados de día y sables
argentados de noche. Se puso sus botas destalonadas y sus
ropas sucias y raídas. Cargó balas al tambor
del revólver, reclinó la frente contra el durmiente
de la ventanilla y contempló el espacio abierto entre
los cerros de picos nevados. Cuando entornó los ojos,
como cansados por la vigilia, un destacamento de fuerzas combinadas
rodeaba la casa a hurtadillas, saltando por encima del poyo
que había en el muro del patio.
No
transcurrió mucho tiempo. La turba confusa de hombres
abrió fuego desde todos los ángulos, partiendo
el aire sereno y transparente, entretanto Carmelo alcanzó
a abrir los ojos ante el primer impacto de bala y a defenderse
denodadamente de la muerte. Poco después se le encasquilló
el revólver y por encima de su cabeza cruzó
una ráfaga de metralla que taladró las paredes,
arrojando puñados de tierra por doquier.
Una
voz, que dominaba a las demás, acalló las balas
que silbaban en el aire, y Carmelo, que hasta entonces luchó
como héroe para luego morir como mártir, decidió
entregarse a sus captores con el percutor arrancado de la
granada que llevaba junto al pecho.
Salió
al patio con el mismo estrépito con que abrió
la puerta, completamente tiznado por la pólvora, la
camisa en jirones y los hombros descubiertos. Y, a poco de
contemplar a sus captores prestos a detenerlo de golpe, una
explosión de tierra y fuego los separó uno del
otro, dejando una nube blanquecina allí donde los cuerpos
se juntaron bajo el manto azul del cielo.
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