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Sobre
el sueño fúnebre de la madrugada,
cuando los rostros independientes que anidaban dentro de mi
cabeza se empaparon de sangre, tomé la decisión
de calzarme las botas de cuero, tomar mi hacha y caminar sobre
el camino de carbón hasta el ciprés que siempre
he visto desde la ventana de mi cuarto. A la derecha, un monstruo
con tijeras se mostraba rápidamente y me intimidaba,
provocando escándalos que distorsionaban el silencio.
Escasez de obstáculos o saturación de nada.
No me importó y caminé a ritmo regular, levantando
polvareda negra a cada paso. De pronto, el cielo se tiñó
de múltiples colores semejantes a la tinta tornasolada
que frecuentemente utilizo al escribir mis cuadernos y comencé
a cantar una tonada melancólica que me enseñó
mi madre cuando murió mi padre. Uno, dos, tres, cuatro,
cinco, los pasos apoyaban la suela de mis botas a ritmo regular
sobre el carbón. Un pájaro grande, quizás
un águila, llevaba un talismán entre sus garras,
pero no pude verlo, aunque sí pude escucharlo. Polixena
estaba por morir debajo del ciprés y su cuello aún
se ofrecía caliente al cuchillo y a la hecatombe. Iba
hacia ella y los pasos golpeaban la tierra carbonífera
y la oscuridad del polvo negro que envenena al viento norte
me abrazó y me convirtió vaya uno a saber en
qué romántico elemento del paisaje. Si hubo
ojos que pudieron verme, les ofrezco ahora mis manos en alto,
aunque todo es en vano, no por el tiempo, puesto que es blando,
sino porque mi figura fue tan lisa como la extensión
interminable sólo interrumpida por el camino que caminaba
hacia Polixena. Mis ojos y mi pelo cambiaron de color, tendidos
de la atmósfera turbia. ¡Uhhhh! ¿Qué
clase de bestia devoraba desnudos como si fueran golosinas
y se reía a carcajadas sin pudores sin edad sin permiso?
A la derecha, la criatura se mostraba soberbia, indiferente,
dueña del quincuagésimo segundo altar de Neoptólemo,
hijo de Aquiles, hijo de Peleo. El dolor del mundo y el carbón
y mis pasos a ritmo regular me llevaban, quizás, a
las muertes cíclicas de Polixena, pero, a un costado,
una villa era incendiada por sujetos orgánicos al aparato
represivo y niños desnudos desnutridos gemían
de dolor entre los dientes de la feroz criatura anteriormente
mencionada y escrita. Debía hacer algo. Después
de una breve reflexión y posterior lucha interna entre
el miedo y la convicción, dispuse tomar venganza y
fabriqué gracias a mis mañas una bomba molotov
que tendría que arrojar sobre el mismo ojo derecho
de la colérica criatura y sobre las cabezas rapadas
marcadas con cruces de los sujetos orgánicos. Pero
el camino de carbón pareció cobrar vida y levantó
inexpugnables paredones también de carbón tan
altos como edificios. No tuve alternativa y continué
caminando hacia Polixena.
Vuelvo
atrás, al monstruo con tijeras. Los escándalos
que provocaba y que distorsionaban el silencio eran tan insoportables
que tuve que arrancarle el cuerpo a pedazos con el hacha hasta
matarlo. El camino de carbón no me impidió este
crimen y el tiempo se levantaba negro a cada paso. Polixena
todavía ofrecía el cuello caliente y las villas,
posiblemente, ya eran fuego. Volví al camino y vuelvo
adelante.
No,
aún no.
Los
ríos que imaginé nunca aparecieron; el hacha
la abandoné, incrustada, en el cuerpo yaciente de la
bestia; mi cuerpo liso como la extensión era arrojado
en perspectiva por ojos que posiblemente me han visto, pero
que no conozco.
Ahora
sí.
Continué
a ritmo regular el camino de carbón encerrado y aunque
parecía imposible, me encontré, por fin, a pocos
metros del ciprés. Pero antes de llegar a mi meta,
tan cerca de mi meta, me vino un hambre insoportable y debí
alimentarme de las bellotas que antes había encontrado.
Vuelvo atrás, al pájaro grande, quizás
un águila, que llevaba un talismán entre sus
garras, que no pude ver, aunque sí pude escuchar, escuchar
las bellotas que arrojó, quizás porque el talismán
le pesaba demasiado. Las bellotas las guardé en mi
bolsa. Vuelvo más atrás, al momento de la decisión
de calzarme las botas de cuero, tomar mi hacha y caminar sobre
el camino de carbón hasta el ciprés que siempre
he visto desde la ventana de mi cuarto. También tomé
mi bolsa, pensando que podía encontrar algo en el camino
que pudiera servirme. Hice bien. Seguramente, aunque mis pasos
aún no marcaban compás sobre el carbón,
Polixena ya ofrecía su cuello caliente. Vuelvo un poco
adelante: Polixena ya ofrecía su cuello caliente y
el cuchillo su cuello frío. Vuelvo más adelante:
comía las bellotas y, aunque no saciaba todo mi hambre,
lograba contener el vacío abrumador. A pocos metros
estaba Polixena. Súbitamente, me arrojé sobre
ella e intenté detener su muerte pero a lo lejos el
camino de carbón levantaba paredones más altos,
los desnudos eran masticados por la feroz criatura, las villas
eran arrasadas aún arrasadas y mi cuello caliente ofrecía
su patética versión al cuello frío del
cuchillo que probaba mi sangre. Polixena me miraba como si
no me viera o como si estuviera intentando descifrarme en
el paisaje donde yo debía estar escondido, convertido
en llanura y en carbón, enterrado debajo del ciprés
que todavía se alimenta de mi sangre y mis palabras.
El cuchillo brillaba para siempre, como si fuera un pájaro
grande, quizás un águila hija de Equidna y Tifón,
y yo Prometeo encadenado.
Polixena
tiene puestas mis botas de cuero.
Vuelvo
atrás, al momento en que Polixena intentaba descifrarme
del paisaje. De pronto, Polixena comenzó a reírse
de mí. Todavía se ríe.
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