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La
ventana de su habitación daba al patio de luces
de la casa. Las cuerdas de las distintas viviendas parecían
un sordo pentagrama, cuyas notas mudas eran las prendas que
colgaban. Notas que tan sólo él sabía
descifrar, se entretenía reconociendo a los dueños
de cada vivienda por las ropas que tendían en las cuerdas.
Por la mañana, cuando abría la persiana y la
ventana, después de la larga noche de insomnio, su
habitación se aireaba con el perfume de los detergentes
y los suavizantes con que aderezaban las coladas. El aire
ahuecaba las camisas como si un fantasma se vistiera con ellas,
marionetas colgadas de pinzas de colores movidas al capricho
del viento.
Le
gustaba fantasear sobre las vidas de sus vecinos observando
la ropa que colgaban. Así se figuraba que el del tercero
trabajaba en un taller de reparación de automóviles,
a juzgar por los monos que su mujer se empeñaba en
mantener limpios de grasa todos los días. También
suponía que la del quinto era enfermera, las blancas
batas que le deslumbraban revelaban su profesión. La
del segundo era una joven muchacha, con un tipo bonito, sus
braguitas y sostenes a conjunto le incitaban la imaginación
sugiriéndole unos pequeños y bien torneados
pechos. Vivía sola, aunque de vez en cuando tenía
compañía masculina: los calzoncillos tendidos
la delataban.
Tal
vez fuera porque la única ventana de su habitación
daba a ese patio o porque fuera el único contacto con
la realidad en su enclaustrado mundo del estudio, el tendedero
no dejaba de fascinarle e interrumpía la lectura de
aquel tedioso temario. Una vez Tucho, uno de sus compañeros
de piso, le contó que en su pueblo era
gallego las mujeres tendían a secar la colada
en la ladera de un monte. En cuanto el cielo se ensombrecía,
avisando de la inminente lluvia, corrían a quitar la
ropa como si desdibujasen poco a poco el monte. También
le contó que en los primeros años de la postguerra
las sábanas y las camisas que las mujeres extendían
en el monte servían como señales. Era un lenguaje
secreto que sólo ellas y sus hombres, los que permanecían
escondidos en el monte resistiéndose tercamente a la
idea de haber perdido la guerra, entendían. Así
cuando llegaba la guardia civil, ellas recogían la
ropa dejando tan sólo alguna sábana en un sitio
especial para alertar a los románticos guerreros.
Ahora se había quedado solo en el piso, con la llegada
del verano sus compañeros se habían marchado
con sus familias. Tan sólo quedaba él preparando
aquella aburrida oposición con la esperanza de conseguir
una de las pocas plazas que se ofertaban en la administración
del Estado. Seguro que si la conseguía pasaría
el resto de su vida en un trabajo todavía más
aburrido que el temario que tenía que aprender para
llegar hasta él. Por eso se distraía con más
frecuencia contemplando el tendedero. Según avanzaba
el verano y el calor se hacía más insoportable,
el tendedero iba vaciándose. Las ropas se recogieron
en maletas y los vecinos huyeron lejos de aquel patio abrasador,
en pos de unas merecidas vacaciones. Sólo quedaron
tendidas unas braguitas rojas de la vecina del segundo. En
su rostro se iluminó una llama de esperanza, quizá
podía cruzarse con ella en la escalera cuando bajase
a por el pan, tal vez llegaría a hablar con ella, a
conocerse, a intimar, quién sabe....
Pero
el transcurrir de los días disipó la esperanza,
aquellas braguitas permanecían enganchadas a la cuerda,
olvidadas acaso premeditadamente para que él no consiguiera
nunca concentrarse en su estudio.
Posiblemente
aquellas braguitas salvaron a Roque de convertirse en un mediocre
funcionario de por vida.
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