¡No
me aprietes como si fueras
a matarme! ¡Qué en otro tiempo
hice cuánto querías!
Wolfgang Goethe |
Cuando
decidí regresar, ella ya había desaparecido
de mi vista. En su lugar, una imagen despavorida me contemplaba;
fatigada. Inflamados los párpados; rojos. Retrocedí,
con asombro.
¿Acaso no me reconoces? escuché
una voz, queda.
¡Esa
voz!; me volví para mirarla. Tan afectada en mis médulas
no podía emerger de aquella figura desquiciada, maloliente.
No obstante:
¿No ves, querido, ya mis atributos? insistió;
la insolente.
Volví a retroceder... hasta tropezar con indefinida
frialdad. A mis espaldas. Ella siguió mis pasos, uno
a uno. Restregué mis ojos para alejarla. Con desesperación.
La figura me emboscó.
Sin respiro, sin tiempo, sin espacio rodé por la negrura
de sus ojos. Enfrente de mi faz. No hubo más remedio
que descubrirlos, sin parpadear, en la sequedad. Temblé;
el derredor bamboleó bajo mis pies. Esas pupilas, hondas,
encrespadas, transformadas: una agonía ausente despertaba.
Era ella, lo advertí, sin evocarla. Era ella, hacia
quien habría de retornar. Tras la locura. Me rebelé,
entonces. ¡Esa deformidad de zarpas grises, de semblante
surcado, de sangrante torso no podía ser mi amada!
¿Te
asustas? exclamó furibunda ante mi intento de
despertar ¡Sólo sabes escapar! ¿Y
esta noche... te asustas? e imponiendo rencor en su
expresión ¡Las maravillas humanas revuelven
las aguas fétidas de la infinitud! Cada cual, querido,
responderá en este piélago de obscenidades,
incluso vos, también, yo remarcó con cierta
ronquera lastimosa. ¿Vos... asustado? rió.
Forzada.
¿Quién
sos? me exalté ¿Sos quien persigue
mis vigilias? ¿Sos quien pellizca mis manos en medio
de las noches? dije casi silabeando mis palabras.
Déjame, quiero despertar, ¿no me oyes?, ¡voy
a despertar!.
Ella rió. A carcajadas. Sonoramente.
Soy, mi querido, tu obra de arte, la que pincelaste
trazo a trazo. Yo soy vos. ¿Te sorprendes?. Yo soy
vos; tu más perfecta prolongación, tu continuidad,
y también, tu pasado, tu memoria, tu destino calló
repentinamente. Inhaló de la espesura negra del incienso
nocturno. Me ordenó ¡Da la vuelta!.
Como niño, le obedecí. El espejo se alzaba implacable.
Me distraje en el escrutinio de mis mejillas, pálidas;
de mis ojos. Nada hallé en ellos. Sentí alivio,
confieso.
Me veo tal cual le dije a la que esperaba, desenmascarándola,
a través del reflejo del cristal. No hay nada
en mí resolví.
Así es, querido, nada hay... ninguna otra visión
más que un yo, que desde el cercano amanecer, ya no
lograrás atrapar hizo una pausa, gacha la cabeza
Ponte de lado y repite la mirada exhortó fijándome
los ojos, desafiante Y te verás. Desnudo, por
última vez.
Un atisbo de curiosidad todavía quedaba en mí.
Así lo hice, livianamente. Era un juego, una distracción.
Convencido de que al final, vencedor, no vería más
que un ojo, media nariz y un pómulo saliente.
¿¡Qué es esto que se desprende de
mis espaldas!? grité espantado ¡Quítate!
¡Quítate de encima de mí! Te advertí
que me dejaras sacudiéndome con torpeza, alcé
el tono de voz.
Ella volvió a reír. Lejana.
No estoy sobre de tu cuerpo, querido.
La vislumbré en penumbras, a metros de distancia.
No
te he rozado con mi piel, ni me apoyo ya en tus hombros. Helados
irguiéndose hasta levitar. Ése sos
vos, parte del monstruo que escondes por las mañanas;
yo soy sólo una parte de él. Inexorablemente.
Y sonriendo diabólicamente Si te pulverizaras
ahora mismo. Tus carnes y las mías, manchadas; yo seguiría
tu sendero. El fango sepultado...
Ya
no escuchaba. Me revolví. Debía despertar.
¿Qué dices? retomé el aliento
¡Mujer presa del demonio! con arrogancia.
Has vivido entre humanos, y apenas un humano sos su
ironía me enfurecía. Te has arrogado la
perfección y has olvidado el fuego sagrado. En la ambición
terrenal, te has perdido. Las tinieblas del olvido has conquistado.
Deja ya de soñar, no despertarás. Concluyente,
con gozo Te has condenado. Nadie lo ha hecho en tu lugar.
Corrí. Corrí alocadamente. Por callejas sin
salidas, en círculo, a oscuras, al tanteo. Maldije
el haber regresado, maldije mi manía de regresar. Corrí
y cada tanto, la túnica infernal me dibujaba, a ciegas.
Ella
ascendió; jadeante mi pecho; y me atrapó. Extrajo
del combo de mis ojos, los tejidos tan besados. Los masticó.
Con lentitud, saboreándolos, mientras explicaba:
Ya
no lo habrás de necesitar. Ya has visto lo que debías.
No
volví a ver, obviamente... las montañas, las
laderas, las gigantescas olas del mar. Los soles no se distinguieron
nunca más de las noches, las páginas de mis
libros se igualaron. Sobreviví quinientos solitarios
años esclavo de la visión. Solo, vacío
de mí.
De vez en cuando, despierto y ella, despiadadamente real me
sirve el desayuno.
Atrapado
obtuvo el primer premio provincial Ana Zaidman, 2003,
pertenece al libro Yo. Sacrílega.
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