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...
Si he comprendido bien su pregunta, Marforio[1],
usted quisiera saber desde cuándo, y después
de qué causa accidental, frente a qué cuadro
de caballete exclamé el fatídico: "¡Yo
también soy pintor!". Cómo me he decidido
y reconocido en mi arte, que no ha sido la pintura. Es muy
difícil decírselo. En mí nunca hubo una
infatuación poética, ni ningún deseo
de "especializarme" en ese sentido. En aquellos
años casi nadie se ocupaba de poesía. El último
éxito que recuerdo de esa época fue Gozzano[2],
pero los grandes espíritus tenían una mala opinión
de él, e incluso yo (erróneamente) pensaba lo
mismo. Los mejores literatos, que pronto se reunieron en torno
a "La Ronda"[3],
creían que, a partir de entonces, la poesía
debía escribirse en prosa. Recuerdo que cuando publiqué
los primeros versos, en "Primo Tempo" de Debenedetti[4],
fui acogido con ironía por mis pocos amigos (que, más
o menos antifascistas, hacia el 22-23 ya estaban inmersos
en la política). El mismo Gobetti[5],
que imprimió mi primer libro en el 25, no quedó
demasiado satisfecho cuando le mandé un artículo
político para su "Rivoluzione Liberale".
Él también creía... que un poeta no puede
ni debe meterse en política. Estaba equivocado;
sin olvidar que yo no estaba muy seguro de ser un poeta.
...
¿Si ahora lo estoy? No lo sé. La poesía,
por otra parte, es una de las tantas posibles positividades
de la vida. No creo que un poeta esté por encima de
cualquier otro hombre que verdaderamente exista, que sea alguien.
También yo me procuré, en su momento, unas nociones
de psicoanálisis, pero, no obstante, sin recurrir a
la luz de aquella ciencia, en seguida pensé, y todavía
pienso, que el arte es la forma de vida de quien verdaderamente
no vive: una compensación o una sustitución.
Ello, de todos modos, no justifica ninguna deliberada turris
eburnea: un poeta no debe renunciar a la vida. Es la vida
la que se encarga de escapársele.
...
Escribí mis primeros versos en la niñez.
Eran versos humorísticos, con extravagantes rimas truncas.
Luego, cuando conocí el futurismo, compuse también
alguna poesía de tipo fantaisiste o, si se quiere,
grotesco-crepuscular. Pero no publicaba y no estaba seguro
de mí. Me ocupaban ambiciones más concretas
y extrañas. Estudiaba entonces para debutar en el papel
de Valentino, en el Faust de Gounod; pasé después
al papel de Alfonso XII en la Favorita y al de Lord
Aston en Lucia. La experiencia, más que la intuición,
de la unidad fundamental de las diversas artes debe de haber
entrado en mí por aquella puerta. Los pronósticos
eran excelentes, pero cuando murió mi maestro, Ernesto
Sivori, uno de los primeros y más aclamados Boccanegra,
cambié de rumbo, también porque el insomnio
no me daba tregua. La experiencia me fue útil: en toda
obra humana, incluso fuera del canto, hay un problema de impostación.
Y creo ser uno de los pocos hombres que comprenden nuestro
melodrama. Al de Verdi debemos la reaparición, en pleno
siglo XIX, de algunas llamas del fuego de Dante y Shakespeare.
No importa si mezcladas muchas veces con el fuego de Victor
Hugo.
...
Sí, en seguida conocí (no personalmente,
a excepción de Sbarbaro[6])
a algunos poetas ligures: a Ceccardo[7]
y a Boine[8],
entre otros. En lo que mejor se adherían a las fibras
de nuestro suelo sin duda representaron una enseñanza
para mí. Admiré la fidelidad y el arte de Sbarbaro,
pero Boine era un poeta a medias y Ceccardo, que lo era por
entero, nunca se dio cuenta de sus recursos. Vivía
mirando hacia el pasado, siempre necesitado de apoyos académicos.
Lejos de considerarse poeta puer desconfió del
niño que llevaba dentro. No obstante, ninguno de sus
contemporáneos tuvo por momentos una voz comparable
a la suya:
Chiara
felicità della riviera
quando
il melo si fa magro d'argenti...
[9]
...
Cuando empecé a escribir los primeros poemas
de Huesos de jibia[10]
tenía, desde luego, una idea de la nueva música
y de la nueva pintura. Había escuchado los Minstrels
de Debussy, y en la primera edición del libro había
alguna cosita que intentaba remedarlos: "Música
soñada"[11].
Y había hojeado Los impresionistas del
excesivamente difamado Vittorio Pica[12].
Debo también decir que después de mis poesías
grotescas escribí algún soneto entre filosófico
y parnasiano, del tipo de los de Cena[13]
("Homo"). Pero en el 16 ya había escrito
el primer fragmento tout entier à sa proie attaché:
"Sestear pálido y absorto"[14]
(del que después modifiqué la última
estrofa). La presa era, se entiende, mi paisaje.
...
No, ya entonces sabía distinguir entre descripción
y poesía, pero era consciente de que la poesía
no puede molerse en el vacío y que sólo puede
haber concentración después de difusión.
No he dicho después de despilfarro. Un poeta no debe
malgastar su voz solfeando demasiado, no debe perder aquellas
cualidades de timbre que luego no podrá recuperar.
No hace falta escribir una serie de poesías allí
donde una sola agota una situación psicológica
determinada, una ocasión. En este sentido es prodigiosa
la enseñanza de Foscolo, un poeta que no se ha repetido
jamás.
...
No me malinterprete, no niego que un poeta pueda o deba
ejercitarse en su oficio, en cuanto tal. Pero los mejores
ejercicios son los interiores, hechos de meditación
y lectura. Lecturas de todo tipo, no sólo de poesía:
no es preciso que dedique su tiempo a leer versos ajenos,
pero no puede concebirse que ignore todo lo que se ha hecho
en su arte, desde el punto de vista técnico. El lenguaje
de un poeta es un lenguaje historizado, una correlación.
Vale en cuanto se opone o se diferencia de otros lenguajes.
Naturalmente, el principal origen de cualquier idea poética
está en el campo de la prosa. Antes todo era expresable
en versos, y estos versos parecían, y a veces eran,
poesía. Hoy se dicen en verso sólo determinadas
cosas.
...
No es fácil decirle cuáles. Desde hace
muchos años la poesía va convirtiéndose
más en un medio de conocimiento que de representación.
Con frecuencia se la llama a destinos diferentes y se quisiera
verla otra vez en la plaza. Pero quienes se dejan engañar
y descienden al ágora son en seguida silbados.
...
No, no pienso en una poesía filosófica,
que difunda ideas. ¿Quién piensa ahora en eso?
La necesidad de un poeta es la búsqueda de una verdad
precisa, no de una verdad general. Una verdad del poeta-sujeto
que no reniegue de la del hombre-sujeto empírico. Que
cante a lo que une al hombre con los otros hombres, pero no
niegue aquello que lo separa y lo vuelve único e irrepetible.
...
Usted pronuncia grandes palabras, querido Marforio.
Yo conozco de un modo directo pocos textos del existencialismo,
pero leí hace muchos años a algunos escritores
como Shestov, un kierkegaardiano muy próximo a las
posiciones de esta filosofía. Después de la
otra guerra, en el 19, me interesó mucho el inmanentismo
absoluto de Gentile[15],
aunque interpretaba mal su confusísima teoría
del acto puro. Más tarde preferí el gran positivismo
idealista de Croce; pero quizás en los años
en que escribí Huesos de jibia (entre
el 20 y el 25) influyó en mí la filosofía
de los contingentistas franceses, de Boutroux sobre todo,
a quien conocía mejor que a Bergson. El milagro era
para mí tan evidente como la necesidad. Inmanencia
y trascendencia no son separables, y ser consciente de la
perenne mediación de los dos términos, como
propone el moderno historicismo, no resuelve el problema o
lo resuelve con un alarde de optimismo. Es necesario vivir
la propia contradicción sin escapatorias, pero también
sin encontrarle demasiado el gusto. Sin hacer de ella una
mercancía de salón.
...
No, cuando escribía mi primer libro (un libro
que se escribió solo) no me fiaba de ideas de esta
clase. Las intenciones que hoy le expongo son todas a posteriori.
Me sometí a una necesidad de expresión musical.
Quería que mi palabra fuera más adherente que
la de los poetas que había conocido. ¿Más
adherente a qué? Me parecía vivir bajo una campana
de cristal, a pesar de lo cual me sentía cerca de algo
esencial. Un velo sutil, un hilo apenas me separaba del quid
definitivo. La expresión absoluta habría sido
la ruptura de ese velo, de ese hilo, el fin del engaño
del mundo como representación. Pero éste era
un límite inalcanzable. Y mi voluntad de adherencia
era musical, instintiva, no programática. Quería
torcerle el cuello a la elocuencia de nuestra vieja lengua
áulica, incluso a riesgo de una contraelocuencia.
...
De los simbolistas franceses sabía cuanto podía
extraerse de la antología de Van Bever y Léautaud;
luego leí mucho más. Sin embargo, aquellas experiencias
estaban ya en el aire; eran conocidas incluso para el que
no accedía a los textos originales. Nuestros futuristas,
y los escritores de "La Voce"[16],
las habían aprendido y a menudo malentendido.
...
No, el libro no pareció oscuro cuando salió.
Algunos lo encontraron anacrónico, otros demasiado
documental o demasiado retórico y elocuente. En realidad,
era un libro difícil de situar. Contenía poesías
que estaban fuera de las intenciones que he descrito, y otras
(como "Riberas")[17]
que constituían una síntesis y una cura demasiado
prematura, y eran seguidas por una posterior recaída
o por una desintegración ("Mediterráneo").
El paso a Las ocasiones[18]
está marcado por las páginas que añadí
en el 28.
...
Es curioso que más tarde el libro le pareciera
a algunos más sano y concreto que el siguiente. Sin
embargo, lo había escrito con los dientes apretados
y frecuentemente sin la calma y la indiferencia que muchos
juzgaban necesarias para la creación. Tal vez el antídoto
clasicista, siempre vivo en los italianos, obraba en mí.
De joven no entendía a Dostoievski y hablaba de él
como han hablado los de "La Ronda". Prefiero libros
como Adolphe, René,
Dominique[19].
Leía a Maurice de Guérin. Y pronto empecé
a "descifrar" algún soneto o alguna oda de
Keats. Tenía un fortísimo sentido de la diferencia
que hay entre arte y documento; ahora me siento más
cauto, más incapaz de prodigar juicios y excomuniones.
...
Después de cambiar de ambiente y vida, y de hacer
algunos viajes al extranjero, no me atreví a releerme
seriamente y sentí la necesidad de ir más a
fondo. Hasta los treinta años no había conocido
casi a nadie, ahora veía a demasiada gente, pero mi
soledad no era menor que la del tiempo de Huesos de
jibia. Traté de vivir en Florencia con la indiferencia
de un extranjero, de un Browning; pero no había ajustado
cuentas con los celosos funcionarios del ayuntamiento feudal
del que dependía[20].
Por otra parte, la campana de cristal seguía a mi alrededor,
y ahora sabía que no se rompería jamás;
y temía que en mis viejos tanteos aquel dualismo entre
lírica y comentario, entre poesía y preparación
o estímulo de la poesía (contraste que, con
descaro juvenil, alguna vez había advertido incluso
en un Leopardi) persistiera fuertemente en mí. No pensaba
en una lírica pura en el sentido que ella tuvo después
también entre nosotros, en un juego de sugestiones
sonoras; sino más bien en un fruto que debiera contener
sus motivos sin revelarlos, sin pregonarlos. Admitiendo que
en arte existe una oscilación entre lo exterior y lo
interior, entre la ocasión y la obra-objeto, era necesario
expresar el objeto y callar la ocasión-estímulo.
Un nuevo modo, no parnasiano, de sumergir al lector in
media res, una total absorción de las intenciones
en los resultados objetivos. También en esto me moví
por instinto y no por una teoría (la eliotiana del
"correlativo objetivo" no creo que existiese, en
el 28, cuando mi "Arsenio" fue publicado en "The
Criterion")[21]
En resumen, no me parece que el nuevo libro contradijera los
resultados del primero: eliminaba algunas de sus impurezas
e intentaba abatir aquella barrera entre lo interno y lo externo
que me parecía inexistente incluso desde el punto de
vista gnoseológico. Todo es interno y todo es externo
para el hombre de hoy; sin que el llamado mundo sea necesariamente
nuestra representación. Se vive con un sentido cambiado
del tiempo y del espacio. En Huesos de jibia
todo era atraído y absorbido por el mar fermentante,
más tarde vi que para mí el mar estaba por todas
partes y que hasta la clásica arquitectura de las colinas
toscanas estaba en movimiento y fuga. Y también en
el nuevo libro seguí mi lucha por desenterrar otra
dimensión en nuestro pesado lenguaje polisilábico,
que parecía rehusarse a una experiencia como la mía.
Repito que la lucha no fue programática. Es probable
que me haya ayudado mi forzada y desagradable actividad de
traductor. He maldecido a menudo nuestra lengua, pero en ella
y por ella he llegado a reconocerme incurablemente italiano:
y sin pesadumbre. El segundo libro no era menos novelesco
que el primero; sin embargo, el sentido de una poesía
que se delinea, el verla formarse físicamente, daba
a Huesos de jibia un sabor que alguien añoraba.
Si me hubiera detenido allí y me hubiese repetido habría
estado equivocado, pero algunos habrían quedado más
satisfechos.
...
Las ocasiones eran una naranja, o mejor
un limón al que le faltaba un gajo: no precisamente
el de la poesía pura en el sentido que he indicado
antes, sino en el del pedal, de la música profunda
y de la contemplación. Completé mi trabajo con
las poesías de Finisterre[22],
que representan mi experiencia, digamos, petrarquesca. Proyecté
a la Selvaggia, o la Mandetta, o la Delia[23]
(llámela como quiera) de los "Motetes"[24]
sobre el fondo de una guerra cósmica y terrestre, sin
objeto ni razón, y me confié a ella, mujer o
nube, ángel o petrel. El motivo estaba ya contenido
y anticipado en las "Nuevas Estancias"[25],
escritas antes de la guerra. No hacía falta ser profeta.
Se trata de unas pocas poesías, nacidas de la pesadilla
de los años 40-42, quizás las más libres
que haya escrito, y pensaba que su relación con el
motivo central de Las ocasiones era evidente.
Si hubiese orquestado y diluido mi tema habría sido
mejor entendido. Pero yo no voy en busca de la poesía,
espero ser visitado por ella. Escribo poco, con pocos retoques,
cuando me resulta imprescindible. Si ni siquiera así
se evita la retórica quiere decir que ella es (al menos
para mí) inevitable.
...
El librito, con aquel epígrafe de D'Aubigné
que fustiga a los príncipes sanguinarios, era impublicable
en Italia, en el 43. Lo imprimí, por eso, en Suiza
y salió poco antes del 25 de julio. En la reciente
reedición contiene algunas poesías "divagantes".
En clave, terriblemente en clave, entre las agregadas, está
"Iris"[26],
en la cual la esfinge de las "Nuevas Estancias",
que había dejado el oriente para iluminar los hielos
y las brumas del norte, vuelve a nosotros como continuadora
y símbolo del eterno sacrificio cristiano. Ella paga
por todos, expía por todos. Y quien la reconoce es
el Nestoriano[27],
el hombre que mejor conoce las afinidades que ligan a Dios
con las criaturas encarnadas, no ya el tonto espiritualista
o el rígido y abstracto monofisita. He soñado
dos veces y vuelto a transcribir esta poesía: ¿cómo
podía hacerla más clara corrigiéndola
e interpretándola arbitrariamente yo mismo? Me parece
que ella es la única que merece las críticas
de obscurisme expuestas recientemente por Sinisgalli[28];
pero incluso así no me parece que deba dejarse de lado.
...
El porvenir está en manos de la Providencia,
Marforio: puedo continuar o interrumpir mañana. No
depende de mí; un artista es un hombre necesitado,
no tiene libre albedrío. En este terreno, más
que en otros, existe un efectivo determinismo. He seguido
el camino que mis tiempos me imponían, mañana
otros seguirán otros caminos; yo mismo puedo cambiar.
He escrito siempre como un pobre diablo y no como un hombre
de letras profesional. No tengo la autosuficiencia intelectual
que alguien podría atribuirme ni me siento investido
de una misión importante. He tenido el sentido de la
cultura de hoy, pero ni siquiera la sombra de la cultura que
hubiera querido, y con la cual probablemente no habría
escrito ni un verso. Cuando di a la imprenta mis primeras
poesías me avergonzaban un poco, ahora puedo hablar
de ellas casi con indiferencia. Quizás hubiera hecho
mal no escribiéndolas y no dándolas a conocer.
He vivido mi tiempo con el minimum de cobardía
que estaba consentido a mis débiles fuerzas, pero hay
quien ha hecho más, mucho más, aunque no haya
publicado libros.
(1946)
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NOTAS:
1.
Estatua colosal en la antigua Roma, a la que se pegaban
las respuestas a las sátiras de Pasquín.
2.
Guido Gozzano (1883-1916). Publicó, entre otros
libros, La via del refugio.
3.
Revista romana (1919-1923).
4.
Giacomo Debenedetti (1901-1967). Crítico y narrador.
5.
Piero Gobetti (1901-1926). Dirigió también
la revista Energie Nuove.
6.
Camillo Sbarbaro (1882-1967). Publicó, entre
otros libros, Resine.
7.
Ceccardo Roccatagliata Ceccardi (1871-1919). Publicó,
entre otros libros, Il viandante.
8.
Giovanni Boine (1887-1917). Publicó, entre otros
libros, Esperienza religiosa.
9.
Clara felicidad de la ribera / cuando el manzano
reduce su plata...
10.
Ossi di seppia, Gobetti, Turín,
1925.
11.
"Musica sognata".
12.
Vittorio Pica (1864-1930). Crítico de arte y
literatura.
13.
Giovanni Cena (1870-1917). Publicó, entre otros
libros, Madre.
14.
"Meriggiare pallido e assorto".
15.
Giovanni Gentile (1875-1944). Filósofo italiano.
16.
Revista florentina (1908-1916).
17.
"Riviere".
18.
Le occasioni, Einaudi, Turín,
1939.
19.
Novelas de Benjamin Constant, François-René
de Chateaubriand y Eugène Fromentin, respectivamente.
20.
Por entonces Montale dirigía el Gabinetto Vieusseux,
del que fue despedido por su oposición al fascismo.
21.
Revista londinense (1922-1939), dirigida por T. S. Eliot.
22.
Finisterre, Quaderni di Lugano, Lugano,
1943.
23.
Personajes de Cino da Pistoia, Guido Cavalcanti y Maurice
Scève, respectivamente.
24.
"Mottetti".
25.
"Nuove Stanze".
26.
"Iride".
27.
De Nestorio (m. 451), teólogo y patriarca de
Constantinopla, fundador del Nestorianismo.
28.
Leonardo Sinisgalli (1908-1981). Publicó, entre
otros libros, Poesie di ieri.
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