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Para Marisol,
quien me dio la primera luz.
Siempre
es lo mismo. El recuerdo ha aparecido así, de
repente, sin previo aviso, empujado enigmáticamente
por una fuerza que lo protege de su destierro definitivo.
Entonces yo callo porque ellas se disponen a conversar todo
el tiempo entre sí y se olvidan que yo existo, olvidan
que existe un ser que se relega a contemplarlas alternadamente
en esos momentos reiterativos en que se convierten en una
sola persona en procura de las huellas, de vagas sombras que
acuciosas asolan sus mentes y se vuelven incontrolables. Mis
ojos oscilan entonces, van y vienen siguiendo un par de monólogos
en los que se reconstruye la historia de manera particular
para dejar paso a un silencio fangoso e inexorable. Yo he
insistido varias veces para que no volvamos a esos sitios
que repelen el presente y ambientan con su atmósfera
la evocación de la tragedia, de aquella noche que yo
creía herrumbrosa en el decurso de un país desmemoriado.
Y
huyendo del recuerdo emprendimos un peregrinaje que agotó
lugares: primero fueron oscuros lupanares, luego simulados
refugios de intelectuales y por último estos estridentes
bares de los que el de anoche fue el definitivo. Es inútil.
No es fácil deambular por una ciudad en la que todo
está salpicado de desgracia y en la que muchos de sus
transeúntes viven exiliados de un presente y reviven
el destino aciago de los tocados por la desdicha. Pero esto
no es de ahora. Todo comenzó cuando en la ciudad se
conoció la noticia y empezaron a llegar los primeros
muertos y muy de vez en cuando algún herido. Arribaban
repletos de lodo, con la mirada fija, casi inmune. Yo creo
que esa sustancia que se adhirió a los cuerpos se fue
regando por la ciudad, se quedó, y es lo que ellas
no han podido esquivar. Y también les digo que para
qué insistir viajando a un pasado del que les cuesta
tanto trabajo regresar. Nada ha servido; reunión tras
reunión todo converge hacia el punto en el que la historia
empieza a cerrarse hasta conformar el círculo en el
que ellas acaban por girar sin excepción.
Anoche ingresamos al último bar, repleto de música
pegajosa, de personas, de humo denso y oloroso, de murmullos
confusos; y nosotros tres tranquilos, refiriéndonos
a cosas triviales de las existencias citadinas. Yo había
procurado ocuparme de lo reciente, cuidándome de no
pasar el límite temporal en el que lo presente desaparecía
para dar cabida a lo remoto. Mi conversación era vertiginosa,
fluida, como temiendo al momento en el que me ordenaran callar
para tomarse por asalto los temas que ni siquiera los distractores
del bar lograrían acallar. Después de lo fútil
del diálogo debería llegar el baile tantas veces
repetido, la fuga a través del contacto físico,
el olvido a través del movimiento; además del
acto intencional de alejarlas de lo trascendental, resultaba
placentero rozarme con sus cuerpos, cercarnos en edad y en
recuerdos, así fuera sólo para comprobar su
complicidad, si es que se puede llamar complicidad a esa comunicación
extraña en la que se comparten la desolación
y la orfandad.
Y así habíamos estado, bailando, parecían
dos pero eran una. Yo no las perdía de vista; una sentada,
la otra allí, pegada a mi cuerpo; pero las dos atravesando
en forma simultánea la espesa cortina de humo en espera
de señales. Y yo sentía el recuerdo cercano,
sentía los pasos de esos seres que desde otra época
llegarían aun en contra de mi celosa defensa. Y llegaron;
de repente sentí una rigidez junto a mis carnes, cesó
el tarareo que acompañaba la tonada y los pasos que
estaban en armonía con los míos se tornaron
pesados; supe que había llegado el lodo otra vez y
había empezado a poseerlas, les estaba agregando el
peso de los muertos, muertos en cuya cifra siempre divagaban:
en algunas ocasiones se habían referido a treinta mil,
en otras sólo a veinte. A mí me parecía
inútil cualquier aproximación cuando, según
ellas mismas, la población había sido doblada
por el número de damnificados. Nunca se supo cómo,
pero de improviso las ciudades cercanas se habían visto
invadidas de nuevos habitantes con marcados rasgos de dolor
en sus rostros. Para ellas, la muerte logró que nativos
desarraigados regresaran a compensar con los muertos viejas
deudas; pero lo más asombroso fue el descubrimiento
de dudosos parentescos que ni siquiera los patriarcas sobrevivientes
lograron resolver. Y como certeza de estas circunstancias,
el año pasado, para ese entonces yo ya había
llegado a la ciudad, presenciamos la inauguración de
un nuevo barrio para los damnificados que, a trece años
de la tragedia, seguían apareciendo. Ellas, entre sonrisas
de asombro, me los habían ido contando uno a uno; ahora
habían terminado en dos ocasiones con los dedos de
sus manos y el número seguía creciendo. Cuando
pensaba en eso no dejaba de compararlo, resultaba ineluctable,
con el propio destino de ellas, pues en ambos casos existía
la reaparición de algo, concreto o abstracto, como
si no cesara el reclamo a la omisión.
Nos encontrábamos en aquel bar, como siempre yo en
la mitad, evitando el tema, soslayando pistas que pudieran
atraer los vientos macabros de aquella noche. Nos habíamos
distraído hablando de todo y de nada; yo había
recalcado en el tema de la literatura, de los escritores y
sus pintorescas anécdotas, de ese ejército en
marcha de lectores que poco a poco se había ido disgregando
y al que yo quería que ellas se sumaran; tal vez de
esa forma pudiera trasladarlas al presente. Fue grande el
esfuerzo al intentar extraer de la memoria recuerdos hilados,
algo que me permitiera no cederles la palabra, recuperarlas
para el día; sabía que una vez posesionadas
del verbo se dedicarían a escarbar en su interior los
aspectos que harían más precisos sus testimonios.
Entonces el mundo desaparecería para ellas y yo me
tendría que dedicar a lo otro, a callar, a rechazar
las miradas atrevidas que se posaban sobre sus formas en reposo
para evitar que nada las perturbara. De allí en adelante
me volvía guardián de su pasado, me tocaba defender
a ultranza su frescura, su aire melancólico que añadía
atractivo a sus cuerpos apretados, a su sensualidad indiferente.
Sus formas aumentaban día tras día en consistencia,
en dureza, y me imaginaba el lodo pegado a ellas, succionando
sus líquidos infantiles que apenas empezaban a destilar.
Algo había. No sabría si verlas así,
ensimismadas, ausentes, con sus encantos disponibles para
miradas furtivas que las acariciaban hasta que se percataban
de mis ojos rabiosos. Después seguían su camino.
Ellas ni se enteraban de lo que provocaban, sus cuerpos en
esos momentos eran sólo vacías formas desprovistas
de alma. Debo decir que fue difícil al comienzo oficiar
de protector; después, cuando me fui acostumbrando
a estar ahí, sabía que cuando hablaban mi función,
además del silencio, era su cuidado, evitar que de
pronto esos ojos ávidos que las habían descubierto
se acercaran e intentaran profanar su recuerdo. Mi cabeza
se movía pendularmente rastreando miradas que se congelaran
en sus figuras, y mis ojos, solidarios con el rastreo entre
el lodo, adquirían matices fulgurantes prestos a derretirlas.
El bar era ideal, alegre, concurrido, con música perturbadora;
todo dado para que no pudieran hablar. Porque los lugares
que ellas escogían facilitaban su sed de reflexión.
Empezaban por danzar solas y de repente, cuando menos lo esperaba,
allí estaba el lodo; volvía con la misma voracidad
de la otra noche y vertiginosamente se las llevaba de mi lado
hasta ahogarlas en el paroxismo de su trémula conversación;
y yo, con tal de tenerlas a mi lado, había optado por
la complicidad: había hecho un viaje a ese sitio al
que no sabía si odiaba o veneraba. Fui solo, como intentando
encontrarme con el resquicio que me permitiera adentrarme
en sus almas. Pero cuando llegué supe que la diáspora
había sido en vano; nunca hablaríamos en un
lenguaje común: lo de ellas era cifrado, críptico,
se dirigía a lo que había sido, a la prosperidad
anterior misteriosamente desaparecida; lo mío era lo
que había quedado, una inmensa llanura atiborrada de
cruces inveteradas, de una que otra letrina que parecía
atestiguar que había sido cierto, que alguna vez había
existido allí un pueblo atacado con saña no
igualada, y que ahora sólo existía un gran panteón,
que a los ojos de ellas eran antiguas calles transformadas
en sepulturas, en las que jamás volverían las
algarabías dominicales de pueblo dispuesto a ser invadido
por turistas y mercachifles que se llevaban los dividendos
dejados por la venta del algodón. El turismo ahora
consistía en despistados y anacrónicos muchachos
que se llevaban fotografías, sentados en las cruces,
como imponentes trofeos de caza, pruebas de su conocimiento
del país.
Desde luego, de aquella expedición volví henchido
de orgullo, seguro de la sorpresa que se llevarían
al tener que incluirme en la conversación. Pero salí
convencido que el silencio sería definitivo. Cómo
hablar de un pueblo colmado de gritos de alegría, de
personas en diaria procesión hacia el mercado y la
iglesia, la misma en la que se dijo proféticamente
que nada pasaría, que Dios estaba con el pueblo; y
mirar ahora sólo un viento paseándose, sintiéndose
dueño del espacio, meciendo árboles alimentados
con el humus de los sepultados. Cualquier comparación
entre lo uno y lo otro era un producto de la ficción,
simple alarde de un pretencioso fabulador que quería
reconstruir trece años para poder acceder a una conversación.
Pretender hablar de fantasmas mientras ellas se ocupaban de
algo vivo.
Entonces estuve seguro que no iba a resultar, que sería
inane deambular por más sectores en busca de mesura
para sus recuerdos; sus años infantiles jamás
desaparecerían de sus vidas. También lo presentí
en aquel bar; se veía venir porque sus rostros adquirieron
un destello particular y yo me empecé a correr para
dejar pasar el río de lodo, serpenteando, a veces en
línea recta, horizontal e inatajable. Y sucedió
justo cuando yo las creía incorporadas al ejército
en marcha de lectores. Callaron y adquirieron al mismo tiempo
un rictus de solemnidad.
Era él rompió el silencio Mary,
la menor. Lo supe desde el primer momento, desde que
el ruido del helicóptero empezó a escucharse;
ese ruido ensordecedor era similar al que llegó primero
con el agua y luego con el lodo.
Mary era siempre la más susceptible. En ella los recuerdos
irrumpían primero, los detalles eran más minuciosos,
quizás porque a su corta edad había recibido
el mayor impacto con la tragedia.
Tú no podías saberlo repuso Astrid.
Dudó un instante y siguió hablando. No
sabías de su existencia, no sabías que todo
país tiene su Dios a la espera de desgracias para llegar
a contar los muertos y poder cumplir lo prometido: ayudar
a las gentes en caso de necesidades. Cómo ibas a saber
que era él quien venía en ese aparato que atrajo
la atención de los escasos ojos que habían quedado
atentos.
Astrid mostró cara de molestar y volvió a callar.
Era la más huraña de las dos, tal vez por ser
la mayor y haber heredado así la defensa de la familia.
Se llevaban tan sólo dos años pero Astrid creía
que los recuerdos le pertenecían, que su memoria era
más confiable que la de su hermana.
Yo no sabía cómo había llegado el recuerdo
ni qué lo había producido. Comenzaron como hacían
siempre, como si previamente acordaran qué iban a hablar.
En parte por eso me ausentaba, porque no entendía su
código secreto de comunicación, distante de
mi comprensión. Sin embargo, esta vez yo había
seguido el hilo del diálogo y no estaba dispuesto a
perderlo. Mary me miró, como extrañada de no
verme ausente; miró a su hermana que estaba cabizbaja,
como se ponía cuando tocaban el tema. Pareció
tomar un nuevo aire y reinició:
Te digo que lo sabía agregó escudriñando
a Astrid. Me acuerdo por el caminar majestuoso del aparato,
nunca había visto uno igual. Desde que empezó
a clarear y pudimos ver la causa de tanto quejido oculto,
yo sólo había visto lodo, restos de casas a
lo lejos, y a unos pocos que habíamos quedado refugiados
en aquella isla. Sí, suena raro, pero en ese momento
era una isla en medio del barro que ya empezaba a endurecerse.
Y en aquella desolación era raro ver el aparato nuevamente
Mary se detuvo, hizo una breve pausa y volvió a iniciar
además, los otros helicópteros que se habían
visto sobrevolar a lo lejos eran diferentes; en los que llegaron
los de la Cruz Roja y la policía. Aparecían,
volaban un rato y se volvían a ir. Yo pensaba que venían
a dispararnos para terminar de una vez con todo el pueblo.
Ya ves añadió burlona, habrían
tenido que matar unos cuarenta mil. ¿Esos fueron los
carnetizados no? Y el olor prosiguió como si
se hubiera acordado de algo más importante aún,
aquel olor inconfundible que apareció mucho antes que
el ruido del helicóptero y que llegó a impregnarnos
a todos de aroma celestial. Yo pensé que eran los muertos
que habían empezado a oler, y que el olor era la mezcla
de lodo y muerte. Después apareció el aparato
y entendí que él y el olor eran uno solo. Para
ese entonces estaba segura que aterrizaría en nuestra
isla: no sé por qué pero estaba segura de ello.
¿Cuál olor? interrumpió de
repente Astrid. Si el aroma sólo llegó
cuando él estuvo junto a nosotros, cuando nos levantó
la mano a poca distancia como si todavía estuviera
en campaña política y enviara saludos a una
muchedumbre de seguidores. Se le notaba tranquilo, con esa
sonrisa que habíamos visto tantas veces en los carteles
y que parecía dibujada.
En esta ocasión Astrid habló de corrido, imitando
la fogosidad de su hermana.
Pero no era la misma risa sentenció Mary
en un susurro. Después levantó un poco la voz
y siguió. Yo la veía postiza, como se
siente la risa de un payaso. Ahora me acuerdo, en ese entonces
pensé que él estaría acostumbrado a ver
multitudes, pero de vivos, no de muertos. Y por eso debió
permanecer así, lívido, fingiendo sonreír
mientras que algunos damnificados alcanzaban sus piernas y
se abrazaban a su pulcritud, implorando seguir con sus vidas,
confiados que en manos de él estaba su supervivencia.
Y él no sabía que hacer. ¿Te acuerdas
de su cara de desconcierto al mirarse los zapatos repletos
de lodo, al olerse a cada rato su terno, temeroso de llevarse
el olor de allí y de despojarse del suyo?. ¿Y
el escolta, ese grandote que cerraba el paso a los que se
abalanzaban sobre su protegido?
Mary iba a continuar pero fue interrumpida bruscamente por
su hermana:
No fueron muchos pasos porque sólo anduvo unos
pocos metros y volvió a subirse al aparato. Me acuerdo
por aquel hombre irreconocible que se sujetó a su pantalón
y se negó desprenderse de él; y por las manchas
que quedaron marcadas en su traje impecable. Y él sonrió,
se acomodó el terno, a la vez que lanzaba miradas inquisidoras
a su escolta para que le desprendiera al sujeto.
Sí, partió y yo sabía lo que vendría
dijo Mary.
Tú estabas muy pequeña y no lo podías
saber agregó con algo de malestar Astrid.
Tienes razón repuso Mary. Estaba
pequeña; pero fueron dos días los que permanecimos
allí nada más que pensando, dudando de si era
verdad que estábamos vivos, devolviéndonos a
cada rato a los días anteriores a la avalancha en los
que muchos sabían lo que pasaría. Y el alcalde
pidiendo cordura, diciendo que nada pasaría trepado
en el atrio de la iglesia, mientras que su boca se iba llenando
de ceniza y se volvía gris. Pero así, gris y
todo, él decía que todo estaba bajo control.
Mary se detuvo a mirarme y yo seguía allí, atento,
observando sus intervenciones alternadas.
Yo lo sabía continuó Mary.
Sabía que en adelante andaríamos desarraigadas
mucho tiempo, implorando techo, buscando un sitio para seguir
estudiando, compartiendo aquellas filas con los afectados,
algunos verdaderos y otros simples rufianes aprovechándose
de la ocasión.
¿Y qué pasó con el olor Mary? dijo
Astrid. Cuéntale cuál es la importancia
del olor en esta historia.
Por primera vez desde que hablaban del tema una de ellas estaba
interesada en que yo conociera parte de la historia. Por primera
vez entendían que también en esos momentos yo
estaba con ellas.
Realmente no es que fuera importante repuso Mary
con cierto desinterés; qué iba a ser importante
sentir ese olor que salía del helicóptero, y
después verlo a él con su fragancia por un breve
instante, irse dejándonos aquella estela de aroma,
como si para nosotros lo trascendental fuera su presencia,
como si al habernos legado su penetrante fragancia nos garantizara
el término de nuestra desgracia. Qué iba a ser
importante si a los pocos días sólo quedaba
una uniforme hediondez.
Callaron y el silencio inicial se hizo prolongado; luego invadió
todo el ambiente. El bar estaba casi vacío y cuando
nos disponíamos a salir un hombre nos adelantó
con paso apresurado. Las miradas de ellas se cruzaron y siguieron
las huellas del hombre hasta que su sombra se perdió
en la inmensidad de la noche.
No hay duda dijeron las hermanas en coro.
Era el mismo aroma presidencial.
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