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El
individuo despertó antes que de costumbre y al incorporarse
se dio cuenta de que no existía. Con el natural susto
-que estas cosas calan lo suyo- fue a mirarse en el espejo
y no se vio reflejado. Se palpó el cuerpo y no sintió
que estuviera tocando nada. Y ante semejante conflicto íntimo
llamó por teléfono a la Oficina de Sujetos Perdidos
(OSP) a ver si alguien, al encontrarlo por ahí, lo
había depositado allí por no saber qué
hacer con él, que no sería el primer caso. Pero
en la OSP le dijeron que no, que allí no, que mirara
en otro sitio porque, con esto de las competencias de cada
administración, igual aquí guardaban a los extraviados
en el cajón de las gafas y allí en el de las
carteras vacías y los peines, dándose la circunstancia
en que nunca sabían los interesados a qué señas
acudir para recoger a quien fuera.
Así que, con las mismas, además de soportar
una lógica crisis de identidad, aprovechando que la
santa había ido al mercado, el individuo salió
a la calle y notó que nadie le correspondía
al saludo, ni el portero, ni el de la prensa, ni los conocidos
de siempre, y no porque se hubiera vuelto transparente, sino
porque al no existir, no lo veían. Sólo le quedaba
la palabra, pero decía: «Adiós»
y la gente miraba buscando al dueño de la voz sin dar
con él. Incluso llegó al bar, pidió un
café, repitió la petición seis veces
y el de la barra le puso seis cafés al que estaba a
su lado, con la consiguiente protesta de éste y la
no menos consiguiente del camarero diciendo que él
había escuchado: «Un café, por favor,
oiga».
De
esta guisa vagó por la ciudad hasta que se hizo de
noche, ocurriéndole durante tantas horas lo mismo que
por la mañana. Y ya de regreso a su casa, esperanzado
en que, al menos, la santa lo librara del raro laberinto -que
un brete así habría que pasarlo para saber lo
molesto que debe ser- llamó a su propia puerta. La
santa abrió, vio el vacío que tenía delante
y la cerró de nuevo rezongando sobre los equívocos
de la vecindad.
Desde entonces -y va para dos semanas-, el individuo vive
en el rellano de su escalera viendo el trasiego de gente día
y noche sin que nadie advierta su presencia. Cuando limpian
el suelo pasan la fregona por sus pies y ésta no tropieza;
y cuando barren tampoco lo desplazan junto al polvo, sino
que pasa desapercibido. Él ve subir a las diferentes
plantas al cartero, al del gas, al que viene a salvar tu alma,
al que quiere venderte otra Biblia y ni siquiera uno solo
hace por preguntarle algo, por ejemplo: «Oiga, ¿dónde
vive Fulanitez?». De modo que en un estado anímico
lamentable, sin saber qué hacer, sin hambre, sin sed,
sin un documento que declare su pérdida o su desaparición,
el individuo sigue allí, a veces sentado en un escalón,
a veces a la vera del ascensor, a ver qué se le tercia
al Destino. Por variar, cada tres horas baja al zaguán,
o sale a la acera, o rodea la plaza, pero enseguida vuelve
al rellano, que es ya su cobijo tan inesperado como su situación.
Lo que parece más chocante es que la santa no lo haya
echado en falta llamándolo: «Individuo, ¿dónde
estás?», porque da la sensación de que
a ella le da igual su ausencia.
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