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El
individuo se levantó esa mañana de marzo, se
miró al espejo con idea de verse reflejado y cual no
sería su asombro al comprobar que lo que estaba en
el cristal era una metáfora. «¡Oiga! -fue
a protestar a la Oficina de Inutilidades-, mire lo que me
acaba de pasar, que en vez de salir yo en el espejo, sale
una metáfora» El de la ventanilla abrió
mucho los ojos y le respondió: «¡No me
diga! Ahí donde lo ve, su problema tiene que ser cosa
de la política. Firme aquí», y le dio
un impreso EA245 barra 12 para que estampara nombre y rúbrica
con tal de hacer efectiva la protesta. Cerró: «Por
lo menos, ya tenemos algo»
Al día siguiente vino un político al pueblo
a dar un discurso adormecedor y nada más abrir el turno
de preguntas para la prensa, el individuo se adelantó
y se lo puso crudo: «¡Oiga, sepa que usted es
el culpable de que yo parezca una metáfora!»
El de la tribuna quedó confuso. Sabía por sus
correligionarios que era plomizo en sus exposiciones y que
por más que se frotara las manos no mejoraba, pero,
vaya, de eso a convertir en metáfora a un contribuyente
y posible votante, mediaba un océano. Así que
quedó perplejo y sin habla hasta que los de la porra
sacaron del local al metafórico subversivo.
Cuando durmió su metáfora fue de nuevo a la
Oficina de Inutilidades y le contó al de la ventanilla
lo que le había pasado: «Fíjese»
añadió para que el otro catara lo que imponía
decir las verdades a quien se terciara. Y allí mismo
le propuso formar un nuevo grupo político para luchar
contra estas arbitrariedades y presentarse a las elecciones
con siglas frescas, uno como líder y otro como lo que
fuera. El de la ventanilla lo miró atentamente y pensó
en voz alta: «Ese espejo es la leche; sabe más
que nadie; este señor es una metáfora andante».
Y para ayudarlo a desmetaforizarse le dio a firmar otro impreso,
el 786g barra 44, con lo que lo despidió «Adiós,
muy buenas» y le dijo que volviera por allí pasada
una década en horario de mañana.
*
Al
cabo de los diez años el individuo regresó,
ya acompañado de su santa y de sus retoños,
futuros metaforitos y leales pagadores de impuestos, a preguntar
qué había de lo suyo. El de la ventanilla lo
reconoció y, como parece ser que, a pesar del tiempo,
le había tomado afecto, abandonó su puesto de
trabajo para ir a tomar un cafelito con aquella metafórica
familia. Pero al volver cada mochuelo a su olivo, o sea, el
hombre metáfora a su cola y el de la ventanilla a su
marco oblongo, éste buscó en los archivos la
resolución habida y le dijo con gesto mustio: «Lo
siento; aún no ha sido resuelta su queja porque hay
delante de usted millones. No se preocupe y espere otra década,
a ver si se desmetaforiza esto, porque el buen desmetaforizador
que lo desmetaforice, buen desmetaforizador será».
Él respondió: «No, si ya me lo figuraba.
Vine mayormente a presentarle a mi santa y a los niños
por si ellos pudieran ir firmando los impresos y así
adelantar fechas para el día que se sientan metáforas
y vengan a protestar»
El
de la ventanilla aceptó tan inteligente medida y todos
se felicitaron por esta solución que prometía
un futuro esperanzador.
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