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En
todo rodaje serio hay un sujeto al que se le llama el niño.
Puede que esto venga de cuando un meritorio hacía los
recados o iba por el búcaro. Hoy se le dice al más
joven, ya sea productor, operador, segundo, ayudante, script,
conductor, etc., menos al director: puede que sea por un fleco
de cuando su presencia imponía tal respeto en el plató
que era recibido poniéndose en pie los presentes. Pasaba
también con algún operador, como Pepe Aguayo,
que tanto trabajó con Luis Buñuel.
Parece
que esto va de cine, pero va de bodas. El niño
por antonomasia de un equipo con el que rodé unos veinte
años de vellón, acaba de casarse en Las Vegas.
Omito nombres de contrayentes porque no vienen al caso. Lo
que sí digo es que ha tirado la casa por la ventana
y ha invitado a la boda en una de esas capillitas donde, en
vez de casarte, es como si te fueras a bautizar, a una docena
de compañeros con los que durante décadas compartió
aviones, hoteles, penas y alegrías. Era el solitario
que quedaba en el grupo, y sin más aviso que el billete
de avión en Vírgin y la reserva de habitación
en César, ha dicho sí a la novia y luego
ha sonreído. No hemos faltado ninguno, como si fuera
una citación de producción para rodar determinada
escena. Sólo que aquí se nos pedía que
vistiéramos algo decente (es su palabra) y no
el desbaratamiento con el que hemos rodado millones de metros
de celuloide por el mundo. Así que me he alquilado
un traje de pingüino (¿será esa la decencia?)
y, junto a los amigos, que parecíamos una orquesta
sin instrumentos (musicales me refiero) he sido testigo de
la boda del niño.
La noche ha transcurrido casi sin salir del César.
Las atracciones no te dejan y, por otra parte, lo más
que puedes hacer en Las Vegas es salir de un casino y meterte
en otro. La estancia nos ha cundido porque hemos repasado
las escenas de varias películas rodadas allí
(una de Robert de Niro, otra de Julia Roberts), reconociendo
ángulos, ascensores, tiros de cámara y esas
cosas que hacen posible hacerlo bien en vez de mal.
Y tras ganar una mano a no sé qué y de perder
veinte a lo mismo, me he ido a dormir, no sin antes dejar
el traje alquilado en recepción con tal de pagar sólo
un día; más o menos, lo que han hecho mis colegas,
excepto uno, que se lo ha manchado y ha bajado a la tintorería
del hotel a ver qué apaño le dan.
Ya de día (durmiendo estaba) suena el teléfono
de la mesilla. Es el niño, que nos avisa a todos
para que no salgamos porque tenemos que ir con él a
la capillita para asistir a su divorcio. De inmediato me comunico
con los cuartos contiguos para tener un cónclave en
el comedor mientras desayunamos. Nadie lo entiende, pero tampoco
hay quién se lance a preguntar al niño
el motivo de su decisión, convencidos todos hasta el
tuétano de que, tanto la unión como la desunión
son asuntos exclusivos de dos. Alguien comenta: 'En España
van a poner el divorcio en cuestión de días.
Vamos con retraso. Aquí es cuestión de horas'.
He ido a la tienda de alquiler a por mi traje de pingüino.
Le he dicho al sorprendido planchador que lo necesito para
ir como testigo de lo contrario de lo de ayer. Al final, me
saldrá caro.
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