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Un
viento que no sabe lo que hace ha abatido un tiesto de barro
al que tenía gran aprecio. La pieza estaba sobre un
alféizar desde 1976 y componía su color rojizo
con la cálida estancia. Brillaba en invierno su panza
con el fuego de la chimenea y algún año fue
improvisado nido de algún pájaro. He intentado
recomponerlo a base de paciencia para que, al menos, lo que
quede recuerde que era una orza castañera de dos asas
de las que se hacían en Cortegana en aquel tiempo,
cuando Elías Borrero y Francisco, Morito, eran
aún los dos alfareros que quedaban en una de las calles
más artesanas que tuvo este país.
Mientras pego los trozos se me vienen ambos a la memoria como
pidiéndome cuentas del roto. Elías se autojubiló
ese día. La hornada del 30 de julio fue el epílogo
de su obra. Un libro de amases creativos que cerró
para siempre. No hubo modo de convencerlo para que esperara
a ver si venía un renuevo al alfar, alguien que se
interesara por el trabajo milenario y que retuviera en su
mente los perfiles de los cacharros con tal de que siguiera
dando vida con sus manos a lo que era patrimonio de todos.
Elías me escuchó atento, encendió un
cigarro de picadura y dijo que para qué el esfuerzo,
que estaba cansado, que lo dejaba. Agradecía mis palabras
de aliento, pero eran poco frente a la pasividad de instituciones
que tendrían que haber defendido su oficio a tiempo.
Los
tiestos de la hornada eran como un resumen, un barullo de
pulsiones, un boquete abierto en la sensibilidad del artesano
por el que se escapaban orzas, cántaros, búcaros,
lebrillos, platos, macetas: algo simplemente útil,
necesario. A partir de ese instante sólo saldría
del alfar el silencio en vez del dulce chirriar del torno,
del ploff de la pellá sobre la rueda
chica, de su jadeo diario. Su queja era por la marginación
que sufrían los artesanos y por el bajo coste al que
tenían que vender sus obras para vivir. Oficio callado,
humilde, paridor de cuencos para agua o leche o rayos, adornados
con la santa calma de la honestidad. Diez, quince o cincuenta
pesetas de entonces llenas de tiempo detenido. Nunca por tan
poco dio alguien tanto.
La
obra de Elías quedó por la comarca en las cocinas,
en las matanzas, en el hervidero, tiznada sobre el estreor,
presente en la sed, colgada del muro encalado o expuesta al
viento que no sabe lo que hace en un alféizar lejano.
Conforme fumaba aquel cigarro Elías abría y
cerraba sus manos como si se desprendiera de todo para dejarlas
definitivamente vacías.
No quise que la hornada de Elías rodara en sabe Dios
qué abandonarios. Me la quedé entera,
una parte para mi pequeño museo de cosas amadas, y
otra para compartirla con quien supiera apreciarla. Dije alfares.
En la misma calle Peña quedaba en pie el de Francisco,
Morito, otro más que tendría que lidiar
con el tiempo y el desinterés de quienes podrían
haber desviado la visión limitada que deben dar las
orejeras.
Mientras
pego hoy la orza me invade la visión de aquel día
y se me puebla el alma de un nosequé triste,
de una emoción pura que me mueve en lo hondo al pensar
que cada trozo pertenecía a la última hornada
de un artesano.
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