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Me
pide una lectora que cuente algo de lo que he visto
«por ahí». Pienso que ese «por ahí»
es «el mundo», y se me ocurre creo haber hecho
una referencia antes a esto lo que viví en el
suburbio de una ciudad de Sri Lanka, al sur de la India; hecho
que ensanchó mi capacidad de asombro lo menos un metro.
Ahí va:
En el centro de una grada tipo gallera, una dama fornida,
arropada por un vocerío digno de un caos, se tendió
desnuda de espaldas en una tarima, levantó sus piernas,
las abrió y fue colando en su vagina pelotas de pim-pom,
de modo que, con una contracción de los músculos
del vientre y un «¡Wah!» como un rugido,
las hacía salir disparadas como obuses hacia la grada,
cuyos ocupantes entraban de lleno en peleas por pillarlas,
lo que conducía a una posterior reventa de aquellas
joyas blancas y tibias, preferiblemente en dólares.
Me advirtieron que no gastara salvas en aplausos porque faltaba
lo mejor. Lo mejor fue que, sin variar de postura, la mujer
cogió una botella de Campa-Cola, se introdujo el gollete
en la vagina, le quitó el tapón-chapa con esfuerzo
cabal o fingido y, tras mostrar a la delirante grada la botella
llena y destapada, se la volvió a meter donde mismo
para que el líquido desapareciera glub glub
dentro de su cuerpo. Luego se puso en pie mientras tensaba
al máximo los músculos del vientre, y, para
delirio de una grada en éxtasis, no se le derramó
ni una gota siquiera de la Campa dichosa, y eso que era un
litro.
Después
fue poniendo vasos de papel entre sus piernas y vertiendo
en ellos el líquido resultante, dicho sea: con un control
de chorro como si saliera de un grifo; vasos que un ayudante
repartió entre los asistentes para que los bebieran
a sorbos, con moderación, sin que cundieran abusos
por el entusiasmo.
Cuando no le quedó nada dentro, recogió su ropa
interior y se fue por donde había venido, dejando al
personal festejando semejante placer.
Confieso
que quedé absorto ante el dominio de cuerpo de aquella
mujer y su técnica muscular, capaz de proporcionar
un bebedizo a toda una generación de adeptos. Un hindú
me aseguró que no había presenciado un espectáculo,
sino una terapia, porque el líquido bebido no era lo
que yo me figuraba, no, sino la panacea idónea para
curar esto, lo otro y lo de más allá.
Recluido en el hotel seguí rumiando sobre lo que acababa
de ver, pero no lo comenté con nadie. Tampoco en los
días siguientes, en los que el trabajo me llevó
a Bombay. Ni me dejé ilustrar con precisión
por algún experto sobre las maravillosas virtudes del
néctar. Me limité a anotar en la valija de mi
memoria el perfil de aquella dama dominadora de su vientre
y de masas, cuya figura vuelco ahora en el folio, tan dispuesto
a recibir el testimonio de sesudos temas, para complacer a
la lectora. Confieso que, a veces, como recuerdo de aquello,
me pongo a botar la pelota de pim-pom que me traje y que no
compré en la reventa, sino que conseguí en un
impulso sobrehumano por integrarme en un juego del que no
conocía ni conozco aún las reglas,
pero que tenía el misterio como atractivo para aquella
cofradía. No sé si pedir número para
el psicólogo.
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