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"El
mejor de los malos poetas", dijo una vez Juan Ramón
Jiménez de Pablo Neruda, cuyos versos no soportaba,
así fueran de trasfondo romántico, metafísico
o militante. Por ese entonces, los años treinta de
la República, Neruda vivía en España,
sumándose a los poetas de la generación del
27. Era un ambiente de creación y polémica.
El mismo Juan Ramón había publicado una "antolojía"
así, escrito con jota, según sus propias
reglas ortográficas. Y bien, el libro estaba
dedicado "A la inmensa minoría". Sonaba bonito
y original pero dejaba al autor hecho un elitista confeso
y proporcionaba material polémico a Neruda. No faltaron
críticas y la dedicatoria ya no aparece en una nueva
edición que años después Losada publicara
en Buenos Aires.
Así, Juan Ramón. Otro caso resultó Neruda
versus el poeta cubano Nicolás Guillén. La controversia
no versó ya sobre el sentido y contenidos de la poesía,
sino que fue de orden militante. Ambos, el cubano y el chileno,
eran comunistas y prosoviéticos, lo cual no impidió
que la polémica descendiera al plano personal. Neruda,
en las memorias que se publicaron póstumamente, habló
de dos poetas que llevan el mismo apellido. Uno, "el
bueno" es Jorge Guillén, de la generación
del 27. Otro, "el malo", es Nicolás. Éste
reaccionó públicamente, diciendo que, en lugar
de titularse Confieso que he vivido, las memorias
debieron llevar por nombre "Confieso que he bebido"...
Por entonces, ya muerto Neruda, allí quedó cerrado
el episodio, el cual se había dado en el marco de las
ardorosas peleas al seno de la izquierda en los años
sesenta y setenta sobre cuáles eran las vías
de la revolución latinoamericana, si armadas o pacíficas
y donde, en cierto sentido, el Chile de Salvador Allende se
contraponía a la Cuba de Fidel Castro.
Un trasfondo político que, a su vez, reconocía
como disparador una colorida cuestión personal, según
me contara Georges Fournial, quien por años fue el
responsable para asuntos latinoamericanos del Partido Comunista
Francés. Neruda era celoso de su siesta; nadie había
ordenado podía interrumpirla. Y bien, estando en La
Habana, "alguien" vino a saludarlo... Fidel Castro.
Y nadie se atrevió a despertar al poeta. Se pueden
imaginar... no valieron las excusas. Tiempo después,
Neruda marchó a Estados Unidos a dar unas conferencias,
y la Casa de las Américas le cayó encima. Del
tema se ocupa también el poeta en sus memorias, particularmente
de Roberto Fernández Retamar, a quien señala
como el director del operativo: un manifiesto antinerudiano
distribuido por el mundo entero, donde se le acusaba de poco
menos de traidor. Ese manifiesto fue firmado por Nicolás
Guillén y, al parecer, el chileno no se lo perdonó.
Neruda atraía las tempestades, fenómeno cuyo
trasfondo era su militancia política. Llegó
a ser senador por el Partido Comunista, conoció el
exilio. Entre otros, tuvo un enemigo especialmente encarnizado,
su compatriota Pablo de Rokha, poeta como él, hombre
de izquierda, bien que adhiriendo al maoísmo. Recorrió
el país ofreciendo recitales de poesía y sus
libros en venta, que alcanzaban escasa circulación
comercial; y sin olvidarse, aquí y allá, de
ir dejando caer una mentada para Neruda. No se sabe bien porqué,
aunque la psicología hace esta lectura: Pablo de Rokha
llevaba la agresión contra quien él quería
ser y se lo impedía ocupando usurpando el espacio
merecido por Pablo de Rokha : el de un poeta famoso y reverenciado
como Neruda. Los dos no cabían y su rival no daba muestras
de cederle el paso. ¿Qué le quedaba? Aceptar
la situación o desaparecer. Y fue lo que hizo: Pablo
de Rokha se suicidó.
Final dramático, pues. No así el pleito con
Juan Ramón, de uno y otro lado los dardos se multiplicaban
deportivamente. En términos muy generales, uno defendía
la "poesía pura" y el otro el "compromiso
del escritor". Neruda fue lejos en esos propósitos,
llegando a editarse en su país dos tomitos azules de
recopilación titulados Poesía política.
El chileno con su pluma seguía la línea partidaria
sin omitir los elogios en verso a Stalin y la condena a Tito
de Yugoslavia cuando la ruptura de éste con el jefe
soviético. En sus memorias, Neruda reconoce abiertamente:
"el enemigo tenía razón", refiriéndose
a Stalin. En fin, no faltaron elementos para una polémica
siempre renovada en torno a estética y realidad social,
sin contar el factor personal, cuya presencia se hace sentir
aquí con fuerza.
Juan Ramón, generacionalmente anterior, sintió
que Neruda lo estaba robando: los jóvenes lectores
de Platero y yo habían pasado a ser los
adultos lectores en los años cuarenta y cincuenta del
"Canto de amor a Stalingrado", la ciudad emblemática,
cuya batalla había cambiado el curso de la II Guerra
Mundial. Vivíase otro momento histórico y aquellos
lectores eran irrecuperables para la obra posterior de Juan
Ramón, para su nueva poesía de Animal
de fondo o de La estación total
o de Dios deseado y deseante, y otros títulos
que coincidentemente publicara por los años cuarenta
y cincuenta.
Y en adelante, el español escribiría para gente
de su generación como Victoria Ocampo de la revista
argentina Sur. O bien para jóvenes habitantes
de la torre de marfil, como el grupo de la revista cubana
Orígenes, reunidos en torno a Lezama Lima. Las
multitudes se quedaban con Neruda, el polifacético.
El romántico de sus comienzos, de los Veinte
poemas de amor y una canción desesperada, cuya
venta superó los dos millones de copias. ¿Quién
no recuerda "Puedo escribir los versos más tristes
esta noche"? Neruda, el romántico, no quedó
ahí, vino más tarde su poesía metafísica
"sucede que me canso de ser hombre"
abruptamente cortada luego de su experiencia de la guerra
civil española, y de la cual da cuenta en su poema
"Explico algunas cosas". Y sigue su Canto
General, publicado en 1950 y ampliamente difundido
en los años sesenta como la épica del hombre
americano, uno de cuyos ejemplares, según constata
Neruda, llevaba en su mochila el Che Guevara cuando cayó
en Bolivia.
Juan Ramón era el perdedor, aun cuando su Platero,
imagen de la ternura, "pequeño, peludo, suave;
tan blando por fuera, que se diría todo de algodón",
aun cuando Platero, al trotecito, hacía entrada a las
escuelas primarias de habla española como texto de
clase. Y el pleito con Neruda llevó décadas.
Ya éste, en 1935-1936, durante su estancia en España
como cónsul chileno, había dirigido la revista
Caballo verde para la poesía, donde publicara
un manifiesto titulado "Sobre una poesía sin pureza",
aludiendo a Juan Ramón. Años después,
el español tuvo ocasión de expresar sus puntos
de vista en carta que dirigió al mexicano José
Revueltas, a raíz de un artículo de éste,
titulado "América Sombría", publicado
en Repertorio americano, 1942. Allí Juan Ramón
se batía una vez más contra "el mejor de
los malos poetas", a propósito del "Canto
de amor a Stalingrado" de Neruda. Y decía: "no
es de amor ese canto, que igual puede estar escrito para cualquier
otra ciudad de cualquier otra parte del mundo sólo
con cambiarle algunos nombres propios"[1].
Juan Ramón estaba en lo cierto. Y no lo estaba. Cierto,
el hecho. No así, el reproche. Falta en el "Canto
de amor a Stalingrado" la ciudad como tal. Pero no se
trata de eso. Neruda no le escribe el poema a ella, sino al
símbolo, al emblema en que ha devenido, el de la resistencia
antinazi. Y esa ciudad desde entonces universal, abstracta
y heroica, se la jugaba por todos y así, a todos representaba
en nombre de la libertad. Poco importaban calles, monumentos
o casas, la guerra mundial ocupaba todos los espacios.
Con el tiempo, el panorama se ensombreció. Millones
habían caído en la guerra, a cuyo término
en la URSS y en los partidos comunistas del orbe se reforzó
la fórmula stalinismo = socialismo, y décadas
debieron pasar antes que una airada repulsa se generalizara
con los resultados conocidos: 1989 ¡adiós, Muro
de Berlín! 1991 ¡adiós, URSS! Y bien,
pregunto: ¿Qué queda hoy de Stalingrado? Ni
el nombre, la ciudad ha sido rebautizada como Volgogrado.
Así pasa, más de medio siglo después
todo tiende a volver a la "normalidad". A la memoria
no le place evocar las horas difíciles; para preocupaciones,
buenas las del presente. Y sin embargo, el ayer no calla.
"Tengo el encargo de SM, el rey Jorge VI, de entregar
a la ciudad de Stalingrado esta espada de honor que ha sido
forjada por artesanos ingleses, la hoja tiene una inscripción
que dice: 'A los ciudadanos de corazón de acero de
Stalingrado, regalo del rey Jorge VI en testimonio de homenaje
del pueblo inglés.'" Corre 1943, es la conferencia
de Teherán, y lo relata Elliot Roosevelt, hijo y a
la vez secretario privado del Presidente de Estados Unidos,
allí presente; las palabras citadas son dichas por
uno de los más tenaces anticomunistas del siglo, Winston
Churchill, por entonces premier inglés [2].
El poema de Neruda responde a ese sentimiento universal. Y
es tan auténtico como la historia de Juan Ramón
y su burrito. Puede la poesía, y la literatura en general,
abordar a ambos, el hecho de la guerra, el hecho de la paz.
El canto a Stalingrado de Neruda, el Platero de Juan Ramón,
dos actos de amor que se dan conforme el curso de la vida
de cada uno, y la lectura que cada uno hizo del ancho mundo.
Por eso escribo "sextasílabamente":
Neruda
y Juan Ramón
ambos tenían razón |
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NOTAS:
1.
Jiménez, J. R. Cartas literarias,
Bruguera, Barcelona 1977, p. 50.
2.
Roosevelt, Elliott. Así lo veía
mi padre, Sudamericana, Buenos Aires 1946, pp.
222-224, 2a. ed.
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