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El
abordaje a ese móvil virtual que es un libro puede
hacerse solo de dos maneras: a babor o estribor, a izquierda
o derecha, es decir, desde las mismas ideologías, heterodoxia
y ortodoxia, la primera siempre vivificante, fresca y luminosa.
La ortodoxia en cambio es conservadora se funda en tradiciones,
canoniza o señala y estigmatiza lo incoveniente, nuevo
y diverso; ejerce la cuota de poder hasta donde le permite
el sistema, construye pedestales para imponer miradas desde
arriba (la imposición del canon) y desde abajo (la
aceptación del canon). En realidad esta visión
adulterada y facilista que cohonesta con los regímenes
imperantes poco o nada importa. A la larga la obra es superior
a la crítica y al autor pues éste es un simple
traductor, un amanuense de la vida, un títere de los
personajes, tesis o metáforas que sabe suyas pero que
no son de nadie, son, otro sí, creaciones del inconsciente
colectivo. En ese orden de ideas una de las paradojas más
interesantes de la crítica literaria es que a ella
se dedican narradores y poetas frustrados, aquellos que incapaces
de producir una obra sólida canonizan y descanonizan
lo que no está escrito como a ellos les hubiera gustado.
Casi simpre se casan con su propia generación y no
ven el proceso, la cadena sociológica, política,
tecnológica e histórica que distingue un eslabón
más grande, teñido de rojo, azul o amarillo.
A los largos y sospechosos listados de autores y obras sin
lectura previa o muy superficial califican a todo mundo
por la coincidencia agregan el uso y el abuso de ciertos
calificativos: anacrónico, neorrealista, neorromántico.
Como quiera que sus lecturas son mediáticas y lineales
no leen tampoco el mundo que los circunda y así no
absorben los cambios radicales que se dan en todos los órdenes,
incluso en los rincones de su casa. Perciben que en la
actualidad se están introduciendo nuevas tendencias
pero no se asoman a ellas, no las exploran, no quieren bautizarlas,
no se comprometen. Nada de esto es extraño. Los críticos
ortodoxos son parásitos mejor pagados que los escritores
y además no son contemporáneos, van a la zaga
de la obra, aparecen cuando autores, técnicas, novedades
y famas ya son historia.
El
problema agregado a esta paradoja es muy serio: los comentaristas
de literatura son inmunes a los cambios, no los perciben.
Hoy por hoy no se acuñan todavía las palabras
que han de designar cada uno de los eslabones en esta larga
cadena que es el arte y en este caso la escritura. Aquí
se explica entonces por qué tales comentaristas abusan
de los términos modernidad y posmodernidad, cómo
desgastan los artificios literarios llamados intertextualidad,
hipertextualidad, hipotextualidad, paratextualidad, metatextualidad,
palinsestualidad, términos que llegaron a Colombia
y a la comarca sin beneficio de inventario, sin interiorizar
denotaciones y connotaciones, es decir, sin lecturas semióticas
no sígnicas que afectan al escritor y su trabajo. Y
al fin de cuentas ¿qué es eso? ¿Qué
es intertextualidad? ¿Cuándo llegó a
ser un recurso propio de la novela, el cuento o la poesía?
¿Qué lo determinó? Los literatos perciben
que hay un juego de palabras en el discurso del autor, lo
explican exhaustivamente, lo deconstruyen para acceder a los
textos mezclados pero ¿intuyen el proceso? ¿En
qué lugar se llevó a cabo la magia? Y ¿dónde
encaja lo otro, la propuesta vanguardista o simplemente distinta?
Cómodos en las definiciones tradicionales de novela,
por ejemplo, escriben largos, tediosos y académicos
ensayos sobre las posibilidades inagotables de "Cuando
despertó el dinosaurio todavía estaba ahí"
posiblemente la novela más extensa de la tradición
literaria pues lo importante no es lo que dice, sino el número
infinito de lecturas que sugiere. Aquí se implica que
en esas siete palabrejas es más denso, importante y
necesario lo que no está escrito, la narración
verdadera es el no texto que arrastra al lector al
laberinto de la escritura obligándolo a ser otro autor
con su propia historia ya explícita. ¿Y en dónde
queda el género? Los géneros han trascendido
sus límites de tal manera que un libro de poesía
implicita una novela o una tesis. Y si no se percibe el cambio
en la intención o la extensión ¿cómo
explicar términos como cajas chinas, palinsestualidad
de género y arte, relato caleidoscópico, narración
sin fin, traslapaciones, transparencias, muñecas rusas,
chismeos y ensambles que son las formas más vanguardistas
y contemporáneas de la escritura? Juan Carlos Acevedo,
un joven poeta con una gran intuición para la heterodoxia,
descubrió una extraña coincidencia: "Érase
una vez el amor pero tuve que matarlo", "De
música ligera" y "De rumba corrida"
se valen de una banda sonora, como en el cine, que va más
allá de la intertextualidad. ¿Cómo llamar
ese recurso? Aunque la mezcla de música y narrativa
fue estrenada por Andrés Caicedo y Manuel Giraldo Magil,
es en estas obras mencionadas antes donde la banda sonora
se apropia del cine lo cual sugiere que deben ser leídas
con la velocidad del cinematógrafo, cada página
es la suma de centenares de fotogramas que hacen pausa en
una imagen especial para relievar acciones, sensaciones, personajes
o frases, generalmente versos o líneas o estrofas completas
de la canción que hace la cortina.
Ahora
bien: si la crítica no puede ser contemporánea
como apunta este preámbulo y se reduce a comentarios
bien o mal intencionados ¿son creíbles sus cánones?
¿Se puede y debe hablar de literatura urbana o de ciudad
como si fuera un anaquel donde caben esta obra sí,
aquella no, cuál otra es intermedia? Y ¿qué
es ciudad? ¿Qué es lo urbano? ¿Se puede
calificar de citadina una obra porque emplea el código
andén, calle, ascensor, autobús, automóvil,
semáforo, barrio, mercurio (neón), avenida,
farola, lámpara, burdel, gril, edificio?. Y si hay
ciudad ¿cómo reconocerla? ¿Cuáles
son sus signos vitales? ¿Se da una relación
biunívoca entre ciudad y autor, ciudad y obra, es decir,
se compenetran, hay interacción, influyen la obra y
el autor en la ciudad y ésta en aquéllos? Por
definición, la ciudad es la vuelta al día
en ochenta mundos según reza el paratexto de Cortázar.
Pura imagen, agresión, pulsión, muchedumbre,
aglomeración, velocidad, fragmentación, burocracia,
pregunta, rebeldía, libertad, desadaptación,
conflicto, oficio, trabajo, salario, hambre, desocupación,
desarraigo, desplazamiento, esclavitud, barriada, fangal,
rancho, rancherío, invasión, calle, casa, bus,
taxi, ruido, escándalo, esmogue, contaminación,
sirena, pito, ambulancia, mercado, factura, prisa, peligro,
atraco, carrera, robo, bala, estampida, almarada, puñal,
suburbio, tugurio, gueto, escondite, bulevar, caminadero,
café, cafetería, cinematógrafo, bar,
estriptís, luminosidad, miedo, pánico, olor,
sabor, visión, teléfono, acúfenos, soledad,
más miedo, aislamiento, monólogo, enfrentamiento,
fatiga, angustia, vicio, clandestinidad, parche, polvo, grifa,
bareto, cemento, hierro, acero, viga, columna, comuna, metal,
metalero, satanismo, man, llavería, chicanero, caballo,
bóxer, avión, avioneto, más miedo, extravío,
callejón, semáforo, poste, esquina, sicario,
celular, ceniza, trasteo, pasaje, extraño, homicidio,
desconsuelo, refugio.
La
ciudad entonces acelera los sentidos, convierte al citadino
en un ente multimedia que debe hacer múltiples lecturas,
desdoblarse en varios yos para hacerle frente a los requerimientos
de la urbe. La ciudad es caótica, caleidoscópica,
críptica. La ciudad es apatridad, es de todos y de
nadie. La ciudad es delirio, alucinación, clandestinidad,
inequidad, sicotrópicos, underground, contracultura,
iniquidad. La ciudad es estallido, fragmentación pero
al mismo tiempo se percibe como una totalidad. Mezcla vivencias,
percepciones, sensaciones, imágenes, enunciados verbales,
construcciones teóricas. La ciudad es contradicción,
incoherencia, símbolo, fugacidad, ideología,
celda, mazmorra. La ciudad es imagen y vacío, retrato
y caricatura, sombra y luz, lluvia y sol, estampido y música,
negro, blanco y claroscuro, vida y muerte, verdad y mentira.
La ciudad compone, descompone, superpone, traslapa, lo da
todo y lo quita todo. A veces es un espejo roto en mil fragmentos
que cuentan mil historias dispersas y distintas encadenadas
precisamente por la línea de rotura y así es
al mismo tiempo el todo y la parte como el edificio prisma
que se refleja en el vecino y sinembargo capta la totalidad
en una sola imagen. Es decir, es intertextual, palinsestual,
hipertextual, hipotextual, paratextual, obliga al escritor
no a crear sino a reconocer esas técnicas como adaptación
o modos de verla, serla, sentirla...
Por
otro lado Existencialismo y ciudad son aleatorios, no se explican
el uno sin la otra. Se podría afirmar que El Existencialismo
es la aprehensión de la ciudad, un estar en la ciudad,
un descubrirse en la ciudad. Jaspers, Husserl, Heidegger,
Marcel, Sartre, Camus, no son contemporáneos porque
sí, son testigos de la profanación de todo lo
sagrado, del desvanecimiento de todo lo sólido, de
la muerte de dios y de los dioses, del despertar del hombre
a la libertad por el miedo a la muerte. Aunque discuten al
teólogo Kierkegaard se nutren de él, intuyen
que es en la ciudad donde el hombre manifiesta su yo, es decir
existe como núcleo central del yo. Es en la vida cuotidiana
de la ciudad donde el hombre toma conciencia de sí
mismo como existencia, siente que no existe sino como objeto.
Bastaría mezclar las palabras claves de sus enunciados
para revelar un impresionante retrato sicológico y
etológico del urbanita y sobre todo de los personajes
y temas de la narrativa y la poesía actuales: burocaracia,
conformismo, adaptabilidad, tempestad, ateísmo, pesimismo,
desilusión, reacción, cosificación, culpa,
desmembración, angustia, absurdo, circunstancia, objeto,
libertad, insatisfacción, racionalización, límite,
conmoción, enfermedad, muerte, culpa, trascendencia,
hastío, vacuidad, inmundicia, obsesión, perversión,
artificialidad, vanalidad, éxtasis ¿vale la
vida para que se viva?, soledad, desesperanza, absurdidad,
rebelión, yo, nada, negación, preocupación,
miedo, inquietud, amenaza de la muerte, temporalidad del ser,
búsqueda de la individualidad, dualismo, revelación,
motín, revolución, desesperanza, soledad, inhumanidad,
negativismo. La Filosofía, dijo Sartre, está
más cerca del arte que de la ciencia. Y arte aquí
es literatura.
Como
si fuera poco el último vigenio bombardeó la
ciudad con impresiones desquiciadoras y alucinantes: la caída
del muro y las utopías; el nacimiento de la red y la
apoteósis del computador; los viajes Columbia con todo
y sus tragedias; la clonación, el video y el cedé;
las guerras de las colas y lo íconos paganos de Michael
Jackson, Madonna, Maradona, Benneton; el heavy metal, la CNN;
seguridad nacional; las guerras por el petróleo o el
agua; las verdades vendidas al mejor postor; un Papa viajero
en el cual se afinca todavía cierta Fe para no caer
definitivamente en el pesimismo extremo de Cioran. En fin,
invasiones, terremotos, huracanes, bombas, terrorismo, más
miedo. ¿Y Colombia?. Narcotráfico, estatuto
de seguridad, exterminio, amor, odio, ira, caverna, UP, corrupción,
desaparición, sicariato, ejecuciones públicas,
torturas, impunidad, desplazamiento, secuestro, extorsión,
más bombas, más miedo, robos, desfalcos, capitalismo
salvaje, monopolio, fraude, engaño, privilegios, ilegalidad,
soborno, coerción, intimidación, espionaje,
mundo financiero, bolsa, quiebra, guerra, farsa, terror, otra
vez miedo, pánico, brutalidad, Esótericas Babilonia,
asesinato, genocidio, impotencia, furia, desalojo, rabia,
desconsuelo, desafío, falsedad, protesta, motín,
juicio, judicialización, ataque, otra vez bomba, terror,
impotencia, explosivo, muerte, muertos, destrozos, destrucción,
mutilación, pérdida, alza, hambre...
Ahora
bien: si el tema se mira por la ventana de La Historia se
puede afirmar que la ciudad propició la renovación
de La Literatura. Marshall Berman afirma que hay ciudad donde
hay pueblo pero es en lo literario donde primero se percibe
su presencia. En un pasaje maravilloso y espléndido
de "El jorobado de Nuestra Señora", Víctor
Hugo describe la danza de Esmeralda en el carnaval popular
que se celebra en los atrios de la iglesia, esto es, muchedumbre,
aglomeración, gentío, innonimismo. En otro,
el personaje visita al rey de los ladrones en una especie
de reino subterráneo donde medran los habitantes de
París que no tienen nombre, rango, clase social. Por
la misma época del jorobado, Baudelaire descubre los
ojos de un niño al través de los cristales de
un bar. Poeta, al fin de cuentas afincado en la realidad,
percibe que la demolición de París ha traído
un cambio: la capital ya no es el centro político y
administrativo sino ese mítico y místico lugar
a donde va la gente. Luego no es fortuito que Baudelaire se
considere el innovador de la poesía francesa pues el
concepto de ciudad induce un cambio en las formas y contenidos
de su poética y así "inventa" el poema
en prosa, el cuento poemado o el poema reflexivo. Contemporáneos
suyos son Whalt Whitman y Rubén Darío, "casualmente"
los autores que propiciaron una auténtica revolución
en sus lenguajes nativos. La obra de estos genios afirma que
la ciudad como la conocemos hoy se remonta a la frontera de
1860 época en la cual se dan algunos eventos en apariencia
inconexos: 1. La invención de la máquina rotativa
y por consiguiente la invención del diario que consolidó
El Periodismo y sobre todo la popularización del libro
en grandes tirajes, en organizaciones editoriales y canales
de consumo. 2. El nacimiento de la novela policíaca,
atribuída hoy a Elizabeth Braddon o Mary Seyton, es
decir el nacimiento del nouveau romain o nouvelle a lo cual
siguieron en un continuo significativo el cómic y el
folletín como signos de ciudad. Y entonces 3, en este
punto de la espiral del eterno retorno se encuentran ciudad
y Existencialismo, ciudad y novela, ciudad y Modernidad, ciudad
y Capitalismo, ciudad y deportes de consumo. ¿Y dónde
encaja Colombia?. Una centuria de retraso, la misma que media
entre "María" y "Cien años de
soledad". Bogotá se sacude de su sueño
de gamonales y retóricos en el colapso del 48; Cali
despierta literalmente con el estallido de 1957; Medellín
y la misma Bogotá se remozan (recapitalizan) con las
demoliciones para el metro; Pereira y Armenia tienen que cambiar
de vestido y orientación por obra y gracia de la naturaleza
hace apenas diez años. ¿Es coincidencia o de
nuevo hay un punto de encuentro en la espiral del eterno retorno?
Santiago Gamboa, Mario Mendoza, Jorge Franco, Efraim Medina,
Enrique Serrano, Ramón Illián Bacca, José
Libardo Porras, Santiago Álvarez, en fin, novela policíaca,
novela underground como quien dice signos de ciudad en La
Literatura. Por supuesto la narrativa policíaca no
es propia del último decenio. Ya René Rebetez
y Gonzalo España, habían ensayado la saga de
un solo personaje que, a falta de oficio en los estamentos
policiales, persigue y castiga delincuentes. No obstante es
un apiano, de Apía, Risaralda, quien ve primero la
ciudad con sus signos de impunidad y muerte: en efecto "El
Monstruo", publicada en Bogotá en 1956, cuenta
la historia de un hombre acuciado por las preguntas existenciales
más frecuentes de los filósofos. Sin respuestas,
perseguido por la angustia, la sensación de nadidad
y el delirio se convierte en un asesino en serie descubierto
por casualidad. "La Cita" (Delio Mejía Mejía)
también del 56, falsamente mininovela, es un dechado
de ironía que le toma el pelo al más inteligente
de los detectives reales o imaginarios. Así, Manizales
es la "más antigua" en signos de ciudad y
literatura: algunos escritores del Grupo Milenios intuyeron
o percibieron o ensayaron varios de los recursos técnicos
que insinúa la actividad citadina. "Vidas de Caín"
(José Vélez Sáenz) es un formidable paratexto
que hace simbiosis con leyendas bíblicas; los hipotextos
de Alberto Londoño Álvarez se adelantan cincuenta
años al término y Jorge Santander Arias anuncia
a Orlando Mejía Rivera en la erudición y la
hipertextualidad. Los otros del grupo, simples parásitos
de sus genios, no entendieron nunca a Baudelaire, Chautebriand
o Rimbaud.
No
son éstos los únicos signos: "Las llaves
falsas o Diario de un marihuano" "Destinitos fatales"
y "Opio en las nubes" tienden un puente significativo
a saltos de tiempo y espacio en el uso de sicotrópicos,
crisis existencial, angustia y suicidio como respuestas a
los estímulos urbanos. Con todo, Existencialismo y
Literatura no son las únicas respuestas: Mazdeísmo,
Dadaísmo, Teatro del absurdo, Surrealismo y Cine son
interacciones de ciudad y arte. Dalí, el más
existencialista de los pintores, derrite los relojes para
demostrar gráficamente que el tiempo es inaprehensible.
Él mismo es una pintura que se escapa del marco referencial
y, en su excentricidad, intertextualiza con el entorno. Los
planos superpuestos de Magritte proponen una visión
integral de la parte y el todo, por ejemplo bosque, árbol,
hoja a partir de hoja, lo más pequeño en este
conjunto. Maurits Escher suma ciencia, filosofía y
arte y con la suma produce sus descomunales palinsestos pictóricos
y esculturales a partir de su interpretación personal
de la cinta de Moebius, matemático y astrónomo
alemán que resolvió un problema centenario en
las máquinas de transmisión de movimiento en
un alarde de sentido práctico: las bandas de superficie
lineal se desgastaban por un solo lado y así su vida
útil era escasa, se rompía con frecuencia y
paralizaba el orden y el trabajo. Moebius descubrió
que era posible hacerle un rizo o giro a la banda y ésta
se desgastaba por ambas superficies en una obra sin fin, en
un continuo que virtualmente multiplicaba por dos la extensión
de la cinta. De paso resolvió, por analogía,
el problema de la impresión simultánea de ambas
caras en el papel: Hoe, más que la rotativa, inventó
el papel continuo, multiplicó la cinta Moebius al infinito
en grandes cilindros. Desde entonces, la rama más abstrusa
de las matemáticas, La Topología, dedicó
sus estudios a los efectos Moebius partiendo de preguntas
simples: ¿qué pasaría si en vez de un
rizo fueran dos? ¿Qué resultado se obtiene de
disecar o trisecar la banda?
De
aquí se infiere que ciencia, arte y filosofía
no andan solos, son necesarios unos a otros para explicarse
o complementarse o sugerirse. Un paratexto basado en Borges
diría que la banda de Moebius es una imagen incompleta
pero no falsa de La Literatura tal como él la concebía.
A diferencia de sus antepasados no creía en una narrativa
uniforme, lineal, sino en infinitas series de novelas, en
una red creciente y vertiginosa de narraciones divergentes,
convergentes y paralelas. Esa trama de textos que se aproximan,
se bifurcan, se cortan, o que seguramente se ignoran, abarca
todas la posibilidades. Personaje, tiempo y espacio no existen
en la mayoría de ellos, en algunos sí, en otros
todos, es decir, que el cuento, la novela y el poema se bifurcan
perpetuamente en innumerables cuentos, poemas y novelas. Como
insinúa la ciudad. ¿Y cuáles son las
variables Moebius? Alrededor de la cinta se tejen juegos,
casi mágicos, que sugieren una síntesis gráfica
y física de varias formas de la intertextualidad:
Primero,
un rizo y un trazo. En una banda común de transmisión
lineal, un trazo llega a encontrarse sobre la misma superficie.
Haciéndole un rizo o giro el trazo es continuo "se
sucede" por encima y por debajo. Trazo sin fin, narrativa
sin fin como lo sugiere Herbert Quain, uno de los heterónimos
de Borges, "infinitas historias infinitamente ramificadas".
Velocidad sin fin que implica ritmo, melodía, polifonía
acelerados en razón del verbo. La acción no
se detiene en adjetivos o adverbios, no se desgasta en una
dimensión, en este caso la longitud. Es cinematográfica,
alarga la lectura, es abierta. Los ejemplos abundan: "Cien
años de soledad" es veloz, vertiginosa, caleidoscópica,
alucinante. Si fuera posible filmar esta obra serían
necesarias varias cámaras y proyectar sobre una pantalla
circular como en los gloriosos días de la panavisión.
Narrativa sin fin, signo de ciudad y, en ese sentido, ésta
de García Márquez sería una obra urbanita.
Narrativa sin fin, respuesta a la ciudad a pesar del nexo
con La Historia, es "Cuarto menguante" más
fílmica pero también veloz, excéntrica,
luminosa y desconocida en los cenáculos a pesar del
buen nombre de Eduardo Santa.
Segundo,
un solo giro y disecación de la banda. En este efecto
la banda se duplica en extensión y se cuadruplica el
trazo. En Literatura es el texto finito de infinitas lecturas.
Todo lo abarca: novela, cuento, poesía, ensayo. Todo
cabe en una sola obra: conflictos, personajes, soluciones,
conjeturas, variables, "Las mil y una noches", novela
de novelas que, incluso hoy, podría ser continuada
como "El Quijote" hipotético y apócrifo
de Menard. Suma de novelas o cuentos o poemas unidos por un
cordón relacionante: narrador, personaje, espacio,
tiempo: Romain Roland y las veinte novelas que se yuxtaponen
en el "Juan Cristóbal"; Marcel Proust y "En
busca del tiempo perdido"; R. H. Moreno Durán
y el "Toque de Diana" con sus cuatrocientos personajes
que reflejan los encuentros y desencuentros de un supermercado,
parábola perfecta de ciudad en la ciudad, esto es,
novela contenida en la novela. Y La Vorágine "novela
de selva y de violencia" que podría anunciar la
posmodernidad por el simple efecto de la estructura: un personaje
narra la novela de otro, es decir, logra una novela dentro
de otra.
La
poética gana en soltura, celeridad, agilidad si se
quiere. Baudelaire, Whitman y Darío liberaron el poema
de las formas soneto, décima, octava, romance. Rompieron
la cadena de versos, cesuras y hemistiquios, rimas y métricas.
Contemporáneos de la ciudad capitalista, intuyeron
que la poesía es, por encima de todo, imagen. Verso,
métrica y rima eran cárceles del buen decir
y hacer, tramposas expresiones de poder de la aristocracia
y por lo tanto formas de expresión de la aristocracia.
Y si hay ciudad donde hay pueblo ¿qué poética,
cómo expresaría ese pueblo su contracultura,
su propia percepción de la metáfora? El primer
efecto de ciudad que siente el hombre es la velocidad, la
agitación, la prisa. Esa misma percepción se
traduce en poesía pues al fin de cuentas el poeta es
el único ser radicado en la realidad, observador de
la realidad, amanuense de la realidad. Quien lea "Aullido"
de Allen Ginsberg notará enseguida el vértigo,
la sensación de caída vertical, la celeridad
de un móvil citadino. "Poeta en Nueva York"
de García Lorca, libro por entero centrado en la ciudad,
deja en el regusto la ingrata certeza de no haber sido leído.
Escrito con rabia, desesperación y desencanto, el autor
encuentra en el ruido la "banda sonora" de su caudal
de imágenes: estampidos, sirenas, gritos, llantos,
carcajadas, carreras. La multitud orina y vomita, los maricas
sueñan a Whitman, soledad en Vermont; huecos, calles,
cicatrices, ruinas; Nueva York y un panorama de insectos,
oficina y denuncia, cementerios: ciudad y nadidad, ciudad
e inutilidad, ciudad y cosa, objeto. Como Diógenes,
García Lorca busca el hombre en avenidas y subueis
armado apenas con la luz de su poesía. Quien desee
una explicación gráfica y práctica de
los enunciados existencialistas de Jaspers y Camus, Heidegger
o Sartre encontrará su mejor ejemplo en esta algarabía
de imágenes caleidoscópicas aunque el concepto
de velocidad es tomado aquí en préstamo de la
música que comparte con la poesía términos
como ritmo, cadencia, cesura. La medida de la velocidad determina
que una pieza sea bambuco o valse. Además la música
de contracultura parece ser la primera respuesta a los estímulos
de ciudad y evoluciona con ella: salsa, zamba, tango, bolero,
rock, heavy, disc, rap, nacen y se desarrollan en zonas suburbiales
de frontera a donde se desplazan los sinnada y así
el tango o el bolero por ejemplo podrían ser definidos
como manifiestos existencialistas para ser bailados y cantados.
De
la misma naturaleza en la búsqueda del tono y el acercamiento
al Existencialismo "A la sombra del ángel"
es un viaje en metro por los túneles de la memoria.
En las paredes, manchas de luz y oscuridad, rojos y negros,
amarillos y azules, retratos desdibujados por la fatiga, palabras
que se mezclan sin decir nada: pura imagen caleidoscópica,
delirio, alucinación, acúfenos. La invocación
al ángel es invocación a la fortaleza para sobrellevar
la ciudad puesto que la ciudad es pérdida: la mujer
amada, el amor, el patio de la casa, los jardines y bosques
de la infancia, el amigo de aventuras y desvaríos.
Darío Ruiz Gómez había publicado "Señales
en el techo de la casa" y "Geografía".
Pero es en "A la sombra del ángel" donde
su poesía, La Poesía, encuentra la verdadera
velocidad urbanita. El libro, que parece escrito en verso
tradicional, está compuesto de bloques que también
parecen prosa para demostrar la ambigüedad de las formas
poéticas de escritura. Es decir que hace burla del
verso partiendo la línea en preposiciones, conjunciones,
adverbios, gerundios, o trasgrediendo el orden lógico
de la oración simple o separando con puntos frases
inseparables. Ese recurso rompe el frenesí del ritmo
de por sí vertiginoso. Poesía continua que no
se detiene en títulos por página o por metáfora.
Poema en el poema pues "A la sombra del ángel"
es un continuo sinfín significativo que se vale de
pequeños poemas también significativos, operantes
poéticamente si el libro se abre en una página
cualquiera.
La
riqueza de la obra no se tasa nada más en la velocidad.
En la Literaturra colombiana no hay un libro talvez excepto
"La casa rosada" con más elementos del Existencialismo
entendido éste como un descubrirse en la ciudad, un
estar ahí en la prisa y el desorden, el caos y la incertidumbre,
la agresión y el estímulo a la conciencia, un
revelarse sin razón de ser ni destino. Si bien "Suenan
timbres" estrenó un lenguaje citadino, Luis Vidales
no recaló en las angustias y preguntas del barriano
habitante de extramuros. Tampoco "La canción de
Sergio Stepansky", el existencilita, que vivía
como su autor en un mundo elegíaco, paradisal, de opio
y licor. Ni Gaitán Durán, habitante del mundo,
cuya percepción de ciudad fue mediatizada por sus viajes
a Europa. Ni siquiera los nadaístas cuyo aporte consistió
en traducir la palabra Nihilismo sin interpretar los mensajes
existenciales que planteaba el nacimiento de Bogotá,
Medellín, Cali luego del colapso del 48. En cambio
bastaría mezclar palabras y líneas entresacadas
con juicio para encontrar las claves secretas de las tesis
existencialistas de Ruiz Gómez: soledad, angustia,
muerte, libertad, vacío, llanto, pregunta, huella,
pecado, extraño, innombrado, restos, recuerdos, silencio,
intemperie. ¿La vida? Tedio, exilio, impureza, conflicto.
Queda en la piel y los dientes este murmullo sin silueta cuyo
nombre es el silencio. El último apellido es solo el
espacio olvidado de la calle. No queda el nombre, sobre la
luz cansada desfallece la figura. Cuando en el viento se conjugan
el azar y el caer en la tristeza. La noche ha creado el resplandor
de los astros y éstos son espejismos de un cielo anterior
a la palabra, límite de nada, frontera de nada, donde
los ojos contemplan el humo de la última batalla. ¡Ah!,
dejar de ser, espacio ciego en la medida en que he dejado
de ser ya lo que fui antes, donde ya no estaré y nada
podrá decir que fui, que tuve nombre. Dios no está
aquí, basta hundir el cuerpo en el agua para sentir
el himno de la nada.
Estas
urgencias se notan en menor grado en el poemario "La
ciudad" de Antonio María Flórez: ausencia.
Nada. Nadie. ¡Qué asfixia! Nada de nada en la
ciudad. No ciudad, en fin solitaria y ya sin habitantes. Ciudad
sin nadie ni nada. Miro los ojos de la muchedumbre sin detenerme
en la duda y la tristeza. Tomo tu rostro anónimo y
roto de soledad. Para esta noche un tango de buzos en los
hoteles del vino, en fin, un texto que pese a la velocidad
de la interrelación con la música cae en la
trampa del verso pues el poema, concebido en líneas
largas y cortas, impone en la lectura pausas no siempre convenientes.
¿Y
Juan Manuel Roca, Piedad Bonnet, Óscar Torres, Horacio
Benavides, Winston Morales? Perdidos aún entre infancias
y aldeas, les falta el empujón que los lance a la superautopista
de las metrópolis donde todos somos nadie y la poesía
es apenas un acto de resistencia civil a la cosificación
absoluta y la palabra no es imagen sino vacío, metáfora
inaprehensible vaciada en concreto que crea la posibilidad
de otras lecturas, la poesía visual conque sueña
Mario Armando Valencia.
Tercero.
Disecación de la banda, ejemplo gráfico de intertextualidad.
En la lúdica de las cintas Moebius la disecación
de la banda resultante en el ejercicio anterior, produce varios
efectos: eleva a ocho veces el trazo (cuatro por cada aro)
y duplica la cinta sin separarla. En Literatura es la imagen
de los textos entrelazados e inseparables, en este caso, palinsestualidad.
Borges, el gran maestro del recurso, escogió finalmente
"El jardín de los senderos que se bifurcan"
cuento que gira sobre sí mismo para plegarse en círculo
como la banda sin fin. En los muchos relatos paralelos que
conforman su totalidad, Borges utilizó su peculiar
manera de enseñar y respondió preguntas simples
para neófitos y veteranos: si el tiempo y el espacio
no son lineales ¿cómo introducir el concepto
de relatividad en la narrativa? Y entonces construyó
ese descomunal palinsesto, ejemplo práctico de lo que
es un ensayo novelado como lo soñaba Miguel de Unamuno
quien había escrito una extraña simbiosis entre
ensayo, autobiografía y novela respondiéndose
a sí mismo una pregunta afirmación: cómo
se escribe una novela.
Esta
palinsestualidad entre biografía y narrativa se desarrolla
plenamente en "El proceso" y para ello Kafka se
vale de otros elementos develados hoy por el literato Guillermo
Sánchez Trujillo, de la Universidad Autónoma
de Medellín. Afirma Sánchez que "El proceso"
es un "remake" de "Crimen y castigo" y
que Kafka utiliza en préstamo recursos de la pintura,
el cine y el sicoanálisis. "El proceso" hace
transparencia en las relaciones del praguiano con Felice Bauer
y la parodia de tribunal que se establece en un pasaje de
"Crimen y castigo": Dunia y Lujine rompen su compromiso.
Dunia se erige en juez y con la asistencia de familiares y
amigos se forma un tribunal que Kafka asocia con los acontecimientos
del Askanischer Hoff y su propia ruptura.
La
recurrencia de este efecto Moebius no es extraña en
la literatura nacional: Josefina Alcocer, heroína de
"La tejedora de coronas", es la misma Sofía
de "El siglo de las luces", las logias de Cartagena
y Cuba se unen en el aire caribeño, los vientos de
revolución y aventura soplan por igual en las páginas
de Espinosa y Carpentier. Y es aquí donde la obra de
Orlando Mejía Rivera encajaría con la perfección
de un rompecabezas. Lejos de ser de "anticipación"
"La casa rosada" es una novela de "posticipación":
los documentos que la abren se sitúan ciertamente en
un futuro próximo pero, al contrario de lo que afirman
Jorge Eliécer Pardo y Jaime Echeverry, no develan o
explican el porvenir. Opuestamente, el uso de la sicomancia
por parte del siquiatra les permite al autor y los personajes
entender su situación actual por el análisis
del pasado reciente. El relator, que no tiene nombre, utiliza
la cinta de Moebius para plegar la novela sobre la novela
en un continuo que se devuelve sobre otra superficie, en este
caso sobre una historia en apariencia distinta por el solo
intecambio de algunas palabras claves en la arquitectura de
la obra y que se presentan en la doble introducción
al principio y al final. Este artefacto es en sí mismo
una llamada de atención al lector: le dice que debe
volver sobre las páginas, no creer lo que leyó,
releer, hacer una lectura infinita como sugiere en el epígrafe
de Carlos Fuentes.
Si
se atiende a la destextualización de la obra se podría
afirmar que "La casa rosada" es un ejemplo de hipertextualidad
pues es al mismo tiempo tratado de filosofía, clase
magistral de literatura, ensayo sobre la historia de las religiones
y, por encima de todo una novela que carga con el lastre de
la erudición, las citas de autores, obras, movimientos
culturales. Aunque la palabra hipertextualidad es un cuño
de la cibernética la obra de Mejía Rivera es
una autopista de muchos carriles cuya navegación sólo
sería posible con la ayuda de un mouse también
virtual:
*
Primer carril, alta velocidad, sentido metafórico:
a.
"La casa rosada" es hospital, lococomio, asilo,
caverna, refugio, campo de concentración. Allí
van a parar los "enfermos de pensamiento", los que
se rebelan a ser objetos sin nombre, viajeros de la noche,
guerreros que combaten cuerpo a cuerpo con ángeles,
demonios, sueños, pesadillas, delirios.
b.
El burdel donde Teresa se prostituye es una caricatura de
Manizales, casa de citas, lugar de reunión de los grecolatinos
ambivalentes, homofílicos, transexuales, preciosistas.
La misma hetaira se contagia del virus del buen decir y el
bien citar a "nich" y "rimbau" para valorizarse
como mercancía en una clientela de incautos analfabetas.
c.
"La casa rosada" es otra imagen atrapada en un estado
intermedio y por ende eterna para la mente que nos sueña
y nos escribe", es decir, en el contexto, otra estación
de "El guardagujas", opuesta a Piedramaní
(perversión de la palabra Manizales) ese lugar de la
lectura común a lectores, autores y personajes.
d.
"La casa rosada" es el refugio de la conciencia
donde todos estamos infectados por el virus del temor a la
enfermedad y la muerte y, en todo caso, el lugar de nacimiento
del hombre nuevo, el otro yo que se rebela a la cosificación
por sistemas y máquinas.
*Segundo
carril, velocidad media, los heterónimos.
Los
personajes de "La casa rosada" son desdoblamientos
de Mejía Rivera. Hablan en el mismo tono desencantado,
citan obras, autores, escuelas, frases, aforismos. El autor
no logra la polifonía, fracasa en la propuesta de lecturas
simultáneas, no logra diferenciar los parlamentos,
en realidad se trata de un extenso monólogo para exponer
sus tesis y exorcizar sus demonios pues, tal como lo advierte,
su escritura es una trampa, las palabras caen en las metáforas
que descubren sus claves secretas: "el futuro de los
médicos humanistas está en la literatura".
En el fondo "La casa rosada" es ese campo de batalla
con los demonios que lo obligaron, desde una posición
crítica y ética, a abandonar una brillante y
promisoria carrera científica.
*Tercer
carril, velocidad de sobrepaso, las tesis.
"La
imposibilidad del gozo amoroso y la fraternidad, la muerte
de las utopías, la ausencia de esperanza del ser frente
a sí mismo y la historia. Una mirada interna a la desolación
como fenómeno existencial del mundo contemporáneo:
la fragmentación del ser, su escisión, su soledad,
la pérdida de los valores ancestrales, la ruptura de
cánones morales, éticos, religiosos, familiares,
sociales. La crisis del deber ser, la maquinización,
la anonimidad, el pragmatismo falaz de la informática,
la cibernética, la automatización, la globalizacicón.
El ruido de la máquina que acecha. Los poetas y los
intelectuales son los nuevos bufones del reino. "La vida
es la muerte cayendo en el río del tiempo". Después
de los sesentas la máquina ha vencido. El "Yesterday"
de los Beatles es el ayer de los pocos seres humanos que quedamos,
la angustia existencial que surge de los seres auténticamente
vivos. Se saben perdidos y sin metas y es ahí cuando
descubren que sus vidas son algo distinto, que están
hechos de un tejido de sensaciones y misterios que no se alimentan
de las verdades colectivas de la sociedad. El mundo moderno
es un gran espejo que cayó al piso y cada fragmento
de vidrio ya no es capaz de reflejar la imagen completa del
cielo y la tierra, los rostros, los cuerpos, la verdad de
la ciencia o el arte o las religiones"
* Cuarto
carril, cambio de dirección, paratextos y palinsestos.
La
excelenciabilidad de "La casa rosada" no estriba
en las tesis existencialistas sino en su estructura. Los paratextos
evidentes con Mr. Hyde y el doctor Jekill, El Guardagujas,
algún capítulo de "La montaña mágica",
"GOG", "Farenheit 451", "El enano",
"La Eneida" podrían ser distractores eruditistas
que disfrazan el efecto Moebius de la palinsestualidad. Las
fábulas y pequeñas historias, su visión
descarnada, desencantada y derrotista de Colombia y la humanidad
son el telón de fondo que se abre o cierra para entrelazarse
con Fausto sutil pero perceptiblemente: "La casa rosada"
es ese "laboratorio estilo medieval" donde en 1826
Goethe intuye la inseminación in vitro o el nacimiento
del hombre, no de un hombre, sino de El hombre. Fausto (Orlando)
es el espíritu que quiere conocerlo todo: "...
lo terrenal, lo científico y lo racional (Guillermo),
lo infernal, lo mágico y lo erótico (Carmen),
lo divino, el arte la poesía, el misterio religioso
(Jorge). Todo ese conocimiento es un medio para descubrirse
a sí mismo, su búsqueda interminable no se ata
a ninguna ciencia conquistada, su ambición es de eternidad
y armonía con el universo. Wagner es Pedro Fandiño/Hernán
Sepúlveda, cara y cruz del mismo personaje que "en
la era tecnocrática agoniza como ser humano".
En este desdoblamiento de Mejía Rivera en sus heterónimos
(Guillermo, Carmen, Jorge, Hernán, Pedro) se alegoriza
Mefistófeles.
Cuarto
efecto Moebius, un solo giro y trisecación de la banda
o virtualidad. Hablar de virtualidad en literatura es cometer
pleonasmo. El libro es el primer artefacto virtual. Los personajes
de la narrativa, la poesía, son inmortales aunque mueran,
eternamente jóvenes o viejos o malos o buenos o heróicos
o cobardes. Comala no está en ningún mapa pero
hay una brújula poética que siempre señala
sus coordenadas. El Quijote sigue, jinete en su montura, desfaciendo
entuertos y Romeo y Julieta sucumben, por esos equívocos
del amor, en cada página abierta, en cada puesta en
escena. En este ejercicio de trisecación que representa
la virtualidad, el máximo de cortes que admite, la
resultante es un aro pequeño del cual pende uno mayor.
En Literatura es el esquema de un texto que sostiene otro.
"La lectora" es esa novela que se autoescribe en
un trazado, en un continuo sin fin. También es el caso
de "¡Oh gloria inmarcesible!" de Alba Lucía
Ángel, collage o ensamblaje que se nutre de la pintura
y el periodismo. Aparece publicado como cuento pero en realidad
se trata de una novela "de largo aliento". Las escasas
nueve páginas con facsímiles de diarios y titulares
enmascaran una novela visual de alcances épicos.
El título, también una máscara, es la
ironía que delata el tráfico de droga en el
Buque Insignia Gloria, detenido en Nueva York a principios
de los setentas con un cargamento avaluado en veinte millones
de dólares. En esta obra, dolorosamente profética,
lo más importante es la técnica que no realiza
la novela sino que la sugiere y así se convierte en
una novela sin fin que propicia infinitas lecturas en un texto
finito pues todo lector potencial, visualizador o visitante
el cuento interactúa como una sala de exposiciones
se imagina, elabora, escribe cuantas historias son posibles
según rango social, cultural, valores éticos...
En este caso el artefacto logrado con la variable Moebius,
el cuento publicado, es el aro pequeño en tanto que
el mayor representa la novela, el no texto, lo no escrito,
la lectura y escritura sin fin.
Esta
misma aplicación se podría suponer en "El
álbum de Mónica Pont". Para llegar a ella
Octavio Escobar debió cursar un largo aprendizaje:
desde "El color del agua", lugar de encuentro de
todas sus obsesiones posteriores, se nota un escritor maduro
y moderno que a pesar de su madurez no encontraba el tono,
la técnica y la velocidad narrativas. Su primer ensayo
de novela "El último diario de Tony Flowers"
cuyo tema central es la aventura de un periodista contada
por un novelador, es de trámite lento, harto (para
utilizar una de sus expresiones favoritas), va y viene, avanza
y retrocede, se desplaza lateralmente, se asila en cualquier
entrevista, se regodea con citas de pie de página,
le muestra al lector cuánto sabe de cine, autores y
actores. En ese afán eruditista se le pierden las acciones
verbales, los intertextos no le funcionan con la contundencia
que tienen en "Nino Bravo que estás en los cielos".
Pero tiene un acierto, un pálpito: en los guiños
de ojo, en las observaciones socarronas, en las palmaditas
al hombro y a la espalda del lector, a veces incluso en el
abrazo fraterno, Octavio Escobar impulsa, introduce de un
halón al lector entre las páginas convirtiéndolo
así en otro personaje, más virtual en tanto
que es un navegador cierto en un aparato no cibernético.
En principio eso debe suceder en cualquier poema, canción,
relato, incluso en la pintura. Aquí en cambio la sensación
es de realidad virtual: el narrador lleva de la mano a los
lectores indicándoles una calle, anunciándoles
un evento que tres o cuatro párrafos más adelante
sucede de verdad, previniéndolos de un peligro, presentándoles
un personaje como quien llega tarde a la fiesta, la cita o
la tertulia. El texto no se queda ahí: explora los
problemas del quehacer intelectual, el novelista fabula o
hace novela sobre el novelista. Aparentemente la exploración
se le pierde en las selva de otras búsquedas y al fin
no define, no termina la idea, la rica posibilidad de una
lectura que contiene otra, simultánea, como sugiere
la cinta Moebius. El siguiente paso en el encuentro de cierta
perfección técnica es la novela "La posada
del Almirante Benbow", título por demás
barroco publicado en una selección de cuentos. La perversión
o paratexto de un capítulo de "La
Isla del tesoro" de Stevenson presenta a un autor, en
lo alto de la escalera, que ha encontrado el método
para practicar "su" plan de novela: en primer lugar
será escrita en forma de diario o carta; en segundo
lugar finalizará realizará el tema
del novelista que novela sobre un novelista y en tercer lugar
desarrollará la propuesta de lecturas simultáneas:
un personaje cuenta la historia de otro y éste de otro
en un continuo sin fin que se vale de círculos concéntricos,
caja china o muñeca rusa. La trilogía periodista-Leonel
Orozco-Thaiza se resuelve en una novela que nunca se
escribió pues "El álbum de Mónica
Pont" está publicado sólo virtualmente,
no existe, no está escrito, es otra vez el no texto
de "Cuando despertó el dinosaurio todavía
estaba ahí". Si bien ambos relatos enlazados cargan
con la compulsión del eruditismo, las citas de autores,
películas, obras de teatro, canciones y poemas tienen
aquí cierto sentido de apoyo necesario que justifica
el homenaje a sus amigos más cercanos haciéndolos
personajes contextuales. Incluso el parricidio que comete
con su mentor intelectual se explicaría como exorcismo
pues "El álbum de Mónica Pont" es
una especie de paraautobiografía dentro de la cual
lo indecoroso de las menciones de sus obras pasa a un plano
intrascendente si se consideran la velocidad, la precisión,
la economía de palabras y eventos y la riqueza de técnicas
y propuestas que sugiere. Incluso reconoce la intertextualidad
de que se vale con La Vorágine, novela que podría
haberle sugerido la técnica. En efecto, a Arturo Cova
se lo tragó la selva, a Leonel Orozco se lo traga la
selva urbana de Tánger.
Quedan otras obras. Más miradas. Nuevas ventanas para
examinar la solidez de este autor. "Hotel en Shangri-Lá"
por ejemplo viene a terminar otra exploración: la imagen
del supermercado se explica como el jardín borgiano
donde los personajes son divergentes, convergentes y paralelos.
Pero esta es ya una mutación de estilo y técnica.
¿Están aquí las coincidencias que explora
Orlando Mejía en "La generación mutante"?.
Los nuevos escritores están ahora sometidos al estruendo
de una ciudad diferente que se nutre de la globalización,
la virtualidad cibernética, la red, esto es de una
nueva realidad que arroja al hombre, y a empellones, a la
incertidumbre y la angustia. Si han sido necesarios ciento
cincuenta años para lograr un contacto con la interacción
ciudad-habitante, ciudad-literatura ¿cuántos
más serán necesarios para interpretar su arte?
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