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No
es verdad, claro, pero he visto el retrato de Manuel
Garrido Palacios en un libro de texto de dentro de muchos
años. Despeinado a lo escéptico, colgado de
unas gafas de pequeños cristales que no necesita (porque
no es con los ojos con lo que él mira), compartía
página con don Antonio y don Julio, sin apellidos,
en un descolorido Manual de Etnografía para desocupados
que alguien subrayó alguna vez y en cuyo margen se
apretaba el siguiente pie de foto o uno parecido: «Nacido
en Huelva y fallecido en una isla del Pacífico en una
fecha aún por dilucidar, vio, escuchó y escribió
cuanto pudo. Habló más. Fue poeta, novelista
y director de cine; hizo ensayo y televisión (la de
entonces, la anterior al derribo), contó cuentos y
verdades, amó las cosas y tuvo simpatía por
lo humano. Publicó veinte libros, todos buenos. Resistió
a la envidia, a la vanidad, a la estupidez, a la política.
Dijo lo que quiso. Con palabras e imágenes construyó
un mundo y ayudó a bien morir a otro. Perduró.
Nunca se supo de donde sacaba el tiempo».
A mí me ha dicho que se levanta muy temprano y, lo
que es peor, que disfruta con la comparación. Mientras
el universo nace y llora, desperezándose, Garrido Palacios
se sienta delante del ordenador y, palabra a palabra, sin
discursos ni aspavientos, da sentido a su carga de experiencia
diaria: matutino fiat lux por el que, mágicamente,
se ensamblan de pronto las voces y los ecos, las luces y las
penumbras de muchas historias oídas por el camino,
contadas, cantadas por gentes que ya no están, pero
que nos parieron como somos. De él puedo decir, como
se dijo de otro, que «adoro el ingenio, admiro las obras
y la dedicación continua y virtuosa». Andar y
mirar: esa ha sido, es, su dedicación, su virtud. Probablemente
la vida auténtica, la sencilla, consista sólo
en eso de andar y mirar, contándolo a los hijos. Cuánto
siento no haber estado con él mientras andaba las veredas
como un tomasillo, como una santateresa sin conventos, parándose
a escuchar, girándose a saludar, sentándose
a anotar o a registrar, según el momento, los perfiles
de unas horas que, como decía Peter Laslett en un libro
que ahora no viene al caso, componen ese mundo que hemos perdido,
que acabamos de perder. No recuerdo que mala lengua dijo que
le hubiera gustado ver qué hacia Charles L. Dodgson,
es decir, Lewis Carroll, en aquellas maravillosas meriendas
campestres, con te y barcas, en las que éste hablaba
y retrataba a Alice Liddell y a sus dos hermanas. Lo que me
hubiera gustado a mí es estar en las expediciones de
Manolo Garrido Palacios con José María Franco
por las cocinas y corrales de las aldeas de la sierra, con
el alma afilada para pillar el gesto y reconocer los acentos,
que vienen volando desde los nidos de antaño. Él
lo ha dicho: «se me están muriendo los viejos;
a veces llego un día tarde». No es poca ni mala
responsabilidad la de ser testigos de la agonía de
ese mundo complejo de romances y cacharros que la televisión
ha derribado de un manotazo impúdico.
Conozco pocos casos como el de Garrido Palacios de tanta velocidad
mental. Habla y escribe sin dolor, como un parto de cuadrúpedo,
invocando rapidisimamente con insultante naturalidad la expresión
exacta para cada instante, la metáfora justa, el adjetivo
completo, la ironía espléndida que es capaz
de desmontar de un plumazo de ave toda la palabrería
convencional. Alguien tendría que contar los megahercios
con los que trabaja su cerebro, y decírselo a Microsoft.
Y. sin embargo, con el escepticismo que mana de su propia
velocidad, con todo lo vivido, soñado y contado, qué
sorprentende es la visión que depara esa cabeza llena
de proyectos. semejante a una olla panzuda, mejor, un perol
cuya agua hirviendo levanta la tapa de vez en cuando. Me llama
por teléfono: «se me ha ocurrido una idea...»,
que siempre realiza. En curiosidad, tengo que decirlo, se
me parece hoy a mi hija Julia, de seis meses de edad, que
ve interesantes todas las cosas del mundo, que mañana
comenzará la prodigiosa aventura de nombrarlas, y que
hoy las pasea de los ojos a las manos y de las manos a la
boca. Como individuo, como personaje, Garrido Palacios es
incansable. No se le puede seguir. Yo creo que no se fatiga,
o que lo disimula. Hago las cuentas y veo que va para los
sesenta años (con perdón) y pienso que le quedan
otros sesenta de literatura. Ahora, por tanto, está
en el centro de su vida, y no damos abasto de leerle y de
envidiarle el nervio que va de su mente a su mano, por el
atajo de su espina dorsal.
Con todo, para ser justos, hay que aclarar que su mejor cualidad
aún no está dicha. Garrido Palacios no es, como
otros, un ser de papel que anda en dos dimensiones por las
calles y plazas de lo intelectual, de lo literario. Ya he
escrito en alguna otra ocasión que sus obras se ahondan
en una tercera dimensión: la del pozo fresco en el
que se vivifica. Su prosa, tan honda a fuerza de ser ligera,
tan difícilmente fácil, aspira el aire de los
hombres no como unos pulmones, ni como una chimenea, ni como
un acordeón, sino como el cántaro que respira
a través de los poros de la arcilla. Eso es: arcilla.
Pero su mejor cualidad, digo, es la densidad. Manuel Garrido
Palacios es un hombre denso. Ya se darán cuenta cuando
lo vayan a incinerar. Por eso escribe tan bien los cuentos.
Para escribir bien un cuento hay que resumir la vida en unas
pocas páginas y, si se puede, en unas pocas líneas.
Hay que ir a lo universal prescindiendo de nuestras tristezas
cotidianas, de nuestra vocación de poetas anecdóticos.
Cuando se lee a Perrault y se ve que en dos páginas
cabe una vida entera, sin concesiones, sin explicaciones,
sin justificaciones, se comprende en un momento por qué
esos cuentos han sido universales, antes de que Disney los
destrozara saturándolos de azúcar. En Perrault,
el lobo se come a Caperucita y ya está. En Collodi,
el trozo de madera habla y ya está. En Barrie, Peter
Pan no crece y ya está. Nos pasamos la vida dando explicaciones,
sacando a Caperucita una y otra vez de la barriga del lobo.
Garrido Palacios no lo hace: ha vuelto a la antigua economía
de palabras, a la misteriosa densidad del argumento. En las
poco más de cien paginas de El Abandonario,
la vida, la muerte y la inmortalidad dialogan tan sabiamente
las tres, tan de verdad las tres, que a mí me asusta
la segunda parte que, como Cervantes con La Galatea, ha prometido
ya Garrido varias veces. No vaya a ser que Victor Laszlo e
Ilsa Lund desciendan del avión en marcha.
Yo creo, en fin, que, cuando el viento levante y arrastre
las hojas, Manuel Garrido Palacios será uno de los
poquísimos que quedarán. A él y a dos
o tres mas, probablemente no los que parece, les toca la tarea
de representarnos para el futuro y decir quiénes fuimos
y de qué nos quejábamos. Ha rescatado un mundo
y ahora tiene que rescatar otro. Los días huyen y mañana
es hoy. Por ello estoy pensando que, en realidad, Garrido
Palacios no está vivo, ni con nosotros. Es un personaje
cuyo retrato está ya en los libros de texto de dentro
de muchos años. Murió hace tiempo. Lo que vemos
aquí es un reflejo.

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