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La piedra permanece y es arena
y un soplo es suficiente.
Nos
ofrece
la duda otro segundo, simplemente
preciso, definido, tan rotundo
que olvidamos tu nombre y mi apellido,
deseamos de nuevo que se asombre
cada nervio en el beso que me llevo
a la boca, expirando en el exceso,
naciéndonos adrede.
Pero
cuando,
inerte, el labio acaso retrocede,
recuerdas el amor, que, tan escaso,
parece demasiado.
La
mayor
soledad se dispersa con cuidado
de mis pies a tu huella y viceversa,
un mecánico olvido se atropella
sin mesura tras cada recorrido
redondo de los días.
Delicada,
retiras tus
cadenas, y las mías
regresan a la roca, con apenas
un rastro que endurece cuanto toca,
un rumor que se aferra al suelo y crece
adentrando sus garras bajo tierra.
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