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Andanzas
de un marginado
Este
relato pertenece al libro
Pasajeros
de la memoria
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De
todos modos
uno siempre es un poco culpable.
Albert Camus
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José Aurelio, joven como cualquiera,
sumergido en ciudad, en cemento, permanece rígido, hierático,
mamá lo contempla, va a ser poeta, dice ella, va a ser filósofo,
dice María, hermana mayor de José, lado masculino
de la familia, porque los poetas son como él, silenciosos,
fijos los ojos en la noche que se los traga, dicen ver cosas, locos,
yo siempre veo todo oscuro, agrega melancólica mamá,
algo preocupada, ni siquiera hoy que cumple quince años ha
querido cambiar, y esa gorra que ya hiede de estar posada sobre
su cabeza, como si hubiera nacido al mismo momento que él,
pobre José, suspira mamá, José Aurelio observa
impávido la algarabía, la parafernalia del festejo,
desdeña las chicas, las lisonjas, contempla, sonríe,
sólo blasfema con las voces lejanas del televisor, que muertos,
que secuestrados, que alzas para solucionar la crisis bancaria,
maldice José Aurelio, lanza improperios contra don Guillermo,
el presidente, se ríe, se retira, todos claman la presencia
de José, es su fiesta, no ha comido ponqué, no ha
abierto los regalos, sólo tanteos como de médico a
paciente, ropa, juegos de salón, trivialidades, grita José,
con esta muda de ropa puedo estar varios días más,
añade, entra a su habitación, suya porque María
está ocupada con los invitados, cierra la puerta, saca lápiz,
papel, escribe sin parar, dice ser surrealista, quiere imitarlos,
sin puntos, sin plan previo, escribe, duerme José Aurelio,
la fiesta ha seguido sin el festejado.
Abre José, sale, como siempre con libros debajo del brazo,
a dónde vas, corean desde el comedor padre, madre y María,
voltea su cabeza José, semibarbado, se incrusta la gorra
hasta desaparecer sus orejas, piensa en el ritual familiar que siempre
ha evadido, no sabe por qué, se mete parcialmente la camisa,
se distrae momentáneamente con las noticias de la radio,
denota perplejidad, cabrones, dice José, otro vez lo mismo,
gira nuevamente, sale, todos saben que se llama José Aurelio,
figura algo rara, loco, dicen algunos, vago, agregan otros, todos
lo saludan, que José cómo estás, que cuándo
nos vas a llevar a conocer tu casa, que la conferencia de esta noche,
que si vas a ir, no sé, dice José, porque en él
lo único seguro es la incertidumbre, desdeñoso, sibilino,
huraño, y José transita por la carrera tercera de
una Ibagué congestionada, manos se levantan a su paso, José
hace un solo saludo por cuadra, porque ni la alcaldesa lo supera
en popularidad, le resulta imposible saludar a todo el mundo, recuerda
pocas caras, sólo observa movimientos dispares, mirada perdida
en la distancia, no entra a ningún lado, se pierde, reaparece
por detrás, gira en una esquina, mira puestos de revistas,
pregunta algo, hace dos vueltas sobre sí, como un planeta
en busca de su satélite, como un perro en busca de su sombra,
vuelve y camina, José en la biblioteca Darío Echandía,
hace la venia al entrar, no hay portero, ante los libros, dice él,
sólo ante la inteligencia me le inclino, se quita la gorra,
pisa lo que él llama el altar, sitio en el que se le rinde
tributo al saber, entra, le reciben sus libros, desvía su
atención el paquetero hacia José, hace diez años
que fue lo de tu fiesta, recuerdas José, paquetero amigo,
vecino de José, cómplice paso a paso del feliz deterioro
de su gorra, ahora rucia, vaciada completamente en la frente de
José, que a qué horas es la charla, dice José,
a las seis y media, responde paquetero, que quién es, que
un tal Sánchez, cavila José, Sánchez... Sánchez,
claro, los Sánchez de La Pola, los patriarcas, murmura José,
nuevamente los mismos, hablando de whisky, de vagabundas, que Proust
al entrar, en medio de los corbatudos, y córranle a Cueros
Show al salir, intelectuales estos, qué desastre Ibagué,
disocia José, luego lee, libros de aquí y de allá,
espera la hora, llega de primero como siempre, la sala despoblada,
conferencista tarde, todos son así, piensa José, tan
pronto como dictan su primera charla empiezan a llegar tarde a las
otras, cada charla diez minutos más que agregan, comenta
José a su vecino, se fija en él, por fin una nueva
cara en este olvidado recinto, cierran la puerta, atiende José,
Sánchez habla.
Sale José, vocifera, claro, primero fue Sánchez, hace
quince años, el día en que el paquetero recordó
la insulsa fiesta, y este es Pérez Sánchez, debe ser
sobrino del otro, deduce José, como si fuera obligatorio
perpetuar la intelectualidad, ahora la asignan por decreto, por
herencia, que Gómez con Gómez, que Pastrana con Pastrana,
que Lleras con Lleras, que Turbay con Turbay, todos los mismos,
razas degradándose, y José sin apellido, sólo
José Aurelio, oriundo de no se sabe dónde, algo apaisado,
algo boyaco, algo costeño, una torre de Babel José,
dicen quienes lo conocen, y José en el café Capristano,
paseando de mesa en mesa, su gorra con él, de varios tonos
ahora, ha empezado a colorearse de nuevo, con tinte natural, que
buena tu intervención José, gritan de una mesa, que
cada día están mejores tus preguntas, añaden
de otra, y José en el centro, reparte su boletín El
Marginado, porque eso dice ser él, un marginado, y no
explica por qué, que lean el boletín, así me
entenderán, dice José, un coro de voces dice no entender,
que para el próximo colocará indicaciones para poder
leerlo, sonríe José, como en Rayuela, agrega serio,
solemne, con su camisa por fuera, se sienta en compañía
del grupo más numeroso, que una vaca para comprar cerveza,
porque José Aurelio no tiene dinero, sólo anda, recorre
Ibagué, se dice peripatético, que discípulo
de Fernando González, concluye arrogante José, y mañana
quién va, un tal Peña, contestan con algo de temor
a las respuestas de José, cavila él, Peña...
Peña, apellido poco usual por estos lados, que viene de Bogotá,
la cuna del alto pensamiento, la élite intelectual, la Atenas
suramericana, dice alguien con sorna, y José sale, camina
solo, evade los sitios claros, golpea en una puerta, que quién
es, que yo, José Aurelio, entra, que si hay comida, pregunta,
que no, dice María, lado masculino de la familia, acuérdate
que aún no pagan la deuda que tenían con papá,
ni tampoco solucionan lo de la pensión, sonríe José,
eso ya se perdió, dice pausadamente, pobres abogados, ya
ni ellos pueden con tanta ley, agrega, rezamos dice María,
un año más de la muerte de madre, rezar, afirma José,
es más importante el sueño que Dios, y duerme José.
Chao, dice José, no responde María, sólo piensa,
este hermano mío tan raro, sin mujer, sin amigos, sin preocupaciones,
únicamente libros y libros, y sale temprano José,
se sumerge en la ciudad, en su bullicio, sucumbe ante su encanto,
ante su horror, pasa la calle quince y entra de lleno al comercio,
se detiene, va a ser la hora, espera, mira el reloj de pared de
la farmacia, se ajusta la gorra que ya no tiene derecho ni revés,
aparecen ellos, los agentes, corren, corren también los vendedores
ambulantes, caen cosas al suelo, los agentes guardan en sus bolsillos,
toma nota José, para su boletín El Marginado, porque
su materia prima es la carrera tercera, de la quince a la diez,
lugar obligatorio de Ibagué, sitio de adoración al
dios consumo, refunfuña José, se escabulle entre el
gentío, sube escaleras, elabora el borrador del boletín,
sin fecha, sin número, porque en Ibagué qué
importa el tiempo si nada cambia, desde aquel primer ejemplar que
no recuerda en qué año ni en qué mes fue editado
sus notas no han salido de la tercera, y es que allí están
todos, dicen detestar el tumulto y son felices involucrándose
en él, en esa avalancha humana que inevitablemente conduce
al vértigo, piensa José, sube un poco, se dirige a
la Biblioteca, hace la venia de rigor, saluda al paquetero, que
mi último boletín, le dice, mira la cartelera, conferencia
seis y treinta, El Oficio de Escribir, lee José, como si
aquí se escribiera, piensa, revisa El Marginado, los reparte
entre los que van pasando, quiubo José, le dicen de soslayo,
entran por la otra puerta, la que está distante de José,
él sospecha, levanta el brazo airado, entra, José
en primera fila, fin de la conferencia, que si hay preguntas, el
brazo de José arriba de primero, como en un duelo, que quién
es el mejor escritor de Ibagué, que usted qué ha escrito,
que para qué escribir, no más preguntas José,
dice el señor director, y José furioso, que es para
que los demás también puedan preguntar, aclara un
tanto molesto el señor director, José toma nota, mira
al conferencista, al señor director, a quienes levantan el
brazo, piensa en su boletín, se acomoda la gorra, que estás
mejorando, le dice al señor traído de Medellín
para la conferencia, sale José, suspira aliviado el público.
Que cómo no me van a dejar entrar, que si luego éste
no es un espacio público, y mi boletín, necesito difundirlo,
todos lo esperan, necesito entregarlo, alega desesperado José,
todavía no me conocen en Ibagué, mucho menos afuera,
y el portero firme, serio, que cumplo órdenes señor,
que me dijeron que no dejara entrar al de la gorra, que si quería
que dejara los boletines en la portería, en últimas
nadie los lee ya, porque nunca se explicó por dónde
había que abrirlo, cuál era el comienzo y cuál
el fin, dice el portero, eso dicen los que salen, añade,
y José sentado en las gradas, esperando a los conocidos,
tomando nota para ajusticiar en el próximo boletín,
y todos salen, pasan junto a José, lo miran, dormido, roncando,
la gorra apoyada en el regazo, caminan y arrojan papeles al cesto
de la basura al frente de donde está José, despierta
él, clarea ya, se levanta maltrecho, mira el cajón
de la basura al frente suyo, se asoma, cuenta ciento cincuenta,
el tiraje completo, dice José, crápulas, sentencia
mirando con decisión, toma nota, nadie escribe, pero tampoco
leen lo que otros escriben, claro, tienen miedo de encontrarse atacados
por mi ácida pluma, murmura para sí José, mezcla
de amargura y socarronería en su rostro, qué importa,
exclama, piensa en su siguiente boletín.
Que no insista señor, hoy tampoco, hace un año que
le estoy diciendo que no puede entrar, órdenes de la dirección,
maldice José, llega gente, saluda José, ah sí,
hola, responden los asistentes, y José se sienta, espera
en la escalera, toma nota, mira el cesto de la basura, roto, herrumbroso,
sonríe José, levanta su gorra, compara, arroja un
papel, sigue derecho por el cesto perforado, debe ser por el peso
de tamaño ladrillo, se burla el portero, cretino, dice José,
permanece impávido, seis y treinta y cinco, hoy debe empezar
a las siete, tarde como siempre, balbucea José, y José
Aurelio se interna en la carrera tercera, lápiz en mano y
ojos dispuestos, no sabe por qué pero le parece que la gente
que camina en dirección contraria a la suya ha empezado a
pasarse para la otra acera.
©
Betuel
Bonilla Rojas
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