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Relato
del libro
La
Distribuidora de Sueños
y otras empresas
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La Distribuidora
de Sueños |
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Gabriel
había consultado en el Seguro Social sin resultados positivos.
Por eso accedió a mis ruegos.
No quería hacerlo. Se resistía a ir a exponer su desvelo
a un empleado, como si él no pudiera consigo mismo. Pero
yo se lo solicitaba a diario. Y él mismo, al final, se dio
cuenta que no iba a poder solo, que en su interior había
un fondo vacío que contribuía a su desvelo y que se
le salía de las manos, y entonces me pidió que le
concertara una cita.
Lo acompañé, un jueves. Se sintió mejor cuando
vio bastantes usuarios en el salón principal de la casona,
en Teusaquillo, aunque no entró en contacto con ellos, tratando
de pasar lo más desapercibido posible.
Hubo
que esperar un buen rato antes de que el encargado del diagnóstico
nos atendiera. Entramos en una especie de consultorio, en el segundo
piso, pintado de un blanco brillante, muy iluminado con luz también
blanca, dotado de calefacción y con un gran diván
mullido en el centro como único mobiliario, en el cual lo
hizo sentar mientras amablemente me indicaba que requerían
estar solos.
Al
salir, media hora después, Gabriel parecía rendido
del cansancio y en efecto al llegar a la casa se quedó profundamente
dormido. Lo había puesto a hablar de sí mismo, de
su infancia, de sus sueños antes de comenzar los desvelos
y de lo que lo hacía despertarse.
A
la semana siguiente, para completar el diagnóstico, nos visitó
una trabajadora social. Indagó minuciosamente sobre nuestro
hogar y nuestra permanencia juntos y nos aseguró que la situación
mejoraría al cabo de pocos días de empezar las distribuciones
de sueños. Y a Gabriel lo visitaron al trabajo, muy discretamente.
Sólo se enteró cuando un hombre que había estado
merodeando le pidió que firmara un volante de acreditación
de visita, en papelería de la distribuidora.
Y luego le llegó por un servicio de correo expreso el instructivo
con la prescripción. A diario debía pasar después
del trabajo por las instalaciones de la distribuidora, donde se
le sometería en uno de los grandes divanes mullidos a las
sesiones de suministro de sueños. En las primeras sesiones
se le administrarían sedantes. Y para el éxito del
tratamiento se le pedía completa disposición, evitando
cualquier resistencia de su parte, resistencia que se aclaraba
podía resultar sumamente perjudicial.
En adelante llegaba de la distribuidora abstraído, mortalmente
cansado. Sentía al avanzar la sesión de suministro
que el zumo del trabajo diario se le estancaba en el cuerpo. Debía
hablar minuciosamente de su actividad durante el día y a
veces se quedaba dormido en el diván en medio del relato.
Y en todo caso, llegaba ebrio de sueño y apenas acabábamos
de cenar cuando ya quería acostarse.
A mí no me importó que eso nos quitara tiempo, quedarme
sola por las noches. El efecto había sido benéfico.
Dormía profundamente, sin ningún sobresalto. En las
mañanas había que incluso zarandearlo para que se
despertara. Y al tiempo que dormía soñaba, o era por
los sueños que se quedaba enganchado en su profundidad.
En
realidad decía que era un solo sueño lento, lentísimo,
que de una a otra noche se modificaba un poco. En la distribuidora
le explicaron que su situación no aconsejaba una sucesión
de sueños múltiples y rápidos. Se trataba de
que se habituara a distenderse. Y los sueños eran realmente
aptos para eso. Varias noches había vivido un día
de campo en los alrededores de una represa. Y toda una noche permaneció
echado boca arriba en el césped a la orilla del embalse,
"brillante", me dijo, "como una sucesión de
láminas de cinc centelleantes". Había sentido
el calor crecerle lentamente; como si a su vez los rayos del sol
le llegaran lentamente, dijo, en un tiempo que se alargaba. Sólo
hacia el final, poco antes de que lo despertara según eso
se había ladeado un poco, había alcanzado a distinguir
algo como golpes en el agua, lentos, demorados para definirse, pero
en su conjunto golpes.
En
la noche siguiente recobró el mismo sueño, empezando
con el sol sobre la cara ladeada. En medio de la luz que se multiplicaba
al reflejarse en el agua, tardó en lograr fijar la vista
en la escena de los golpes que, al cabo de la noche, se completó
en la imagen nítida de alguien ahogándose.
Fue la primera vez que reclamó un reclamo apresurado ante
la distribuidora, pues no quería asistir al ahogamiento.
Es
su autosugestión le dijo el artífice de los sueños;
en la autosugestión nos limitamos a velar el curso de su
sueño.
¿No pueden cambiármelo? le dijo él ¿No
es parte del servicio que ofrecen?
Podríamos cambiárselo le dijo el artífice.
Pero qué se saca. En la autosugestión tiene que acostumbrarse
a lo que sobrevenga. A no ser que quiera utilizar nuestro servicio
por unidades, de por vida Gabriel se inquietó. Nosotros
continuó el artífice aspiramos a que en algunos
meses se haya habituado a los sueños que podrían sucederle.
Por eso el ritmo lento. Ahora, si quiere congenió, podemos
adelantar el sueño un poco, seguir una variante y recomenzar
pasado el ahogamiento.
Aceptó a regañadientes y la sesión pudo concluirse.
Esa noche empezó a soñar caminando por la orilla soleada
del embalse y se sentía solo. Incluso el sentirse solo ocurrió
tan lentamente que al despertarse la sensación apenas estaba
terminando de definirse.
Los sueños continuaron, en una progresión ondulante,
sin brusquedades, sin nada violento que peligrara hacerlo despertar,
bordeando el agua hasta que, varias noches después la materia
de sus sueños parecía ir alcanzando cierto dinamismo,
en todo caso leve, salió a la carretera.
Toda
una noche duró viendo un carro desde su aparición
a lo lejos, su acercamiento, su paso sonoro y su alejamiento por
la carretera.
Preguntó en la distribuidora por el movimiento.
Gradualmente, muy gradualmente irá apareciendo le dijo
el artífice.
Caminó durante varios sueños por la carretera, dijo
que no más de un par de cuadras, y lo sobrepasaron una docena
de vehículos.
Iba a gusto bajo el sol, compenetrado con el campo visible. Pero
en un sueño posterior escuchó una sirena a lo lejos.
El vehículo tardó en aparecer y el ulular de la sirena,
que se expandía y tomaba un carácter casi físico,
transmitía una sensación de urgencia agobiante en
medio de la lentitud.
Era una ambulancia que no podía ser veloz. Avanzaba sólo
un poco más rápido a la velocidad a la que iría
alguien al trote que el resto de los vehículos.
Entonces
Gabriel se despertó ansioso. Apenas eran las cuatro de la
mañana, pero se mantuvo despierto.
Esa tarde reclamó ante el artífice por haberse despertado
prematura y súbitamente y por el curso agobiante que había
tomado el sueño.
En su caso le dijo el artífice después de auscultarlo
con un minucioso interrogatorio sobre el cumplimiento de las prescripciones
y el desarrollo y efecto de los sueños desde que comenzó
el suministro, tendremos que volver a lentificar.
Le reiteró la necesidad de una completa disposición
de su parte, una entrega total al transcurso del sueño evitando
la menor resistencia, la cual no sólo lo llevaría
a despertarse a deshoras si no que a ellos les haría perder
el control sobre los sueños suministrados.
La compañía no asume responsabilidad en tales casos
le enfatizó.
¿Aunque se trate de una pesadilla? replicó Gabriel.
No hay pesadillas le dijo el artífice si se habitúa
al apego inconsciente, si aprende a adherirse cada vez a lo que
vendrá. Para eso se dispuso la lentificación. Claro
repuso, un poco harto esto es para los que prefieren la autosugestión,
regularizar sus sueños por sus propios medios, como es su
caso. Para los demás, basta el contrato de suministro por
unidades que ofrece la compañía, del cual hay una
oferta de fin de siglo sobre la que pueden darle más detalles
nuestros vendedores. El contrato, con periodos de renovación
anual, contempla el suministro de sueños dentro del catálogo
previsto en las condiciones generales, a un precio asequible, menos
del porcentaje de aportes a la seguridad social, y el servicio de
la compañía es sin dudas excelente. Sólo que
limita su responsabilidad al suministro diario de sueños
según las condiciones generales, uno cada noche o la disponibilidad
de suministros para dormirse siempre que se requiera, y al servicio
de sugestión, que se acompaña con el envío
de folletos y la asistencia en urgencias. Pero al usuario no se
le capacita para autosugestionarse, por lo cual puede verse abocado
a situaciones verdaderamente desagradables si por cualquier causa
interrumpe los suministros.
En esa disyuntiva, Gabriel manifestó su deseo de continuar
con la adaptación y el artífice lo sometió
a una sesión de suministro muy prolongada, en la cual nuevamente
debió hablar de su trabajo, pero no sólo del de ese
día si no en especial del repetido durante sus últimos
años.
Afuera,
entretanto, otros usuarios esperaban turno para sus sesiones de
suministro con los artífices asignados por la distribuidora.
Y, en la sala de espera, me empapé de diversas experiencias
cuyo resultado era favorable, pues las existencias de los beneficiados
se prolongaban tranquilamente, sin reparos por la monotonía
o lo insustancial.
La distribuidora me ha salvado la vida me confesó un cuarentón
cejijunto. Yo vivía desganado, cuestionando mi diaria supervivencia
por su apariencia gris. Estaba al borde de cometer una locura cuando
me recomendaron la distribuidora. Luego no ha ocurrido en mi vida
nada plausible, pero eso, con el contrapeso de los sueños,
ha dejado de preocuparme.
Le pregunté qué sistema de contratación utilizaba,
si el de autosugestión o el de suministro por unidades.
Por unidades dijo. Intenté un tiempo la autosugestión,
pero requiere una entrega completa y consciente de la que fui incapaz.
Por unidades hay que asegurarse la continuidad de los suministros
intervino una mujer bastante pálida y alta. Después
de haberse uno acostumbrado, la carencia del sueño cotidiano
es desesperante.
Es cierto aceptó el otro. Pero también con la autosugestión
hay que cuidarse. Si uno no se entrega totalmente, los sueños
pueden no deshacerse y confundirse con la realidad.
En eso Gabriel salió de las manos del artífice. Y
salió tan cansado, tan deseoso de no sentir ni pensar durante
un buen tiempo, que tuve que conducir el carro y, al llegar a la
casa, sin cenar, cayó en la cama como fulminado, tanto que
tuve que desvestirlo dormido.
Durmió
profundamente, toda la noche, soñando esta vez que se hallaba
en una calle atestada. Era tan lento el transcurso del sueño
que apenas tomó forma la masa de cuerpos en movimiento.
Al
fin, se levantó con esfuerzo. Dijo sentirse dominado por
un magnetismo que lo impulsaba a dormir. Y cuando, tras bañarse,
hubo recuperado lo suficiente la lucidez, reconoció que el
método de la distribuidora era eficaz y el artífice
competente, de modo que se propuso colaborar para terminar cuanto
antes la autosugestión.
En adelante se le vio más activo que nunca. Por consiguiente,
llegaba agotado a la distribuidora y allí el artífice,
haciéndole patente el cansancio en toda su magnitud, lo despachaba
postrado de sueño.
Como resultado de sus progresos, después de cierto tiempo
las sesiones personales con el artífice se fueron espaciando,
reemplazadas por ejercicios de exteriorización del cansancio
y de ensoñación consistentes en largos monólogos
ante el espejo, al comienzo en voz alta y al final como oraciones,
que Gabriel fue aprendiendo a desarrollar.
Pero sus progresos no estuvieron exentos de momentos de dificultad.
Pues después de que en sus sueños caminó en
medio de la aglomeración por la que fue reconociendo como
la Carrera Séptima, bastantes días, ya que esta vez
el movimiento se introdujo más gradualmente, durante una
semana vivió en lentitud el esplendor de un rayo y el temblor
de un trueno estremecedor. Se despertó finalizando el trueno,
pero, sin descomponerse, se limitó a preguntarle esa tarde
al artífice si en el sueño iba a llover.
Es
inconveniente decírselo le manifestó el artífice.
En la autosugestión debe habituarse a lo incierto.
No obstante, cuando ya había sorteado los sueños del
rayo y el trueno, le confió que en su caso, para la mejor
adaptación, la construcción del ambiente de sugestión
se estaba compaginando con el clima, por entonces era noviembre
lluvioso.
Y en efecto llovió en sus sueños. Primero granizo.
Lentamente, durante semanas de sueños, en gruesos y abundantes
granos que se precipitaban continuamente y él veía
en su descenso gradual.
Y no sólo volvió a despertarse a deshoras, si no que
despierto sentía caer el granizo.
Sin embargo, en vez de reclamar, volvió pacientemente donde
el artífice a comentárselo con franqueza para que
lo ayudara. Y el artífice le dijo que la extensión
diurna de sus sueños se debía a la ansiedad. Podía
evitarla eligiendo en la realidad un albergue previéndolo
habían localizado los sueños en un sitio de la realidad
conocida y cercana donde guarecerse con tranquilidad en el sueño.
Pásese de día por el escenario de sus sueños
le dijo. Hay un hotel, el Hotel Italia, que podría servirle.
Gabriel lo hizo; caminó de día por donde transcurría
su sueño y ubicó y entró al Hotel Italia. Su
fachada angosta se pierde entre las fachadas de los negocios vecinos.
Pero podía guarecerse en el largo pasillo de la entrada,
que se ensancha al cabo de algunos metros, adonde ya llega disminuido
el ruido de la calle, y así llegaría el de la tormenta.
Un par de veces nos alojamos allí, para que Gabriel se familiarizara
con el hotel. Hay huéspedes habituales, comerciantes, agentes,
transportadores, conocidos por la administración, que suelen
ocupar las habitaciones del segundo piso, junto a pensionistas sin
familia que han adoptado al hotel como su hogar.
En cambio, en el primer piso alojan por lo general a los huéspedes
de paso. Un segundo pasillo, derivado de la recepción, penetra
en el gran bloque de habitaciones dispuestas a lo largo y ancho
de toda la primera planta. Desde el acceso se distingue poco del
lejano fondo, débilmente iluminado. De tanto en tanto, el
pasillo se ramifica a la derecha para dar entrada hacia los cuartos,
ramificaciones que a su vez se subdividen en el interior. Llegado
a lo más profundo, no se ve el acceso a causa de ligeras
desviaciones a lo largo de las paredes, ni se oye nada de la calle.
Y como el techo es una gran plancha uniforme y todo el bloque está
pintado de crema tenue, se siente la luz artificial y gruesa.
Las veces que nos alojamos allí no pude dormir, no tuve sosiego,
pero a Gabriel le sirvieron para la autosugestión.
Tardó algunas noches en llegar al Hotel Italia en sus sueños.
Y cuando lo hizo llovía recio. Llovió durante decenas
de sueños, con rachas que se rompían contra las edificaciones.
Y sin embargo, con sólo avanzar hacia el fondo de la primera
planta, el ruido de la lluvia primero se iba convirtiendo en un
rumor y, a partir de cierto instante, se disipaba por completo.
Y a la vez, a medida que en la realidad Gabriel se familiarizaba
con las vivencias del hotel al visitarlo y hospedarse como parte
de su autosugestión, se fue sintiendo a gusto en sus sueños
en el hotel, todavía lentos aunque ya se percibía
la tendencia a agilizarse. De hecho, involucrándose con los
huéspedes y el personal de servicio y de la administración,
entró en una larga fase de sueños en la que se fue
integrando a la vida cotidiana de allí. Una vida que se renueva
con las constantes partidas y llegadas de huéspedes.
En
ese estado de la autosugestión perdí el hilo de sus
sueños. Era claro que Gabriel se había instalado a
sus anchas en el ambiente de los sueños del Hotel Italia,
dotados progresivamente con la sensación de movimiento, mientras
que yo me había quedado sola. Porque él llegaba a
la casa extenuado y siempre deseoso de cumplir sus ejercicios de
autosugestión para exteriorizar todo su cansancio y dormirse.
Entonces, cuando la sensación de soledad se me hizo nítida
y constante, cuando empecé a dormir mal pensando que siempre
es necesario que la persona que está contigo te hable con
animación y de tanto en tanto te dé a entender algún
apego, no dudé en acudir a la distribuidora. Quería
dormir como lo hacía Gabriel, profundamente.
Me hicieron el diagnóstico. Y a pesar de que sabían
los antecedentes, la auscultación fue exhaustiva, intachable
en su profesionalidad; por eso se caracterizan. Y fui franca; yo
no soy capaz de una entrega como la necesaria para la autosugestión.
De modo que solicité y se me ordenó un suministro
por unidades acorde con los resultados del diagnóstico.
Al comienzo tenía que ir a la distribuidora a la sugestión
con el artífice. Todas las tardes. Sin falta. Ya conocí
los efectos de interrumpir el abasto de sueños y es de verdad
angustiante. Así que todas las tardes me sometía a
su magnetismo y, como no vivo expuesta a un trajín que me
produzca suficiente cansancio para exteriorizar, a la administración
controlada siempre una nada de sedantes.
Con el tiempo aprendí la mecánica de prepararme. Y
por eso actualmente el artífice me atiende por teléfono,
en mi propia cama, apenas me tomo el sedante. Pero puedo solicitar
que me reciba en el consultorio, usualmente a que me ayude a recordar
los sueños más bellos, o a que dé solución
inmediata a mis reclamos cuando por ejemplo anhelo algo tentador
o simplemente estimulante y lo que se me viene ofreciendo no llena
esas expectativas.
Aunque es justo reconocer la variedad de sueños de la que
disponen para infundirnos, muchos felices, muchos conmovedores,
muchísimos que quisiera ver realizados y, en subsidio, de
los que pendo durante el día.
Y
la ventaja es que nunca se está solo, que la distribuidora
presta asistencia constante. Así no se quiera ellos llaman
o, si uno lo impide, buscan la manera de establecer el contacto.
Y permanentemente llegan por correo folletos de actualización
y de difusión de experiencias.
De esa manera evitan los baches.
Aunque a veces me da miedo, no sé, de la interrupción
de los sueños, de que algún sueño falle, se
trunque son posibles los sueños fallidos, de que uno de
los sueños de horror, de los que a veces nos suministran
para endurecernos, se convierta en pesadilla. Sé de casos.
Entonces hay que acudir de inmediato a la distribuidora, para una
sesión presencial con el artífice.
Pero el temor se puede mitigar en casa, con aumentarle un poco a
los sedantes. Sólo que se le puede a uno ir la mano. Por
eso automedicarse está prohibido; en la distribuidora toman
medidas drásticas, incluso la suspensión de servicios.
©
Heider
Rojas
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