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Después
del silencio
Este
relato pertenece al libro
Pasajeros
de la memoria
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No
cambiaría los dolorosos placeres
de la inteligencia por todas las alegres frivolidades y vacías
actitudes
del hombre común.
Anatole France
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Muchas de las personas que conocieron
a Felipe Rojas antes de los extraños sucesos que rodearon
su desaparición, creyeron ver en él a un individuo
de los que conformaban el tipo de hombre común. Felipe, según
datos iniciales recogidos en diversas partes, entre sus amigos y
parientes, se comportaba igual que cualquiera de los muchachos de
su edad, con las costumbres, aficiones y angustias propias de la
juventud.
Pero todo cambió un sábado de noviembre en que no
amaneció en su casa. Se necesitó de un acontecimiento
a todas luces insólito para que se revelara el verdadero
Felipe. Tenía por ese entonces dieciséis años
y cursaba undécimo grado en un colegio oficial de cierto
prestigio. De repente desapareció. Los días que antecedieron
a su ausencia estuvieron caracterizados por la falta de indicios
que sirvieran de pista o rastro para acercarse siquiera a una parte
de la verdad. Tal vez tampoco existía una verdad definitiva
y única. Aun después que surgió el solitario
aviso claro de su supervivencia, la certeza de su paradero real
continuó en duda.
"Felipe recordó su madre el día
en que prestó declaración juramentada, era el
mejor entre sus tres hijos". "Con él se
despertaba el día y con él se acostaban las estrellas",
dijo la señora Remedios en una especie de acertijo popular,
cuando las autoridades quisieron informarse acerca de los detalles.
Ese mismo día, ella se refirió con lujo de descripciones
sobre un viernes cualquiera en la vida de su hijo. Su recuento pormenorizado
incluía un despertar a eso de las cinco y treinta de la mañana,
anticipándose al maldito gallo de la vecina, que se lanzaba
a cantar con potencia de tenor hasta después del mediodía,
como si su reloj biológico estuviera ligado, no a la aurora,
sino al momento en que el implacable sol sumía en un pesado
letargo a los habitantes de la ciudad. Luego hacía sus ejercicios
de rutina: flexiones, sentadillas, abdominales, y otra serie de
maromas y piruetas dignas de un buen trapecista de circo. Simultáneamente
se contemplaba en el espejo del baño, de frente y de perfil,
para comprobar los resultados que dichos ejercicios lograban en
su cuerpo. El desayuno lo tomaba sin prisa y luego de un rápido
duchazo. Abundaba en verduras y cantidades exorbitantes de maní.
Su madre dijo que con ello Felipe buscaba un aumento en su masa
muscular.
"El resto de la mañana no hacía otra cosa que
leer", agregó doña Remedios. Según ella,
Felipe se encerraba en su cuarto, y se internaba en un silencio
de esos que obligaban a quienes vivían con él a caminar
a toda hora como levitando. A eso de las doce y treinta salía
para el colegio y regresaba a las seis y treinta. Dejaba los libros
en su casa y corría a reunirse con sus amigos. Cuando volvía,
iba directo a dormir. Esos pasos, según aclaró la
señora, eran inmodificables y revelaban el comportamiento
ejemplar de su hijo Felipe. Aun, cuando estaba lejos de su mirada
increpadora, en el colegio o con sus amigos, Felipe demostraba que
sus actos eran irreprochables.
"Lo único raro finalizó doña Remedios,
era ese prurito desmedido que tenía por ayudar a los ancianos
en la calle, por repartir limosna a quienes golpeaban a la puerta,
o por reunir las raciones sobrantes de comida y entregarlas sin
el menor repudio a la tropa de peregrinos que por el mediodía
se tomaban la puerta de la casa por asalto".
"Hasta les cogía la cabeza", concluyó doña
Remedios algo molesta.
Por supuesto, los agentes entendieron su confesión como un
testimonio de madre, ¿y qué madre no estaría
dispuesta a imponer a su hijo un halo de santidad, aun en el caso
que se tratara de un reconocido granuja? Porque había que
dejar en claro que el caso de Felipe Rojas daba para sospechar que
se trataba de un joven impoluto, de esos que en las épocas
apasionadas de la adolescencia develan a un anacrónico caballero
medieval, o a un retrasado mental. Pero ni lo uno ni lo otro. Las
fotografías que la Policía Secreta auscultó
minuciosamente reflejaban a un Felipe normal, acorde con su tiempo,
con atuendos de chico moderno, y, por otro lado, sus calificaciones,
generosas en sobresalientes, desvirtuaban cualquier irregularidad
psicológica.
El hecho es que las respuestas desordenadas y acaloradas de doña
Remedios, sumaron nuevas incertidumbres a las ya copiosas que embargaban
a las autoridades. Había sido descartada la idea de un posible
secuestro, debido a su mediana condición social y a la falta
de algún tipo de requerimiento económico. Tampoco
se podía pensar en una fuga amorosa, porque nadie recordaba
que Felipe tuviera entusiasmos duraderos con las mujeres. Sólo
quedaba especular sobre un supuesto arrebato de los que suelen atormentar
misteriosamente a los muchachos sin causas ni destinos precisos.
No obstante, y con el ánimo de no dar cabida a pensar en
una nueva impunidad, los agentes delegados se dedicaron a la pesquisa
de cabos sueltos, todo aquello que permitiera acallar temporalmente
la protesta de familiares, amigos, compañeros y profesores
de Felipe, que lo tenían como uno de sus miembros ejemplares.
De sus amigos del barrio escogieron a Carlos y Gonzalo para reconstruir
su relación con el desaparecido. Eran los que fungían
como depositarios de los secretos de Felipe, al menos permanecían
muy cerca de él. Como ambos coincidieron en sus apreciaciones
sobre su amigo, los agentes presentaron una sola declaración
que, palabras más, palabras menos, renovó el aroma
de pontificidad que envolvía al desaparecido.
"No es que fuera perfecto o algo parecido decía
la declaración , simplemente Felipe no dejaba lugar
a cuestionamientos sobre sus actuaciones. Lideraba las actividades
del grupo, era el primero en todo: en el fútbol, en los campamentos
que hacíamos los fines de semana, en los clavados desde el
puente Baché, en los ejercicios físicos, en musculatura,
y en agradar a las mujeres, así a él parecieran importarle
muy poco los saludos y besos que ellas le enviaban, o las citas
que más que pactar le imploraban. Él se mostraba impasible
ante todo eso y frecuentemente dejaba escapar gestos de fastidio
ante tanta insistencia".
"Marica tampoco era quedó constancia explícita
en el documento oficial, porque jamás se supo de intrigas,
acosos o insinuaciones mariconas de él. Quizás era
más hombre que todos juntos. Había que verlo nomás
desaparecer bajo el agua oscura del río Cuisinde y reaparecer
luego detrás de nosotros, como un fantasma, cuando ya todos
lo creíamos ahogado; o verlo atravesar hasta diez veces la
pista de aterrizaje con un trote que más bien parecía
el de un atleta africano en plena maratón. Cualquier desafío
que se le hiciera cedía ante su fuerza y voluntad. Pero ni
aun así había en él aires de suficiencia o
rasgos que demostraran vanidad alguna. Era un ser particular dotado
de fortaleza y candor, una combinación poco usual entre los
hombres. Todo lo hacía con placer pero con cierto desdén.
Había en sus actos una mezcla de furor y de nostalgia cansina.
Tal vez lo agotaba tener que derrotarnos tantas veces en una competencia
que no se proponía él sino nosotros. Felipe además
nos vigilaba en las borracheras sabatinas con el ánimo de
proteger nuestra integridad. Soportaba como un estoico las trasnochadas
y permanecía sentado esperándonos, mientras nosotros
desfogábamos nuestros anhelos reprimidos. Era guardián
de nuestra desmesura, era cómplice y vigía".
"Como verán decía al final de la declaración,
es imposible que un muchacho así haya desaparecido, sin dejar
señal alguna, como se esfuma la calina ante la salida del
sol. Algo debió haber quedado, algo más concreto que
ese orden desolador que estremeció a su madre al otro día,
cuando al entrar extrañada de no sentirlo pujar con sus ejercicios
vio todo en orden, como si nadie hubiera estado esa noche en la
habitación, como si ella misma no hubiera apagado la luz
a las once de la noche y hubiera salido en puntillas para no despertarlo".
Tampoco estas entrevistas aclararon nada. Felipe conformaba el centro
de un círculo de amigos y parientes que poco a poco se fue
extendiendo alejándose del eje. Ondas de señales cada
vez más débiles se fueron disgregando hasta alcanzar
una orilla en la que les esperaba el desconcierto. Ninguna evidencia
contundente para esclarecer el hecho. Tampoco sirvió de mucho
husmear entre sus pertenencias que había dejado intactas,
ni entre sus conocidos lejanos, porque parecía que Felipe
despertaba un recuerdo común, el de ser un joven casi ideal,
un querubín sentado a la diestra exhalando perfume angelical
permanentemente.
Pero con el tiempo algo los condujo hacia un nombre de mujer. Leves
alusiones de conocidos de Felipe se encargaron de renovar las esperanzas.
Un nombre que al principio se antojó incorpóreo, pero
que poco a poco fue tomando forma concreta ante los ojos de los
investigadores.
"Sí había dicho ella, yo conocí
muy de cerca a Felipe. Lo vi por primera vez en circunstancias que
nada tienen de particular. A pesar que sabía que era algo
menor que yo, no me importó. Él tenía por ese
entonces catorce años pero se veía como todo un hombre.
Fue el primero que dejó en mi cuerpo un cosquilleo permanente
y placentero. Era musculoso y atractivo. Las chicas lo venerábamos
como a un galán". En el documento quedó expresa
constancia que Milena colaboraba con declaraciones que afectaban
su reputación de mujer, sólo por ayudar a encontrar
a aquél que la hiciera hembra con su mirada, aun presintiendo
que ya nunca lo recuperaría para ella.
"Créanme, señores había dictado
Milena, ese chico era una cosa fantástica. La primera
vez lo vi con el torso desnudo, de espaldas, en el gimnasio del
colegio. Subía y bajaba las barras con su abundante musculatura,
haciendo una demostración de fuerza a quienes lo mirábamos.
Luego vi su rostro y sabía que no podía ser otro,
era como lo había imaginado. Su belleza tenía algo
de inmortal. Entonces empecé a insinuármele a diario,
atravesándome en su camino; pero nunca quiso algo diferente
a conversar. Después de varios intentos accedió por
fin a una entrevista a solas, en mi casa, con la excusa de una tarea
del colegio. Eso sólo lo supimos él y yo, porque su
gallardía y silencio eran ilimitados. Hablamos un rato y
lo invité a leer unos poemas. Entró despacio, mirando
a todos lados con desconfianza. Enseguida me desnudé aprisa,
ansiosa de lanzarme sobre su cuerpo. Y entonces vi que sus ojos
no correspondían a la ocasión; miraban en dirección
a mi desnudez pero parecían ignorarla, pasaban de largo sobre
mis caderas y mis senos, túrgidos y trémulos, y me
hablaba maravillas de los poemas. Eso excitaba aún más
mis sentidos. Aquel hombre con el que había soñado
en las últimas noches estaba a mi lado desnudándose
con pesar, no con cobardía, sino con pesar, con una tribulación
que lo hacía más atractivo. Luego no aguanté;
invoqué su nombre y su cuerpo despacio, luego de prisa, con
rabia, con lágrimas, con mis carnes exultadas y próximas
a incinerarse. Pero él no hizo nada. Su miembro se había
endurecido al contacto con mis manos y ni aun así quiso tenderse
a mi lado. Esquivó mis caricias y permaneció sentado.
Comprendí que una fuerza contraria le ganaba la partida a
sus deseos, era una pugna con triunfo de las huestes de la razón.
¡Vete a la mierda!, le dije, le grité. Aun así
no se perturbó. Se vistió de la misma forma parsimoniosa
mientras que mis sentidos se negaban a calmarse. Jamás conocí
otro hombre así, un monje sin hábitos, un misógino
escondido tras sus modales de cortesía, un ser despectivo
que no hería con vanidad y brusquedad sino con indiferencia,
con una seguridad que parecía provenir de un largo proceso
de maduración y autocontrol de los impulsos sexuales. Se
fue, o se lo llevaron, y no supe qué era realmente. Hicimos
otras cosas juntos, pero la única verdaderamente importante
fue esa; por lo extraña, por lo inverosímil que en
primera instancia parece".
Desde luego, de la declaración de Milena quedaron otros apuntes,
ninguno que contradijera lo ya conocido acerca de las virtudes físicas
e intelectuales de Felipe. Por el contrario, después del
nuevo relato se supo de su castidad voluntaria, algo que para nada
afectaba su comprobada hombría.
El último elemento que consideraron importante fue el colegio,
ya que aquel viernes de noviembre Felipe fue hasta allí a
corroborar que su grado undécimo había concluido con
éxito. Eso fue lo que dijeron los profesores interrogados,
que su curso y calificaciones habían resultado un ejemplo
para los demás estudiantes.
"Felipe era el mejor alumno del curso decía una
de las declaraciones, algo polémico, eso sí.
Había en su sosiego y serenidad una actitud de desobediencia
y de controversia. Bastaba con mirarlo a los ojos para ver que desaprobaba
todo lo que no fuera justo con sus compañeros. Hablaba poco
pero de él se desprendía un aire de autoridad y de
respeto, incluso en silencio. Siempre estaba del lado de lo que
sabíamos que era la verdad, así en algunas ocasiones
la ocultáramos para cumplir con las exigencias de las directivas
de la institución. En Felipe convivían la actitud
decidida de Thoreau y el misticismo provocador del Consejero de
Canudos. No instigaba de manera directa, más bien persuadía.
En las revueltas que los estudiantes formaban por alzas en las matriculas,
o por la expulsión de militantes de los grupos de izquierda,
quienes se atrincheraban y gritaban lo hacían pensando en
él, en granjearse su simpatía; enarbolaban sus ideas
contestatarias pero prudentes. Desde luego, se sospechaba de su
militancia con las juventudes de la oposición; pero eso jamás
se comprobó. Además, su excelencia académica
y su colaboración con el plantel lo protegían de cualquier
recelo sobre su virtuosa actitud. Hasta los integrantes del cuerpo
directivo consideraban que era el alumno a mostrar, el aventajado
lector, el reflexivo y entusiasta pensador que desde que pisó
el colegio por primera ocasión engullía con satisfacción
cuanto libro llegaba a sus manos, el contertulio con el que se podía
conversar sobre Marx y Jesucristo, o sobre Rousseau y Gandhi. Pero
raro, lo que se dice raro, nada señores", remataba el
texto de la declaración.
"Alguna vez se dijo que el colegio era custodiado por individuos
apostados en las esquinas, vestidos de civil, como esperando a alguien.
Pero como no entraban al colegio, ni se metían con los estudiantes,
se consideró que era otra de las fantasías heroicas
de los muchachos queriendo ver en todos lados enemigos imaginarios
creados por sus febriles impulsos". Así quedó
expresado en el archivo del desaparecido Felipe, con un sabor de
amargura y enigma. En realidad, los profesores describieron a Felipe
en su escondida dimensión de estudiante.
Sin embargo, a partir de las ambiguas declaraciones de los docentes,
se emprendieron nuevas labores de inteligencia. Había transcurrido
un año de la desaparición y de Felipe nada se sabía.
Los agentes se encaminaron durante todo el año siguiente
a rastrear con insistencia los diferentes grupúsculos de
revolucionarios diseminados por la ciudad y sus alrededores. Por
supuesto, fue una tarea asumida con gran placer por los agentes.
La más agradable y prolongada. Fueron interrogados muchos
jóvenes principiantes, a veces simples sospechosos por sus
blue jeans descoloridos y su cabello largo; también cayeron
reconocidos dirigentes de los diversos brazos del Partido Comunista.
Pasaron por calabozos, noches de terror y aberrantes insultos y
humillaciones. Hubo consenso en que Felipe era un perfecto desconocido
para todos. Nada sabían, o fingían no saber, sobre
un joven de dieciséis años llamado Felipe Rojas, desaparecido
un viernes de noviembre en circunstancias anormales.
"Por el contrario quedaría señalado en
el testimonio de muchos de ellos, aquel joven no serviría
para la mesiánica labor de los revolucionarios, porque en
él estaba ausente el ánimo de agitador y luchador
nato; tampoco se percibían, así fueran mínimos,
comportamientos del terrorista que se necesitaba para salvar a la
patria de los burgueses que la habían sometido, explotado
y vendido al imperialismo antediluviano".
"Para santos, con los curas nos sobra", cerraba la declaración
de uno de los activistas.
Nuevamente las cosas quedaron como en un comienzo, a pesar que habían
transcurrido dos años desde el aciago día en que Felipe
abandonó voluntaria o forzosamente su cama y su casa. Las
autoridades se encontraban en la misma fase de ignorancia frente
a los móviles de la desaparición. Arrumes de papeles
testimoniaban largos y estériles meses dedicados a girar
en vano. Por la simpleza que en primera instancia pareciera tener
la fuga porque eso creían ellos, que se trataba de
una fuga, los agentes tomaron el caso seguros de su pronta
solución. Dos años después tenían semblante
de derrotados. Fugado o secuestrado, Felipe seguía desconcertando
y dando sorpresas con sus cosas impredecibles. No había duda
que se trataba de un ser inteligente y singular, y por eso perseveraron
en la búsqueda.
Pero entonces apareció aquella carta dirigida a doña
Remedios. La encontró ella misma en el piso de su casa, en
un sobre arrugado y sin sellos de correo y marcada con una letra
que, pese a lo irregular, reconoció como de Felipe. El júbilo
embargó a parientes, amigos, admiradoras y encargados del
caso. Corrió la voz que por fin se sabría toda la
verdad por boca, o mejor, por letra, del propio desaparecido. No
se supo cómo llegó la carta ni se volvió a
recibir mensaje alguno. Las autoridades la estudiaron, le aplicaron
los respectivos análisis psicológicos y grafológicos,
y luego la dieron a conocer a la opinión pública para
declarar cerrado el caso. Más que darla, la arrojaron, como
intentando deshacerse de un objeto que suscitaba el más odioso
de los recuerdos. De la autenticidad de la carta y del destino de
Felipe nunca se supo. El texto de la carta aclarará las motivaciones
de Felipe:
Cuando esta carta llegue, se habrán cumplido dos años
de mi repentina desaparición. No sé si fue un acto
voluntario o una obligación impuesta por el destino. De improviso
me vi arrojado a la calle por una fuerza llamada conciencia, un
torrente ígneo en el que se mezclan la razón y la
emoción. El conocimiento es doloroso y el dolor es otra de
las formas del placer. Quizás ninguno sepa las causas reales
de mi ausencia y mi silencio. De una cosa estoy seguro: las fuerzas
que me atan a mi actual estado son eternas y no cederán fácilmente
porque están mediadas por la voluntad. Difícilmente
podré reunirme con quienes conforman mi pasado inmediato.
Creo que en estos casos no sólo las ideas influyen nuestras
decisiones; es más bien una especie de condicionamiento social,
una serie de factores que lentamente toman forma como impulsores
de un nuevo orden. Si leen con detenimiento cada uno de los testimonios
de los interrogados (porque habrán interrogado a muchas personas,
eso creo), cada una de ellas ha dicho una pequeña parte de
la verdad. Tal vez logren armar la historia verídica; tal
vez se pierdan en las palabras. Porque en ocasiones la razón
es la más pueril de las trampas de la inteligencia para resolver
lo que se presenta como enigma. Mi nueva realidad está contenida
en los documentos, la realidad desde donde contemplo a los seres
humanos presos en una despiadada jaula llamada sociedad; no sé
cuándo comenzó el encierro. Como verán, no
hay fechas, ni lugares, ni siquiera palabras de afecto; esos no
son más que convencionalismos adoptados por quienes le temen
al simple universo del silencio.
©
Betuel
Bonilla Rojas
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