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Fragmento
de la novela
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Le mosche
del capitale
Traducción
de
María
del Mar
Villegas
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Saraccini
mira desde lo alto de la colina la gran ciudad industrial que se
extiende por la llanura, aplanada por la noche más allá
de sí misma hasta desaparecer entre los reflejos del río
y las humaredas de los campos.
Él
está sereno y disfruta satisfecho de aquella vista y del
silencio general. "Sí, sí, realmente el silencio
es otro gran general", se confiesa a sí mismo y al universo.
Todo el espacio alrededor, sosteniendo la respiración con
cautela en cada ruido sordo, parece que le entienda y le obedezca,
que le reconozca con delicadeza casi rico, casi enamorado, todavía
joven y fuerte, el primero en su ciudad ejemplar y también
en la región; el más inteligente, equilibrado y capaz
de los directores de su gloriosa Empresa.
La gran ciudad industrial colma la noche de febrero sin luna, tres
horas antes del amanecer. Todos duermen o casi, y también
los que están despiertos yacen desmemoriados y perdidos:
quietos hombres animales edificios; incluso las calles los barrios
los prados del fondo, las últimas periferias todavía
fuera de la ciudad, los campos de cultivo alrededor de las zanjas
y de la orilla del río; también el río en aquella
parte es invisible, cubierto por la noche o por el sueño.
Oscuras también las grandes antenas de radiocomunicaciones
y de los radares de la colina. El ruido de un tranvía nocturno
que se arrastra por entre los edificios del centro es un rumor del
sueño. Los hombres las familias los vigilantes los soldados
los guardias los oficiales los estudiantes duermen, pero duermen
también los obreros: y no se oye siquiera a los de los turnos
de noche, ni siquiera a los de los turnos de guardia de ronda por
entre las hileras de departamentos o bajo las arcadas de los almacenes.
Casi todos duermen bajo el efecto del Valium, del Tavor y del Roipnol.
Pero duermen también las instalaciones, los hornos, las cañerías,
duermen las cintas transportadoras de las escaleras mecánicas
que depositan las pociones químicas en las tinas del barniz
o en las pilas de las témperas. Duerme la estación
ferroviaria, duermen también las farmacias nocturnas, las
puertas y las salas de espera de urgencias, duermen los bancos:
las ventanillas los escritorios los cajones los correos neumáticos
las grandes cajas fuertes las salas blindados duermen el oro la
plata los títulos industriales, duermen las letras los certificados
de propiedad los bonos del tesoro. Duermen los aprendices con las
manos en el delantal o dentro de los sacos de serrín. Duermen
las prostitutas los ladrones los chulos las bandas organizadas,
los sardos y los calabreses; duermen los curas los poetas los editores
los periodistas, duermen los intelectuales; cuánto café
alcohol y humo en esas horas. Y mientras todos duermen el valor
aumenta, se acumula segundo a segundo al aire libre o dentro de
los edificios.
Duermen las calculadoras, pero sus programas no pierden la cuenta.
Es un problema de orden, eficiencia, producción.
Saraccini confía en los psicofármacos y en las calculadoras.
Entenderán los periódicos, los hombres de finanzas,
los directores, los técnicos, los jóvenes especializados,
los consejos de administración, los contables, los sindicalistas
de la fábrica, los provinciales y los nacionales, luego los
alcaldes, los políticos y luego también los vértices
de la Patronal, del INI, y luego los ministros y los editores. Todos
deberán entender la primacía social, cultural, científica
de la industria: y el mismo capital deberá someterse y acatar.
El capital será renovado y regulado por la industria.
La médula espinal de las cintas chasquea, memoria y cálculo,
como en el sueño la sangre circula, el subconsciente se desborda,
el sueño se derrama, el cerebro se alimenta de nuevos impulsos
para los nuevos pensamientos de mañana. Ya durante el primer
despertar ante el lavabo o ante la taza o incluso antes sobre el
sabor de la almohada, crece impulsado por la vida de todo y de todos,
el cuerpo y el valor del capital. Ni un solo instante, ni siquiera
en las noches más cerradas, deja de crecer y de prevalecer;
se desplaza se acomoda recupera fuerzas distribuye recursos imagina
y proyecta nuevas estrategias traza nuevos órganos y nuevas
facultades.
El sueño se extiende sin ninguna inocencia, y no por su carga
física, sino como dato consecutivo y cálculo de las
compatibilidades favorables al capital. Toda la ciudad se le somete;
así todos durmiendo, todos en su sitio y en su cama, en su
propio sueño como en ese mayor y general que se vacía
de vapores. La calculadora guía y controla, concede persigue
codifica asume imprime. Duermen también los dueños
y los vigilantes de la calculadora, duerme la conciencia de ellos
vigilada por infinitos sistemas de alarma, tan electrónicos
como morales, sociales políticos bioquímicos. Zumba
en el gran sueño el bloque de oficinas, también en
reposo, apartado aislado de noventa y ocho de sus cien corrientes:
quedan los guardias, el murmullo de los conmutadores, las bocas
de los revólveres, las garitas de los turnos, las esferas
de los relojes, los más aparentes de la gran sala de la entrada
y los de las salas de espera.
Cada cinco minutos se activa el cálculo de intereses, cada
diez el de la tasa de inflación, cada media hora, mientras
que ya ha dado la vuelta al mundo, el índice de costes de
las principales materias primas, cada tres horas el índice
del valor del dólar y del marco suizo, veinte minutos más
tarde que los del resto de divisas de los principales países
industriales del mundo. A menudo falta la cotización de la
lira. Su valor rebota de repente de su sitio junto con el de días
alternos del coste laboral, incluida la contingencia con la especificación
de un índice medio general y de los siguientes índices
por sectores: metálico químico textil tipográfico
transporte, comunicaciones, construcción, papeleras.
Saraccini mira, pero no comenta: aturdido por la potencia del acontecimiento
que lo abordará al iniciarse el día, próximo
ya a su amanecer. Se da cuenta de que la noche se está levantando
y que todo aquel mundo está dándose la vuelta en su
cama, empezando a asomarse hacia el alba. El alba es un fino rayo,
que se difunde por su propia ligereza, que oscila se disuelve y
se difumina. De repente aparece la potencia de la mañana
del nuevo día. Comienza la grandiosa empresa. Saraccini se
siente arrollado y admirado. También él debe moverse,
comenzar. Corre hacia Salisborgo C., atraviesa rápidamente
las calles todavía desiertas... saltar el puente volar sobre
la arbolada colina aterrizar ante los escalones de casa. Ducha,
café, zumo, vitamina, zapatos y corbata. Como salido de la
tintorería, con autoridad y enjuiciamiento, sube al tercer
piso de los despachos.
©
Paolo
Volponi,
de la traducción María del Mar Villegas.
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